EN LAS PUERTAS DE LA SEMANA SANTA: EL CLAMOR DE UN REY POBRE

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Lectio Divina Salmo 22 (21)

   (María Pilar Avellaneda).  La poesía aligera el lenguaje y, con el molde de la belleza sonora, comunica experiencias fundamentales a los oyentes. También el lenguaje de la Biblia tiene el sello de un tipo de poesía que se despliega con el ritmo de un soplo inusitado y lleno de frescura divina. Para decir “el país de Israel”, la Biblia dice: “desde Dan hasta Beersheva”; para hablar de todas las gentes, el salmista dice: “los viejos juntos con los niños” (cf. Sal 148); para expresar la vocación del hombre, el lenguaje bíblico dice: ¡Bendito seas si…y Maldito seas si…!

En el pueblo de Israel el arte de hablar y de vivir están unidos, respiran lo espiritual en cada gesto cotidiano. Así, la Biblia para decir que un ser es mortal dice: “Nacido de mujer” (cf. Gal 4, 4-5). Con esta expresión evocan el nacimiento y la muerte, y entre los dos existe todo el tiempo de la encarnación de la Torá, que el judío llama “camino de la tierra”, y que cada ser tiene que recorrer. Por eso, todo nacido está “bajo la Ley”, a la sombra de la Palabra de Dios, para llevarla a la vida, algo de lo que con la muerte queda exento.

Entre la llave de la vida y la llave de la muerte, el ser humano está bajo otra llave, la de la Palabra de Dios, que como lluvia baja para fecundar la tierra -que es Adam, el terroso- y para que dé fruto abundante[1].

Desde la certeza de que la Palabra es llave, y es lluvia sobre nosotros, nos acercamos al salmo 22[2], uno de los salmos que aparecen en los relatos de la Pasión de Jesús, con su doble dimensión de humillación y gloria.

Esta oración conmovedora, y de gran profundidad humana, presenta la figura del inocente perseguido a muerte, que recurre a Dios en un lamento sostenido por la certeza de la fe, que armoniosamente avanza y se abre a la alabanza al final del salmo[3]. Y, puesto que este salmo -en su inicio- lo recita Jesús en la Cruz, cabe preguntarnos: ¿cómo se utilizaban los salmos en el tiempo de Jesús?

Si volvemos la mirada a los orígenes, ante nuestros ojos podemos apreciar que el Salterio era el libro más conocido, y de gran importancia en la vida religiosa de las comunidades judías, y posteriormente en las primeras comunidades judeocristianas. Contemplemos este contexto vital, el cual es el hábitat del salmo 22, y descubriremos nuevas luces que iluminan la gran profundidad de sentidos de esta oración.

STATIO

 

El “Sitz im leben” o asiento en la vida de la mayoría de los salmos es parte de un mundo en el que ya no vivimos, pero aunque muchos usos cultuales han pasado, la oración coral permanece. En ella nosotros no nos relacionamos con salmos aislados, sino con el Salterio, con un libro unitario, que es colección de colecciones. Norbert Lohfink se preguntó sabiamente: ¿Qué objeto tenían los salmos en el momento en que apareció Jesús de Nazaret?[4]. Una pregunta que nos acerca al uso del Salterio, que en tiempos de Jesús era el texto básico de la piedad personal e individual, un texto unitario de meditación. En el judaísmo, quien meditaba lo hacía recitando en voz baja textos que conocía de memoria, mecido a la vez por el ritmo de la respiración. El salmo era un texto susurrado o memorizado. Idea que quedó escondida en el salmo 1, el hombre dichoso medita la Ley del Señor día y noche (cf. Sal 1, 1)[5].

 

Era una cantinela rítmica, reproducida a media voz. Para los judíos, y los primeros seguidores de Jesús, esta práctica era algo natural. Este tuvo que haber sido el “Sitz im Leben” del Salterio, un texto de meditación unitario, tal como se aprecia en los más recientes estudios.

 

Tras las hermandades judías de salmistas se escondía una antiquísima tradición: el compromiso de empezar el primer día de la semana con la recitación del Salmo 1, y llegar como muy tarde al salmo 150, la gran explosión de alabanza a Dios, en la mañana del Sabbat. Los llamados “piadosos judíos” recitan de memoria los 150 salmos, todos los días, ante el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén.

 

La herencia de la piedad judía de recitar todos los salmos unidos, pasó como un gran bien a la piedad judeocristiana. Se establecía así el fenómeno conocido como concatenación, establecida entre los diferentes salmos por la repetición de una serie de palabras claves[6]. Fueron ordenados en el Salterio según esta concatenación, o afinidad de ideas evidente en los salmos contiguos entre sí, o la existencia de palabras claves que sirven de enlace entre unos y otros.

