«Nos mostraron una humanidad poco común» (Cf. Hch 28, 2)

Es el lema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que se celebra estos días en el hemisferio norte.

Una frase de los Hechos que manifiesta la acogida de los habitantes de Malta ante el naufragio de una nave. En ella iba Pablo de Tarso y desde ella descubre la humanidad de unas gentes sin Evangelio.

Es interesante que un tema tan sangrante ponga de acuerdo a aquellos que seguimos a Cristo con diferentes tradiciones. Es de justicia que oremos unidos y tomemos conciencia. Sería un atropello para el evangelio que no lo hiciéramos y políticamente incorrecto no plantearlo en nuestras celebraciones.

El hecho es que la acogida está malherida en este hemisferio y en esta latitud. Su cuestionamiento es socialmente valioso y a ello nos sumamos con mucha diligencia. Lo hacemos, nos manifestamos y volvemos a nuestro quehacer. Y nos tranquilizamos pensando que ya hemos hecho mucho. Y nos relajamos lanzando el compromiso a otros. Y herimos a los de fuera y a los de dentro sin haber abierto nosotros ni un ápice la humanidad de nuestro corazón.

Este tema, como tantos otros, se convierten en teologismos de moda en nuestros ámbitos religiosos para hacer, ¿qué?

No quiero seguir argumentando en esto. Prefiero fijarme en las religiosas del comedor social de abajo que no piden papeles para dar de comer, sorprenderme de los fieles de la parroquia que orientan a muchos en la acogida de Cáritas, agradecer el trabajo de los trabajadores sociales de Vicaría que se multiplican para estar presentes, de los párrocos de mi zona que pagan de su bolsillo recibos de luz, de las abuelas que traen su bolsa del súper para «los pobres», de los catequistas que lavan mantas en mi pueblo para la casa de acogida. Todos ellos, demuestran una «humanidad poco común» con los que nos llegan vivos pero muertos de relaciones.

En esta jornada prefiero rezar y agradecer. No quiero sumarme a la denuncia estéril y dejar de hacer ideología religiosa que sólo sirve para justificarme.

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El otro récord

España alcanzó el récord de 46,9 millones de habitantes en 2018 gracias a la llegada de inmigrantes, que compensaron la caída de la natalidad, según las cifras provisionales de población y de la estadística de migraciones difundidas por el Instituto Nacional de Estadística (INE). 

Esta noticia anunciada por el «telediario de la 1» a finales de año, nos daba cuenta de la variedad de sensibilidades y credos que se dan en nuestros lugares de evangelización.

No sé si en los años de elaboración del libro de los Hechos de los apóstoles se encontraban con tal diversidad, el caso es que Pedro dice que «Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea». Y lo dice a raíz de la comunidad de bautizados que se va extendiendo.

Terminada la Navidad con el bautismo de Jesús en el Jordán -a manos de Juan-, y con la convicción de cumplir «toda justicia de Dios», ese Dios acoge a todos y a todos ama. Y es de justicia reconocer que nuestras comunidades cristianas y religiosas se nutren de bautizados de todas latitudes. Algo, que precisa de preparación y formación en todos los niveles sociales; también en el religioso.

Necesitamos al Espíritu Santo descendiendo sobre nosotros para comprendernos desde la Salvación y no desde la exclusión. Todos somos hijos e hijas muy amados y en todos se complace, aunque a los de un lugar nos parece que le agradan más los de siempre.

No todos los que se congregan para escuchar la palabra de Dios han venido de fuera. No todos los que son de aquí están en la iglesia. Somos menos. Y por eso, debiéramos acogernos y aceptarnos más. Respetando siempre la identidad y la idiosincrasia de quien nos recibe.

En estos días de Epifanía, ¡muéstranos Padre tu elección a los que venimos en tu nombre! Para alcanzar otro record: el de la comunidad.

