En función mía

No hay más que ponerse ante un espejo para ver lo poco que uno aguanta. Es el reflejo de lo que uno es y de lo que uno esconde, lo que nos impide pasar más tiempo con nosotros mismos.

Jesús se va al desierto y allí, ante sí mismo, descubre la tendencia egocéntrica que tenemos todos cuando se nos deja solos. Las «tentaciones» del evangelio sacan de Jesús lo que pueden poner de manifiesto en mí: lo que necesito, lo que deseo y la defensa de mi criterio. En este fragmento -tan magnífico por lo que se dice, se refiere y los personajes que entran en juego- cobra fuerza el subjetivismo social su forma más burda.

El «tentador» aparece como una persona que ofrece la satisfacción de lo que necesito. Estar pendiente de mi corazón, de mis dolores, de mis comidas, mis libros, mi tiempo libre, mi espacio para el descanso, mi y mi y mi… me convierte, nos convierte en aglutinadores pan. En mantenedores de sacramentos, trabajos y presencias que ya no nos satisfacen porque nos embotan.

El «tentador» aparece como las respuestas a mis deseos. Me encantaría ser más rico, famoso, significativo, querido y admirado. Y ese deseo me aboca a manipular las oraciones a Dios y las peticiones a los que viven a mi lado para que satisfagan mis deseos no cumplidos. Tenga capacidad o no para realizar lo que ansío busco concederme ese regalo. Y si no es por las buenas, lo realizo por la puerta de atrás… y me convierte, nos convierte en magos o quiromantes que manipulan la realidad o el fruto del árbol. En sostenedores de conventos mediante inversiones, equipos y misiones poco compartidas.

El «tentador» aparece como un alto cargo que valora mis criterios. Y eso me confiere poder sobre los demás. Porque lo que importa es lo que yo pienso, cómo programo, lo que decido y cómo llevarlo a cabo. Y el pensamiento de los demás no sirve; bueno, maquillo mi interés abogando por la necesidad del diálogo, pero no hago ningún caso para seguir haciendo lo que me viene en gana. Tras haber probado del fruto del árbol se me han abierto los ojos y creo soy dios… y los demás, no existen. No están porque se han cansado de sentirse inútiles y torpes a nuestro lado.

En estos días, se nos aconseja reconocernos como barro de esta tierra y a valorarnos por estar modelados por las manos de Dios y vivificados por su hálito de vida. Lo que nos lleva a volver al espejo, al desierto o a dónde sea, para iniciar un camino de itinerancia de lo que hemos acumulado, una experiencia de Providencia en los sucesos de nuestro grupo y una apuesta por la Adoración de Dios y sólo de Él. Tres rasgos que mitigan las ofertas del «tentador» y que me ponen en mi lugar.

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Inocente

Llevar a la práctica el tortazo por bueno es un reto en la sociedad de hoy.

Reto sin novedad. ¡En cuántos momentos de persecución de cristianos no se ha llegado al martirio! Aún ocurre –como nos recuerda el Papa Francisco- y en mayor número que en épocas pasadas.

Saliendo al paso de la abnegación o de la sumisión -con la que se nos contaban las historias de los mártires-, hemos de contrastar con lo que vivimos. ¿Cómo decir en catequesis que pongan la otra mejilla ante una ofensa? ¡Qué inocentes! Estamos en un momento social y cultural –en el mundo occidental- en el que educamos en la defensa. El acoso y la no aceptación toman tintes psicológicos y nombres en inglés. Y decir, que ante una ofensa uno no tome partido, sino que se aparte, suena a desinterés, irrealidad y falta de compromiso.

Jesús no da una doctrina obligatoria para todos. Sólo para quien se ha abierto a la perspectiva del reino de Dios. Y a esos que buscan amar “hasta el extremo” se les ofrece una respuesta no violenta. No hace tanto en las escuelas de España celebrábamos en día de la Paz y la no violencia. Una reflexión que se hace más digerible si los ejemplos nos vienen de Oriente o de los movimientos sociales que de las frases del Evangelio. Y aun así, cuesta conjugar no violencia con defensa.

El “cómo eres tan tonto que no te has defendido” está en nuestros genes. Por muy religiosos o cumplidores que seamos en nuestra iglesia. Y sigue siendo un tema poco asumido en nuestra vida cotidiana; siendo adultos como somos.

