ALGUNOS APRENDIZAJES DE ESTE ADVIENTO 2020

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Un arca en el jardín: Adviento en tiempos de Diluvio

Dolores Aleixandre

 

Aprender de la fe de Noé

Cuenta un midras que, cuando los vecinos de Noé le vieron construyendo un arca enorme en su jardín se burlaron de él: “-¿Estás loco, Noé? ¿Dices que Dios te ha mandado construir este arca porque llega un diluvio? ¿Pero no ves que esto es tierra de secano, el mar queda muy lejos y no hay ni rastro de nubes…? No andes tan atareado, hombre, diviértete, que sólo se vive una vez…”

Y Noé, entretanto, silencioso y tozudo, confiando en la Palabra del Señor que le había mandado construir un arca.

¿Y si la fe fuera algo parecido a eso? ¿Y si consistiera en dar crédito a la palabra de Otro, más allá de cualquier comprobación inmediata por nuestra parte? ¿Y si decidiéramos empezar a vivir ya en la clave de lo que Alguien nos anuncia como próximo?

Visualizar las “arcas en el jardín” que nos toca construir hoy a nosotras (os): los gestos, actitudes, convicciones o decisiones que nos sentimos llamadas a adoptar por causa de Jesús y su Evangelio. Y sobre lo que todo eso tiene (o tendría que tener) de contracultural y extraño para la cultura en que nos movemos y el tiempo que vivimos.

Situarnos junto a Jesús para asentar junto a él nuestra confianza. Él habitaba los salmos y había hecho suyas sus expresiones de confianza: sabía que ni el sol ni la luna podrían dañarle porque su Guardián no dormía (Sal 121,4), estaba de su parte (Sal 124, 1), controlaba su suerte (Sal 15,5), era su apoyo (Sal 18,19). Cuando le asaltaron redes de muerte, oiría su grito de socorro (Sal 18,6), ensancharía su corazón angustiado (Sal 25,17), cambiaría su luto en danza y lo vestiría de fiesta (Sal 30,12). Por eso se dejaba conducir por Él, también por las cañadas oscuras de la humilde obediencia (Sal 23 6).

Aprender del “diluvio” de la pandemia

Nos está haciendo vivir más en contacto con nuestro interior, con nuestras experiencias de miedo, vulnerabilidad, indefensión. Más conscientes también de nuestra fortaleza al comprobar que somos capaces de cambiar de hábitos, espacios, horarios… Que podemos soltar, enfrentarnos a desafíos, ser creativas. Más capaces de adaptación, flexibilidad y aguante. Como dice J. Ma Esquirol en La penúltima bondad : “Ad-mitir y per-mitir son variaciones del dejar llegar. Ad-mitir es dejar venir, dejar entrar a lo que viene, no cerrarse al advenimiento y nos permite llegar a ser “sujetos de admisión”. Pero ejercitar esa actitud supone una cierta “rendición”, un consentir a dejar atrás muchas secretas resistencias que nos habitan y nos cierran”.

Nos está haciendo valorar más lo esencial. “He quitado muchas cosas inútiles de mi vida y Dios se ha acercado para ver qué pasaba” (Christian Bobin). Podemos pasear estas palabras por nuestro interior detectando sus resonancias y preguntarnos por lo vivido en este tiempo:
– qué nos ha faltado realmente y qué hemos echado en falta
– qué hemos considerado necesario/superfluo
– de qué nos hemos liberado
– qué cambios en nuestros hábitos de consumo nos sentimos llamadas a hacer
– qué cosas (objetos, costumbres, relaciones…) han cambiado su valor cómo resuenan en nosotras (os) estos verbos: soltar, dejar, desasirse, desprenderse, desatarse, dar, abandonar, entregar…
– y estos otros: retener, guardar, aferrarse, reservar, sujetar

Hacemos memoria de algunas situaciones de “despojo” y pérdidas vividas a lo largo de nuestra historia y de lo que aprendimos en esos momentos.

Ensanchamos la mirada para abarcar a algún colectivo de hombres y mujeres que en este tiempo están siendo despojados y desposeídos de sus derechos, su dignidad o sus tierras. Sentimos su causa como nuestra, la incorporamos a nuestra conciencia y oración.

Han crecido en importancia valores como el cuidado y el amparo. Y también la generosidad, el agradecimiento, la alteridad…

– Qué experiencias de confianza hemos vivido: qué “huecos” nos han acogido; qué “techos” nos han protegido y cobijado; qué ideas, palabras, gestos, nos han supuesto amparo y protección. Reconocer que en ellos nos estaba ofreciendo el Señor motivos para confiar. Qué gestos de amparo y acogida hemos ofrecido a otros.

