“BUSCADORES DE VIRTUDES” LA FE, CREER PARA VER (PROPUESTA DE RETIRO)

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Hay personas de luz que ven aquello que otros no vemos, porque tienen fe. ¡Creen y ven! Otras personas, en cambio, necesitan ver para creer. Porque no ven, no creen, necesitan pruebas.

Para creer hay que dar un salto en el vacío. Y ese salto es posible cuando Alguien nos empuja, contando con nuestro tímido ¡sí!

En la vida consagrada tenemos el peligro de una pérdida progresiva de fe: creer únicamente aquello que vemos, abandonar la utopía, vivir como funcionarios de lo sagrado, o de cualquier otra actividad benéfica, sin estar iluminados por la mística de la fe.

Comenzamos este año meditando sobre la virtud de la fe. Lo haremos inspirados por la gran encíclica de los dos papas Benedicto XVI y Francisco, que titularon “Lumen Fidei”. Esta meditación se realizará en tres momentos: 1) La fe es Luz; 2) Creer en Jesús y con Jesús; 3) Comunidades, constelaciones de Luz.

La fe es Luz

“Mis ojos… los hiciste para ver”

Tenemos ojos: gracias a ellos, podemos ver; pero de poco sirven, si no hay luz exterior. Los antiguos adoraban al sol porque gracias a él nuestros ojos pueden ver. Necesitamos también los ojos del Espíritu (Ap 5,6): la luz interior de la razón, de la imaginación, de la intuición, que nos conceden la visión intelectual y espiritual.

El ser humano no se cansa de ver. Anhelamos más visión y sospechamos que hay formas todavía superiores de visión que nos son inaccesibles. Los teólogos y filósofos medievales hablaban de la “visión beatífica”. Los apocalípticos y los profetas hablaban de la “visión perfecta”, aquella que concede el Espíritu de los siete ojos; y del Mesías como aquel que “da vista a los ciegos” y es “la estrella matutina sin ocaso”. Jesús mismo se nos presentaba como “luz”: “He venido como luz, para que quien crea en mí no permanezca en tinieblas” (Jn 12,46). A Marta, que lloraba la muerte de Lázaro, Jesús le habló de la fe como órgano para ver la belleza de Dios: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?» (Jn 11,40).

Quien cree, ve1. Quien no cree está ciego, y si es un líder es –en palabras de Jesús– un “guía ciego” (Mt 23,16.24).

La fe es promesa

La fe es –decimos en la Iglesia– una virtud teologal. El adjetivo “teologal” nos indica que la fe, así entendida, solo acontece bajo una especial iluminación divina. Sin ella, permaneceríamos en nuestra ceguera. El mundo espiritual nos sería inaccesible porque como decía el Principito de Saint Exupery, “lo esencial es invisible a los ojos”.

¿Cómo se explica esa iluminación divina? Dos preciosos himnos litúrgicos al Espíritu Santo nos dan la respuesta: la secuencia de Pentecostés “Veni, Sancte Spiritus” y el himno “Veni Creator, Spiritus”. En ellos suplicamos al Espíritu que se derrame en nuestros corazones y le pedimos que:

Nos “mande su luz desde el cielo”2;

Sea “luz de los corazones”3, “luz divina que penetra y enriquece hasta el fondo del corazón4;

Encienda la “luz de los sentidos”5;

Visite nuestras mentes6;

Nos haga conocer al Padre y al Hijo7 y creer en Él en todo tiempo8.

Es el Espíritu quien nos ilumina por dentro, la luz interior que nos hace creer y nos concede una extraordinaria visión de toda la realidad. Por eso, le pedimos a Dios nuestro Padre que “no nos quite su santo Espíritu” (Sal 50). La visión, la luz de la fe, es un don que hemos de suplicar insistentemente. No hay que estar seguros. Podemos entrar en un proceso de pérdida progresiva de la fe.

La fe es compromiso

La presencia del Espíritu en nosotros no es violenta: “donde está el Espíritu, allí está la libertad”9 (2 Cor 3,17).

La promesa del Espíritu –su don– no acontece al margen de nuestra voluntad, de nuestro compromiso. Como los acróbatas, hemos de dar un salto en el vacío, sabedores de que hay unas manos que nos van a acoger y llevar a otra dimensión. La fe es el resultado de una Alianza: don y libertad en mutuo diálogo. San Oscar Romero dedicó su homilía de la misa crismal del Jueves Santo, 12 de abril de 1979, al “Espíritu de la nueva Alianza”. El Espíritu Santo nunca suprime nuestra libertad: la potencia, la energiza. Sus dones nos hacen crecer como seres humanos. Su luz enriquece nuestra visión y la lleva hasta límites insospechados. La fe es, por lo tanto, don y es virtud. A nosotros nos toca crecer en la fe, descubrir todo el misterio que ella encierra: la fe debe “ser alimentada y reforzada para que continúe guiándonos en nuestro camino”.

