CAMINANDO HACIA EL SÍNODO DE LOS JÓVENES

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La vida religiosa ante la realidad de los jóvenes: El dolor de «dejar ir»

La realidad que experimentamos en la vida religiosa, cuando nos preguntamos qué dicen de nosotros los jóvenes, es que estamos demasiado pendientes, ocupados y preocupados de nosotros. Nos suenan bien los discursos de aquellos jóvenes ideales e irreales que están tan mimetizados con una vida religiosa inexistente, que nos envuelven en relatos bellos, éticos, indoloros e insípidos. Discursos que, aunque provengan de jóvenes, no son jóvenes, ni itinerarios posibles para un siglo que está gritando una experiencia de compromiso, muy diferente a los patrones que tenemos tan diseñados y perfilados.

Nada nace sin dolor

En su artículo mensual del mes de marzo en Vida Religiosa, Emili Turú,  nos  hace caer en la cuenta de algo verdaderamente paradójico: a la vida religiosa le encanta el mensaje de novedad, mientras no suponga renunciar a nada. Menciona él la Teoría U de Otto Scharmer y manifiesta cómo ese proceso de transformación, implantado en tantas congregaciones, experimenta su mayor dificultad, no tanto en iniciar un proceso nuevo, ni tratar de comprender un nuevo lenguaje… La dificultad está en un momento del proceso en el cual, expresamente hay que «dejar ir» o lo que es lo mismo, dejar de hacer, o desaprender o empezar.

Ahí está la cuestión. Para que algo nazca nuevo, tiene que doler. Es el paso o irrupción a la vida que, para que sea real, tiene que pasar, necesariamente, por la experiencia más maravillosa que es «dar a luz». No pensar en el propio dolor o dejar ir, para posibilitar la nueva vida.

La vida religiosa necesita nacer de nuevo. La afirmación es tan real como dolorosa. La realidad no acaba con la utopía, pero la posibilita. Cuando pensamos en la vida religiosa española, con una media de edad superior a los 70 años, no estamos negando la acción del Espíritu, pero sí estamos enmarcándolo en la necesidad de reaccionar, levantarnos, proponer, movernos… dejar ir, de una buena vez, aquellas formas que hace años han dejado de decir.

Asomarnos a la realidad

Está fuera de nuestros círculos de vida y programación. De nuestros calendarios y esquemas de vida. Nuestras coordinadoras y organigramas. La realidad está unos cuantos metros más allá del colegio que es nuestro mundo. Está en la calle. En los encuentros y desencuentros de nuestros contemporáneos. Hay que conocer por qué da la vida la gente y por qué no. Qué importa y qué se valora. Dónde está en el sufrimiento y dónde en la esperanza. Cuando nuestro mundo dice Dios, qué Dios, cómo lo recrea y busca. Cómo se hace presente en los momentos importantes de su vida. Qué palabras suenan a gastadas o vacías o muertas y seguimos profiriendo. Qué palabras están anunciando vida y las tememos o nos desconciertan o no sabemos cómo se pronuncian.

Escucharnos

La cuestión de los jóvenes es un gran reto y oportunidad para abrir un diálogo muerto en nuestras comunidades. Cada uno y cada una tienen su experiencia, su visión. A veces esas experiencias se solapan y silencian. Solo se oye a quien más habla o a quien «más manda». La realidad de los jóvenes, con sus formas alternativas, está diciéndonos, sin necesidad de gritarlo, que nuestras organizaciones son obsoletas. Nacen, desde nuestra mente y pasado, con una jerarquía y pretensión como si el objeto fuese directo, y sin embargo es circunstancial: no hay un modelo único de jóvenes, como no hay un modelo único de religiosos. Cada religioso o religiosa tiene en sí una experiencia vocacional intransferible, purificada y nueva si así le permitimos que la viva.

