El llanto de un payaso

0
334

Es una conocida parábola del gran teólogo danés Sôren Kierkegaard. Ya antigua. El entonces joven profesor de Teología, Joseph Ratzinger, la recoge en su obra “Introducción al cristianismo”, “una de las mejores realizaciones de la teología contemporánea”, escribe Olegario González de Cardedal en la nota preliminar. Escrita en el emblemático 1968, “la parábola del payaso que llora” la recoge también Harvey Cox en su best seller “La ciudad secular”. O sea, que la parábola del payaso es suficientemente conocida. Y opino que sigue teniendo actualidad. En pocas palabras, narra lo siguiente: “En un pequeño pueblo de Dinamarca se ha montado un circo que inesperadamente es pasto de las llamas. Un fuego que amenazaba extenderse a la aldea cercana. El fuego se propagaba rápidamente y el payaso -ya vestido como tal para su inminente actuación- corrió de aquella guisa a avisar a los aldeanos y solicitarles su ayuda. La gente del pueblo, que esperaba con ansia la actuación circense, se desternilló de risa ante aquella actuación tan perfecta de terror que seguramente era utilizada como reclamo publicitario para atraer espectadores. Mientras más explicaba el payaso aterrorizado lo que estaba ocurriendo más carcajadas provocaba en aquella gente sencilla. Vestido de payaso como iba, no podía tratarse de otra cosa que de un creativo ardid para llenar las desvencijadas gradas del viejo y elemental circo. El anuncio fue inútil, la comunicación no surtió efecto. El payaso lloraba mientras todos reían. El circo ardió y la aldea quedó destruida. Las lágrimas de un payaso fueron contraproducentes”. Hasta aquí la parábola de Kierkegaard retomada por Ratzinger y por Cox años más tarde.

La moraleja puede ser sencilla de entender: fracasó la comunicación del payaso, no consiguió “conectar” con la gente, transmitió lo contrario de lo que pretendía. Y aquí hay que recordar la conocida expresión de McLuhan, experto en comunicación: “el medio es el mensaje”. El contenido de la importante comunicación del arlequín fue devorada por la forma de comunicación: un payaso sólo puede hacer y decir “payasadas”.

Los teólogos antes citados, así como Francesc Torralba, -en quien me inspiro en este post- ponen el dedo en una vieja herida de la Iglesia: su incapacidad para comunicar el Mensaje del Evangelio. La “(nueva) evangelización” sigue siendo “la cuestión”. Pero no atinamos en la comunicación. No tanto porque vayamos vestidos de payaso o digamos o hagamos “payasadas” (que, a lo mejor, también), sino por una dificultad grande para conectar con los receptores de esta sociedad posmoderna. Hay lenguajes que ya no dicen nada, hay accciones pastorales fuera de contexto y de momento, “recetas de la abuela”que ya no pueden reactivarse aunque algunas puedan seguir siendo sugerentes. La Iglesia ha perdido mucha de su credibilidad, al menos en la vieja y “cristiana” Europa. Recuperar esa credibilidad, esa confianza malgastada, traicionada o ya superada, supone mucha oración y una honda reflexión. Plantear una “Iglesia en salida”, como pide y desea Francisco, es no sólo urgente, sino imperioso, prioritario, y, por supuesto, profundamente fiel al Evangelio. El Mensaje sigue siendo válido, necesario y hasta oteado por quienes incluso no saben bien qué buscan. Pero lo hacemos mal. No utilizamos instrumentos adecuados; no presentamos un Evangelio con gancho, atractivo, seductor. No conseguimos que la gente se enamore de Jesucristo y quiera compartir su fe en una comunidad. Hay que remitirse a una reflexión más honda y atrevida, más global, más histórica y más actualizada. No podemos seguir poniendo tiritas a heridas tan traumáticas. Para no seguir quejándonos tanto de que vienen menos a nuestro “circo”. Para no seguir llorando tanto, fracasados y ensimismados. Como el payaso llorón de la parábola en cuestión.