 

El principal interlocutor de esta visión es Franz Delitzsch (1860), el cual decía que cada uno de los salmos guarda una evidente relación con los cercanos -anteriores y posteriores- vinculados por esas “palabras ganchos”. Recientemente se ha redescubierto estos vínculos y se está profundizando entre ellos[7].

 

Esta concatenación nos conduce de un salmo a otro, como quien se introduce en un templo, y va desde el pórtico hasta el Tabernáculo. Esta vinculación mantiene en alerta al lector, de manera que al terminar un salmo, sabe que hay un eco y resonancias del mismo en el siguiente, y que ha de percibirlas, ya que -el tejido que hilan las conexiones y palabras claves- dan al lector nuevos y más profundos contenidos.

 

Concatenación del Salmo 22 (21)

 

En esta statio que prepara nuestra lectio divina con el salmo 22, veamos su concatenación con los salmos.

 

La senda del orante en el Salterio se abre con el pórtico de la dicha de caminar meditando la Ley (Sal 1), un camino que protege el Señor y su Mesías, que es Rey, reconocido como hijo por Dios (Sal 2), desde la aurora cercado por los enemigos, pero -sostenido por el Señor- puede acostarse y dormir y despertar (Sal 3), en paz se acuesta y enseguida se duerme, porque el Señor ha puesto en su corazón más alegría que la que produce la abundancia de trigo y vino (Sal 4). En la mañana suplica al Señor que allane su camino (Sal 5), en la noche de la tribulación su oración son sus lágrimas (Sal 6), y su ruego la defensa de Dios (Sal 7).

 

Asombrado de las obras de los dedos de Dios (Sal 8), encuentra en Él refugio el oprimido (Sal 9). Aunque en el momento del aprieto parece quedar lejos (Sal 10), por encima de todo se acoge al Señor el orante (Sal 11(10)). Los malvados merodean (Sal 12) y provocan el lamento: ¿Hasta cuándo Señor? (Sal 13). Este orante pobre y oprimido se dirige al templo (Sal 14), desea hospedarse en la tienda de Dios (Sal 15), el Señor es el lote de su heredad (Sal 16), por eso en el peligro invoca al Señor y Él le escucha (Sal 17). El salmista ama al Señor, su roca (Sal 18), le ha entregado su creación entera y su Ley (Sal 19), y confía que Dios dé éxito a sus planes (Sal 20). La alegría del rey es la victoria del Señor, por eso de nuevo le invoca: ¡Levántate Señor con tu fuerza! (Sal 21). Aunque Dios parece lejano, y como si hubiera abandonado la obra de sus manos (Sal 21), es fiel, el Señor -Pastor bello- guiará al orante con ternura y unción (Sal 23), y le llevará a su monte santo (Sal 24) donde será alimentado.

 

Precedido del esplendor de un canto real de gloria, que es el salmo 21 (20), en el que se celebra la fuerza y el poder del Señor, que ha dado la victoria al rey, el salmo 22 despliega el arte de la lucha, la interrogación lacerante a Dios que brota del dolor, y toma la forma de súplica como epifanía de la fe.

 

A la pregunta sobre el abandono de Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Sal 22, 2), responderán los salmos siguientes, como un único tejido de textos oracionales, que respiran la fiel promesa de que Dios está con nosotros (Enmanuel). El sentimiento de abandono y su lamentación no caen en el vacío, responde el salmo 23: “El Señor es mi pastor” (Sal 23, 1), metáfora del monarca en la Biblia, que ya estaba presente en el salmo anterior (Sal 21). Así mismo, el Salmo 22 desarrolla la idea de banquete: “Los desvalidos comerán hasta saciarse” (Sal 22, 27), que ahora en el salmo 23 se transforma en el banquete sin fin que tendrá lugar en la casa de Yahvé: “Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos, me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa” (Sal 23, 5).

 

El orante ha prometido en el salmo 22 que hablaría a sus hermanos del “nombre de Yahvé” (Sal 22, 23), y este nombre de Dios resuena en la primera afirmación del siguiente salmo: “Pastor” (Sal 23).