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Una estrella para los de corazón de niño

«Mira: La tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos…»

De esta forma expresa el evangelio la situación vivida durante la dominación de Roma a Palestina. Los reyezuelos de cada provincia -sometidos al César-, se aprovechaban de los impuestos y agotaban a sus gentes. Aquella época no era más fácil que la nuestra.

En medio de esa oscuridad, la voz de Isaías animana diciendo: «sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti». Y así ocurrió, llegó el Enmanuel y la Salvación se hizo presente. Pero, ¿para quién?

Tres sabios extranjeros asociaron sus conocimientos sobre los astros a las Escrituras judías y se pusieron en camino. Y al salir de su mundo las estrellas comenzaron a guiarles hacia Palestina donde aquella profecía aseguraba: -”Jerusalén, que llega tu luz/ la gloria del Señor amanecerá sobre ti”.

La curiosidad y la confianza les clarificó la mirada y comenzaron a ver sus signos. De tal manera que la estrella se hizo visible para ellos y no para Herodes.

La seguridad y la desconfianza -dentro del palacio- impedían ver cualquier signo de salvación. Incluso para aquellos sabios, que debieron salir de los muros para volver a verla.

Y así, llegados a Belén encontraron “la casa y vieron al niño con María…» La misma estampa que un rato antes contemplaron los pastores. ¡Qué ironía! Dios se hace trasparente primero a los sencillos y después a los sabios.

“Y, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”: oro para el rey de Reyes, incienso para el santo de los santos y mirra para conmemorar su sacrificio. Dones que expresan la realidad humana, divina y sacerdotal del Niño que ha nacido para aquellos que se dejan sorprender; con corazó de niño.

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Sin alquiler

Es el mayor problema de nuestros barrios, los de las afueras de la ciudad. Aquí se hacinan varias familias -en un mismo piso- compartiendo la cocina, el baño y hasta las penas.

¡Si al menos fuera por un módico precio! Pero ni así. Está todo cubierto, hasta las infraviviendas de la parte antigua donde no hay ascensor y los bajos están llenos de salitre, pues hasta esos.

Así que, si a Dios le da por nacer por aquí le arrendamos el puente. El que atraviesa la vía. Es el único lugar donde -de momento- no hay personas. Perros sí, olor a inmundicia también, cajas y restos, a rabiar… Que se lo piense José si ha de empadronarse aquí, en la junta municipal. Porque sin alquiler no hay empadronamiento, sin empadronamiento no hay cita en asuntos sociales, sin cita no hay acceso a recursos y sin ellos, el puente. Debajo del puente.

Puede venir a Cáritas, eso sí. Alguien que escuche a José y se compadezca de María, con la mala cara que lleva ya, salida de cuentas. Puede que le den unos pañales y algo de comer. Pero «una bolsa de comida no, gracias, no tenemos dónde poner los víveres».

A eso de las doce, en la misa del Gallo, Dios nos va a nacer cerca de la vía, mientras cantamos en la Iglesia. Es así. No podemos hacer mucho. Acogemos al que llega. ¡Que son muchos! Y repartimos lo que tenemos. Al menos con buena cara, con un abrazo y deseándonos una buena Navidad. Y vestiremos a los niños de «belén viviente», que para eso hay que respetarles su inocencia y que no descubran -al menos esta noche- su carencia. Ya se ha encargado la parroquia de hacerse presente en sus pobres mesas con dos pastillas de turrón y una botella de sidra.

Y así pasaremos estos días de Encarnación, pendientes de los que llegaron al puente. Y lo más seguro, es que tras dos días de ir a ver cómo están, nos encontremos con la sorpresa de que se han ido. ¿A dónde? Ni ellos lo saben, pero huyendo. Como hace dos mil años.

Porque en este mundo no hay ni un sólo alquiler disponible.  

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In their own way

El paso del tiempo nos aboca a vivir a nuestra manera, a decidir a nuestro modo, a repetir lo conocido, a propiciar lo probado. Nos unimos, además, a una tradición y variamos poco. La fuerza de la costumbre nos permite sobrevivir.

