martes, 26 octubre, 2021

“Antes muerta que sencilla”

(Sor Gemma Morató Sendra, OP.), 21/08/2021.-¿Os acordáis de esta canción del año 2004? “Antes muerta que sencilla”, una música pegadiza, con una coreografía llena de color con toda la polémica de la niña que la cantaba. Bueno pues esto es lo desde hace años está pasando en algunas congregaciones, que antes muertas que sencillas y así tal como suena de feo y duro.

Seguramente tendríamos que hacer un recorrido histórico para ver que las cosas no suceden de la noche a la mañana (ya sé que lo sabemos), vienen de lejos y mucho, cuando algunos hermanos y hermanas decidieron, aún no sé si consciente o inconscientemente, que cerrarían el “chiringuito” y que detrás de ellos nadie seguiría. Fuere porque no propondrían la vocación a nadie, sea porque nunca creyeron en las vocaciones que les venían detrás… Y así es, y difícil es de arreglar. Más pronto es mejor que los que vienen detrás hagan cura de humildad (ya lo han hecho o ya no están) y todos sepamos que el Señor lleva, tarde o temprano en medidas humanas, las riendas de todo.

Aun así, hay que intentarlo, y quizás queda un poquito de tiempo para que en este varapalo pandémico sea el tiempo de cambiar de miras. Lo peor que se puede hacer es encerrarse por miedo, ese miedo incontrolable que no deja hacer nada y que, con la excusa de la precaución por el virus, todo, o más bien el no hacer nada, queda justificado.

Aun así, hay que intentarlo, y quizás queda un poquito de tiempo para que en este varapalo pandémico sea el tiempo de cambiar de miras. Lo peor que se puede hacer es encerrarse por miedo, ese miedo incontrolable que no deja hacer nada y que, con la excusa de la precaución por el virus, todo, o más bien el no hacer nada, queda justificado.

Los últimos capítulos generales y provinciales han elegido mayormente a hermanas y hermanos de otra generación y/o de otro talante y eso da esperanza; ahora ojalá sean valientes y sean capaces de hacer el cambio, que no es tanto cambiar sino enfocar distinto, ser mucho más comunicativos, mucho más sinodales, siendo capaces de apoyar cualquier iniciativa, no solo lo que les gusta personalmente. Ese ha sido y es el gran problema de la generación que se vio como la última, que se siente a veces, salvadora y otras muchas veces, puntal de todo, porqué si no quién lo hace. Pues como he dicho otras veces, quizás habría quien lo haría, pero de otra manera, y si son tan puntales y se apartan veremos si se cae todo y en la caída surge una construcción más moderna y acorde con los tiempos.

Con perdón por las generaciones conciliares y postconciliares, que muchas son santas y buenas y se esfuerzan en llevar a cabo el verdadero sentido del Vaticano II; esto es para las que les pica y duele lo aquí presente, señal que están obstruyendo nuevos cauces y al final pasará como en muchas cosas de Iglesia, que, en lugar de discernirlas, planificarlas y hacerlas, explota todo y entonces a correr para ver qué hacer y qué salvar, y mientras tanto aumenta el número de heridos congregacionales.

A los superiores y superioras: Si no estás haciendo nada, si solo apagas fuegos, si solo estas por algunos, si hay comunidades que no las sientes tuyas, si no das ímpetu, si no dejas abrir nuevos caminos, si no te comunicas, si no escribes, si no congregas online, si no generas sentido de pertenencia, si no agradeces lo que hacen tus hermanos y hermanas…, ante cualquiera de estas cuestiones, es momento de dar un paso atrás.

A los hermanas y hermanos: si todo el día andas criticando sin hacer nada, si no te implicas, si no participas en lo de congregación, si no deseas complicarte la vida, si tu comunidad se ha convertido en hotel de pernoctación, si prefieres callar ante lo que no puede o debe ser, es momento de convertirse, de buscar qué o quién te saca el brillo de la vocación, de ese “sí” al Señor que complica la vida para descomplicarla a otros.

En palabras de Francesc Torralba, en su libro Diccionario Bergoglio* (muy recomendable, por cierto), al explicar la palabra “Acostumbramiento” usada a menudo por el papa Francisco: “El acostumbramiento es, pues, una actitud que deriva en pasividad. La pasividad consiste en pasar de largo, en mirar hacia otro lado, en no implicarse, porque se parte de la supuesta tesis de que las cosas no pueden cambiar y que uno debe acostumbrarse a ello. La consecuencia final es que cuando uno se acostumbra al mal y a sus manifestaciones, se convierte él mismo en cómplice del mal por omisión, por dejadez o por falta de implicación”.

Tiene que haber maneras de retornar a la vida, de darle marcha, de no usar la ley solo para cumplir sino para ser testimonio verdadero de Vida Consagrada. Y eso no tiene edad y nos implica a todos, pero las estructuras deben ayudar y los superiores también.

¿Antes muerta que sencilla?

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* F. Torralba, Diccionario Bergoglio. Las palabras clave de un pontificado, San Pablo, Madrid 2019.

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