Jesús se nos presentará como aquel que por amor y compromiso se dejará hacer. Sufre pacientemente el agravio y así da muestras de ser hijo de un Padre «que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos».

Esto lo han vivido y sufrido muchos “en martirio”. Y lo seguirá haciendo quien de verdad se siente hijo del Padre. Y nosotros, de momento, hemos de mostrar que las relaciones entre los semejantes pueden ser de otra forma a como educamos. Sembrando para el martirio.

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Marcando estilo

La santidad nos viene de Dios. Él marca nuestro estilo y espera que obremos según Jesús. Su Hijo es quien nos elige y nos invita a marcar la diferencia con lo que vemos en este mundo.

Se nos muestra como el modelo para amar a los demás; a todos -sean como sean-, buenos o malos. A Jesús le trajo rechazos, insultos y hasta la muerte; por amor marcó estilo.

La decisión de amar es nuestra. Y podemos hacerlo de múltiples formas. Como manda la moda de las Ong’s, de los grupos sociales, de las tendencias de género o pseudo espiritualidades… Según nuestra necesidad de aceptación o deseos de ser reconocidos… o, según Dios. Para las dos primeras no hace falta ir a misa, ni ser religioso, ni tan siquiera creer en Dios. Amar lo amable, recibir por dar, comprometerse como socio, cooperar con quien te invita “está de moda”, pero no marca el estilo del evangelio: «¿No hacen lo mismo lo publicanos?».

Ahora bien, para la tercera forma hace falta el criterio de Dios: si decides amar al que no aguantas, ayudar al que te roba, aceptar a la que te critica,  repartir con la que te manipula… o entroncas con el amar de Dios o te sientes el más idiota de la historia. Pero ciertamente, has optado por el estilo de Cristo. Un estilo con contraste.

El estilo de la santidad se ha convertido en tu marca: ya no amas sólo a los que te aman,  no consuelas ante la muerte como todo el mundo, no te resignas ante las dificultades como todo el mundo, no te agobias ante el futuro como todo hijo de vecino, acoges la enfermedad como una posibilidad… En eso está lo extraordinario, en que como Dios, tu Padre, marcas estilo.

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Robar la gloria

Cuando uno se apropia de algo que no le pertenece se convierte en un ladrón.

Atesora lo adquirido con un deseo de conservación exagerado porque reconoce que no es fruto de su inspiración. Posee lo de otro pero reconoce que no le pertenece. Además, no sabría cómo darle consistencia.

Cuando Dios nos regala la luz de Cristo y nos hace comprender el sentido de nuestra vida como parte de la historia de la salvación nos da algo inmerecido. Lo que brota ante ese don es la acción de gracias y la alabanza. Y nos posiciona como sal y luz para los otros.

Sal que da sabor a la vida de los demás, como antes -otros hermanos- lo han hecho con nosotros. La vida de comunidad se nutre del sabor que proporciona la sabiduría de nuestros mayores. Y nos convierte en personas amenas, prudentes, amables y con criterio en situaciones de tristeza, agobio e injusticia.

Luz proyectada por nuestro obrar desinteresado por aquellos que se cruzan en nuestro camino. Regalando unas caricias de misericordia que da Dios a través nuestro. Al actuar solidariamente entregamos lo que Dios nos ha dado a nosotros.

Si vivimos la fe sin pronunciar nunca una palabra de amabilidad, de ánimo, de agradecimiento, “desalamos” la fe y la convertimos en un ejercicio de perfección de no nos ayuda ni a nosotros. Si pensamos que todo fruto pastoral depende de nosotros y tiene su inicio en nuestras decisiones, cortándolas de las tarea de los hermanos desde hace años, «salamos» en exceso.

Actitudes que no construyen el reino de Dios ni dan sentido a la propia vida. Aquí, el evangelio  afirma con dureza: «No sirves más que para tirarte y que te pise la gente».Si ayudamos a aquellos que amamos, a los que nos hacen bien, a los que se lo merecen… hacemos lo que hace todo hijo de vecino sin necesidad de ir a misa ni ser cristianos. Y claro, esas obras no iluminan, se quedan en casa, con los amigos o en la parroquia. Aquí el evangelio es más suave, pero nos denuncia como ladrones: «sin estas obras no dan gloria a vuestro Padre que está en el cielo».