Y así le hubiera gustado soñar a José. Casarse con su prometida María, tener hijos, enseñarles en el taller y ser feliz en su pueblo. Lo que sueña todo hijo de vecino. Pero la historia fue otra.

Porque en su familia, la normalidad no fue la tónica. Sus antepasados se sucedieron de la manera más impensable. No siempre heredó el primogénito, ni lo hicieron siempre los varones. Algunos de ellos fueron corruptos, algunas de ellas mujeres poco convencionales. Por eso, la sorpresa no debía ser tanta. Fue Dios el que modificó la historia prevista por José. Ni fue como el previó ni en el momento que le hubiera gustado.

Considerar lo que nos acontece -como una contrariedad- es nuestra genética de José. El ser cristiano, el haber entregado la vida a Dios debiera ser una vacuna contra el virus de lo imprevisto. Nuestra honradez y compromiso deberían ser suficientes para que Dios nos respetara. Pero no es así. Dios se sirve de quien ama para cambiar la historia y quizá por eso te encuentras donde te encuentras…

La promesa de que Jesús nacerá en tu vida persiste y la resistencia a que sea al modo de Dios, también. Por eso, en estos días -que quedan-, dejemos de luchar contra el viento del futuro para dejarnos llevar por el Espíritu del presente. Abramos los ojos para ver las señales de su llegada y las palabras del ángel: «Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel que significa: «Dios‑con‑nosotros». Y si sueñas, que no sea sólo en loterías, sino ¡a su manera!

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Oportunidad perdida

Lo que viene tras la denuncia de Juan, en el desierto, no es una revolución sino una conversión.

Juan había denunciado las injusticias cometidas por las clases dirigentes vendidas al poder extranjero, la ineficacia de la realeza judía, la falsedad del comportamiento fariseo, la violencia de las acciones saduceas… Juan no dejó títere con cabeza. Pero, ciertamente, su objetivo nunca fue sublevar a las clases populares, sino poner la Ley de Dios en los corazones. El efecto producido por su predicación fue el inicio de la misión de Jesús, pero también su silencio en la cárcel. Removió el modo de vida a la vez que se mostró como un loco; como una caña cascada.

Los discípulos de Juan tenían a la gente de su lado, un mártir entre rejas y la posibilidad de comenzar un sublevación. Se acercan a Jesús para que les lidere en ausencia de Juan: «¿Eres tú o hemos de esperar a otro?»

La respuesta de Jesús, el carpintero galileo, les sorprende. ¡Como sorprende aún a muchos! Retira la mirada de la revolución social para mirar la necesidad de cada persona. Y, entre ellas, las que no cuentan para liderar ninguna revuelta: ciegos, inválidos, leprosos, sordos, muertos y pobres. Baja la temperatura del movimiento iniciado por Juan para hacerles comprender que el Reino de Dios comienza por las personas, para llegar a las estructuras. Un Reino que comienza con la conversión de los corazones y que revaloriza a cualquier ciudadano para reconocerle como hijo de Dios. Y les corrige, clausurando la misión de Juan dentro del antiguo profetismo judío.

Jesús toma el relevo de Juan para salvar a la humanidad de sí misma mediante el amor. Una propuesta que nos lleva a valorar la Creación en su totalidad -como obra de bondad-, y no tan sólo como emergencia climática. Un anuncio de nuevas posibilidades de cuidado y hermandad. Ciertamente, para algunos -todavía hoy- una oportunidad perdida.

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¿Dónde estás?

«He aquí la esclava del Señor»

La respuesta de María a la pregunta que Dios hace a Adán muestra la relación que la humanidad ha de tener con su Creador. Una humanidad modelada con amor y con una libertad que la convierte en la Criatura reflejo de la gloria de Dios.