Enamorarnos

El contraste con quienes se están abriendo a la vida y lo que ésta contiene, nos descubre muchas veces acabados. Metidos en una noria que da vueltas sobre sí misma, que recrea soluciones a las propias necesidades, aunque estas, en realidad, a nadie estén devolviendo un ápice de vida. La manifestación más explícita de esta falta de amor, es el gasto energético en la híper-organización en la que estamos cayendo. No se trata de una pretensión para mejorar el riesgo y la valentía en la propuesta transformadora, sino en la autoprotección de los que somos, porque en el fondo, con formas muy claras, pensamos ya que el futuro es solo para los que estamos. La confusión entre organización y misión está más próxima de lo que pensamos, como está muy cerca la realización personal con algunas visiones de evangelización.

Desprendernos

El contraste con la libertad de quien tiene abierto el futuro puede proporcionarnos una libertad que nuestros itinerarios formativos no han dejado en nuestras vidas. Somos personas seguras, solas pero seguras y, en esa seguridad queremos seguir manteniendo los postulados de garantía y pervivencia. El desprendimiento no es una máxima cuaresmal, es el estado de vida de la vida consagrada. La frugalidad y libertad son las armas en las cuales los votos adquieren fuerza y resonancia. Lo contrario es un discurso «cuasi diabólico» que se convierte en una envolvente de consumo: sabemos qué nos pasa, pero pensar que las cosas podrían ser de otra manera nos provoca una fatiga existencial, que preferimos el antídoto de discursos jóvenes, acomodaticios y bellos, que nos dejen como estamos. Que también los hay.

Vocacionarnos

Llamarnos, recuperar la llamada. La iniciativa de Dios se manifiesta también en la adultez o la vejez. La originalidad de quienes saben que sus propuestas suenan a locura, pero no renuncian a ellas. La verdad de quien ha hecho de su felicidad la vida compartida por una causa tan grande como es el sueño de Dios: que los demás vivan y vivan felices. Recuperar los textos bíblicos de llamada para la vida y no solo para la «capilla». Abrirnos a una experiencia de conversión tan atractiva que nos sorprenda hasta quienes vivimos juntos. Hablar de Dios. Recuperar los momentos informales de encuentro y de abrazo. Romper con la fábrica de espacios que no se encuentran: tiempo de Dios, tiempo de vida, tiempo personal, tiempo de comunidad, tiempo de amistad, tiempo libre, tiempo de responsabilidad… La persona con vocación tiene solo un tiempo, el que vive de la mano de Dios en una llamada constante a la fraternidad.

Encontrarnos

Hay tantas diferencias dentro de ese mundo que llamamos jóvenes, que es imposible clasificar, graduar o pensar en recetas que a todos inspiren. Cada joven experimenta una fractura social de primer orden. Han venido solos, los espacios sociales están profundamente marcados por las diferencias. Incluso, algunas de ellas, las hemos creado nosotros. Porque la vida religiosa está, en su expresión más original, fracturada. Encontrarnos es un principio de verdad para poder ser el diálogo con esta sociedad en sus jóvenes. La realidad de nuestras comunidades es muy compleja. Es el mayor problema que en este momento tenemos como consagrados. Nuestra capacidad para vivir juntos con sentido está muy devaluada. No es cuestión de mala voluntad, es cuestión de antropología. Después de tanto planteamiento voluntarista del «juntos», las personas han aprendido a respirar, a sentirse libres. Están diciendo, sin decirlo, que no dan la vida por una organización que no les dice, ni les motiva, ni les llena. Vernos en el espejo de los jóvenes nos dice que la estructura que ofrecemos como posibilidad, en realidad, no es tal, porque nosotros tampoco la vivimos como tal. Quizá podríamos perder el miedo y preguntarnos qué significa, de verdad, mi comunidad. ¿Qué significa compartirlo todo?, ¿qué grado de originalidad y novedad tienen nuestras vidas reunidas?, ¿qué es la comunión y qué son las formas comunitarias?