Y claro, aquí en la tierra nos quedamos nosotros con el regusto íntimo del evangelio y con la luz acogedora del sacramento para nosotros. Total, robando lo que no es nuestro y sin saber cómo mantenerlo en el tiempo. ¡Robando la Gloria de Dios, como un ladrón!

 

 

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Dios y su buena vista

Las bienaventuranzas resaltan situaciones y actitudes sólo valoradas y queridas por Dios de nuestra humanidad. Mientras, que para nosotros son inaceptables -la pobreza, el sufrimiento, el hambre, la injusticia, la persecución- Jesús las propone como situaciones de gozo e identidad.

Aunque nuestra educación ha incidido en mirar estas realidad como posibles, a la hora de la verdad -lo que cuenta-, es la capacidad, el éxito y la perfección.

Por eso, sólo han optado por ellas pequeños grupos, pueblos, «restos» significativos frente a la gran masa de la historia. En ese resto Dios se complace y se sirve de él para confundir a los numerosos y capaces. Ciertamente, si nos detenemos a pensar dónde estamos y lo que hemos conseguido, anhelamos ser más importantes y numerosos.

Y es que a pocos les apetece significarse como seguidores de Cristo en los momentos de persecución política o, de incomprensión ideológica de lo religioso. Y sin embargo, los ha habido y muchos que han dado testimonio de Cristo, con su propia vida, por amor.

Necesitamos, en la Iglesia, la mirada de Dios para destacar extranjero que nadie aprecia, amar a la familia que nadie acoge, buscar al joven anestesiado en sus adicciones, desear dar más vida, dejar de huir del que lleva años sin trabajo, animar al depresivo y entregarse de corazón a quien lo solicite en nuestra familia.

Precisamos, en la vida religiosa, la asunción radical de las situaciones de bienaventuranza. Lo que nos llevará -sí o sí- a ser contraste con lo que se lleva y por lo que se opta. El descubrir la riqueza de la pobreza, la grandeza de la humildad o la significatividad del pequeño grupo, sólo puede provocar sorpresa. Y, también ruptura; la que propició Jesús y que le abocó a la persecución, calumnia y muerte. Consecuentemente, si nos instalamos en la adulación no estamos viviendo las bienaventuranzas, o cedemos a las glorias humanas.

¿Si somos discípulos de las bienaventuranzas por qué no celebramos el ser resto? ¿Acaso Dios tiene una mirada tan corta que no nos ve?

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Puro riesgo

Jesús empieza por la afueras su anuncio de un nuevo reino. Y a él se adhiere quien, que corazón, busca un cambio real en su historia.

Parece que muchos se unieron con entusiasmo tras mirarse a sí y ver que era posible comenzar de mano de ese galileo que usaba palabras nuevas.

Palabras con vida de un hombre entusiasta; que vivía lo que decía. Un hombre maduro que no tenía miedo a llamar a las cosas por su nombre, a dejarse interpelar, a acercarse a los desheredados, a estrujar por los enfermos o ser criticado por los fariseos. Proclamaba como slogan: «cambiad, porque el reino está cerca de vosotros».

Ante esta invitación muchos quedaron sorprendidos y encandilados. Especialmente dos pares de hermanos a los que el nazareno invita a un cambio de tarea: de pescar peces a atrapar corazones.

Pedro y Andrés tenían trabajo, estaban ocupados iniciando la pesca del día y, sin embargo, dejaron todo como estaba y se fueron con Jesús. Los otros dos, Santiago y Juan seguían el negocio familiar y estaban repasando las redes tras haber faenado. También se van con Jesús y dejan a su padre. Ninguno de ellos estaba ocioso. Todos unidos por vínculos de sangre y cargas familiares. Ya habían comenzado un camino laboral. No eran jovenzuelos con la vida abierta a mil posibilidades.

En ellos se visualiza ese cambio radical y esa conversión en las opciones. Dando muestras de que la fe no entiende de pedir sino de dar; y darlo todo. Y que la respuesta a la petición de Jesús supone dejar el propio proyecto personal en el proyecto de Jesús.

