DISTRIBUCIONES

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(Dolores Aleixandre). Allá por el pleistoceno preconciliar, en bastantes Congregaciones se empleaba el término “distribución” para referirse a la organización de tiempos y horarios y a la asignación de tareas a los miembros de la comunidad. El cartel que lo anunciaba tenía algo de sacral: había emanado de la autoridad legítimamente constituida, no se discutía y se acataba sin rechistar, o “rechistando” pero por lo bajo. Era un sistema de funcionamiento que infundía orden, claridad y juicio, transmitiendo una cierta sensación de imperturbabilidad: las cosas se sucedían pausadamente, una después de otra, convenientemente distribuidas según un plan organizado. La previsión natural era que en las comunidades habría miembros mayores, medianos y jóvenes; una generación sustituiría a otra y las obras apostólicas se irían adaptando sin sobresaltos a las nuevas necesidades. Y de pronto, las cosas se han desordenado sin avisar y se han presentado distribuidas de manera caótica e imprevista: disminuimos, cerramos comunidades, repetimos una y otra vez la palabra precariedad.

En general estamos reaccionando de una manera parecidísima a la de los discípulos en el relato de Marcos 6 del signo de los panes: Jesús les había propuesto una distribución: irse juntos a descansar de los sofocos vividos en su primer envío. Pero apareció una muchedumbre estropeando el plan y hubo que adaptarse porque se hacía tarde, había que comer y se imponía la evidencia: que se vuelvan a sus casas, que se compren lo que les dé la gana para comer y así nosotros retomamos tranquilamente el plan inicial.

Pero Jesús les empuja fuera de sus previsiones: descartado lo de despedir a la gente y lo de ir a comprar. ¿Cuántos panes tenéis?, pregunta: quiere que la muchedumbre coma gratis a partir de los cinco panes y dos peces que tenían reservados para ellos y este propósito (más bien despropósito) contrario a toda aritmética, desafía el razonamiento de quienes estaban preparados (como nosotros) para programar acciones eficaces: no hay bastante, es imposible, con tanta penuria no hay nada que hacer…

¿Y si miramos hacia dónde apuntan los gestos de Jesús? Toma ese “poquito” que ellos tienen, lo cambia de sus manos a las suyas, lo acerca a su cuerpo, levanta la mirada, lo bendice y lo reparte. Es un nuevo modo de distribución: hay que dar valor a ese “poquito” y a la vez “dejárselo quitar”, pasarlo confiadamente a Otras manos y consentir a que sea él quien se haga cargo de ello y lo distribuya a su manera.

Nos lamentamos por la escasez de nuestras posibilidades y recursos, nos empeñamos en retener los antiguos modos de distribución de cuando éramos muchos y jóvenes y significativos, sin darnos cuenta de que ahora “toca” otra cosa y de que la nueva situación abre ante nosotros un horizonte semejante a la escena del desierto.

¿Qué es utópico e inalcanzable? Pues claro. ¿O es que cuando entramos en la VC nos dijeron que siguiendo a Jesús nuestra vida iba a regirse por lo calculado, lo lógico y lo razonable?