Providente

Personas de todos los tiempos han encontrado en la codicia el medio de la felicidad: si obtienes medios y cierta seguridad uno puede ser hasta feliz. Es el engaño de la humanidad: creer que cuanto más tienes más sencilla será la vida.

La expresión de Jesús no deja lugar al equívoco: “aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. Y luego lo ejemplifica con esa historia de un hombre que pensaba vivir eternamente por haber acumulado lo suficiente.

La vida es un regalo de Dios, que dura lo que dura. Todo lo que hagamos por mantenerla será estéril. Y así lo expresa el libro del Eclesiastés: que todo esfuerzo en esta vida es vano… y añadimos lo del refrán castellano: “porque nada nos vamos a llevar”.

Todo esto es que lo sabemos, pero no lo vivimos así. Las cosas no pueden asegurarnos la existencia, evitarnos imprevistos, apartar el dolor, alargar la vida, etc., etc. Pero se da en nosotros una contradicción: invertimos en lo caduco y no en lo eterno. De ahí la conclusión del evangelio: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?»

El evangelio nos anuncia que la única y verdadera seguridad es el amor providente de Dios. Un cuidado respetuoso y atento que nos arranca del poder de las cosas de este mundo para mostrarnos los bienes de «allá arriba».

Trabajar como si la vida dependiera de nosotros y confiar en quien nos la regala en cada instante libera nuestro corazón de las ataduras del poseer, del prever y del tocar. Ahí encontramos la gratuidad del amor de un Dios que nos ha amado primero.  De manera providente…

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