martes, 23 julio, 2024

Domingo de corazones

El Señor Dios, por boca del profeta, lo había dicho así: “Ésta será la alianza que haré con él después de aquellos días –oráculo del Señor-: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en su corazón; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”.

Y nosotros, desde el conocimiento de nuestra culpa, de nuestro delito, de nuestro pecado, suplicamos con el salmista, diciendo: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”.

La promesa del Señor y nuestra súplica se encuentran y se abrazan: El Señor se dispone a escribir su ley en nuestros corazones, y nosotros le pedimos que sea él mismo quien prepare las tablas en las que se dispone a escribir.

Nuestra petición se encuentra con la promesa de Dios: pedimos lo que ya él se ha comprometido a realizar. Entonces, ¿por qué lo pedimos? Lo pedimos para que nosotros deseemos al modo en que Dios desea, para que busquemos lo que Dios busca, para que ansiemos leer escrito en nuestro corazón lo que el Señor Dios espera ver realizado en nuestras obras.

Claro que habremos de considerar también cómo será eso de que Dios escriba su ley en nuestros corazones: ¿Cómo se puede escribir en un corazón?

Y una luz se enciende en el evangelio para que, viendo cómo escribe Jesús, aprendamos a escribir nosotros: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

Dios escribió en nuestro corazón dándonos a su Hijo.

Ese Hijo escribió en nuestro corazón amándonos hasta el extremo, haciendo de su vida un pan que todos podemos comer, ofreciéndose a ser elevado sobre la tierra para que tengan vida cuantos lo miran con fe, para que sean atraídos a él cuantos por él son salvados.

Ese Hijo escribió en nuestro corazón dándonos su Espíritu, el maestro que todo nos lo enseñará.

Mira, Iglesia en camino hacia la Pascua, mira al que ha sido elevado sobre la tierra; míralo y, atraída a él, síguelo; míralo e imítalo; míralo y ámalo.

Mientras tú miras al que te ama, él escribe en tu corazón el mandato del amor: “Amaos unos a otros como yo os he amado”.

Mira a Jesús crucificado, deja que él te atraiga a sí, que él te purifique, te santifique, te consagre, hasta que seas con él un solo corazón y una sola alma, hasta que seas con él una sola carne, hasta que todos en ti seamos uno con él, hasta que seamos él.

Aprende a ser levantada sobre la tierra, como lo fue Jesús: Aprende a amar hasta el extremo como amó Jesús, deja que el Padre escriba en tu corazón su ley de amor, como la escribió en el corazón de Jesús de Nazaret.

Es una paradoja asombrosa: También tú serás levantada sobre la tierra, también tú “darás mucho fruto”, si, lo mismo que Jesús, eres como el grano de trigo que cae en tierra y muere. También tú serás levantada sobre la tierra, si a ti misma te pierdes porque todos tengan vida.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro”, un corazón semejante al de Jesús, un corazón según el corazón de Dios.

Enséñame a obedecer como Jesús: Enséñame a ser Jesús.

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