Protestas al aire

Todos tenemos derecho a protestar y a enfadarnos. Es una necesidad cuando pensamos y creemos que no se nos reconoce lo que se nos debe. En una sociedad como la nuestra, es algo que hemos conseguido y que ofrece la posibilidad de posicionarnos.

Derecho a criticar a quienes gestionan lo nuestro.

Derecho a protestar cuando sentimos que nos hacen un agravio comparativo.

Derecho a ignorar el trabajo y cansancio de los que están a nuestro servicio.

Derechos que nos envalentonan y nos sitúan en una postura elevada sobre los demás.

En la situación social más difícil que hemos vivido en las últimas décadas están brotando los derechos como champiñones; sin darnos cuenta de las consecuencias que van a acarrear. Hemos pasado de aplaudir a denunciar, de descubrir a señalar, de proteger a desnudar. Cuando el Covid-19  -y el miedo que sobrelleva-, toca a mis mayores, a mis niños, a mi trabajo o a mi rollo de papel del váter, nos olvidamos de las obligaciones de ciudadano y pasamos del aplauso a la denuncia.

El tema es que nos estamos equivocando de enemigo. El que nos asusta –y te lo señalo a ti que lees- no tiene rostro, es invisible y nos trae de cabeza. Y te lo recuerdo porque ese enemigo no es: ni tu enfermera, ni tu médico de cabecera, ni la directora del colegio de tus hijos, ni el  conductor del metro o el basurero que limpia tus calles. Todos ellos tienen sus fantasmas y comparten tu miedo. Pero no son tu enemigo.

Y lo digo, porque en este inicio de curso ha brotado un egoísmo tal que nos sitúa en los primeros pasos de la evolución humana: miedos atávicos que están generando sospecha, dolor y una deriva de cansancios. Con sospechas sobre los desdobles y grupos burbuja asignados por el colegio, dolor por las familias que -con un positivo IgM-, han de confinarse, y cansancio por las horas perdidas en  horarios y decisiones que caducan de inmediato.

La madre de los Zebedeos -y quien no sepa la historia puede leerla en el evangelio de Mateo (Mt 20, 21-28)-, se presentó a Jesús cuando el Maestro estaba en medio de una crisis personal importante. A ella le importó poco, ella luchaba por sus hijos para exigirle el lugar donde debía situarles.

“No sabes lo que pides mujer. ¿Van a poder beber del cáliz que yo voy a beber?”

Ella no debía saberlo porque lo que venía a continuación y donde embarcaba a sus vástagos eran Pasión, cruz y muerte. Si ella se hubiera parado a pensar en los otros diez discípulos, si no le hubiera exigido a Jesús cumplir su criterio, si no hubiera sospechado de las decisiones y se hubiera fiado del Maestro, no hubiera puesto a los suyos en el disparadero: “Ellos contestaron. ¡Claro que podemos beberlo!”

Levantar la bandera de los derechos sin pensar en grande, sin tener en cuenta a los demás, sin considerar la normativa que se nos da, sin fiarse del corazón de aquellos que siempre han velado por los nuestros, contribuye a mayor dolor, sospecha y genera esterilidad.

Ante nuestro derecho a protestar y a enfadarnos frente al centro de salud o el colegio de mis hijos está la consecuencia de nuestras peticiones: “Mi cáliz lo beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre”.

En el momento más crudo de nuestra historia reciente, merece la pena seguir leyendo ese evangelio que termina diciendo: “… el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo». Y así invertir en generosidad y manifestarlo en confianza, en aquellos y aquellas que –desde hace muchos años- nos han dado lo mejor de sí. Y abandonar la irracionalidad de unas protestas que nos presentan como egoístas e incapaces y que se llevará el viento.

 

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