COLGAR LOS HÁBITOS

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(Dolores Aleixandre). No es una expresión que usamos desde dentro de la vida consagrada sino el equivalente popular a lo que nosotros llamamos con lenguaje neutro salidas, de manera más peyorativa abandonos o defecciones y cuando nos ponemos dramáticos, infidelidad o traición. No pretendo analizar algo tan complejo como los motivos que pueden tener quienes dejan la vida consagrada. Desde aquí quiero situarme solamente “en el lado de acá”, es decir, en cómo vivimos desde la Congregación esos abandonos. Tengo que reconocer que el tema “me enciende” desde hace tiempo, posiblemente como consecuencia de haber escuchado a bastantes exreligiosas en el tiempo que siguió a su salida: en la mayoría de los casos he echado de menos más humanidad, más calidez, más cables relacionales tendidos por parte de la Congregación a la que pertenecieron. Más allá de si las acompañaron o no en el proceso, o de si las apoyaron económicamente para comenzar otra vida, mi impresión es que en la mayor parte de los casos ha habido un “déficit sororal o fraterno”, una falta de pasos inteligentes y oportunos para hacerles llegar afecto, recuerdo y cariño, para hacerles sentir que les seguimos queriendo y que de alguna manera seguimos considerándolos “nuestros”, porque los vínculos jurídicos son una cosa y los afectos otra. Ya estoy oyendo las objeciones: que si los “salientes” se comportaron de tal o cual manera, que fueron ellos los que quisieron cortar… ¿Y qué? ¿No somos capaces de entender que hay muchas heridas por medio, que ellos son la parte débil en el “contencioso”, que nos toca a nosotros, los que nos quedamos, el permanecer fieles en la amistad y el apoyo? Irse de la vida consagrada es con mucha frecuencia tan duro como un divorcio: no es fácil procesar el fracaso, encontrar trabajo y estabilidad afectiva, comenzar de nuevo.  No hablo para “los de fuera” sino para los de dentro. Porque ellos están en su derecho de echar la persiana y cerrarse a la comunicación, pero la fidelidad y cariño de muchos años tienen que seguir ahí, esperando discretamente y sin cansarse, lo mismo que el sol espera para colarse por la primera rendija que se abra. ¿O no es esto lo que aprendemos de Jesús?