No ver

109BLa ceguera de quien ha visto es una de las crueldades más grandes de la naturaleza humana. Pero la ceguera del que cree ver y no se entera de nada, es un castigo para los que le acompañan.

Hace unos días los discípulos habían quedado retratados como ciegos: ni servicio, ni humildad, ni apertura… Se creían más que la gente que se acercaba a Jesús, pero estaban ciegos.

Y nada más salir de la ciudad fortificada de Jericó nos encontramos con el ciego Bartimeo. Sabemos que había perdido la vista porque al final del pasaje se dice que «recobró la vista». Conocemos su apellido ya que era hijo de Timeo. Pero lo encontramos tirado a la vera del camino, pidiendo limosna, solo, abandonado, estigmatizado. Bueno, así lo pinta Marcos: «Estaba sentado» en el camino a las afueras de la ciudad amurallada conquistada por Josué. En una situación contradictoria ya que un camino es para transitar; no para quedarse a vivir, es para comunicar; no para aislar. «Al borde del camino». Al margen del camino; marginado. Donde confluyen bien y mal. «Pidiendo limosna», ya que su situación maldita le impide trabajar. Mendiga para sobrevivir. Su única propiedad, un manto con el que protegerse. Así estaba Bartimeo cuando Jesús pasa a su lado.

El ciego afinó el oído y se puso a gritar… a gritar para que Jesús lo oyera. ¡No me extraña! Yo también lo haría si fuera la última oportunidad de mi vida. Los demás le mandan callar porque les avergüenza; pero él grita con más fuerza. El ciego llama a Jesús por su condición de «Hijo de David». Y Jesús al ser reconocido, se detiene y lo reclama. Es cuando Bartimeo -sin que nadie le ayude- pega un brinco en su oscuridad y se planta ante de Jesús al que no ve pero al que oye. Un salto al vacío, sin miedo al golpe o a quedar defraudado. Sin importarle la gente.

«¿Qué quieres que haga por ti?» –la misma pregunta que Jesús hizo a los hijos del trueno. Y Bartimeo, el ciego, pide a Jesús su compasión: «Señor que pueda ver». Al instante recobró la vista y vio al Mesías. Al que ninguno de los otros reconoció con los ojos de la carne lo hizo el ciego con el corazón. Y por eso, Bartimeo «seguía – a Jesús- por el camino», por los límites del mundo donde él había sido encontrado.

Puro agradecimiento que le convierte en discípulo y apóstol para los que creen no ver.

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