A este primer sentimiento de abandono, responde el final del salmo 22 con una profesión de fe, que espera con la seguridad de ser guiado por este “nuevo pastor divino” a un lugar en que le prepara una mesa ante sus enemigos y en el que su copa rebosa. La marcha por el valle tenebroso (Sal 23, 4) finaliza en la “casa de Yahvé” (Sal 23, 6) y el salmo 24 marca la entrada en el “recinto sacro”, acordes que ya resonaron en el salmo 15: ¿Quién puede habitar en tu monte santo? (Sal 15, 1), a lo que responde el salmo 24: “Esta es la generación que busca al Señor [literalmente que pregunta por Yahvé], que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Sal 24, 6).

 

Buscar y preguntar tienen en el Salterio un significado paralelo. Como consecuencia, desde el salmo 22 en adelante, dibuja su trayectoria un gran arco que marca la marcha hacia Sión, en cuyo recinto sacro podrán entrar las naciones, acogidas por la bendición y justicia de Dios, si no suspiran por los ídolos. Aunque primero, quien reclama entrar es Yahvé, “rey de la gloria”, que pone paz entre los pueblos. Es el pastor que camina delante. Por eso, el orante del salmo 22, en su búsqueda de Dios, que le provoca interrogantes en medio del dolor, finaliza su desgarrador lamento con esta profesión de fe: “Volverán al Señor hasta de los confines del orbe, en su presencia se postrarán las familias de los pueblos…mi descendencia le servirá…contarán su justicia al pueblo que ha de nacer. Todo lo que hizo el Señor” (Sal 22, 28.31-32)

 

Desde esta óptica de unidad en el Salterio, y de relación armoniosa entre los salmos, entramos en nuestra lectio, leemos y susurramos estos versos como respiración del corazón y búsqueda de Dios.

 

  1. LECTIO – MEDITATIO

Este poema oracional, que evoca la voz profética de los Cantos del Siervo (cf. Is 52, 13 – 53, 12) es una lamentación llena de vigor, como un “rugido de palabras” del orante, estructurado en tres estrofas: 1ª estrofa: Lamentación (vv 2-22), 2ª estrofa: Agradecimiento (vv. 23-27), 3ª estrofa: Himno al Señor, rey universal (vv. 28-32)[8].

 

La queja ante Dios, e incluso la disputa con Dios, ocupan un lugar legítimo en el hablar bíblico sobre Dios y con Dios. Más allá del lamento, esta forma de relacionarse con Dios es sostenida por la esperanza, tal como aparece en el libro de Job y su lucha con el Señor, cuando dice: “Yo sé que está vivo mi Vengador y al final se alzará sobre el polvo: después de que me arranquen la piel, ya sin carne veré a Dios; yo mismo lo veré, no como extraño; mis propios ojos lo verán. ¡El corazón se me deshace en el pecho!” (Jb 19, 25-27).

 

Este lamento de Job es cercano a la oración del salmo 22, y a otras muchas lamentaciones del Antiguo Testamento (cf. Sal 6; 13; 22; 31; 44: 57…), que brotan de la gran aflicción que supone sentirse abandonado de Dios y reflejan una gran conmoción existencial. Pero ninguna termina en desesperación, sino que al final emerge la certeza de que Dios está cerca del orante que lucha en la adversidad. Jesús participa de esta conmoción existencial, y de esta transformación del lamento en confianza en Dios hasta el extremo. Algo que San Lucas recogerá en su relato de la Pasión, cuando pone palabras del salmo 31, 6 en boca de Jesús agonizante y ora diciendo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). En la Biblia la promesa de fidelidad de Dios fundamenta la esperanza, incluso en la extrema situación de la muerte. Jesús también experimentó el dolor del aparente abandono, y clamó a su Padre como expresión de su confianza en que actuaría, como salvó a los padres de Israel.[9]

Desde esta certeza dejamos resonar la 1ª estrofa de este salmo.

1ª Estrofa: Lamentación (Sal 22, 2-22)

2 Dios mío, Dios mío,  ¿por qué me has abandonado?  A pesar de mis gritos,  mi oración no te alcanza.

3 Dios mío, de día te grito,  y no respondes;  de noche, y no me haces caso.

4 Porque tú eres el Santo  y habitas entre las alabanzas de Israel.

5 En ti confiaban nuestros padres;  confiaban, y los ponías a salvo;

6 a ti gritaban, y quedaban libres;  en ti confiaban, y no los defraudaste.

7 Pero yo soy un gusano, no un hombre,  vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;

8 al verme, se burlan de mí,  hacen visajes, menean la cabeza:

9 Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere.

10 Tú eres quien me sacó del vientre,  me tenías confiado en los pechos de mi madre;

11 desde el seno pasé a tus manos,  desde el vientre materno tú eres mi Dios.