Hoy que nos quejamos en el occidente de las «vocaciones» habría que recordar que la propuesta de Jesús chocó frontalmente con los jóvenes; al igual que con los fariseos. Unos por tener toda la vida por delante y los otros por tenerlo todo seguro. Unos por querer probarlo todo y otros por haber decidido su vida. El hecho es que Jesús tuvo éxito entre los desheredados que no tenían dónde caerse muertos, entre las mujeres cuya vida se fundaba en el servicio a todos, entre los enfermos que necesitaban ciertamente de Dios, entre los publicanos que ansiaban un cambio de vida… y entre los ocupados, los comprometidos y maduritos.

Si volvemos al evangelio hagámoslo con todas las variables y con la única certeza: dar la vida por amor. ¡Vamos, todo un riesgo!

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«Nos mostraron una humanidad poco común» (Cf. Hch 28, 2)

Es el lema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que se celebra estos días en el hemisferio norte.

Una frase de los Hechos que manifiesta la acogida de los habitantes de Malta ante el naufragio de una nave. En ella iba Pablo de Tarso y desde ella descubre la humanidad de unas gentes sin Evangelio.

Es interesante que un tema tan sangrante ponga de acuerdo a aquellos que seguimos a Cristo con diferentes tradiciones. Es de justicia que oremos unidos y tomemos conciencia. Sería un atropello para el evangelio que no lo hiciéramos y políticamente incorrecto no plantearlo en nuestras celebraciones.

El hecho es que la acogida está malherida en este hemisferio y en esta latitud. Su cuestionamiento es socialmente valioso y a ello nos sumamos con mucha diligencia. Lo hacemos, nos manifestamos y volvemos a nuestro quehacer. Y nos tranquilizamos pensando que ya hemos hecho mucho. Y nos relajamos lanzando el compromiso a otros. Y herimos a los de fuera y a los de dentro sin haber abierto nosotros ni un ápice la humanidad de nuestro corazón.

Este tema, como tantos otros, se convierten en teologismos de moda en nuestros ámbitos religiosos para hacer, ¿qué?

No quiero seguir argumentando en esto. Prefiero fijarme en las religiosas del comedor social de abajo que no piden papeles para dar de comer, sorprenderme de los fieles de la parroquia que orientan a muchos en la acogida de Cáritas, agradecer el trabajo de los trabajadores sociales de Vicaría que se multiplican para estar presentes, de los párrocos de mi zona que pagan de su bolsillo recibos de luz, de las abuelas que traen su bolsa del súper para «los pobres», de los catequistas que lavan mantas en mi pueblo para la casa de acogida. Todos ellos, demuestran una «humanidad poco común» con los que nos llegan vivos pero muertos de relaciones.

En esta jornada prefiero rezar y agradecer. No quiero sumarme a la denuncia estéril y dejar de hacer ideología religiosa que sólo sirve para justificarme.

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El otro récord

España alcanzó el récord de 46,9 millones de habitantes en 2018 gracias a la llegada de inmigrantes, que compensaron la caída de la natalidad, según las cifras provisionales de población y de la estadística de migraciones difundidas por el Instituto Nacional de Estadística (INE). 

Esta noticia anunciada por el «telediario de la 1» a finales de año, nos daba cuenta de la variedad de sensibilidades y credos que se dan en nuestros lugares de evangelización.

No sé si en los años de elaboración del libro de los Hechos de los apóstoles se encontraban con tal diversidad, el caso es que Pedro dice que «Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea». Y lo dice a raíz de la comunidad de bautizados que se va extendiendo.

Terminada la Navidad con el bautismo de Jesús en el Jordán -a manos de Juan-, y con la convicción de cumplir «toda justicia de Dios», ese Dios acoge a todos y a todos ama. Y es de justicia reconocer que nuestras comunidades cristianas y religiosas se nutren de bautizados de todas latitudes. Algo, que precisa de preparación y formación en todos los niveles sociales; también en el religioso.

Necesitamos al Espíritu Santo descendiendo sobre nosotros para comprendernos desde la Salvación y no desde la exclusión. Todos somos hijos e hijas muy amados y en todos se complace, aunque a los de un lugar nos parece que le agradan más los de siempre.

