EL INSOMNIO DE LA VIDA CONSAGRADA

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1895

Quien tiene dificultades para conciliar el sueño conoce lo difícil que le resulta después afrontar la normalidad de la vida. Un sueño reparador, sin embargo, permite que lo más arduo sea digerible, aparezca el humor y hasta la visión amable de las situaciones y sus dificultades.

El insomnio como estado permanente es agotador. Y la vida consagrada en conjunto puede padecer esta enfermedad y así haber perdido capacidad para soñar. Con lo cual, sin descanso para mirar más allá de los números, se puede gastar en una fatiga estéril al tratar de «seguir haciendo» con menos fuerza, menos vida y menos paz.

Los signos del insomnio en la vida consagrada son ambiguos, por eso hay que estar atentos. Es inquietante el cuidado por el propio puesto y prestigio que hasta pudiera parecer «perseverancia», pero en realidad es insomnio. La falta de sueños te puede llevar al espejismo de creer que nadie lo hace tan bien como tú. Causa perplejidad, de igual modo, la ralentización en la toma de decisiones ante el decrecimiento; los no desplazamientos hacia las periferias o la no constitución de nuevos espacios comunitarios. Todo tiene un barniz de responsabilidad, pero en realidad puede ser falta de sueño y «anestesia colectiva» para que nada cambie. Aunque se recurra frecuentemente a parábolas evangélicas de granos de mostaza, perlas escondidas o pescas milagrosas, lo cierto es que casi todo se presenta calculado, tasado, equilibrado y medido de manera que no haya sorpresas.

El sueño de Dios, espacio privilegiado de revelación, es el «estado» que experimentan quienes ven la realidad desde el Reino. Aquellos y aquellas que efectivamente no luchan ni un segundo por un puesto, un privilegio o mención. El sueño de Dios se encuentra en los inocentes (que no ignorantes) cuando entienden la humanidad como fraternidad y no como lucha de buenos y malos. Pero, sobre todo, el sueño de Dios, permite ver, entre sombras, que es posible otra vida religiosa mucho más viva y mucho más religiosa.

Es bien cierto que el realismo suele apagar el sueño de Dios. Se nota mucho en nuestras instituciones. Todo está tan organizado que queda poco margen creativo. Quizá solo algún vestigio en puntuales campañas vocacionales. El resto, con su vivir diario, un puro engranaje que, tomas o dejas, pero es indiferente a tu situación.

La entrada en el mundo de los sueños y superar el insomnio estéril depende en buena medida de cada persona, pero necesita el espacio y la capacidad para que las estructuras se dejen reconducir, se hagan débiles y moldeables ante una realidad para la que ya no sirven. No es el consagrado para la comunidad que algunos tenemos en mente; es la erección de nuevos espacios comunitarios que respondan a la realidad del consagrado que tenemos en el mundo. No es la misión el sostenimiento de las complejas estructuras que en otro tiempo fueron, sí es la respuesta a las necesidades de las personas de este siglo desde la frágil y precisa respuesta de nuestros carismas. Porque una manifestación del descubrimiento del sueño de Dios pasa por una limpieza carismática, recuperar una originalidad perdida para ofrecer algo nuevo, original, propio. Porque hoy puede presentarse confuso, mezclado, reiterado… Podemos seguir, «razonablemente despiertos», leyendo y escuchando los textos de «nuestro patrimonio espiritual» que hablan de cumbres, de auténticos sueños. Podemos hacerlo y, sin sonrojarnos, seguir con nuestro itinerario inundado de rutinas evangélicas y otras no tanto. La cuestión no reside en hacer o dejar de hacer, sino en preguntarnos y responder en qué punto del sueño de Dios estamos. Si seguimos soñando, si todavía hay algún sueño que haga latir nuestro corazón o vivimos con el peso de un mal sueño, una pesadilla que nos obliga a estar a la defensiva, o una esperanza cansada que arrastra los pies, o confinados a un recorrido mínimo de vida y experiencia, o en una soltería rezadora. El peligro paradójicamente es mantenernos tan «despiertos» que no haya sitio para entrar en el sueño de la revelación.

Con frecuencia se tropieza uno con hombres y mujeres consagrados que todavía sueñan. Son aquellos a quienes los manejos del «funcionariado del templo» no les arrebató la alegría. Son muchos, más de los que pensamos. Eso sí, tienen dificultad para compartir sus sueños. Como hijos de este tiempo han perdido la espontaneidad de atreverse a hacerlo por miedo a incomodar. Sin embargo, la renovación de la vida consagrada –otra posible y necesaria– pasa por ese atrevimiento. Consagrados que se pongan a la escucha del sueño, con espacios comunitarios alternativos inter-carismáticos, abiertos, sin propiedades ni historias, sin trienios. Convocados por la necesidad de su sociedad. Hombres y mujeres que descubran que la consagración para este siglo se sitúa en otro parámetro: En la calle, el encuentro, el abrazo y el perdón. Allí donde están los humanos. Compartiendo su suerte, entre el cielo y el suelo. En la providencia de padecer y disfrutar la novedad de cada día y su afán. Hombres y mujeres que recuperen la alegría de la normalidad que es el abrazo de su pobreza; el peso del cansancio por reivindicar a los débiles; el descanso en Dios; con una castidad explícita, que signifique, porque tienen sitio para todos y todas, sin parcelas ni recovecos, sin acepción ni exclusión. Hombres y mujeres libres y, por eso, disponibles, ligeros, abiertos a la necesidad y al cambio; la itinerancia y la cooperación. Su única seguridad será el carisma que también será la aportación a la Iglesia comunidad.

Quizá los escépticos pendientes de campanas y alarmas desconfíen de los sueños y prefieran el insomnio… José, uno de los inspiradores de la consagración, también quiso repudiar a María estando «despierto», fue en el descanso reparador del sueño donde perdió el miedo para acompañarla con su hijo, Jesús.