Haz memoria de la misericordia

Mi hermana Carmen lo expresó así: “Vivir desarmados… una forma de vivir que yo desearía encarnar… comprendo que es una gracia que hay que pedir”.

Jesús lo había dicho con palabras de mandato nuevo: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, y rezad por los que os persiguen y calumnian”.

El mandato del amor, grabado por la fe en las tablas del corazón, devuelve al mundo la bondad y la gracia en la que fue creado, devuelve a la tierra la abundancia y la belleza del jardín de Edén, devuelve al ser del hombre un aire con el ser Dios.

Por eso, el mismo que dijo: “Amad”, añadió: “Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo”.

De nuestro Dios había dicho el salmista: “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida y te colma de gracia y de ternura. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia”. De nuestro Padre hablaba Jesús cuando decía: “Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”.

El sol y la lluvia, las fuentes de la vida, la vida misma, eso ofrece a todos el Padre del cielo

Como hijo suyo dejarás que para todos salga el sol de tu amor, y que venga sobre todos la lluvia de tu solidaridad. Como hijo suyo aprenderás a perdonar, curar, rescatar, colmar de gracia y de ternura. Como hijo suyo te fijarás en el que sufre y lo llevarás para cuidarlo a la posada de tu compasión y tu misericordia.

Ahora, si quieres, guardada en el corazón la revelación que se te hace, considera el sacramento que celebras. Viene a ti el Hijo, el que es imagen visible del Dios invisible. Sale para ti la luz del mundo, para ti que hoy mismo, en tu celebración, te has confesado pecador y necesitado de perdón. Hoy, con el Hijo, viene sobre ti la justicia que tiene en el cielo su morada.

Ahora ya sabes donde se aprende a vivir desarmados, pues en la Eucaristía, humilde, frágil y pobre como un pan, te visita la compasión del corazón de Dios, te envuelve la misericordia de sus entrañas. En la Eucaristía, compasión y misericordia se quedan contigo en el Cuerpo de Cristo que recibes: Se quedan contigo para ser tuyas.

Que la misericordia que ofreces a todos haga memoria de la misericordia que recibes de Dios.

Un día, delante Cristo, los pobres a quienes amaste darán testimonio de que te parecías a tu Señor.

Feliz domingo.

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