12 No te quedes lejos,  que el peligro está cerca  y nadie me socorre.

13 Me acorrala un tropel de novillos,  me cercan toros de Basán;

14 abren contra mí las fauces  leones que descuartizan y rugen.

15 Estoy como agua derramada,  tengo los huesos descoyuntados; mi corazón, como cera,  se derrite en mis entrañas;

16 mi garganta está seca como una teja,  la lengua se me pega al paladar;  me aprietas contra el polvo de la muerte.

17 Me acorrala una jauría de mastines,  me cerca una banda de malhechores;  me taladran las manos y los pies,

18 puedo contar mis huesos.  Ellos me miran triunfantes,

19 se reparten mi ropa,  echan a suerte mi túnica.

20 Pero tú, Señor, no te quedes lejos;  fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

21 Líbrame a mí de la espada,  y a mi única vida de la garra del mastín;

22 sálvame de las fauces del león;  a este pobre, de los cuernos del búfalo.

 

Con una apertura copada de quejas y gemidos se inicia esta oración. Su grito inicial -desde la desolación- reclama ayuda al Señor (vv. 2-3), pero parece perderse en el vacío. Dios calla, y este silencio acrecienta la búsqueda de una palabra suya, en la certeza de que es intensamente firme el vínculo con el Señor, que por tres veces el orante llama “Dios mío”. Este grito triple es único en el Antiguo Testamento y rezuma estrecha relación, vinculación cercana[10].

No es un grito desesperado, como tampoco lo fue cuando Jesús lo reza desde la Cruz, sino la expresión de una total indigencia, cuya súplica recorrerá un camino que va desde el corazón atormentado, en el inicio, hasta el final del salmo, donde se despliega una alabanza en la total confianza de la victoria del Señor.

Puesto que, en la costumbre judía, citar el comienzo del salmo implicaba una referencia a todo el poema, la oración desgarradora de Jesús, aun manteniendo el tono de un sufrimiento indecible, se abre a la certeza de la gloria, que se revela al final del salmo.

Esta certeza ya la contiene la oración sálmica precedente, cuando el orante exclama: “Aunque tramen maldades contra ti, y urdan intrigas, nada conseguirán, pues los pondrás en fuga… ¡Levántate, Señor, con tu fuerza…!” (Sal 21 (20), 12-14). El orante del salmo 22 está seguro que la última palabra de Dios no será el abandono punitivo, de ahí que al final, en su oración, la queja ceda el paso a la confianza.

La raíz rahôq (alejarse) da forma a la primera unidad del salmo 22[11]. Al inicio, el dolor de sentir que la oración no alcanza al Señor (cf. Sal 22, 2), ya expresa cómo el Dios personal y cercano, cuyo ser genuino conoce el orante –un ser salvador-, y que en salmos anteriores era su roca, su protector y su refugio, ahora está lejos.

El binomio espacial cerca-lejos es determinante en esta oración[12]. El salmista conoce a Dios que contesta cuando se le llama -como hizo con sus padres- (cf. Sal 22, 5), que es el Santo de Israel, presente en medio de su pueblo, ya que habita entre las alabanzas de Israel (cf. 22, 4) que cantan la liberación de sus padres de Egipto, y de otros muchos peligros (cf. 22, 5)[13]. Pero, en el presente, sólo hay experiencia de ausencia en la aflicción y olvido por parte de Dios de su criatura.

Junto al binomio cerca-lejos, es determinante en esta oración el verbo confiar (batah), que se repite tres veces en esta estrofa (cf. Sal 22, 5-6). Esta confianza es la herencia recibida de sus antepasados, que en Dios confiaron, a Él clamaron (cf. Sal 22, 6) y no quedaron defraudados. No hay cesura en la trama de la historia, que es una y única, por eso el orante pone en paralelo confiar y gritar, el grito orante del inicio (cf. Sal 22, 2-3) no es desesperación, sino un éxodo de sí mismo para encaminarse a la confianza total en el Señor, su buen pastor[14].

La belleza de esta primera estrofa está llena de contrastes. A la memoria viva del pasado, en el que el Señor misericordioso actuó en Israel, se une la presente situación de indigencia, el orante es un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, oprobio de la humanidad, desprecio del pueblo o mofa (cf. Sal 22, 7), que se expresa en muecas o gestos de burla diciendo: “Acudió al Señor que lo ponga a salvo (cf. Sal 22, 9), literalmente dice: “se giró al Señor” (gzl), se volvió completamente al Señor porque decía que le ama, ahora que lo libre[15]. Es la lógica de los enemigos ciegos, que sólo ven en la prueba el fracaso de Dios, sin percibir que prueba tras prueba, oración tras oración, se realiza la peregrinación hacia la respuesta definitiva de todos los interrogantes, hacia la paz del alma y la fe humilde, que acepta la travesía oscura hacia el alba de la Vida[16].

