Silogismos y fe

La semana pasada, uno de los días en que cogí mi ración diaria de malas noticias en la boca del metro, me sorprendió encontrar en la portada la foto de una antigua alumna de nuestro colegio (famosa, evidentemente) sobre un titular que rezaba así: “fui a un colegio de monjas, por lo tanto soy atea”. No puedo decir que me sorprendiera la afirmación, la verdad, pero sí que llevo unos días pensando en ese extraño e injusto silogismo (lo admito: quizá porque esta vez me toca más de cerca).

Ya sé que no es el único factor ni quizá el más importante, pero se me ocurría preguntarme si esa cantante nunca recibió un gesto cálido de humanidad, si nunca se sintió querida e importante por una de nosotras como para que su frase le parezca tan injusta como a mí me suena. La fe es un don y hay demasiados condicionantes y circunstancias como para hacer afirmaciones rápidas tanto de una como de otra parte: con frecuencia oscurecemos o desfiguramos el rostro de Jesucristo con la mejor de las intenciones, pero, también con frecuencia, los prejuicios contra la religión son murallas tan altas y sólidas que resultan imposibles de franquear.

Si algún día un antiguo alumno o alumna mío sale en otro periódico, me quedaría más contenta si dijera algo así: “soy atea/o aunque fui a un colegio de monjas, pero eran buenas personas y yo me sentí querida/o a su lado”.

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