CONTRA LA IDOLATRÍA DEL “EGO”. LA VIRTUD DE LA ABNEGACIÓN (PROPUESTA DE RETIRO)

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Cuando Jesús invitó a sus discípulas y discípulos a seguirlo, les pidió tajantemente:  “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y que me siga” (Mc 8,34).

Tanta radicalidad sorprende. De hecho, hoy en nuestra sociedad, utilizamos expresiones totalmente contrarias: “cuídate”, “sé tú mismo”, “disfruta de la vida”, “que te vaya muy bien”… Hay en la vida consagrada personas que se cuidan bien y mucho: el cuidado del cuerpo, el cuidado del hábitat en que moran, el cuidado del propio mundo individual. Y quizá lo justifiquen desde ese criterio evangélico de amar a los demás como a uno mismo (Mc 12,31). Pero ¿qué significa “amarse a sí mismo”?

Jesús nos indica un camino que paradójicamente se inicia “negándose uno a sí mismo”. Es así como se entra en el Reino del Amor. El camino hacia la dicha atraviesa el Calvario. La pedagogía de Dios muestra que ese es el único modo de ser bienaventurado: así se consigue la felicidad de los pobres, el consuelo de los que lloran, el alimento de los hambrientos, la paz de los perseguidos, la pureza de corazón.

Nuestro “ego” tiende a encerrarse en sí mismo. Sin embargo, necesita negarse, para afirmarse. Este es el tema de este retiro en un tiempo en que tantos “egos” luchan entre sí, tratan de imponerse y de relegar a los demás. Lo haremos en tres momentos:

– La ego-latría: cuando el “yo” se convierte en ídolo.

– Desde el “ego-sistema” al “eco-sistema” de Dios.

– El don de la a-patheia: ¡Nada te turbe!

La ego-latría: cuando el “yo” se convierte en ídolo

“Negarse a sí mismo” quiere decir “negarse a sí mismo como ídolo”

La idolatría nos lleva a adorar, a dar culto, a cualquier persona o cosa, que no es el verdadero Dios; y llamamos ídolo a la “imagen” de esa realidad mundana que hemos divinizado. Decía el cardenal de Viena, Franz König que “cualquier cosa puede ser revestida por el hombre con el brillo de lo divino y adorada después como su dios”1. Cuando abandonamos al Dios verdadero, somos proclives a divinizar cualquier realidad. El ser humano tiene necesidad de absoluto y, si no lo alcanza, absolutiza realidades parciales. Pervierte su capacidad de adoración hacia realidades que no la merecen: genera una auténtica apostasía del verdadero Dios. Ya decía Nietzsche que “hay más ídolos en el mundo que realidades”2.

La idolatría reside en el corazón. El corazón humano es una factoría de ídolos. Hay ídolos internos, que se erigen en el propio corazón. Así se lo dijo Dios a su profeta Ezequiel: “Hijo de hombre, estos hombres han erigido pestilentes ídolos en su corazón” (Ez 14,3).

Tres verbos activan la idolatría en nosotros: amar, confiar y obedecer3. El amor al ídolo lleva al adulterio espiritual4; la confianza en el ídolo lleva a la desconfianza en el verdadero Dios5; la obediencia al ídolo lleva a traicionar al verdadero rey y único Señor6. Un ídolo es aquello sin lo cual no se puede vivir. Los ídolos son adicciones espirituales, que conducen hacia un mal terrible.

Jesús, en su invitación al seguimiento, nos pidió abjurar de un ídolo especialmente peligroso y sutil: nuestro “ego”. Nos exigió olvidarnos de él, negarlo, no rendirle culto, no ponernos a su servicio.

Hace ya muchos años, Bob Dylan lo proclamaba en una de sus provocadoras canciones:

Puede que seas embajador ante Inglaterra o Francia,

puede que seas jugador o que seas un artista de la danza,

puede que seas un campeón mundial de boxeo,

puede que seas un famoso social con collar de perlas,

pero… ¡tendrás que servir a alguien!

