El riesgo de «domesticar»

Cada vez que me tropiezo con los textos del evangelio en los que Jesús se asombra por la falta de fe de “su gente” en Nazaret, me sobrecoge la terrible paradoja de que, quienes mejor le conocían son los que menos espacio le dejan para que sea Él mismo y no la imagen que tenían de Él.  

Y es que hay un conocer que nos aleja del otro y de su misterio en la medida en que creemos entender, situar, definir… encajonar a la persona en nuestros esquemas, cerrándonos a lo sorprendente. Y hay un conocer, más experiencial que racional, que no encasilla ni pretende entender, que nos acerca y nos hace reconocer en el otro una tierra sagrada ante la que descalzarnos.

Tengo la sensación de que también muchos creyentes, de tanto conocer a Jesucristo y su Evangelio, corremos el riesgo de “domesticarle” (y no me refiero precisamente al domesticar del que hablaba el zorro del Principito…), de hacerle “casero”, de tener muy claro qué quiere exactamente que hagamos con nuestra vida en cada situación, de acostumbrarnos a endulzar sus palabras escandalosas, de convertirle en una justificación de nuestra comodidad… de no dejar que nos descoloque siendo, simplemente, Quien Él es.

Ojalá nos abramos a la sorpresa del otro… y del Otro.

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