CUANDO LO ADECUADO NO ES LO CONVENIENTE

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Hay circunstancias como las actuales en las que esta ambigüedad se vive con fuerza. Viendo la situación de la vida consagrada, lo adecuado parece ser no cargarla con nuevas expectativas. Bien superados los 70 años de media de nuestras comunidades e instituciones, no parece que ese horizonte cronológico tenga necesidad de cambio. Antes bien, lo que se busca es que nada pase para que todo pase. Sin embargo, no es tan cierto que esa aparente quietud sea lo conveniente. La realidad nos habla de cambios queridos y otros, no tanto, que se imponen por el simple hecho del transcurrir del tiempo y la vida, en interacción con una sociedad que en sí y por definición es cambiante.

La cuestión no es a ver cómo se supera el envite o cómo encontramos la fórmula adecuada que nos permita un transcurso del tiempo sin sobresaltos o, peor aún, cómo sostenemos las circunstancias, comunidades y obras apostólicas tal y como las conocimos y como las conocemos. Todo ello, me temo que no es en absoluto conveniente.

Hemos de preguntarle a la motivación, o la vocación, o el entusiasmo o la vida… que, en este caso, todas las palabras tienen sabor de sinonimia. No basta contentarse con la aparente vida que nuestros números todavía desprenden, sino valorar la vida real que compartimos y la belleza que este compartir irradia. Vistas así las cosas, las circunstancias nos obligan a una transformación conveniente, intrépida y me atrevo a decir que no esperada.

Como en tantas otras cuestiones, el liderazgo de nuestro tiempo está cordialmente entretenido buscando la «piedra filosofal» que desencadene el milagro. El argumento misterioso que devuelva a la comunión a un buen número de vidas tejidas desde vínculos muy epidérmicos para conquistar la sonora comunión. Es, como digo una búsqueda cordial porque estimo se está haciendo de corazón, con verdad y sencillez. Es un entretenimiento porque intuyo que la comunión que se busca también es un concepto que no está, ha cambiado, responde a otra época y otra necesidad.

Sin embargo, hay salida a la situación. Probablemente no es la salida soñada y mucho menos la concienzudamente planificada en nuestras sesiones de gobierno y solemnes asambleas. La salida que desencadena una nueva etapa de visión transformadora, conveniente y posible es la liberación de la profecía personal. La escucha de la conversión que cada consagrado anhela. La irrupción de nuevos espacios no roturados. Ampliar el horizonte de misión para que aparezca la vida y no se reduzca todo a seguir una tradición. Que sea la vida quien marque experiencias, en verdad, emancipatorias que rompan claramente con la muestra inicial, siempre y cuando salven su vinculación con la limpieza evangélica que comprende la vocación.

No vendrá la conveniente transformación desde el «más de lo mismo» aunque se haga con piedad y silencio, sino cuando en ello somos capaces de integrar la ruptura, porque el más de lo mismo no existe, sino que «todo es presencia y gracia, vivir es este encuentro…». Y lo conveniente, no es decirle a Jesús lo que se tiene que encontrar, sino atrevernos a descubrirlo en este presente, en este ahora y en este momento concreto de la cronología de cada persona.

Lo adecuado nos pide uniformar y, a ser posible, apagar todo lo que resulte nuevo; lo conveniente nos lanza al encuentro de lo no previsto; a economías de fracaso; a signos minoritarios; desplazarnos realmente hacia el extrarradio, a la cacareada España vacía (pueden sustituir España por cualquier país). Lo adecuado nos obliga a sostener lo que fue nuestra historia; lo conveniente a tener valentía para cuestionarla. Lo adecuado es sostener comunidades sin sobresaltos; lo conveniente es sobresaltar las comunidades actuales para que se definan y afirmen con gestos que, de verdad, quieren vivir juntas. Lo adecuado es el equilibrio y la mesura; lo conveniente es poner nombre a los desequilibrios y aventurar la vida consagrada a vivir la exageración de la donación, la falta de mesura para ser ciudadanos libres y excepcionales. Lo adecuado es sopesar las decisiones con miedo a las consecuencias; lo conveniente es mirar a los ojos a aquello que atemoriza y formular respuestas inéditas y no gastadas. Lo adecuado, sin duda, es la protección. Lo conveniente, sin embargo, es el riesgo, el caos, el signo, la parábola hecha vida, la primera persona, la conversión, la responsabilidad y el amor. El problema para todo ello es cuando se ha confundido la esencia de la consagración, el amor, con gestos adecuados. Así las cosas, el freno al cambio está servido porque cuando pensamos lo mejor para nosotros y nuestras congregaciones, estamos formulando algo para que otros y otras vivan, nos movemos en el terreno de lo adecuado, lo medido y lo posible. Renunciamos a la fuerza de lo conveniente, aquella impronta original que es el amor a la vida tan presente en toda persona cuando opta por la consagración. Por eso, el gran cambio, el conveniente, es una sorpresa que se desvelará cuando en primera persona, propongamos un cambio que nos afecte; afrontemos las consecuencias de una decisión, demos un paso adelante o a un lado, pero lo hagamos… Tendrá tres consecuencias de vida: una, que cada persona toma el pulso de su propia vida como misión; dos, crearemos un estilo de liderazgo familiarizado con la escucha y la armonización de carismas que es muy urgente; y, tres, nacerán comunidades urgidas por la misión y la libertad de personas que quieren vivir juntas y no que se ven obligadas a ello.  De lo contrario permaneceremos en la espera de que nos llueva la decisión adecuada que conduzca a dejar las cosas como están… para ver cómo quedan.