CARISMAS DEL ESPÍRITU DE CRISTO

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(Bonifacio Fernández). El Espíritu de Jesús resucitado invita, solicita, propone, hace experimentar, hace aparecer en la conciencia y en la historia humana nuevas luces. El carisma es una experiencia del Espíritu, un don del mismo Espíritu. Siguiendo las pautas el documento Mutuae Relationes 11.12.23 podemos expresarlo de esta manera. El carisma es:

Inspiración, concedida a una o varias personas. Forma parte integrante de una iluminación significativa del misterio de Dios que  se caracterizada como religiosa. Es llamada y moción del Espíritu. Incluye una percepción nueva de la situación que están viviendo las personas. En virtud de esa inspiración fundamental los iniciadores descubren nuevos caminos y respuestas a las situaciones problemáticas. Si hablamos del carisma de una congregación o de una familia religiosa no se trata de un don para provecho de una persona concreta; se trata de una inspiración e iluminación para ser compartidas.

Aspiración, el carisma de esa persona o personas es comunicativo; la experiencia del Espíritu es tan intensa que se posesiona de la persona y la hace atractiva para otras; es un carisma que se comparte. La persona o personas carismáticas tienen seguidores que se sienten atraídos por esa misma inspiración carismática. La presencia de la persona carismática, su forma de ver, de sentir, conecta con las aspiraciones, tal vez ignoradas, de otras personas, con sus anhelos y sueños. Se despiertan y/o renuevan en contacto con las personas carismáticas.

Respiración, la experiencia del Espíritu se comparte y se respira en el grupo de los que lo participan inicialmente. Es como una cualidad del aire que se respira. Se caracteriza por la espontaneidad creativa. Todavía no está muy formulado en palabras y gestos, pero está en la espontaneidad con que las personas se relacionan y perciben las posibilidades de la misión. Los discípulos de la primera generación están llamados a custodiar, profundizar y desarrollar esa experiencia del Espíritu. Se trata de hacerla visible y comunicable con palabras y gestos.

Conspiración, cada carisma es expresión de novedad y de audacia en las iniciativas. Al ser dócil al Espíritu resulta una bendición para toda la Iglesia; no termina en la persona o personas que lo inician; es dado para el bien de todo el cuerpo de Cristo. El portador último de los carismas es la Iglesia. Los diversos dones carismáticos conspiran a la formación de la Iglesia que es criatura de Cristo y del Espíritu. Por su parte, la Iglesia tiene la responsabilidad y la misión de discernir y, en su caso, reconocer el carisma como expresión de la vitalidad de la Iglesia. Los criterios fundamentales para este discernimiento son los de la comunión en la fe y de la unidad de la Iglesia.

Aparición, el mayor don de Dios es la pascua de Cristo. Dios Padre resucita a Jesucristo crucificado y lo hace visible. Pentecostés es una dimensión del gran acontecimiento de la pascual. El Espíritu es inseparable de Jesús. Los carismas del Espíritu de Jesús resucitado tienen una dimensión cristológica. Son revelación y aparición de la presencia y acción de Cristo. Las apariciones del Resucitado son continuación de su presencia y acción en la historia.

Desaparición, los carismas no son necesariamente duraderos. Son dados a la Iglesia para despertar su atención sobre algún aspecto del misterio de Cristo y sobre las necesidades pastorales del pueblo de Dios. Pueden ser dones para recordar algún aspecto olvidado de la piedad y vida eclesial. Pueden alumbrar parte del misterio de la historia de la salvación que está como desaparecido en las páginas y gestos de la Escritura Santa. Pero en la medida en que son reconocidos por la Iglesia como expresión de su vida y misión tienen vocación de persistencia en ella. Se autentifican en las dificultades. En ellas expresan su vitalidad de su entusiasmo inicial.

Re-aparición, Los carismas son dones del Espíritu. Expresan la vitalidad del Espíritu en la historia humana. Pueden ser permanentes o transitorios.  Se renuevan y reaparecen según las necesidades del pueblo de Dios. En este contexto también es importante recordar la co-esencialidad de los dones carismáticos y los dones jerárquicos. Co-esencialidad es más que mera co-existencia. Los dones carismáticos son constitutivos de la Iglesia misma (Cf. Christifideles Laici n.55 y VC n.29)

Visión, el carisma como don del Espíritu lleva consigo una intuición por parte del receptor y receptores del carisma. Dicha intuición está en la línea de la experiencia profética. Como el profeta bíblico conoce la situación presente y es centinela del futuro del pueblo, así el fundador o iniciador carismático también recibe una percepción pastoral y espiritual del pueblo de Dios e inicia una nueva manera de abordar la situación. Iluminado y movido por el Espíritu, el fundador o fundadora recorre un camino personal que se convierte, en muchos casos, en camino de santidad que la Iglesia aprueba, previo un largo discernimiento.

Acción, el carisma es un don que llama a la acción, una acción creativa. Una nueva manera de percibir las situaciones problemáticas y de actuar frente a ellas. Hay carismas que acentúan la dimensión apostólica y desde ella ponen de relieve rasgos propios del misterio de Jesús.

Evolución, se puede representar el desarrollo y evolución de los carismas mediante las etapas de la vida humana. También los carismas tienen un tiempo de nacimiento e infancia, una etapa de juventud y expansión; una etapa de madurez y esplendor, y una etapa de decadencia y finalmente muerte. En la etapa en que aparecen los síntomas de la decadencia es posible la renovación y la refundación del carisma. El análisis del estado evolutivo de una comunidad o grupo carismático se puede “medir” explorando la relación que existe entre la visión y la administración. En la medida en que prevalece en todos sus  miembros la visión, se puede concluir que el carisma goza de buena salud.