EXPERTOS EN ESCUCHA DE DIOS Y EN FRATERNIDAD

0
1755

(Emilia González. Sup. Gral. Religiosas de la Pureza de María) «Sé una presencia orante», «escucha a todas las hermanas», «sirve a tus hermanas de rodillas». Estas fueron las primeras palabras con las que me alentaron varias personas amigas al comenzar mi misión como superiora general.

Escuchar cada mañana al Espíritu, prestar atención a esa voz suya que posee tonos diferentes, es para mí lo primero y más urgente. «¿Por dónde Señor?», escucharle en la oración, en su Palabra, nos lleva a estar atentos: cuando nos habla desde el corazón de los hermanos de comunidad, desde las necesidades de la gente, desde el grito de los hombres y mujeres que hoy habitan nuestro mundo. Con la misma actitud de la Virgen: acoger la Palabra, darle vida, meditarla en el interior y llevarla a los hombres.

Mi fundadora, Alberta Giménez, supo dar respuesta a las necesidades de su tiempo. Ella había adquirido esa sensibilidad para reconocer la voz de Dios en cualquier circunstancia de su vida. Él cambió, una y otra vez, todos sus proyectos. Y, aunque no pudiera entenderlo, decía que Dios siempre nos sorprende y «dispone todo para nuestro mayor bien».

En nuestro tiempo, que valora tanto la especialización, ¿no deberíamos ser los religiosos los ‘profesionales’ de la escucha y de la experiencia de Dios? Lo importante es dejar que todo lo nuestro –lo que somos y hacemos– lo toque Dios y, cuando Él lo toca, lo hace nuevo: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Es Él quien nos convierte en personas capaces de indicar el camino a tantos hombres y mujeres que se cruzan en nuestra vida, que están perdidos y no le encuentran el sentido.

Y lo segundo más urgente, en nuestro mundo roto, es vivir en fraternidad; porque eso significa amar como Jesús, poner en activo su mandamiento nuevo. El papa Francisco nos invita a ser expertos en comunión y en misericordia, y a dar testimonio de alegría y esperanza. El religioso, para ser fiel a su vocación, debe recordar al mundo que Dios no se olvida de sus criaturas, y cantar como la Virgen, cada día, su Magnificat.

Esto es lo que puede hacer creíble nuestro seguimiento de Jesús: contemplar escuchando, agradecer cantando y servir amando.