No todos los que se congregan para escuchar la palabra de Dios han venido de fuera. No todos los que son de aquí están en la iglesia. Somos menos. Y por eso, debiéramos acogernos y aceptarnos más. Respetando siempre la identidad y la idiosincrasia de quien nos recibe.

En estos días de Epifanía, ¡muéstranos Padre tu elección a los que venimos en tu nombre! Para alcanzar otro record: el de la comunidad.

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Una estrella para los de corazón de niño

«Mira: La tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos…»

De esta forma expresa el evangelio la situación vivida durante la dominación de Roma a Palestina. Los reyezuelos de cada provincia -sometidos al César-, se aprovechaban de los impuestos y agotaban a sus gentes. Aquella época no era más fácil que la nuestra.

En medio de esa oscuridad, la voz de Isaías animana diciendo: «sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti». Y así ocurrió, llegó el Enmanuel y la Salvación se hizo presente. Pero, ¿para quién?

Tres sabios extranjeros asociaron sus conocimientos sobre los astros a las Escrituras judías y se pusieron en camino. Y al salir de su mundo las estrellas comenzaron a guiarles hacia Palestina donde aquella profecía aseguraba: -”Jerusalén, que llega tu luz/ la gloria del Señor amanecerá sobre ti”.

La curiosidad y la confianza les clarificó la mirada y comenzaron a ver sus signos. De tal manera que la estrella se hizo visible para ellos y no para Herodes.

La seguridad y la desconfianza -dentro del palacio- impedían ver cualquier signo de salvación. Incluso para aquellos sabios, que debieron salir de los muros para volver a verla.

Y así, llegados a Belén encontraron “la casa y vieron al niño con María…» La misma estampa que un rato antes contemplaron los pastores. ¡Qué ironía! Dios se hace trasparente primero a los sencillos y después a los sabios.

“Y, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”: oro para el rey de Reyes, incienso para el santo de los santos y mirra para conmemorar su sacrificio. Dones que expresan la realidad humana, divina y sacerdotal del Niño que ha nacido para aquellos que se dejan sorprender; con corazó de niño.

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Sin alquiler

Es el mayor problema de nuestros barrios, los de las afueras de la ciudad. Aquí se hacinan varias familias -en un mismo piso- compartiendo la cocina, el baño y hasta las penas.

¡Si al menos fuera por un módico precio! Pero ni así. Está todo cubierto, hasta las infraviviendas de la parte antigua donde no hay ascensor y los bajos están llenos de salitre, pues hasta esos.

Así que, si a Dios le da por nacer por aquí le arrendamos el puente. El que atraviesa la vía. Es el único lugar donde -de momento- no hay personas. Perros sí, olor a inmundicia también, cajas y restos, a rabiar… Que se lo piense José si ha de empadronarse aquí, en la junta municipal. Porque sin alquiler no hay empadronamiento, sin empadronamiento no hay cita en asuntos sociales, sin cita no hay acceso a recursos y sin ellos, el puente. Debajo del puente.

Puede venir a Cáritas, eso sí. Alguien que escuche a José y se compadezca de María, con la mala cara que lleva ya, salida de cuentas. Puede que le den unos pañales y algo de comer. Pero «una bolsa de comida no, gracias, no tenemos dónde poner los víveres».

A eso de las doce, en la misa del Gallo, Dios nos va a nacer cerca de la vía, mientras cantamos en la Iglesia. Es así. No podemos hacer mucho. Acogemos al que llega. ¡Que son muchos! Y repartimos lo que tenemos. Al menos con buena cara, con un abrazo y deseándonos una buena Navidad. Y vestiremos a los niños de «belén viviente», que para eso hay que respetarles su inocencia y que no descubran -al menos esta noche- su carencia. Ya se ha encargado la parroquia de hacerse presente en sus pobres mesas con dos pastillas de turrón y una botella de sidra.

Y así pasaremos estos días de Encarnación, pendientes de los que llegaron al puente. Y lo más seguro, es que tras dos días de ir a ver cómo están, nos encontremos con la sorpresa de que se han ido. ¿A dónde? Ni ellos lo saben, pero huyendo. Como hace dos mil años.

Porque en este mundo no hay ni un sólo alquiler disponible.  

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