El Espíritu nos introduce en el maravilloso eco-sistema de la Liturgia de la Iglesia, de la profesión de fe, el Credo, de la Misión, de la Comunión sin exclusiones. En esa atmósfera la persona agraciada con el don de la fe se convierte en “vidente” y en proyector de la luz de Dios.

Creer en Jesús y con Jesús

La fe es anti-idolátrica

Hubo un tiempo en el que se hablaba de la “diosa razón”. Esa era la religión de la Ilustración, que todavía persiste. Una diosa que promete luz y después abandona en la oscuridad; una diosa que muestra un camino e introduce en un laberinto.

En estos tiempos de posmodernidad nos hemos dado cuenta de que no debemos idolatrar la razón, porque su idolatría nos ha llevado a terribles conflictos. No obstante, hemos ido cayendo en otras idolatrías: la del “yo narcisista”, que nos ha llevado a perdernos en la multiplicidad de los deseos, frecuentemente caóticos, la idolatría del dinero, del sexo, del poder.

La fe, en cambio, es anti-idolátrica10: renuncia a la posesión inmediata y espera la revelación de Dios, cuando Él quiera; nos orienta hacia una verdad mucho más grande que nosotros mismos: “el yo del creyente se expande para ser habitado por Otro, para vivir en Otro”11.

Nos unimos a Jesús para creer

La fe, don del Espíritu, nos lleva a Jesús, a creer en Él y a unirnos a Él para creer. El seguimiento de Jesús se tradujo, después de su muerte y resurrección, en “fe en Jesús” y “con Jesús”. El creyente asume el punto de vista de Jesús; participa en su manera de ver la realidad; queda iluminado por su luz, porque Él es la Luz del mundo. Participamos en su manera de ver. Y Jesús nos abre un espacio inmenso para la experiencia humana. La fe nos libera de nuestro “yo aislado”, nos abre a otros horizontes12 en los que no estamos solos: “participamos de una memoria mayor que nosotros mismos”13; acontece dentro de la comunión de la Iglesia.

“Quien recibe la fe descubre que los espacios de su yo se amplían y se generan en él nuevas relaciones que enriquecen su vida”14.

Cuando confesamos el “Credo”, somos invitados a entrar en el Misterio y a dejarnos transformar por él. El “Credo” es un “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo” explicitado. En él ponemos a nuestro Dios Trinidad en el centro de todo, recorremos los misterios de la vida de Jesús hasta su muerte, resurrección y ascensión al cielo, en la espera de su venida gloriosa al final de los tiempos, confesamos la presencia vivificadora y plenificadora del Espíritu Santo15. Cuando rezamos el “Padre nuestro” compartimos la experiencia espiritual de Jesús, vemos la realidad con sus ojos, con su luz16.

También la oración del Señor, el Padre nuestro nos hace compartir la experiencia espiritual de Jesús y ver la realidad con sus ojos, con su luz.

Comunidades: constelaciones de Luz

La comunidad en que se reúnen personas de fe, es luminosa, foco de luz. Se reproduce en ella el “misterio de la luna”, pues refleja constantemente la luz del Sol.

 

Vida consagrada: profesión y experiencia de fe

La vida consagrada –en cualquiera de sus formas– nace de la fe, persiste gracias a la fe y culmina en la mística y la visión. ¿Qué es la vocación a la vida consagrada, sino una experiencia de fe, un salto acrobático hacia Jesús sin la red del matrimonio, de la posesión, del poder? O ¿un caminar, como Pedro, sobre las aguas hacia el Señor de cielo y tierra? Y ¿qué es lo que nos hace perseverar, sin caernos, sin hundirnos, en esta aventura? ¿No es la inclusión en una comunidad de fe, que desde que se levanta hasta que se acuesta, está configurada por la conexión con la luz divina? Y ¿hacia dónde camina esta forma de vida cristiana? ¿No es hacia la mística, la zona luminosa que trasciende toda ciencia? La vida de fe está llamada a convertirse en transformación mística, en desposorio. Ese es el resultado final de una alianza con Dios Padre con Jesús, inspirada y movida por el Espíritu Santo.

La fe mueve montañas; la fe empodera a los discípulos con el poder de Jesús. Una vida consagrada configurada por la fe le hace a Jesús exclamar hoy: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis”17 (Lc 10,23).

No deseamos una vida consagrada de “guías ciegos”, ni de consagrados “ciegos” al borde del camino, como el ciego de Jericó. Jesús nos pregunta hoy: “¿Qué quieres que haga por ti, vida consagrada? Y le respondemos: “Señor, que podamos ver” (cf. Lc 18,35-43).

Aunque nuestro paisaje sea monótono y pobre, como un paisaje lunar, podemos reflejar constantemente la luz del Sol, de Jesús y de su Evangelio. Podemos convertirnos en una constelación que indica la fuente de toda visión. Nuestra sociedad posmoderna debe encontrar en nosotros una referencia clara a la fuente de toda luz, de toda visión, de todo conocimiento.

La fe no nos aleja del compromiso por un mundo más justo, más en paz, más ecológico. La fe se traduce en obras. Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento las enseñanzas de Jesús, nuestro Maestro18.