Y así lo quiso Él desde el comienzo. Y así lo desea en la actualidad donde no hay «varón, ni mujer, ni esclavo ni libre» ante sus ojos. La puerta de entrada a este mundo lleva nombre y apertura de mujer: María. Porque Dios quiso y deseó. Y con la que realizó la obra más maravillosa de compasión por sus criaturas.

Ahora, la pregunta no desaparece. El «¿dónde estás?» se sigue pronunciando cada vez que nos separamos de su amor y nos acusamos entre nosotros. Se sigue escuchando al compararnos y relacionarnos con violencia. Se sigue escribiendo cuando unos hijos de Dios se arrastran ante las puertas de sus hermanos. Se intuye cuando se obvia la espiritualidad como ADN de la humanidad. Queda como eco cuando desaparece su rastro en los razonamientos.

Y mientras encontramos respuestas. La «mujer vestida de sol, coronada de estrellas» nos recuerda los orígenes y nos proyecta al futuro; donde la humanidad desemboca en una sinfonía de la Creación donde cada uno desempeña su cometido en sintonía. Sin abusos ni poderes; con cuidado y caricias.

Eso sí, con rostro de Dios y entrañas de mujer: «Hágase en mi».

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Espera antes de tiempo

El 26 de octubre me topé con el primer escaparate de Navidad. Dos meses antes se me ofrecía la salvación el forma de oferta.

 Jesús hoy nos invita a esperar: “Mirad, vigilad, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Y este slogan lo vamos a repetir en todas las iglesias, con todos los rezos y cantos. Pero, ¿qué entiende la gente? La frase, la dirige Jesús a unos discípulos que no lo comprendieron cuando lo tenían ante sus ojos. La recordarán tras Pentecostés, sin entender su insistencia. La han repetido nuestros catequistas para introducirnos en la liturgia. Sin embargo, interpretamos mejor el anuncio del centro comercial de moda que el de hace dos mil años.

Y es que este mundo, en el que estamos, sabe gestionar mejor la necesidad de la espera que nosotros. La prevé, la motiva y la acompaña para que compremos su producto. Y lo adereza con colores dorados, canciones familiares y lo culmina con golpe de suerte.

Si Jesús estuviera aquí -en cuerpo mortal- sabría cómo interpretar nuestros deseos y servirse de la actualidad para llevarnos a su corazón. Mientras él actualiza, nosotros repetimos. Lo mismo cada año, con las mismas notas y ambientes rancios por miedo a adulterar el mensaje. Y de tanto conservar nos caduca la esperanza y ya nadie espera en Adviento. No porque sean malos, torpes, impíos.. sino porque nacemos en otra sensibilidad y con otros ritmos. Y por ser buenos y cumplidores, abocamos a nuestra gente a poner una vela a Dios -en la corona del templo- y cien en las tienda; que motiva mucho más. Y entre morados e imperativos, liturgias y cantos no esperamos a quien nos espera.

Pero Él nos espera. No le extraña nuestra apatía. Lo que le sorprende es que sigamos  estigmatizando un mundo que actualiza la espera con más ilusión y esperanza de lo que queremos. Lo que no le extraña es que en nuestras iglesias y liturgias perdamos la tensión y el interés. Pero la Esperanza es una virtud que Dios nos regala para encontrarle en cada momento con los brazos abiertos de una madre que acaricia el seno donde se gesta le vida. Ese anuncio sí que emociona… hasta en Octubre.

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Reinar en cruz

Uno de los ladrones, en medio del sufrimiento, cuando lo más lógico es dudar de Dios dice: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Y es, en ese momento, cuando Jesús comienza a reinar en majestad, y le dice: «Hoy, estarás conmigo en el paraíso».

Desde entonces aquel que acoge su propia cruz y reconoce a Jesús a su lado ha entrado en las dimensiones del Reino de Dios.

