Cultura de la formación permanente

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Si se desea construir algo serio, estable y válido para todos, en el estilo de vida y en la pastoral, es necesario crear una cultura. Si, por ejemplo, se quiere renovar verdadera y seriamente, la pastoral vocacional, es necesario crear una cultura de la vocación en la Iglesia y no continuar haciendo “emergencia vocacional” y sólo para algunas vocaciones.

Lo mismo podemos decir de la formación permanente (FP) si no queremos continuar haciendo algo superficial, episódico, parcial, sólo para algunos y en algunas fases de la vida, débil como llamada, casi insignificante a nivel de resultados. Según dicen ¡hoy estaríamos en el año 0 de la FP!

Ahora bien, para crear una cultura, son necesarios tres elementos:

1) En primer lugar una mentalidad objetiva, o una aclaración sobre el verdadero sentido de la FP y su identidad, sobre sus razones profundas y el fin al que aspira. Desde la cual nazca en todos la fuerte convicción de que es el Padre quien, en cada instante y a través de cada mediación, forma en nosotros el corazón de su Hijo; y ¡si Él es el Padre Maestro, entonces toda la vida es FP y la FP es gracia!

2) Pero, de poco sirve el convencimiento teórico si no llega a ser también sensibilidad subjetiva, convicción que nace también por la experiencia de lo particular, por su implicación personal, por haber entendido en su propia piel que, si la vida no es FP, se convierte en frustración permanente. Si la mentalidad lleva a definir la verdad de la FP, la sensibilidad aprovecha la belleza y la belleza de una vida que se deja conformar, continuamente, por el Padre, para tener cada vez más la misma sensibilidad del Hijo-Siervo-Cordero. Al enfoque intelectual, por lo tanto, es necesario que le siga otro más experiencial, que implique totalmente al sujeto, sus fuerzas interiores y su emotividad.

3) En fin, para construir una auténtica cultura de la FP, hay que establecer una pedagogía correspondiente, con recorridos a nivel individual y comunitario, que intenten traducir la teoría en método y estilo de vida, y hagan de la vida del consagrado, de hecho, un itinerario formativo en las manos del Padre a través de las mediaciones y las edades de la vida. A menudo, es precisamente la pedagogía la parte deficiente de nuestros proyectos espirituales; olvidamos que, si una   teología no se hace pedagogía, no merece tal nombre o, por lo menos, no es teología cristiana, y se convierte en folclore o produce frustración. Tendremos que encontrar las vías concretas mediante las cuales dejarse formar, cada día, por la mano del Padre. Como nos las está indicando, entre otras cosas, el Papa Francisco. Entonces la vida se vuelve buena, no sólo verdadera y bella. ¡Obra maestra de Dios!