Sí, ¡tendrás que servir a alguien!

Puede que sirvas al diablo o sirvas al Señor

pero ¡tú vas a servir a alguien!”.

(Gotta serve somebody, del Álbum “Slow train coming”).

Nuestro ídolo interior, nuestro yo, exige culto, liturgia. Por eso, nos agrada que nos alaben, que nos pongan en un pedestal, que nos inciensen. Pero cuando alguien se opone a esta “liturgia”, cómo surge en nosotros –ególatras– la ira, el más despiadado desprecio.

¿No nos sorprendemos frecuentemente siendo nosotros mismos nuestra principal preocupación? ¿haciendo que todo gire en torno a nuestro propio yo? ¿No nos acercamos principalmente a las personas que nos agradan, que participan en nuestras aficiones y comparten nuestras ideas, que nos dan la razón en todo, que engordan nuestro “ego”?

El “ego” religioso como ídolo

La “egolatría” nos amenaza –de una manera especial– en el ámbito religioso. Los hombres y mujeres de religión podemos caer en una trampa: llegar a la convicción de que el Dios que yo veo, que yo experimento, al que yo sirvo, es el único y verdadero Dios. Cuando así actuamos, “no buscamos a Dios”, lo poseemos. Desde ese postulado han actuado los inquisidores y no pocos censores eclesiásticos, los fundamentalistas religiosos. Desde ese postulado se ha pensado que la verdad está en determinados espacios (instituciones, despachos…) y no en otros. Se tiende a identificar la religión y a Dios, con un “ego colectivo” o un “ego individual”, en el cual o los cuales se enmascaran ocultos intereses. Es entonces cuando se profana el nombre de Dios, o cuando se pronuncia el nombre de Dios “en vano”: ante semejante situación el Espíritu nos aconseja: “Deja de pensar tanto en ti mismo; no valores tanto lo que tú piensas. No hagas de tus discursos, de tus conversaciones o discusiones, un momento para engrosar tu yo, ya excesivamente obeso. Acoge a Jesús como tu único Señor. Hazte siervo de Jesús, de su Iglesia”.

La destrucción de los ídolos comienza por nosotros mismos, por abatir el ídolo de nuestro yo. La auténtica religión no es la de “mi dios”, sino la del “Dios de todos”. El auténtico centro del cristianismo no es mi propio Jesús, sino el Jesús de la Iglesia. A Él debemos dar culto, por Él debemos dejarnos conducir.

 

Desde el “Ego-sistema” al “Eco-sistema” de Dios

A veces pensamos que olvidarnos de nosotros mismos, ponernos detrás, es un atentado contra nuestra persona: que estamos aquí para aprovechar la vida, disfrutarla, seguir nuestros deseos. Eso de ¡perder la vida! nos suena a masoquismo, odio a uno mismo.

 

Sacar nuestro “ego” de su recinto individualista

Lo que Jesús pretende –al invitarnos a la “abnegación” del propio yo– no es renunciar a lo más bello que hemos recibido: una personalidad con características únicas, una libertad admirable con capacidad creadora. Lo que Jesús pretende es sacar a nuestro “ego” de su recinto individualista para situarlo en el amplio espacio del Reino de Dios. Si lo decimos con un lenguaje tomado de la ciencia ecológica: ¡Jesús nos llama a abandonar nuestro “ego-sistema” para trasladarnos al “eco-sistema” de su Reino: “Para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1Pe 2,9).

Este traslado –del “ego” al “eco”– sistema nos hace pasar por momentos difíciles, situaciones complejas y adversas, noches oscuras. Pero tras las turbulencias, llegará la paz, la serena alegría que anticipa lo que está por venir. Quien nos acompaña como Consejero y Energizador en el seguimiento de Jesús es su Espíritu. Él nos hará descubrir que no estamos solos, que Jesús también ha recorrido ese camino, que muchísimas otras personas lo han recorrido. La renuncia a la “egolatría” no es una desgracia, sino la gran posibilidad del salvar el propio ser:

“Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8,35).

