Un pueblo en tinieblas, una luz en pañales

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les brilló”.

El profeta nos toma de la mano para que entremos en el misterio de esta noche nuestra que, por ser la del nacimiento de Cristo Jesús, es llamada  con verdad la “noche-buena”.

Versículo a versículo, la profecía va componiendo en cada uno de nosotros, en la comunidad eclesial, en todas las criaturas de la tierra, un cántico nuevo al Señor nuestro Dios, va pronunciando una bendición para su nombre, va haciendo la narración de sus maravillas, una confesión asombrada y gozosa de lo que la fe celebra en esta noche. Y todo nuestro ser lo canta: “Hoy nos ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”.

Tinieblas, sombras, noche, representan la ausencia penosa y oscura de lo necesario para que la vida sea digna.

¿Qué es lo que necesitamos en nuestra noche? No es riqueza, que se nutre de pobres. No es poder, que se levanta sobre humillados. No es la salud ni el bienestar, bienes deseables, pero frágiles, inconsistentes, de paso efímero como el humo.

Lo necesario para que la vida humana sea digna es cuanto la fe atribuye al ser de Dios: bondad, justicia, misericordia, solidaridad, generosidad, paz, amor…

Las tinieblas en que caminamos, esas sombras en las que habitamos, esa noche en la que nos movemos, representan nuestra indigencia de bondad, de justicia, de amor y de paz, nuestra pobreza de Dios, nuestra necesidad de la Navidad.

Indigentes de Dios eran aquellos hombres y mujeres a quienes interpelaron en su día las palabras del profeta. Indigentes de Dios somos ahora nosotros, los reunidos para la eucaristía de esta noche santa. Indigentes de Dios –de justicia, de bondad, de solidaridad, de ternura infinita-, son los pobres en los que Dios mismo se nos ha hecho indigente.

En esta noche, en nuestra noche, “nos ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”.

Hoy, en la noche de todos los indigentes, “una luz les brilló”; hoy ha nacido Jesús de María: “Allí –en Belén- le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”.

Así, envuelta en pañales y acostada en un pesebre se te mostrará la luz que te viene de Dios. Así, envuelta en pañales y acostada en un pesebre, entra en tu vida la justicia, la alegría, la abundancia, la paz. Así, en un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, viene a ti aquel cuyo nombre es “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz”. Así, bajo la humilde apariencia de un pan, sobre limpios corporales, en la mesa de tu eucaristía, brilla hoy para ti el misterio de la Navidad. Así, en cada hermano pobre para quien hayas sido buena noticia, habrás encontrado y acogido y envuelto en pañales de ternura a Cristo Jesús.

Si has encontrado tu Luz, si la has recibido, si te has dejado abrazar abrazándola, el corazón encontrará las palabras de tu cántico nuevo, y con todo tu ser bendecirás al que, en este Niño de María, en esta Luz de Dios, te ha bendecido con todo su bien, con todas las bendiciones del cielo.

Feliz Navidad.

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