El órgano de la parroquia

Cuando estoy en Bilbao con mi familia, intento disfrutar cada día del silencio de una iglesia cerca de mi barrio y hacer ahí un poco de oración. El caso es que estoy comprobando que un fraile de esa comunidad también aprovecha algunos días el mismo silencio y el mismo momento… para hacer sus prácticas de órgano. La verdad es que suena precioso, pero yo soy incapaz de convertir esa música en “banda sonora” de mi oración y me paso el rato atenta a la melodía, intentando distinguir voces, reconociendo notas falsas… Éste es el motivo por el que hoy he salido a un banco de la calle a hacer mi oración.

Tengo que agradecer a mi particular organista el regalo de haber contemplado durante un rato de forma distinta el bullir de vida que me rodea, preguntándome cómo mira Dios a las personas que hacen cola para recibir alimentos en Cáritas, a la pareja de jubilados del banco de al lado, al padre que jugueteaba con sus dos hijos, al conductor de la ambulancia del Samur con su urgencia… y admirándome de lo poco conscientes que somos a veces de su suave pero constante Presencia a nuestro lado (como “la voz de un silencio profundo” en la que Elías reconoció el paso de Dios) en lo más cotidiano y gris.

No está nada mal que haya circunstancias que, como el organista de hoy, nos empujen a lo cotidiano con una mirada distinta.

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