¿Todo bien?

Pues no, todo bien no.

Ahora nos ha dado por saludarnos con la pregunta que no deja margen a respuesta. Una cuestión cerrada que nos aboca a tener que contestar que sí o que no. ¡Vamos! Blanco o negro.

A mí personalmente no me agrada. Ha sustituido al: ¿Qué tal? ¿Cómo te va? ¿Qué es de tu vida? y ha dejado en silencio al interlocutor porque, ¿quién puede decir que todo lo va bien o mal? Nadie.

Estamos en tránsito. Aún no hemos llegado al final de los tiempos o de los días de nuestra vida de los que habla el evangelio de este fin del tiempo litúrgico: «Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria reunirá a todas las naciones». Y, aun así, no preguntará ¿Todo bien?

Sus preguntas, si es que son como las nuestras, se referirán a nuestro modo de proceder limitado y fragmentario: regular, a medias, a ratos, más o menos. Sólo hay que recordar que Jesús comenzó el Reino de Dios con más gestos que palabras: convirtió el agua en vino, curó a los enfermos, echó demonios y -sólo después-, contó parábolas y dijo frases abiertas a la comprensión posterior. El actuar fue previo al hablar y no agotó todo, ni el bien ni el mal.

Como nosotros somos más de hablar que de hacer y más de emitir que de escuchar, nos ha caído el neologismo como anillo al dedo. Y preferimos saludar de esta nueva manera sin detenernos ni un centímetro a esperar respuesta. Entre otras cosas porque no la hay.  

El Evangelio de Mateo asegura que cuando Cristo venga y reine en majestad animará a los que ha escuchado durante toda su vida y por los que ha derramado sangre diciéndoles: «Venid benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo».

Entonces, sobrarán las palabras y expresiones. Y quedará en el olvido aquella que plasma nuestro individualismo social en tiempo de pandemia: ¿Todo bien?

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