Le sucede al orante como al Siervo del Deuteroisaías[17], y como al pobre (‘ anawîn) de los salmos anteriores (cf. Sal 9 y siguientes), tiene una vida menesterosa pero orientada a Dios desde el seno materno, su nacimiento se debe -no a una partera- sino a Dios: “Tu eres quien me sacó del vientre…Desde el seno materno pasé a tus manos [a ti fui confiado]” (cf. Sal 22, 10-11). El orante pertenece a Dios desde su concepción, por eso puede ahora gritar con toda confianza: “No te quedes lejos…Nadie me socorre” (cf. Sal 22, 12), porque está cercado por dentro y por fuera.

Por dentro se dislocan sus huesos, está como agua derramada -símbolo de lo inútil-, su corazón se derrite -imagen de la muerte-, no puede ni pronunciar palabra, la garganta seca, y la lengua pegada al paladar, parece que Dios mismo le está apretando contra el polvo (cf. Sal 22, 15-16), contra la caducidad de Adán.

Por fuera le angustia la hostilidad de sus enemigos, que con fiereza le rodean y que el orante expresa con metáforas animales: novillos, toros, perros, leones (cf. Sal 22, 13-14. 17-19)[18]. La mirada triunfante de los impíos, el repartirse su ropa y echar a suerte su túnica, evocan la historia de José, vendido por sus hermanos. Su historia no está separada de la de sus padres, ahora como ellos necesita que Dios sea su fuerza y venga pronto (cf. Sal 22, 20-22).

La violencia siempre encierra algo bestial, y sólo la intervención de Dios puede restituir al hombre su humanidad. Lo inhumano de la agresividad es siempre lo animal que acecha al hombre y que tiene que dominar, como acechaba a Caín lo feroz de la envidia (cf. Gn 4, 6-7). El proyecto de Dios desde los orígenes no es este, su sueño es pronunciado por la boca del profeta cuando dice: “El lobo vivirá con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el león y el novillo pacerán juntos” (cf. Is 11, 6-7), un sueño divino en el que el hombre sea pastor de su propia animalidad, y construir una vida común en la que la fuerza de la violencia se convierte en auténtica mansedumbre, en acogida del otro diverso de mí[19].

En la Pasión de Cristo estas imágenes del acoso y persecución a muerte, se cumplirán según la simbología del salmo. El salmo 22 ya lo anunciaba de lejos, antes que llegara. En su Pasión, el poder de Jesús no es el de Goliat, sino el poder que nace de la obediencia al Padre, es un poder humilde, basado en el amor que espera el tiempo en que Dios se levante y lo salve, un poder que es camino y encamina al hombre hacia la trascendencia del amor[20].

Esta gran aflicción del orante acosado, en su primera estrofa, termina en una inclusión[21] entre los versos 3 y 22. En el verso 22 literalmente se lee: “de los cuernos de los bisontes me respondiste”, y el verso 3 suplica y dice: “te grito y no respondes”[22]. En ambos aparece el verbo responder (‘ anah), y de la misma raíz es el vocablo pobres (‘ anawîn), término que será importante en la segunda parte del salmo. Esta pobreza o humillación marca el final de la primera estrofa, vinculada a la respuesta de Dios al grito de su criatura, que desde el inicio fue suplicada, y que ha sido dada, puesto que el orante se dispone a contar la fama de Dios a sus hermanos.

El grito de: “¡Ven corriendo a ayudarme!” (cf. Sal 22, 20) abre los cielos, y proclama una certeza que va más allá de toda desolación, la firmeza de la fidelidad divina, a Dios se le convulsiona el corazón ante la aflicción del hombre, su criatura predilecta. El lamento del salmista se transforma en alabanza, pues Dios le ha dado respuesta, entonces: “Contaré tu fama a mis hermanos” (cf. Sal 22, 22c-23)[23]. El Señor salvó al pobre, le mostró su rostro benévolo en su respuesta, muerte y vida lucharon en un misterio inseparable y la vida ha triunfado. Es la victoria de la espera y la fe, que transforma la muerte en don de vida. De ello surge una gran acción de gracias que suena con los versos siguientes.

2ª Estrofa: Agradecimiento (Sal 22, 23-27)

23 Contaré tu fama a mis hermanos,  en medio de la asamblea te alabaré.

24 Los que teméis al Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo;  temedlo, linaje de Israel;

25 porque no ha sentido desprecio ni repugnancia  hacia el pobre desgraciado;  no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó».

