Las manos y el corazón

Hace casi seis años, en la reflexión sobre el Ebola -en esta revista-, escribía: «Cada vez que sale un leproso en el evangelio me cuesta explicar la situación de exclusión y de rechazo que sufría, y de miedo que él suscitaba en la gente. Pero la semana pasada pude comprobar, en un programa de tv, los sentimientos que han brotado en la gente ante la muerte por ébola de Miguel Pajares; religioso de la Orden de San Juan de Dios».

En aquel programa de debate se sucedían los argumentos a favor y en contra de que tal religioso viniera a España a ser tratado del virus mortal. Que si nos podía infectar, que si es costoso desalojar toda un área del hospital, que si él se lo buscó en África, que tendría que haberse quedado…

Ahora estamos con un virus encima. Con una capacidad para ser contraído que se nos han quitado las ganas de seguir culpando a las gentes de China. No da tiempo ni a juzgar ni a sentenciar porque necesitamos lavarnos las manos…

Todo este asunto está poniendo de manifiesto lo vulnerable que es nuestra sociedad; sociedad segura del primer mundo. Vulnerable porque no sabe lo que es el hambre que sigue matando niños, no reconoce las enfermedades sencillas que siguen soportando los pobres y no quiere pararse a pensar en una pandemia que nos iguale a todos.

Si en el programa de TV se desvinculaba el compromiso del misionero con sus semejantes de la enfermedad y se le juzgaba por imprudente, ¿qué no harán con nosotros? Ninguno estamos libres del COVI 19. Como del pecado. Como de la contaminación. Como de la desafección.

En esta Cuaresma siento que hemos de lavarnos no tanto las manos como el corazón.

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