El futuro es ahora ¿Está asegurada la pervivencia de los Institutos de Vida Consagrada?(II)

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… TAMBIÉN DESPUÉS DEL VATICANO II
La Vida Religiosa ha renacido muchas veces, también después del Concilio Vaticano II, acontecimiento eclesial que nos abrió de nuevo a la gente, al mundo de los empobrecidos, a una nueva forma de acercarnos a Dios, haciendo surgir estilos de Vida Religiosa más sencillos, cercanos al pueblo, partícipes de sus búsquedas y proyectos. Nuevas fronteras, nuevos márgenes, allí donde la Vida Religiosa nació y renació tantas veces.
Pero también han nacido nuevos institutos. “La CIVCSVA ha concedido la aprobación diocesana a muchos de ellos:
De 1960 a 1970: 117
De 1971 a 1980: 75
De 1981 a 1990: 102
De 1991 a 2000: 139
De 2001 a 2009: 36.

En total 469, de los cuales 136 son institutos seculares.

Casi en su totalidad, estos nuevos institutos son estructurados según el modelo clásico de Congregación Religiosa, de Sociedad de Vida Apostólica y de Instituto Secular; y en su mayoría se trata de fundaciones no europeas, sino provenientes de América Latina y particularmente de Asia” 7 . ¿Qué significa esta constatación para una Vida Religiosa en búsqueda de nuevos caminos, de alternativas de presencia?
La CIVCSVA también ha fusionado, unido y suprimido varios institutos después del Vaticano II, en su mayoría femeninos. Los procedimientos de fusión han llevado a la desaparición de 245 institutos entre los años 1960 y 2009. Las uniones han supuesto la desaparición de 125 institutos. Además, se han suprimido los siguientes institutos:
El Apostolado Catequético Divino Maestro de Chile, en 1962.
Los Oblatos de San Carlos de Westminster, en 1971.
Los Hermanos de la Caridad o de Bigi, en Roma en 1971.
El Instituto Secular de las Auxiliares de la vocación sacerdotal en Brasil, en 1971.
El Instituto Secular Opus Cenaculi, en Roma en 1974.
Las Auxiliadoras del Apostolado, en Estados Unidos en 1998.
La Congregación Benedictina Holandesa, en 2005.
El Instituto Reina de los Apóstoles, en Portugal en 2006.
Las Benedictinas de la Virgen María, en Brasil en 2008 . Datos, números, institutos… vida y muerte entrelazada.

¿QUÉ PERMANECE?
La Vida Religiosa marcó la historia de la Iglesia por la experiencia de Dios, por la búsqueda de relación con la Divina Presencia que habita a las personas y la historia. La Vida Religiosa tiene este rol dentro de la comunidad eclesial: ayudar al pueblo a tocar el Misterio y a dejarse tocar por su presencia. Los padres y madres del desierto, los grandes fundadores y reformadores, gastaron su vida entera no tanto en lo institucional como en indicar caminos de acercamiento a Dios. Tocar hoy al Dios de la vi-da significa también, como en antaño, anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos; poner en libertad a los oprimidos; proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4, 18 – 19). Tocar al Dios de la vida conlleva la implicación en las causas de la humanidad y del planeta, porque la humanidad y el planeta son parte del sueño de Dios. Implica ser Buena Noticia, con lo que supone de anuncio y denuncia, de protesta y de propuesta, allí donde hay rupturas y desarticulación entre el sueño de Dios y lo que vivimos y proclamamos como comunidad eclesial y como sociedades.
En este sentido, “la Vida Religiosa no podrá faltar nunca a la Iglesia como uno de sus elementos irrenunciables, don para el presente y el futuro del pueblo de Dios” 9.
Nuestra mirada con relación a nuestros institutos y su futuro es a veces un poco egocéntrica. Pensamos si son significativos, si permanecerán… pero la Vida Religiosa es so-lamente la expresión de una entre las muchas vocaciones. En la Iglesia van apareciendo otros protagonismos: los laicos tienen una palabra, un aporte, una misión. Esta realidad nos resitúa, redimensiona nuestra manera de estar en el mundo y en la Iglesia. Redimensionamiento que supone volver adonde nacimos con la mi-rada puesta también en el hoy. Nacimos en el desierto, en el margen. En los márgenes, la vida clama y nos supone dejarnos interpelar:
-¿Cómo situarnos en los países desarrollados y en las grandes ciudades de todos los pueblos en los que desapareció la sociedad agraria y por consiguiente se tambalean las religiones basadas en un modelo agrario y autoritario, también el cristianismo?
-¿Cómo situarnos en la sociedad del conocimiento en la que se hace evidente el irrealismo de las interpretaciones literales y la necesidad de cambio de modelo de verdad?
-¿Cómo situarnos en los países en vías de desarrollo que claman, desde su empobrecimiento impuesto, por justicia, paz, solidaridad?
-¿Cómo situarnos ante la diversidad de sujetos, de culturas, de religiones?
-¿Cómo situarnos ante la realidad del cambio climático que afecta nuestra casa común?
-¿Cómo situarnos en y con una sociedad ci-vil organizada, con movimientos globales y lo-cales que proponen y generan alternativas para la construcción de “otro mundo posible”?
-¿Cómo situarnos para que no se pierda nada de lo que nos fue dado ( cf. Jn 6, 39)?

