Lo dicen quienes fueron testigos de aquel éxodo asombroso desde el cautiverio a la libertad: “Nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares”.
Lo había dicho el Señor con palabras de promesa a un pueblo en cautividad: “Abriré un camino en el desierto… pondré agua en el desierto, corrientes en la estepa, para dar de beber a mi pueblo… para que proclame mi alianza”…
Lo dicen quienes esperan aún el regreso de sus hermanos en cautiverio: “Recoge, Señor, a nuestros cautivos”…
Y nosotros adivinamos el sentimiento que inunda el corazón de quienes han vivido aquel éxodo: “Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas”…
Ahora, dejamos de mirar para aquel pueblo que el Señor “se había formado para que proclamase su alabanza”, y nos fijamos en la mujer de la que habla el evangelio, “mujer sorprendida en flagrante adulterio”, mujer que, según la ley de Moisés, había de morir apedreada… Ahora es Jesús quien, para ella, “abre un camino en el desierto, corrientes en el yermo”… Ahora es Jesús quien pone agua en el desierto para que la mujer beba… para que proclame la alabanza del Señor… Ahora es Jesús –es el Señor- quien hace volver a la que había sido “sorprendida en flagrante adulterio”, y los que, como ella, nos sabemos ‘sorprendidos’, acogidos y perdonados, con ella vamos confesando el asombro de nuestro corazón: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.
Y es que, asombrados aún por la misericordia y la compasión de Dios con aquella mujer, no podemos ya dejar de confesar con igual asombro la misericordia y la compasión de Dios con cada uno de nosotros, con todos los que formamos el cuerpo de Cristo que es la Iglesia… Ya no podemos dejar de entender, como referidas a nosotros, las palabras de la profecía: “Abriré un camino en el desierto… pondré corrientes en la estepa, para dar de beber a mi pueblo”… Ya no podemos dejar de pronunciar como nuestras las palabras del salmista: “El Señor ha estado grande con nosotros… Cuando el Señor nos hizo volver, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas”…
Pero aún hemos de revivir en otra comunión el misterio de nuestra liberación, de nuestro éxodo, de nuestra Pascua. Ahora es Cristo Jesús el que recorre ese camino que va de la muerte a la vida. Ahora es en comunión con Cristo resucitado con quien vamos diciendo nuestro asombro y nuestro canto: “El Señor ha estado grande con nosotros… Cuando el Señor nos hizo volver, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas”…
Y aún necesitamos decirlo con todos los pobres en los que Cristo Jesús tiene hambre y sed, con todos aquellos en los que Cristo Jesús padece desnudez y soledad, con hombres, mujeres y niños en los que Cristo Jesús es atormentado y muere, con todos aquellos que, llorando, han recorrido el camino de la vida, y que, cantando, volverán, trayendo sus gavillas: “El Señor ha estado grande con nosotros… Cuando el Señor nos hizo volver, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas”…
Hoy, todos somos aquella mujer que, condenada por la ley, fue salvada por la misericordia… Hoy todos somos el pueblo que Dios ha elegido para que proclamemos su alabanza… Hoy, como el apóstol, también nosotros “lo perdemos todo, y todo lo consideramos basura con tal de ganar a Cristo”, con tal de vivir en Cristo, con tal de comulgar con Cristo, con tal de resucitar con Cristo… Hoy, en Cristo, todos hacemos el camino que va de la muerte a la vida…
Y la voz de Jesús, llena de misericordia, nos recuerda: “no vuelvas atrás”… “no peques más”…