Santos y Difuntos

«Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos».

Pobres, lo que se dice pobres de medios, no lo somos. Hijos, con todo su contenido divino, tampoco. Y, ¿santos como cree la gente de la calle? Pues menos. Y, sin embargo, en estos días de noviembre se nos llama hijos, santos y bienaventurados, siempre y cuando seamos pobres.

Nos cuesta eso de ser pobres y más vivirlo como situación de buena ventura. Y hablo de esa pobreza que nos exige amar la limitación, la fragilidad, las dificultades, las taras y los dolores… de esa que nos compromete a aceptar al que vive a nuestro lado.

Jesús -en el evangelio- nos dice que cualquier situación, vivida con humildad y confianza, se convierte en condición de posibilidad para ser feliz. Cualquier hermano, cualquier duda, enfermedad o fracaso se convierten en momentos de bienaventuranza y en ocasiones para cumplir lo que Dios espera de nosotros. Quien así lo comprende es un bienaventurado. Quien así responde es un santo.

«Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».

Ricos, lo que se dice ricos de medios, tampoco lo somos. Vivientes sí. La vida es un regalo que Dios nos da y que no es nuestra. Nuestro fin no es conservarla a toda costa. Aunque, con tanta medicación damos la sensación de agarrarnos más a esta vida que a la eterna y de ser unos privilegiados.

Estamos vivos por pura gracia. Y, aunque parezca que ya estamos muertos -por los silencios- no estamos aquí para sobrevivir eternamente. Estamos para entregar la vida por el evangelio. El Señor que nos llamó un día y nosotros le seguimos. Hemos «profesado» la entrega de la vida. ¿Por qué entonces tantas quejas de muerte? ¡Que si nos quitan la clase de religión! ¡Que si da miedo un partido político emergente! ¡Que si fuéramos más y más jóvenes! Quejas que denotan más auto conservación que entrega.

 «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?».

Y tú, y yo ¿creemos esto? Si Cristo muere y resucita significa que la muerte no tiene poder sobre nosotros. Quien así lo comprende es un viviente, quien así lo celebra vive para siempre.

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