Sin Dios Padre-Madre el ser humano pierde su puesto en el universo. Se difumina en la naturaleza. Renuncia a su propia responsabilidad moral. Tiende a hacerse árbitro absoluto atribuyéndose un poder de manipulación sin límites”19.

“Cuando la fe se aminora existe el riesgo de que también se aminoren los fundamentos de la vida… Si quitamos la fe en Dios de nuestras ciudades, se enfriará la confianza entre nosotros; lo que nos unirá será solamente el miedo; quedaría amenazada la estabilidad”20.

La fe en Dios no elimina ni resuelve intelectualmente el enigma del sufrimiento, individual o social. En cambio, lo ilumina como “una lámpara que nos guía en la noche… y esto es suficiente para el camino… ofrece una respuesta bajo la forma de una presencia que nos acompaña”21.

Comunidades de luz: “quien te cree, te crea”

Cuando somos comunidades de creyentes, al estilo de Abraham, de María, de nuestros Fundadores, proyectamos sobre el mundo una luz que viene del porvenir, del futuro emergente. Nosotros no queremos conquistar el mundo. Esa no es nuestra misión. Sino que nuestro deseo es que el mundo se deje conquistar por Dios y sea dócil a su Espíritu. Nuestro deseo no es servir el viejo templo, ni favorecer la ciudadanía de la vieja Jerusalén. Somos utópicos, porque sabemos que el futuro del mundo está en las manos del Dios de la Alianza nueva y definitiva.

La mirada de la fe nos hace creer en el ser humano, en todo ser humano. Incluso en aquellas personas que no nos parecen dignas de fe. La fe en el otro lo ilumina, lo transforma: “quien te cree, te crea”. ¡Ahí reside su poder! El Espíritu se difunde sin dificultad allí donde menos esperamos.

Porque creyendo participamos en la re-creación del mundo, la sociedad necesita nuestra profesión y testimonio de fe. Esta virtud no nos hace extraños a la ciudad terrena. Nos convierte en resortes de transformación, en mensajero de que “otra sociedad es posible” y se llama apocalípticamente “nueva Jerusalén”, “nuevo cielo, nueva tierra”.

Un poema: ¡Pobre ciega!

¡Que ciego es el mundo! Madre,

¡Que ciegos los hombres son!

Piensan, Madre, que no existe

más luz que la luz del sol…

Madre, al cruzar los paseos

cuando por las calles voy,

oigo que hombres, mujeres

de mí tienen compasión.

Que juntándose uno a otro

hablan bajando la voz,

y que dicen: ¡Pobre ciega!,

que no ve la luz del sol.

Mas yo no soy ciega, Madre;

no soy ciega, Madre, No;

Hay en mí una luz divina

que brilla en mí corazón.

El Sol que a mí me ilumina

es de eterno resplandor;

mis ojos, Madre, son ciegos,

pero mi espíritu, No.

 

Cristo es mi Luz, es el día

cuyo brillante arrebol

no se apaga en la noche,

en el sombrío crespón.

Tal vez por eso no hiere

el mundo mi corazón

cuando dicen: ¡Pobre ciega!

que no ve la luz del sol.

Hay muchos que ven el cielo

y el transparente color

de las nubes, de los mares

la perpetua agitación.

Mas cuyos ojos no alcanzan

a descubrir al Señor

que tiene a leyes eternas

sujeta la Creación.

No veo lo que ellos ven,

ni ellos lo que veo yo;

ellos ven la luz del mundo,

yo veo, Madre, la luz de Dios.

Y siempre que ellos murmuran:

¡Pobre ciega!, digo yo:

¡Pobres ciegos!, ¡Que no ven

más luz que la luz del sol!

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1Cf. Papa Francisco, Lumen Fidei (=LF), n.1.

2  “Emitte coelitus  lucis tuae radium”.

3  “Veni, lumen cordium”.

4  “O lux beatissima, reple cordis intima tuorum fidelium”.

5 “Accende lumen sensibus”.

6 “Mentes tuorum visita”.

7 “Per Te sciamus da Patrem, noscamus atque Filium”.

8 “Teque utriusque Spiritum credamus omni tempore”

9  οὗ δὲ τὸ πνεῦμα κυρίου, ἐλευθερία.

10 Cf. LF, 12.13.

11 LF, 2.

12 LF, 5.

13 LF, 38.

14 LF, 39.

15 “Quien confiesa la fe, se ve implicado en la verdad que confiesa. No puede pronunciar con verdad las palabras del Credo sin ser transformado, sin inserirse en la historia de amor que lo abraza, que dilata su ser haciéndolo parte de una comunión grande, del sujeto último que pronuncia el Credo, que es la Iglesia. Todas las verdades que se creen proclaman el misterio de la vida nueva de la fe como camino de comunión con el Dios vivo. (LF, 45).

16 LF, 46.

17 μακάριοι οἱ ὀφθαλμοὶ οἱ βλέποντες ἃ βλέπετε.

18 Cf. LF, 51.

19 Cf. LG, 54.

20 LF, 55.

21 LF, 57.