“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”:

Las de la profecía de Daniel son palabras para “tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora”. Las del evangelio lo son para los días que vendrán “después de la gran angustia”, días de regreso de la tierra al caos primordial, cuando sol y luna no la iluminaban y los astros no ocupaban sus órbitas en el cielo.

Pero profecía y evangelio remiten a tiempos que, por misteriosos y lejanos, difícilmente percibiremos en la comunidad eclesial como angustiosos y como nuestros.

De ahí la necesidad de escuchar profecía y evangelio desde el dolor de las víctimas, desde el caos en el que todas ellas deambulan, como si sus vidas y su mundo no formasen ya parte de la creación de Dios.

Desde el abismo, Jesús de Nazaret se preguntaba: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Desde lo hondo, el emigrante se preguntaba y me preguntaba “si Dios había creado también a los negros”.

Necesitamos escuchar profecía y evangelio desde el no mundo de los pobres, desde la noche de los crucificados, desde el árbol seco de los malditos, desde la angustia de los excluidos de la paz, desde el temblor de hombres, mujeres y niños entregados a la intemperie de una tierra informe y vacía.

Sólo quienes todo lo han perdido,  Jesús de Nazaret el primero, y con él todos los excluidos de la creación y devueltos al caos , sólo ellos pueden reconocer en Dios su todo, y poner en su Creador toda esperanza de ser.

En comunión con Cristo y con los pobres,  también nosotros aprendemos a decir las palabras del salmo: “Protégeme,  Dios mío, que me refugio en ti”.

Y en esa admirable comunión tu corazón sabrá que “el Señor es el lote de tu heredad”, todo tu ser sabrá que tu suerte está en la mano de tu Señor.  “Por eso se te alegra el corazón, se gozan tus entrañas, y  todo tu ser descansa sereno”.

Hoy, en Cristo, Dios te sacia de alegría.

Feliz domingo, Iglesia amada del Señor.

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