Enterradores profesionales

Una vez escuché un dicho que, de vez en cuando, me martillea: Para enterrar cualquiera vale menos el enterrador, porque el que no conoce el oficio lo hace con respeto.

Y sí, los religiosos y religiosas somos con mucha frecuencia “profesionales” de realidades demasiado importantes, tan significativas y fundamentales como el misterio de la vida y del fin de ésta de la que se habla en esta sentencia.

Somos “profesionales” (ojalá “artesanos”) del anuncio de la Buena Noticia de Jesucristo, de la Palabra del mismo Dios, de la fe de la Iglesia celebrada en la liturgia, del misterio desbordante del Amor y la Presencia en la eucaristía, de la vida de tantos que se acercan a volcar en nosotros/as lo que llena sus corazones, sea gozo, preocupación o dolor… y, claro, no es raro que perdamos el respeto, que nos acostumbremos, que perdamos el asombro y la reverencia, que se nos olvide descalzarnos para entrar en lo sagrado del otro y en lo Sagrado de Dios.

Menos mal que el evangelio de hoy nos regala la clave para no ser “enterradores profesionales”: permanecer en Jesucristo… que es, como tantas cosas, un don inmerecido y una tarea constante.

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