26 Él es mi alabanza en la gran asamblea,  cumpliré mis votos delante de sus fieles.

27 Los desvalidos comerán hasta saciarse,  alabarán al Señor los que lo buscan. ¡Viva su corazón por siempre!

 

Abre la puerta a esta segunda estrofa -llena de gratitud- el verso: “Contaré tu fama a mis hermanos” (cf. Sal 22, 23). Sólo puede contar la fe quien ha experimentado un encuentro con Dios actuando en la historia concreta sosteniendo, alentando, apoyando, escuchando y respondiendo al clamor del hombre. El orante ya tiene respuesta de Dios. Y si los salmos son concatenados, a la pregunta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado” (Sal 22, 2), responde la voz del salmo siguiente: “El Señor es mi Pastor, nada me falta” (Sal 23, 1) El orante ahora pronuncia el nombre del Señor en medio de la asamblea, su nombre de “Pastor”.

Este pobre desgraciado es grato a Dios, quien no siente repugnancia de él, sino que le guarda como un pastor a su rebaño, le muestra su rostro, y conoce la voz de su oveja, a la que escucha y responde (cf. Sal 22, 23).

El orante usa vocablos que resuenan en el cuarto canto del Siervo, como volver (satar) y rostro (paneh). Ante el desfigurado siervo, sin apariencia humana, todos vuelven (quitan) su rostro de él y se alejan (cf. Is 53, 3). Dios, en cambio, no quita su rostro del pobre (cf. Sal 22, 25), gracias a Él vive el orante. Dios no vuelve su rostro ante los míseros, es más, ante ellos derrama toda su misericordia. En el Tritoisaías, el Mesías, se sabe enviado a estos pobres y pequeños, que ponen su esperanza exclusivamente en Dios. El Mesías vine a sanar los corazones desgarrados, trae un mensaje de alegría para ellos (cf. Is 61, 1-3). Jesús cumplirá esta profecía con su vida (cf. Lc 4, 16-21), y es imagen viva de la fidelidad y misericordia apasionada de Dios, que no abandona en el sufrimiento al hombre, como no abandonó a su Hijo, porque Dios tiene el corazón con los míseros (cor miseri).

Avanzando en la oración salmica -objeto de nuestra lectio- percibimos que el orante ve a lo lejos una gran asamblea, donde podrá confesar el poder salvador de Dios con él. Y no sólo en medio de la asamblea de su pueblo, sino que su testimonio llegará a los confines de la tierra, y volverán al Señor todas las familias de los pueblos[24].

Dios mismo es la alabanza del salmista en la gran asamblea. Literalmente dice: “Centuplicaré mi alabanza para ti” (cf. Sal 22, 26), con la connotación de pleno por el número cien, por lo que se refiere a una alabanza incesante[25]. El orante alabará sin cesar, ni la angustia del abandono podrá pararla, porque se eleva sobre el cimiento de la confianza en el poder de Dios que actuará. Ahora es el tiempo de la espera hasta la hora del kairós, el momento oportuno del Señor.

Se cierra esta estrofa de agradecimiento y esperanza con el corazón de los pequeños, que viven buscando al Señor, por eso su corazón puede vivir por siempre, porque comerán hasta saciarse, es Dios quien mantiene y renueva la vida del orante desvalido.

Y desde este desvalimiento confiado se inicia la tercera estrofa que cierra esta oración.

3ª Estrofa: Himno al Señor, rey universal (Sal 22, 28-32)

28 Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe;  en su presencia se postrarán las familias de los pueblos,

29 porque del Señor es el reino, él gobierna a los pueblos.

30 Ante él se postrarán los que duermen en la tierra,  ante él se inclinarán los que bajan al polvo. Me hará vivir para él,

31 mi descendencia lo servirá;  hablarán del Señor a la generación futura,

32 contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: Todo lo que hizo el Señor.

 

Esta estrofa es un himno al Señor, rey universal, que cierra esta oración sálmica.

Se inicia con un verbo de vida, “lo recordarán”, ya que para Israel olvidarse de Dios era morir. Y si hay un libro en la Biblia que gira en torno a este recuerdo vital es el Deuteronomio, que insistentemente exhorta al pueblo de Dios: “Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer…Guárdate de olvidar al Señor…Si olvidas al Señor, tu Dios,…pereceréis sin remedio” (cf. Dt 8, 2.11.19).

