Dar la espalda

Ofrecerse es arriesgarse a ser rechazado. La cruz, los sufrimientos y el dolor tienen la capacidad de encerrarnos en nuestro pequeño mundo o hacernos huir.

La enfermedad, la muerte, el confinamiento –en este momento- provocan un encerramiento profundo a dimensiones en las que no entran ni los que comparten con nosotros el espacio. Lo comprobamos en una María Magdalena que se conforma con llorar ante un muerto, en un Pedro que regresa al lago a pescar, en un Tomás que se niega a aceptar que el amigo vive y en la huida decepcionada de los de Emaús. 

Estos días son dos los que dan la espalda a lo ocurrido horas antes y regresan a su casa quejosos, frustrados y asqueados por un fracaso: «Nosotros esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel». ¡Y aquí estamos! Asustados, encogidos, aislados… Si cada uno pusiéramos de manifiesto nuestras expectativas de fe nos sorprenderíamos. No tanto por descabelladas sino porque sólo apuntaban a la seguridad y al éxito.

Si algo deja claro Jesús -a los que invita a seguirle- es a perder y levantar la propia cruz. Lo que no vacuna ante el miedo y el sufrimiento, pero sí permite ser encontrados. En esa huida se hace presente el resucitado y clarifica la necesidad, propia de lo humano, de aceptarlos para ser salvados. En esta reclusión se hace presente el resucitado y nos muestra la necesidad de acoger, reconocer y anhelar el darse y entregarse.

En el evangelio, vemos cómo se encienden los corazones de aquellos dos huidos y una suerte de resilencia que les lleva de la huida a la invitación: ¡Quédate! Metiendo a Dios en lo más íntimo y dejando iluminar nuestras oscuridades nos demos la espalda ni al presente ni a los nuestros: salgamos y revivamos, sin dar la espalda.

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