Hugs

“Un padre repartió sus bienes” a sus dos hijos por insistencia del hijo menor y, al hacerlo, dejó preparada la parte del mayor.

Son las palabras más dolorosas de esta parábola ya que pedir la herencia en vida es ¡de lo más triste!

Nosotros hemos recibido la herencia del Padre en vida; mejor dicho !antes de vivir! Antes de venir a este mundo Dios ya nos había dejado una herencia la salvación. Una parte tan liberadora, tan salvadora, tan generosa que no cabe en ninguna cabeza y así ocurre, que pasa inadvertida.

Como el hijo menor, nosotros -hijos de rico- necesitamos afirmarnos y ser nosotros mismos; sin referencia a nada ni a nadie. Como si hubiéramos nacido por generación espontánea. ¡Dios perdónanos! Nos pasamos media vida sin valorar tu gesto de amor, y la otra mitad intentando salvarnos a nosotros mismos. Salvación sin ti. Pensando que cuánto más lejos de ti más humanos y más libres somos.

Como le ocurrió al hijo mayor, nosotros -hijos cumplidores- aguantamos en la familia porque «alguien tiene que hacerlo». Y acabamos cansado, asqueados, juzgando a nuestro hermano por no habernos atrevido a realizar lo que él; y no por falta de ganas, sino de valentía. ¡Dios perdónanos! Porque sigues esperando a que volvamos a ti, ya sin herencia, con deudas, con el corazón frío. Tú nos esperas porque has sufrido la separación más que nosotros.

“Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, si pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación”.

A nosotros que estamos cansados de correrías y nos asustan -ahora- las de los demás. A nosotras que se nos llena la mente de preguntas cuando hace años agradecimos no escuchar ni un recproche.

En esta sociedad nuestra tenemos la edad de abuelos o madres que han de mostrar la sonrisa y la acogida de Dios. Dando a entender que somos sus hijos, sus hijas reconciliados que invertimos en relación y en diálogo. Que damos ejemplo en abrazos; nuestra herencia.

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