Orarnos

Puede ser un prejuicio. Me encantaría que así fuese, pero creo que nos oramos poco. Intercedemos muy poco los unos por los otros. Oramos y repetimos «rezos» por frentes comunes, o por frentes distantes o importantes. No tenemos dificultad en orar para que la Iglesia abra las puertas o sea hospital de campaña, mientras no signifique tomarnos del brazo para hacerlo. No tenemos problema en orar todos los días pidiendo al «Dueño de la mies» vocaciones, aunque las relaciones con quienes hacemos esa oración sean débiles, pobres o inexistentes. Nuestra vida orante puede estar gastada o acostumbrada o vacía, o no existir. Encontrarnos con los jóvenes nos descubre entonces como solteros organizados que no creen en la vida de su organización y lo que valoran de la juventud es aquello, justamente, que, aunque les encantaría no pueden vivir, por falta de juventud o falta de valentía. Orarnos significa convertirnos en acción de gracias y búsqueda; creernos y reconocernos como don; poblar nuestra experiencia de consagración de un nosotros con sentido porque el camino de seguimiento lo construimos desde una experiencia profunda de fraternidad y encuentro.

Demasiado texto y poca vida

El problema de la vida religiosa en su encuentro con los jóvenes es que no ha sabido callar para escuchar. Resulta cuando menos paradigmático la cantidad que estos, los jóvenes, han sido objeto de estudio, congresos, encuentros y, en nuestro tiempo… hasta sínodos. El que más y el que menos, en nombre de la vida religiosa, se ha atrevido a decir, qué hay que hacer, cómo y cuántas veces. Muchos textos sobre ellos, con el problema de una ausencia: los jóvenes. Sería cruel decir que la vida religiosa no se preocupa por su desconexión con los jóvenes y, más concretamente, cómo se ha convertido en una forma de seguimiento que, hoy por hoy, no es posible para ellos. Lo ha hecho y se lo ha tomado en serio. Cada comunidad, cada capítulo y cada asamblea que se precie, manifiesta una profunda preocupación por esta realidad y estas ausencias.

– Fabricamos respuestas incluso cuando no hay preguntas. Tenemos previstos los itinerarios sin saber qué jóvenes los podrán vivir. Mantenemos el dilema de escandalizarnos de lo que creemos que viven, sin saber qué viven. Escribimos en nuestros textos que Dios es joven, y ofrecemos un Dios anciano, lleno de  horarios, estilos y costumbres que hemos fabricado a nuestra imagen y semejanza.

– Creamos estructuras de jóvenes que, en realidad no son jóvenes. Son proyecciones de nuestras visiones y sueños. O de nuestras carencias afectivas y esperanzas de realización. Itinerarios imposibles que el joven sortea. Aparentemente habla de nuestros procesos como si los entendiese, nos siguen la corriente, muchos de ellos están encantados en una misión compartida que está plagada de protagonismo, personalismo, vida pseudo-religiosa, sin perder márgenes de libertad. No viven como jóvenes sino como personas que están, consciente o inconscientemente,  haciéndose un futuro especial a nuestro lado, o bajo nuestro techo. Todos aparentemente contentos. Sin embargo, no hay porvenir en estas adhesiones y se acaban normalmente cuando el sentido de la vida los obliga a optar y se encuentran con lo que, de verdad, quieren.

– El compromiso únicamente en lo extraordinario. Creamos itinerarios ficticios cuanto más alejados de la vida, más próximos al misterio (que es un gusto de nuestro tiempo). Conversiones que pasen de lo blanco a lo negro sin otra gama de colores intermedios; celebraciones únicas y poco frecuentes largas, intensas, cargadas de símbolos… tantos que lo importante es el símbolo; gestos proféticos puntuales sin continuidad ni proyección alguna.

