COMUNIDAD: INVENTAR LA VIDA CON ARTE

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El grito silencioso de nuestro momento abunda en una máxima que, más o menos, todos siguen: la felicidad está en estar con quien quieres estar. Si lo piensas bien es una máxima altruista, porque comprende el encuentro, la vida compartida y la donación. Sin embargo, este «estar con quien quieres estar» choca con el principio de construcción vital de la vida consagrada, la comunidad. La máxima entonces se trastoca y cambia: la felicidad comunitaria consiste en estar con aquellos o aquellas que Dios quiere que estés. Este cambio encierra en sí el principio teológico que le da sentido. La comunidad o es leída desde Dios o no tiene razón de ser.

Me he encontrado con muy pocos que no valoren la comunidad desde un plano teórico y, paradójicamente, me he encontrado con muy pocos o pocas que, desde el punto de vista práctico, concreto y diario, sean capaces de leer la vida comunitaria desde ese plano teológico que comprende la fe. Lo que venimos denominando problemas de comunidad son, en sí, problemas de fe. Pedimos a la vida de comunión de llamados o llamadas una reciprocidad humana que no puede tener. ¿Será que es imposible la vida satisfactoriamente feliz en la comunidad del reino? ¿Será que forma parte de la identidad de los consagrados la insatisfacción vital? ¿Será que nos estamos proponiendo algo anacrónico, forzado o estéril?

Me temo que no es posible abordar las grandes cuestiones que nos dan significado de manera simplista. Teológicamente el seguimiento de Jesús en la vida consagrada se explica y reconoce en la comunión de la vida compartida. Prácticamente, podemos constatar que los estilos y formas que nos ofrecemos para compartirla son poco reales, parciales y, en conjunto, insatisfactorios. ¿Estaremos en un camino sin resolución? Creo que no es así.

La gran cuestión está en proporcionar a cada persona la pregunta adecuada para que, a su vez, se ofrezca la respuesta que necesita. La pregunta es: ¿tú estás llamado o llamada a compartir la vida en comunidad? Darla por supuesta o no facilitar la respuesta original, única y personal conduce a sistemas que funcionan con incidencia epidérmica, a mantener crisis sistémicas y, en consecuencia, a debilitar la fuerza de misión que en sí transmite la vida en comunidad. El debilitamiento de la vida consagrada no radica en sus endebles números de miembros, sino en su fragilísima pasión por la comunión. El cambio necesario se sitúa en la decisión personal de querer volver a una comunidad posible, creativa y humana. A la conquista de unas relaciones normales y personales muchas veces degradadas por la mirada funcional que nace en quienes no saben pensarse si no es desde el cargo que desempeñan. La respuesta está en abordar los cargos y servicios de animación y liderazgo como son, servicios, alternativos y frágiles que tengan como compromiso primero y único la reivindicación de todos los consagrados por el mero hecho de ser, cada uno de ellos, un milagro del carisma para nuestro tiempo. La respuesta la iremos encontrando cuando nos distanciemos de la tensión que provocan los grandes principios para reconciliarnos con las pequeñas victorias que se significan en el tiempo perdido y compartido; en la solidaridad real; en la escucha; en la aceptación, misericordia y acción de gracias por formas tan diferentes de entender la vida como Dios convoca a la comunión. Hace falta y son muy necesarios nuevos consagrados que desmitifiquen formas comunitarias caducas y ofrezcan itinerarios, de momento personales, pero que están llenos de vida y felicidad para compartir. Personas que necesitan orar y no lo disimulan por eso son capaces de inventar tiempos nuevos para el encuentro, la alabanza y la súplica. No se trata de sustituir lo que hay por la nada, sino de formular propuestas que indiquen lo que de verdad hay. Aquello que cada consagrado, de momento, guarda en su corazón y espera: un momento propicio, un verano de su vida, para poderlo disfrutar.

La afirmación no es maniquea, no puede serlo. No se trata de buenos o malos comunitarios. Mucho menos de individualistas o no (es gracioso cómo hemos convertido este término en argumento de juicio). La afirmación es que crees en la comunidad. Si crees y estás llamado o llamada a vivirla, expresa cómo la vives, cómo te afecta, cómo la quieres. Compártelo. Escucha cómo la viven y recrean otros. Descubre cómo las visiones son complementarias y te enriquecen. Celébralo y en algunos momentos importantes, por intensos, dale cuerpo. Cuando este itinerario se comparte nacen solidaridades impensables, estilos frescos, otras visiones del dinero, el amor y el honor. Cuando estas visiones se comparten y se conjuga amorosamente la elección de Dios y la elección humana, la comunidad transpira, convoca, da vida y se acerca a la felicidad. Otras formas comunitarias pueden estar envueltas en su mundo, calculando tiempos y estrategias, midiendo horarios y calibrando decisiones, compitiendo por el poder o perdidos en una historia acabada. La cuestión es que en esos espacios algunos y algunas sigan soñando y con valentía abran la voz, se atrevan contra la esterilidad y nunca olviden que la vida, desde Dios, contiene siempre el cambio y la posibilidad. La cuestión es que no nos acostumbremos y nos quede capacidad para soñar que la utopía de la comunidad solo es imposible para quien no tiene fe.