Ya lo había referido Jesús a aquellos que querían seguirle. No les había engañado, como no lo ha hecho nunca contigo. Muchos le dejaron cuando descubrieron su normalidad, su sencillez, sus orígenes humildes, su poca preparación intelectual, su cansancio, su hambre, sus gestos. Otros se escandalizaron por no tomar las armas para acabar con las injusticias o fomentar las revueltas. Los que se quedaron se sentían a gusto con él, aunque no le entendieran la mayoría de las veces.

El hecho es que sus seguidores -los de todos los tiempos- hemos tenido, de fondo, la tentación de buscar en la religión una seguridad que no puede darnos.

Hoy, que la liturgia celebra a Jesús como Rey del Universo nos ofrece el trono donde Jesús ejerce su poder: la cruz.

Nosotros, humanidad de todos los tiempos, le clavamos en una cruz y le coronamos de espinas. Y así, elevado sobre todo, lleno de sangre, aterido y agotado sigue reinando. Por eso, la cruz es el lugar salvador donde Jesús tuvo poco tiempo para reinar: sin trono, sin cátedra, sin redes…

Un reino así es una verdadera locura. Pero una locura que salva y «por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados».

Y ahora habrá que responder: ¿qué es reinar para ti? Si Cristo es Rey, todos los poderes del mundo quedan mermados y detenidos ante una cruz de madera. Porque, desde aquella hora, reinar es entregarse sin certezas, servir sin reconocimiento, dejar el propio interés  y dejarse hacer.

¿Quién gobierna así? Ahora no sé… a lo largo de la historia sí han existido gobernantes que han aprendido del crucificado el modo de reinar. Hace unos días recordábamos a Isabel de Hungría, que depuso su corona por las espinas del Maestro. Pero están Luis IX de Francia y San Fernando, y Tomás Moro… y tantos hombres y mujeres de fe que -pudiendo reinar y gobernar-, entregaron sus vidas al estilo del rey crucificado.

Ellos, y sólo ellos, reconocen la fuente del poder para reinar «hoy… en el paraíso».

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Hacer el vacío

Un día, viendo Jesús cómo daban más importancia a las piedras, a la historia, a las costumbres que a la amistad con Dios les dijo: «llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».

Cuando Lucas escribe este evangelio el templo ya había sido destruido por el general Tito. Con unas palabras provocativas anticipa las consecuencias de una fe sin Dios y llena de intereses.

El conglomerado de edificios, costumbres y textos forman parte de la religión. Es parte de la Encarnación y fruto de la evolución histórica. Y nosotros -seres frágiles- que necesitamos tener cierta seguridad las constituimos en parte esencial. De tal manera que ponemos el corazón en las mediaciones más que en Dios.

Lo que Jesús criticaba a los fariseos, lo reprochamos nosotros a los que tienen una fe infantil, llena de pietismo y escasa de compromiso. Lo expresamos en la homilía, en las reuniones educativas, en las conversaciones del bar y hasta en el trabajo… Y no nos damos cuenta de que nos señalamos a nosotros mismos. ¡Si! Cuando sustantivamos nuestro catolicismo con un momento histórico, lo mostramos con un personaje político, lo representamos con un edifico, lo describimos con unas manifestaciones culturales…

Nos cuesta pensar en un futuro en el que no estemos presentes en determinada ciudad, orando con determinado idioma, celebrando con determinada raza y vibrando con cierta espiritualidad.

Y todo eso es pasajero. Lo esencial es la amistad con Cristo. Si no lo recordamos, acabaremos creyendo al primero que venga gritando: «Yo soy». Y, claro, nos iremos detrás.  Y abandonaremos la fe porque «no nos llenaba, nuestra congregación no nos sustentaba o la Iglesia no nos entendía».

En la confusión de los medios se juega el sentido de nuestra vida religiosa. Y los responsables somos cada uno. Una equivocación fruto de nuestra falta de hondura, de vida de oración, de compromiso con los hermanos.

Ya no hará falta que venga ninguna guerra, revolución, terremoto, división, destino, reforma o elecciones para hundirnos. Ya nos habremos encargado nosotros mismos de adulterar debilitar la fe.

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