– Itinerarios de fe con diferentes plantas. Como los centros comerciales. Jesucristo posible y próximo que hace camino con el joven no es el Jesús exigente que se complica la vida y no tiene donde reclinar la cabeza y además sufre por obedecer a quien es el Padre de la humanidad. Un cristianismo que tiene diferentes plantas puede combinar la exigencia con la posibilidad; el disfrute con la ocupación; la misión con las vacaciones, el consumo con la austeridad… Todo sin problema. Como un gran centro comercial en el cual lo importante es que los sentidos se satisfagan, aunque al final no sabes si estás comprando lo que necesitas, o lo que te ha entrado por los ojos. No son, por parto, procesos donde el joven personalice integre y asuma que el seguimiento es personal, tiene su nombre y su itinerario de vida escrito en una eternidad que cuando lee la vida como vocación se hace próxima.

Muy cerca del caos, para encontrar nuevo orden…

Mucho me temo que ya podríamos, a día de hoy, conocer las conclusiones del próximo sínodo todavía no celebrado. Las conclusiones de un grupo tan minoritario como el que se recogió por parte de la Conferencia Episcopal incide en cuestiones sabidas1. Tanto que hasta podríamos poner en orden las reclamaciones percibidas sin que afectasen lo más mínimo a nuestro orden perfectamente establecido. Dice el informe citado que necesitan sentirse escuchados, y la respuesta lógica es un «por supuesto», sin que esa escucha condicione o cambie ni las propuestas pedagógicas de trasmisión y celebración de la fe y, mucho menos, el testimonio de nuestra vida como iconos vivientes de la Transfiguración que pedía Vita consecrata.

Lo cierto es que la percepción para un diálogo posible, o para un encuentro posible nos sitúa en el campo del caos. Es tanto el cambio que se impone, que la sensación es de un cierto cansancio antes de iniciarlo.

Sería algo así como reconocer que no son seguras ni las fronteras ni los ámbitos que creíamos nos eran propios; algo así como reconocer que no tenemos musculatura para sostener las obras que, hoy por hoy, son nuestro referente de misión, nuestra marca; como si percibiésemos que el desenvolvimiento del reino en  nuestras comunidades congregacionales, provinciales o locales estuviese solo hilvanado con peligro de perdernos por falta de seguridad.

Como si lo construido fuese un castillo de naipes que corre el peligro de desmoronarse por un movimiento torpe, o un aire súbito, o una carta mal colocada. Todo frágil, endeble, con más historia que presente y con un texto y pretexto siempre sumido en un futuro que sabemos tiene que ser diferente.

Y si este caos, solo aparente, fuese en realidad un Kairós, una oportunidad inmejorable para conjugar el verbo inaugurar. Y si formase parte de la pedagogía de Dios, y si fuese un lenguaje tan propicio que permita a nuestros carismas hacerse de nuevo en este contexto también nuevo.

Y si estuviésemos siendo los testigos de una palabra nueva del Espíritu que nos está haciendo cómplices de una humanidad que necesita explicar la totalidad con otros valores. Y si el caos, fuese el ambiente propicio para que entendamos el idioma de Pentecostés que va más a los fondos que a las formas. Y si el caos fuese el anticipo de una gran solución. El mundo satisfecho de la empresa está empezando a idear nuevos modos de organizarse. Se habla con frecuencia de los sistemas caórdicos que son aquellos en los cuales, la síntesis de caos y orden, permiten que nazca lo nuevo, porque la incidencia no se pone en el orden, sino en la variable que aportan en su riqueza cada persona. Son organizaciones generativas y creativas, las pautas comunes no son impuestas, sino descubiertas. El camino no es la norma sino la persuasión. La fuerza no son los pactos o acuerdos sino la emoción de percibir la bienaventuranza próxima, vivible y para todos. Convertir nuestra vida religiosa y sus comunidades en organizaciones caórdicas nos puede llevar a descubrir el encuentro espontaneo y verdadero; la vida en gratuidad y sin tiempos; la vida sencilla que anhelamos; la presencia en espacios no significativos; el acercamiento al descarte; la organización evangélica; la providencia…