Estamos más convencidas de la verdad de esta afirmación: “Donde está el peligro también crece la salvación” (Friedrich Holderlin). Estamos aprendiendo a contar con las dificultades como algo normal, como aquello que ya otros muchos creyentes vivieron antes que nosotros. A dejar de considerar la fe cristiana como una ventaja que nos evita la búsqueda en la noche. A recordar que su luz no es como un faro que suprime las tinieblas, sino como un farolillo que acompaña al caminante y sólo le alumbra el siguiente paso que debe  dar (Sal 119,105). A aprender humildemente a aguantar, a permanecer, a soportar, a arriesgar, a vigilar, con la convicción de que es la noche la que mide al centinela, de que la verdadera dicha está en creer antes de haber visto (Jn 20,29) y en atreverse a amar a alguien cuyo rostro nunca se ha contemplado (IPe 1,8). A descubrir los límites de la autosuficiencia y la común fragilidad y a darnos cuenta de que, frente al virus de la Covid 19, no hay más defensa que el virus de la solidaridad. A pensar junto a otros y a largo       plazo sobre el futuro de la condición humana: qué decisiones y políticas públicas son necesarias para defender la vida y su disfrute, su sentido y su sentir.

Aprender de la esperanza de Isaías

En la misa de Nochebuena leeremos Isaías 8,21-9,6 y este año posee una nueva resonancia. Los distintos colores de letra pueden ayudarnos a adentrarnos en él.

“Vagará afligido y hambriento y, rabioso de hambre, maldecirá a su rey y a su Dios”

Volverá la cabeza a lo alto, mirará a la tierra: encontrará aprieto y oscuridad sin salida, angustia y tinieblas persistentes y no habrá salida para la angustiada.

En otro tiempo humilló el Señor el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora engrandecerá el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz intensa; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.

Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín alegran al repartirse el botín.

Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro los quebrantaste como el día de Madián.

Porque la bota que pisa con estrépito y la capa empapada en sangre serán combustible, pasto del fuego.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado, y es su nombre: MARAVILLOSO CONSEJERO, DIOS GUERRERO, PADRE PERPETUO, PRÍNCIPE DE LA PAZ.

Para dilatar el principado, con una PAZ sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino,

Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre.

El celo del Señor lo realizará”

Teniendo como telón de fondo la situación que estamos viviendo, darnos cuenta de cómo resuenan las palabras de texto en nosotras(os):

Las palabras que evocan situaciones de negatividad pesadumbre, angustia… alegría, gozo, paz, justicia, derecho.

Los contrastes: tinieblas/ luz; humillación/engrandecimiento; angustia/alegría; mar.; el estrépito de las botas/ el llanto de un niño Los personajes:

un personaje desesperado en tinieblas

un pueblo que camina

un niño

un opresor con vara, yugo y bastón y un niño inerme.

Dios mismo realizando las principales acciones (en negrita) un “nosotros” para quienes nace y se da el niño

Según Isaías, lo propio de Dios es acrecentar, multiplicar, ensanchar, dilatar, sostener, consolidar…, y también humillar y quebrantar aquello que es soberbio, prepotente, opresor de otros.

Poner nombre a lo que sentimos como oscuridad y sombras. Ex-ponernos ante el Señor para que llegue a nosotras(os) con su luz. Hacer lo mismo con situaciones de nuestro mundo.

Recordar que

“La esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que hay cosas que tienen sentido más allá del resultado final” (Vaclav Havel).

Dios no se cansa de amar: esta buena noticia mantiene nuestra esperanza. La sostiene la certidumbre del amor de Dios por la humanidad y por toda la creación que se nos ha revelado en Jesús.

La esperanza no es un optimismo fácil que cierra los ojos a la realidad, sino un ancla echada en Dios. No es un sentimiento sino una decisión. Sus signos pueden encontrarse ya en los lugares más inesperados de la tierra.

Nos atrevemos a creer en la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones y en el mundo. Nos apoyamos en esta presencia, aunque sea invisible.

Isaías da nombres al niño que nace: Maravilloso Consejero, Dios guerrero,

Padre perpetuo, Príncipe de la paz.

Buscar los nuevos nombres de Jesús que nos esperan en esta Navidad.

Puede ayudarnos leer los nombres de Jesús que le da San Efrén, un Padre de la iglesia siria del s IV

Esperamos:

A Aquel que llena de alegría nuestro mundo

Al recién nacido que rejuvenece a la humanidad.

Al Fruto que se inclina para saciar nuestra hambre.

Al Bueno que enriquece nuestra pobreza

Al Médico que se acerca para curar nuestras dolencias.

Al Hijo de Dios que por su venida da la vida al mundo

Al Silencioso, que va a hablarnos por su Voz.

Al Oculto cuyo Hijo va a hacerse visible.

Al Viviente cuyo Hijo se hace mortal.

Gloria a la Fuente que va a ser enviada para nuestro perdón

Gloria al Misericordioso que llevará nuestras cargas

Gloria a su venida que da la Vida a los seres humanos

Gloria al que viene a nosotros por su Primogénito.