 

Continúa la oración con un verbo de conversión, “volverán”, que hace referencia a un éxodo, un camino de vuelta de los ídolos al Señor. Vida y conversión se entrelazan en este tramo final del salmo, que habla del reinado de Dios y su dominio de las naciones, un dominio que es guía y luz que indica el camino, un dominio que allana la senda de su pueblo y no lo maltrata en su desvalimiento.

 

Esta parte final del salmo 22 también está en estrecha relación con salmos anteriores (cf. Sal 15 y siguientes), que hablan de Dios y su salvación, su realeza que hace que aparezca finalmente la salvación, aún en situaciones desesperadas. En este sentido conecta con el salmo 23 que afirma: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiegan” (cf. Sal 23, 4).

 

Dios concede la salvación al rey, porque del Señor es el reino, el gobierna a los pueblos (cf. Sal 22, 29), algo que recoge los salmos precedentes cuando exclama el orante: “El rey se alegra con tu fuerza…le has concedido el deseo de su corazón” (cf. Sal 21, 1-2), o cuando clama: “Señor da la victoria al rey, y escúchanos cuando te invocamos” (cf. Sal 20, 10).

 

El orante es un rey, que tiene especial relevancia en los salmos 15-19, donde David aparece como modelo de referencia por ser considerado siervo de Dios, que se deja instruir por la Torá, un siervo que es justo y pobre. El salmo 22 desarrolla estos aspectos desde la clave de la pobreza, presenta un orante pobre pero que confía en Yahvé, y aunque ahora está lejos, quiere encontrar en él su refugio. Es modelo de orante que vive únicamente de la petición. Ésta es el proceso existencial que media en el presente entre la necesidad y la ansiada salvación. La petición es el medio para acercarse y llegar a Dios, con la petición sale hacia fuera y entra en relación con Dios, ese Otro que ahora se siente lejano[26].

 

Esta lejanía de Dios es la que configura la pobreza del salmista, rasgo novedoso de los ‘anawîn, y evoca el libro de Job y Jeremías, que también pasan por situaciones extremas de prueba y abandono. El salmo 22 retoma el tema del pobre de los salmos anteriores, y lo amplia con nueva fisonomía, el orante es un rey pobre, cuya suerte es similar a la del justo perseguido. Si el salmo 22 cierra la sucesión del salmo 18 – 22, éste invita a una parada para hacernos recordar el valor de la petición, estrechamente unida a la pobreza del orante, y que es lo que le hace permanecer en pie, no desesperar, y hacer la proclamación de fe viva más bella de los salmos: “Todo lo hizo el Señor” (cf. Sal 22, 32).

 

ORATIO

 

Oh Dios, custodio humilde del hombre,

El misterio del dolor atraviesa

como una ola gigante la historia humana.

Dios mío, ¡son tiempos recios nuestros días!

Ante nuestros ojos pasan

imágenes tras imágenes de dolor humano.

¿Qué belleza salvará el mundo?

Realizamos una peregrinación prueba tras prueba,

oración tras oración,

desde la noche de la tribulación

al alba de tu Amor  Misericordioso,

mientras, por el camino,

la pregunta del mal emerge cotidianamente.

Aunque parezca que estás lejos de nuestras tribulaciones,

sólo Tú, Dios mío, has hecho tuyo

el sufrimiento del mundo abandonado al mal.

Tú has puesto tu tienda entre nosotros, en nuestros corazones,

Tú estás cerca, en el surco de la historia con cada hombre.

Que en todos crezca la certidumbre de que, más allá de las aflicciones,

está tu compasión y tu maternal apoyo, integrando fragilidades,

despertando en la fragilidad de la vida,

el vigor de las raíces de tu amor hasta el extremo.

Tu luz vence la miseria humana.

En cada rostro desfigurado,

tu amor unge y transfigura las huellas de la vetustez.

Tu Pascua es la razón de nuestra esperanza en el sufrimiento,

de la muerte brota la vida nueva fortalecida.

Danos un corazón que del lamento,

abra la puerta a la alabanza,

y descubra las huellas de tu belleza misericordiosa

en cada momento. Amén.

 

[1]M. Vidal, Un judío llamado Jesús, Ediciones EGA, Bilbao 1997, 239-244.

222 para la tradición judía, 21 para la grecolatina.

3Benedicto xvi, Escuela de oración. Catequesis del Papa, Ciudad Nueva, Madrid 20132, 90-97.