Situarnos supone que estamos allí. Quizás la primera pregunta tendría que ser ¿dónde estamos y cómo estamos? Y desde ahí seguir preguntándonos:
-¿Cómo ayudarnos a percibir y acoger la llamada a un profundo cambio de mentalidad, de corazón y de entrañas ante las grandes transformaciones de este cambio de época?
-¿Cómo mirar más allá de la pervivencia de obras e instituciones y atrevernos a gestar con osadía – aunque todavía no sepamos cómo– una nueva manera de vivir este carisma de la Vida Religiosa que de alguna manera empezamos a intuir y a vislumbrar?

Situarnos desde la perspectiva de un tiempo nuevo nos invita a la reflexión y a la búsqueda de nuevas alternativas a los grandes desafíos de la Vida Religiosa en nuestro mundo, sin pretender resolverlos con fórmulas del pasado.
Más que preguntarnos si nuestros institutos permanecerán, tendríamos que replantearnos nuestra vocación a la vida, como hombres y mujeres apasionados por el Dios de la vida, abiertos a la vida y a sus clamores. Si vivimos con esta pasión, lo esencial permanecerá. “Yo planté, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer. De manera que ni el que planta ni el que riega son nada, sino Dios que hace crecer” (1 Cor 3, 6 – 7).
¿GARANTÍA DE FUTURO?
Si por garantía de futuro entendemos la permanencia de los institutos de vida consagrada como los conocemos hoy, creo que es evidente que no la hay. Tampoco sé si la habrá a pesar de todos nuestros esfuerzos de buscar algo distinto. Sin embargo, sé y estoy convencida de que hay dos cosas fundamentales:
El futuro es ahora y se gesta en el hoy. Por eso, el desafío de vivir el momento presente con densidad y hondura, porque es el momento favorable, el tiempo de la gracia ( cf. 2 Cor 6, 2), el único momento que tenemos para encontrarnos con el Dios de la vida manifestado en la carne de nuestros hermanos y hermanas ( cf. 1 Tim 3, 16) y en los dolores de parto de la creación que espera ansiosamente la liberación ( cf. Rom 8, 22).
Abrirnos cotidianamente a las búsquedas y a la sed de nuestros hermanos y hermanas en este mundo que hoy nos toca vivir, descalzándonos ante la tierra sagrada que pisamos y uniéndonos a otros que apuestan por un mundo más parecido al sueño de Dios, que creen que otro mundo es posible y se complican la vi-da para darlo a luz. Lo que supone un conocimiento profundo y cordial de la realidad en la que vivimos, de sus dinamismos, de sus posibilidades, de sus sueños, de su sed… y también un acercamiento misericordioso, no dogmático, que pretenda tener las respuestas acertadas, la solución inequívoca, la verdad absoluta.
En este sentido me parecen elocuentes las palabras de la Hna. Marlene Weisenbeck en su discurso de despedida al terminar su período presidencial en la LCWR (Conferencia de Líderes de Mujeres Religiosas de Estados Unidos) en agosto de este año, sobre todo en este momento por el que atraviesa la Vida Religiosa de este país:
Esperamos con esperanza inquebrantable10.
Nos hemos sentido temblar con los constantes cuestionamientos de la Iglesia y con las asesorías canónicas, impactadas con los movimientos planetarios en Haití y en Chile, Tur-quía y México, con el derrame de petróleo en el Golfo, con los deslizamientos de tierra en China, preocupadas por las noticias sobre abusos sexuales en el mundo, sin mencionar los movimientos que produjo la reforma de salud en nuestro país y en nuestra Iglesia.
En medio de la inquietud sistémica generada por estos eventos explosivos, nos hemos hecho un llamado a la esperanza en medio de la oscuridad… Debemos ser testigos de esperanza para el mundo como profetas, artistas, sanadoras y amantes. Profetas, artistas, sanadoras y amantes… Ahora es mañana.
Es tiempo de cambio. Es tiempo de no dormir. Otro mundo es posible si no guardamos silencio, si logramos, todos juntos, un gran clamor popular. ¡Por fin, roto el silencio! ¡Por fin, el pueblo en el escenario! ¡Por fin, la dignidad de cada ser humano respetada! Todos juntos podemos. ¡Los pueblos! Por fin, la palabra en lugar de la fuerza. Por fin, la mujer, la voz de la mitad de la Tierra en el estrado. Por fin, la conversación en lugar de la imposición. Por fin,
el siglo de la gente. Por fin, la Paz. Entonces, algo permanecerá11.
1 (http://222.alimontero.com)
2 Citas bíblicas tomadas de La Biblia de Nuestro Pueblo, Biblia del peregrino, América Latina, Ediciones Mensajero, Bilbao, España.
3Término utilizado por Elisabeth Kübler Ross en sus diversos libros.
4 J. Álvarez Gómez, Carisma e Historia, Claves para interpretar la historia de una congregación religiosa, Publicaciones Claretianas, Madrid, 2001, p. 67.
5 cf.. S. Carrasquer Pedrós, Madres Orientales, Siglos I
– VII, Editorial Monte Carmelo, Burgos 2003, pp.
335 – 382. 6 J. Álvarez Gómez, Ob. Cit. p. 74. 7 G. Rocca, “Tra nuovi istituti e nuove forme la vita con
sacrata é viva”, en L’osservatore Romano, 28 de
agosto de 2010, p. 7. La traducción es mía. 8 cf.. Ibid. 9 V.C. 3 y 29. 10 En National Catholic Reporter (http://ncronline.org)
La traducción es mía. 11 cf.. Federico Mayor Zaragoza, “Un mundo en cambio: el diálogo necesario”, pp. 17, 18, 37.