Beber, creer, comulgar…

Torturado por la sed, el pueblo de Israel  murmuró en el desierto contra Moisés, diciendo: Danos agua de beber.

Empujada por la misma necesidad, una mujer de Samaria llega al manantial de Jacob para llenar su cántaro de agua.

Allí, sentado sobre el manantial y agotado del camino, está Jesús: también él tiene sed. Y le dice a la mujer: Dame de beber.

Era natural la sed de Israel  en el desierto. Era cotidiano el camino de la samaritana a aquella fuente. No te asombre la sed de Jesús, ahora insinuada, después gritada en el cruz, pues él lleva en la fragilidad de su cuerpo la sed de Israel, la de la samaritana, la tuya, la mía, la de la humanidad entera, también la de Dios.

Un día sabrás que, en su cuerpo agotado, Jesús lleva el sufrimiento del mundo: el hambre, la sed, la desnudez, la soledad de los pequeños de la humanidad: “Tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber…”.

Y sabrás también –lo aprenderás con la samaritana- que, en aquel hombre agotado del camino –en aquel crucificado que, a gritos, va diciendo su sed-, Dios mismo se ha hecho fuente de agua viva para todos los sedientos.

En darnos como nos dio esa fuente, “en darnos como nos dio a su Hijo”, a la Roca no le queda más agua que dar, a Dios nada más le queda con que pueda apagar nuestra sed. Y así, dándose, encarnándose, entregándolo todo por amor, ha dejado patente, ha puesto a la vista de todos, que también él, el Dios del cielo y de la tierra, padece de ausencia, que también él tiene sed: sed de Israel, su pueblo; sed de aquella samaritana sin marido; sed de ti, de mí, de la humanidad entera.

Si la encarnación ya te revelaba, Iglesia samaritana, el misterio de la sed de Dios, la pasión te lo desvelará gritado desde lo alto de la cruz: Tengo sed.

Tiene sed como nosotros. Tiene también sed de nosotros.

Y éste es, samaritana,  en el templo o en tu casa, el misterio de tu eucaristía de hoy: te acercas al “don de Dios”, a la fuente de agua viva; te acercas y escuchas; te acercas y comulgas; te acercas y bebes.

Bebiendo, apagas tu sed, y el agua que recibes, ese Hijo que se te da, el Espíritu que se te comunica, se convierte dentro de ti “en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Hoy, en muchos lugares, la sed de los hijos de la Iglesia se apagará lejos de la asamblea dominical, pero no lejos de la fuente que es Cristo Jesús.

Se acercarán a ella –nos acercaremos a Cristo- en la intimidad del corazón, en el ámbito sagrado de la familia, en el ámbito fraterno de la comunidad de vida consagrada.

Los informativos de los medios de comunicación no hablarán de ese encuentro con Cristo Jesús junto al pozo; pero tú sabes que puedes acercarte a él, que puedes escucharle, que puedes creer en él, que puedes beber en él, que en él puedes llenarte de una esperanza que salta hasta la vida eterna.

Y sabes también que ahí, dentro de ti, en tu familia, en tu comunidad, lo mismo que en la Eucaristía acostumbrada de tus domingos, el encuentro con el Señor no sólo apagará tu sed de Dios, sino que apagará también la sed que Dios tiene de ti; tú recibes el agua que necesitas y él se queda con lo que ama: contigo.

Feliz domingo, Iglesia amada de Dios.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario