“Ábrenos el corazón, Señor”

Si nombras lo que buscas, tendrás el nombre de lo que llevas en el corazón.

Si has buscado riquezas, prestigio, grandeza, poder, seguridades, eso hallarás almacenado en lo más íntimo de ti mismo: tus riquezas, tu prestigio, tu grandeza, tu poder, tus seguridades, eso será tu vida, ése será tu reino, ése será tu mundo, eso será lo único que encuentres en tu corazón.

Si así fuere, nada tendrán que ver contigo los que pasan hambre, los obligados a desplazarse para huir del hambre, los que cada día mueren de hambre… No habrá lugar para ellos en ese corazón que ya no es tuyo sino de lo que te ha ocupado y poseído.

Pero si todavía buscas algo más allá del interés económico, del éxito político, de la curiosidad intelectual, si todavía añoras algo más allá de ti mismo, ti todavía sueñas con llegar a ser humano, entonces escucha con atención, porque son para ti, las palabras del profeta: “Buscad al Señor… invocadlo… que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor… a nuestro Dios”.

Se te pide que te vacíes, que te liberes, que saques del corazón los ídolos en que confiabas –riqueza, prestigio, grandeza, poder, seguridad…-, de modo que en ti pueda entrar tu Dios.

Con él vendrán su clemencia y su misericordia, su bondad y su ternura, su perdón y su piedad: Vendrán porque tú necesitas que vengan; vendrán para que otros puedan recibir por medio de ti lo que ellos necesitan.

Vuelvo a escuchar contigo, Iglesia de Cristo, las palabras de la profecía, y el corazón intuye que las podemos entender referidas a Cristo Jesús: “Buscad al Señor”,  buscad a Cristo Jesús; “que el malvado abandone su camino” y busque en Cristo Jesús el camino que lleva al Padre; “que el criminal abandone sus planes” y llegue por Cristo Jesús al conocimiento de los designios de Dios. “Buscad al Señor”, buscad a Cristo Jesús, reconoced en él la piedad de Dios y recibid por él su perdón.

Clama, Iglesia de Cristo, clama al Señor para que nos abra el corazón y aceptemos las palabras de su Hijo, para que entremos en el misterio de su Hijo, para que creamos en el evangelio de su Hijo, para que busquemos el reino que viene con su Hijo.

Clama y escucha, clama y contempla, clama y bendice, clama y comulga.

Ahora en tu mundo, en tu reino, en tu vida, en tu corazón, como en el de Jesús, como en el de Dios, entran los excluidos, los desplazados, los hambrientos… pues todos han empezado a ser para ti lo que son para Jesús, lo que son para Dios: hijos muy amados, carne de su amor.

Considera finalmente el misterio que se nos permite vislumbrar a la luz del evangelio de este día: A todas las horas de tu jornada te ha buscado el Señor; a todas las horas ha bajado a la plaza para llamarte a trabajar en su viña. A todas las horas ha bajado y te ha buscado, porque siempre te ha llevado en su corazón.

Recuerda que la viña de Dios es Cristo Jesús y que has sido invitada a ir ella, a trabajar en ella, y que recibirás un divino sea cual fuere la hora en que tu cotidiana necesidad se haya encontrado con la escandalosa generosidad de Dios.

El profeta te había dicho: “Buscad al Señor”. Y tú has descubierto con asombro que desde siempre el Señor te buscaba porque te amaba.

¡Busca a Jesús! ¡Déjate encontrar por él!: te encontrará el amor de Dios, el dolor de los pobres, la verdad de ti misma.

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