 

Terapia de purificación y adelgazamiento del “ego”

Las adversidades nos configuran con el Jesús, signo de contradicción y contradicho hasta la muerte. La identificación con el Crucificado nos lleva a la identificación con aquel que brindó por la llegada del Reino y se alegró y participa de la felicidad de la plenitud de la Resurrección.

La identificación con Jesús requiere asumir un proceso de muerte y llevar la cruz hasta el final. Pero ha de morir aquello que no tiene futuro, que no es vida, aunque lo parezca, que no es felicidad, aunque produzca placer. Puede parecernos triste la condición del hierro sometido a un intenso fuego para que desprenda su escoria, pero ese fuego posibilita que el hierro se vuelva maleable y pueda después ser diseñado y modelado como una preciosa imagen. Hay un tipo de tribulaciones que nos preparan para que se dibuje en nuestro ser la imagen más neta y fascinante de Jesús. En esas tribulaciones, bien discernidas, hemos de alegrarnos.

Cuando alguien quiere recuperar su figura juvenil, deformada por la obesidad o los años, se somete a la tribulación de una dieta del adelgazamiento. Y ¡cuánta alegría se tiene cuando se aprecian los primeros efectos, aunque –por otra parte– uno se sienta un poco debilitado! Hay una obesidad espiritual –la del propio “ego”– que proviene de la gula espiritual. La configuración con Cristo exige una terapia de adelgazamiento espiritual, que se realiza a través de la sequedad interior, de la abnegación, de la renuncia a tener siempre razón, de la búsqueda y acogida del “otro”. También Jesús tuvo hambre, después de días en el desierto, y tuvo sed, cuando pendía en la cruz. Fue ahí donde Jesús se “anonadó” a sí mismo y se confió totalmente al “Otro”.

El don de la A-patheia: ¡Nada te turbe!

La persona abnegada y humilde reacciona de una forma serena ante los malos juicios que se emiten sobre ella e incluso ante las calumnias:

“Os entregarán a los tribunales, y seréis azotados en las sinagogas, y compareceréis por causa mía ante los gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos. (Mc 13,9).

 

El Espíritu de la A-patheia

El discípulo de Jesús cree en la promesa del Maestro:

“Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino que será el Espíritu de vuestro Padre quien hable en vosotros (Mt 10,20).

El Espíritu Santo va generando en nosotros un estado de a-patheia, de impasibilidad, pero ¡bien entendida! No se trata del no-sentir, sino del superar una pasión egolátrica por otra pasión más sublime, que anula la anterior.

El abad san Doroteo exhortaba a sus monjes sobre la abnegación, que lleva a la a-patheia, en estos términos:

¿Cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia, a saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto? ¿Cuál es el motivo de que, otras veces en cambio, así que la oye, se siente turbado y afligido?

Quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano, porque se trata de alguien a quien procesa gran afecto. A veces también, por desprecio porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración  como si se tratara del más despreciable de los hombres. De ahí proviene el que uno no se turbe, no se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen.

Pero si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo. De ahí deriva toda molestia y aflicción. De ahí deriva el que nunca hallemos descanso. Y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la Paz”7.

La negación del propio “ego” –la virtud de la abnegación– es un camino de liberación, que niega para afirmar, que abandona para acoger, que hace recorrer el camino de un “ego en-simismado” a un “ego abierto al todo”. Esta apertura relativiza el punto de partida, y se abre a “lo absoluto”, lo que de verdad merece toda una vida.

Para san Pablo encontrar la gloria significaba identificarse con la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Quién es capaz de identificarse con el Cristo crucificado, compartir con Él los propios sufrimientos, calumnias, decepciones, queda consagrado para poder identificarse realmente con los humillados y encuentra en la Cruz el camino adecuado para la vida.