4 Cf. N. Lohfink, A la sombra de tus alas. Nuevo comentario de grandes textos bíblicos, Desclèe de Brouwer, Bilbao 2002, 160-165. “La tesis según la cual el salterio era el libro de cánticos del segundo templo ha sido rebatida. Durante los diarios sacrificios (tamid), sin duda, coros de levitas interpretaban salmos determinados en la escalera que unía el antepatio de las mujeres con el de los hombres. En el culto propiamente los sacerdotes recitaban otros textos. Menos aún pudo ser el salterio el libro de cánticos de la sinagoga. Hasta la segunda mitad del s. I d. C. no se incluyen los salmos en la liturgia rabínico-sinagogal, por la presión de la piedad popular…Sólo salmos aislados hallaron acogida en la misa cristiana en las postrimerías del s. II. Sí se utilizó el salterio en los “terapeutas”, grupo judío de Egipto”.

5 En aquella época, la meditatio de los judíos recluidos en grutas y celdas consistía en susurrar textos en voz baja, en cuclillas, balanceándose suavemente y trenzando esterillas de cañas. También se recitaban salmos yendo de viaje, siempre de memoria. Posteriormente, los monjes cristianos a la meditación personal de los salmos unieron una variante comunitaria, y dio comienzo a las horas canónicas monásticas. Desde Pacomio a la Regula Magistri, la práctica de recitar el Salterio en una semana era la regla general. San Benito (s. VI) prescribe la recitación del mismo en una semana, lo que indica que seguía siendo consciente de la unidad del libro de los salmos (cf. Regula Benedicti 18, 25).

6 Algunos autores las llaman “palabras gancho” o vocablos con función de enlace, así como en ocasiones se nombra como “reclamo anafórico”.

7 Estos vínculos entre un salmo y sus colindantes contribuyen a que el Salterio -como un todo- se convierta en un texto de meditación que puede aprenderse de memoria, y recitarse en voz baja para sí.

8 A. Aparicio Rodríguez, Comentario filológico a los Salmos y al Cantar de los Cantares, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2012, 141-149.

9 W. Kasper, La Misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana, Sal Terrae, Cantabria 2015, 129.

10 E. Sanz Gimenez-Rico, Señor roca mía, escucha mi voz. Lectura continuada y concatenada de Salmos 1-30, EB 51, Verbo Divino, Estella (Navarra) 2014, 171.

11 Aparece tres veces Sal 22, 2. 12. 20.

12 El TM (texto masorético) del salmo 22, 2b dice; “lejos de mi salvación”. Presenta una dimensión espacial del abandono divino (v. 2) y la dimensión temporal, día y noche invocando al Señor (v. 3).

13 B. Renaud, “Le Psaume 22: Structure et relecture” en: Fs. P. Grelot, La vie de la Parole. De l’ AncienauNouveauTestament, Desclée de Brouwer, París 1987, 155-164.

14 G. Barbiero, Il regno di JHWH e del suo Messia. Salmi scelti dal primo libro del Salterio Studia Bíblica 7, Città Nuova, Roma 2008, 198.

15 A. Aparicio Rodríguez, o. c. 147.

16 CIVCSVA, Contemplad. A los consagrados y consagradas tras las huellas de la belleza, Ciudad del Vaticano, 15 de Octubre de 2015, 15.

17 Ver semejanzas entre Sal 22, 7-8 e Is 49, 7; 50, 6; 51, 7; 52, 14; 53, 3.

18 El león siempre preparado para matar, el búfalo símbolo de la fuerza y el poder, el perro animal impuro en el Antiguo Oriente.

19 P. Avellaneda Ruiz, La humildad: vivir bajo la mirada de Dios. Comentario bíblico y teológico a RB 7, Ediciones Montecasino, Zamora 2016, 11.

20 J. Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor, Ediciones Sígueme, Salamanca 2005, 54-55; Cf. R. Guardini, El poder, Madrid 19772, 40.

21 Figura estilística semita muy frecuente en la forma literaria de la Biblia.

22 A. Aparicio Rodríguez, o. c. 147-148.

23Ángel Aparicio comenta que la traducción del segundo hemistiquio suena así: “De los cuernos de los bisontes me respondiste” e inmediatamente continúa el salmista: “Contaré tu fama a mis hermanos”, en paralelismo con el hemistiquio anterior, el triunfo es ser defendido de los cuernos del búfalo, recibir la respuesta de Dios, al que se le ha clamado desde el inicio.

24 A. Pavía Martín, En el espíritu de los Salmos, San Pablo, Madrid 2007, 90-93.

25 A. Aparicio Rodríguez, o. c. 148-149.

26 O. Fuchs, Die Klage als Gebet. Eine Theologische Besinnuhg am Beispiel des Psalms 22, Kösel, Munich 1982, 170.