Dejar ir… esa es la cuestión

La gran oportunidad y el gran problema para la vida religiosa de este tiempo es «dejar ir», aprender a hacerse en un nuevo contexto pero, sobre todo, con una nueva profundidad. No es un asunto de formas, sino de fondo, de raíz. Dejar ir, pregunta a nuestras estructuras de vida religiosa por la verdad de la fraternidad que ofrecemos, la fuerza transformadora de algunas palabras como: todos, gratuidad, amor, libertad, por ejemplo, tienen en los corazones de los consagrados de hoy. Por eso dejar ir es una pedagogía nueva, absolutamente provocadora porque nos sitúa solos, limpios sin protección ante una Palabra que sigue resonando radical en el corazón de la humanidad. ¿Quién o quienes serán capaces de pronunciar palabras veraces en el contexto de la humanidad del siglo XXI? ¿Quiénes mostrarán con humildad que solo ofrecen aquello que viven? ¿Quiénes representarán un estilo de proximidad con sus hermanos y hermanas absolutamente atractivo por la desgarradora imagen de tener el presente y el horizonte verdaderamente compartido?

Dejar ir, es la única posibilidad para dejar venir. Los largos cincuenta años de posconcilio nos han dejado muchas nociones de novedad. La realidad, sin embargo, es que estas se han ido entremezclando con una sapiencia histórica que posibilita la conservación sin riesgo, la protección sin exposición, la renuncia a la profecía expresa a favor de una profecía impresa. Mientras tanto y consecuentemente, el cansancio y el desgaste del paso del tiempo ha ido haciendo su labor y las consecuencias de la debilidad han ido dejando a las palabras sin sabor, porque también han perdido cuerpo. ¿No seremos los religiosos aquellos que reiteramos con formas aquello de «Señor, Señor…» sin tiempo real para el cumplimiento de la promesa? El problema no es solo de referencia externa –transformación–, sino de verdad interna –cansancio–. Dejar ir, es limpiar para reconstruir, barrer para recuperar la verdad del dibujo evangélico de nuestras congregaciones. Posibilitar que las propuestas carismáticas no tengan que hacer un «triple salto» para encontrarse con las obras que actualmente, con mucho esfuerzo, sostenemos. Dejar ir es la limpieza de la originalidad porque lo que ofrece cada familia nadie más lo ofrece, es su novedad, su alternativa, su verdad. Esa parte sorprendente de la vida de Jesús, el Cristo, que sin la encarnación de tu congregación quedaría sin presentarse o proponerse. ¿No estaremos viviendo una confusión carismática? ¿Tiene sentido que todas las congregaciones ofrezcamos lo mismo, vivamos de manera similar y ofrezcamos valores desde la misma perspectiva?

¿Es posible un ejercicio de originalidad y limpieza?

La pregunta ahora es si es posible esa limpieza. ¿Podrá la vida religiosa celebrar y ofrecer que es una propuesta integral de fe? ¿Podremos crear espacios comunitarios donde se exprese normalidad en el encuentro, en la relación y las palabras?

La esencialidad carismática de la vida religiosa aparece cuando ésta recupera su humanidad porque desde ella ha conseguido fraguar la anhelada pertenencia a Dios. Por eso en las claves del encuentro y la fraternidad se acerca al misterio; en la gratuidad expresa el solo Dios y en la ruptura con la praxis del descarte manifiesta la limpieza de un amor no condicionado ni sujeto a pasiones de mercado.

La vida religiosa ha nacido para ser verso suelto, espíritu libre. Ha nacido para no poseer, por eso el diálogo incierto con el presente sugiere una libertad expresiva frente a los excesivos signos de aprisionamiento que hoy padece: fundamentalmente por sus propias obras.

 

1 Cf. Informe de la síntesis para el sínodo sobre jóvenes, fe y discernimiento vocacional (13 diciembre, 2017), en  https://vidareligiosa.es/4192-2/  [Página consultada el 26.02.2018].