 

Seguir a Jesús en su kénosis y glorificación

Hablar de la vocación al seguimiento de Cristo no es hacer referencia aun camino de promoción social, de éxito humano, de autosatisfacción. Es entrar en la calle de la humildad, de la abnegación, de la Cruz que lleva la resurrección y a la vida. Es entrar en el camino de la identificación con Cristo.

De un compañero escuché el siguiente relato que él aplicaba al “miedo vocacional”.

Se encontraba una niña en el campo, cuando a lo lejos divisó un gran gigante. Su aspecto era impresionante, terrible. La pequeña sintió tal miedo que quiso escapar hacia su casa a toda velocidad. Pero, una especie de muro invisible a sus espaldas se lo impedía. Al mismo tiempo, la curiosidad y el deseo de acercarse la lanzaban hacia delante sumergida en una extraña fascinación. Escuchó en ese momento una voz que le decía con ternura: “¡Ven, acércate, no temas!”. Llevada por la curiosidad, un misterioso encanto y una incomprensible fuerza de atracción, inició su marcha hacia el gigante. A medida que se iba acercando, veía con extrañeza que el gigante disminuía su estatura, y su aspecto horrible se dulcificaba. La pequeña fue acelerando su paso impulsada por aquella increíble manifestación y por un extraño amor, que se apoderaba de su corazón. Por fin, llegó al lugar donde emergió el terrible gigante. Y cuál no fue su sorpresa, cuando descubrió que en realidad quien la sedujo era un pequeño bebé, un niñito que la llamó por su nombre y le alargó sus manos con ternura”

Así es toda vocación cristiana: una llamada que al principio causa miedo, horror: ¡niégate a ti mismo, toma tu cruz, deja todo lo que tienes! En los comienzos, nuestra vocación se nos muestra como una gigantesca realidad inasequible e infranqueable para nuestro “ego”. Lo que nos pide, parece que supera todas nuestras expectativas: da miedo la Cruz, repugna la humildad, duele mucho la abnegación. La vocación parece hablar de renuncia, pobreza, olvido de sí, mortificación o proceso de muerte.

No es fácil descubrir lo que hay detrás de estos primeros pasos: pero lo cierto es que, tras el Viernes Santo, llegará el Sábado Santo y finalmente el día de la Resurrección y la Navidad de lo nuevo. Jesús nos lo dijo:“porque mi yugo es suave y mi carga es ligera (Mt 11,30).

Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. (Mc 8,35).

La subida al monte Carmelo exige según san Juan de la Cruz, renunciar a nuestras apetencias, asumir las nadas. Qué bien lo expresó en uno de sus poemas:

Para venir a gustarlo todo

no quieras tener gusto en nada.

Para venir a poseerlo todo,

no quieras poseer algo en nada.

Para venir a serlo todo,

no quieras ser algo en nada

para venir a saberlo todo,

no quieras saber algo en nada .

Para venir a lo que nos gustas,

has de ir por donde no gustas.

Para venir a lo que no sabes

has de ir por donde nos sabe.

Para venir a lo que no posees,

has de ir por donde no posees.

Para venir a lo que no eres,

has de ir por donde no eres.

 

1  F. König, El hombre y la religión, en Cristo y las religiones de la tierra, vol. I, BAC, Madrid, 1960, p. 53.

2  En su obra Twilight of the Idols (1895).

3 Cf. Brian S. Rosner, Greed as idolatry: the origin and meaning of a pauline metaphor, Eerdmans, Grand Rapids, 2007, pp. 43-46.

4 Cf. Jer 2,1-4; 4; Ez 16,1-63; Os 1-4; Is 54,5-8; 62,5.

5  “Pues, ¿dónde están tus dioses, los que tú mismo te hiciste? ¡Que se levanten ellos, a ver si te salvan en la hora aciaga!” (Jer 2,28; cf. Is 45,20; Deut 32,37-38).

6  Cf. 1Sam 8,6-8, 12,12; Juec 8,23; Rom 1,25-26.

7  Doroteo, Instrucción 7: Sobre la acusación de sí mismo, 1-2, p. 88, 1695-1699).