Cada uno en su sitio

Persecuted ChristianLos herodianos y los saduceos eran colaboracionistas con Roma. Los fariseos, por su parte, consideraban inmoral e ilícito pagar un impuesto que tenía acuñado al César como si fuera un dios.

Unos eran políticos, los otros religiosos. Rivales entre ellos, pero capaces de llegar “a un acuerdo para comprometer a Jesús”. Mientras tanto quien sufría era el pueblo llano que pagaba y era utilizado por unos y otros.

No era extraño que la gente -de a pie- se agolpara para escuchar a Jesús; que sólo buscaba la voluntad de Dios y el bien de los sencillos. Y menos raro, que buscaran, los sabios y entendidos, el momento para acusar a Jesús de lo que fuera: de hereje, mentiroso o sedicioso.

Fue en ese contexto donde pronuncia la famosa sentencia, “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, y que tanto se ha esgrimido para resaltar que lo social y lo político es independiente de la fe.

Cuando no reservamos a Dios el lugar que le corresponde lo excluimos. Lo reducimos a una costumbre o una devoción y lo vendemos como anécdota de culturas inmaduras. Y lo arrinconamos a la sacristía. Y si rebrota el sentimiento religioso y a la gente le da por creer y militar en la sociedad -cosa que no podemos controlar- nos encargamos de enfrentarlo a nuestros deseos e intereses. Lo hacemos rival de nuestra familia, de la herencia o de la opción política.

Todo parece ser más importe que lo de Dios. ¿En qué conversaciones entra? La economía, la salud o política son “cosas de hombres”. Y la verdad es que siempre pierde Dios y lo suyo. Pierde la Iglesia y sus obras. Pierden los pobres y la justicia.

Y la devoción que tributo al Dios de Jesús, la canalizo en el fútbol o en la política -dicen que son sentimientos intercambiables-. Y voy resucitando diosecillos que pongo a mi servicio para que cumplan mis expectativas: el dios del tiempo que me hace creer que soy eterno, el dios de la tierra que me da la identidad y defenderla con la sangre, el dios de la seguridad que invita a acumular y a rivalizar con la propia familia, el dios del poder que me hace sentirme dueño de mi vida y de la de los demás, el dios de la tranquilidad que evita el dolor, el dios de la razón que excluye todo lo que no entre en sus parámetros. “Dioses” acuñados en mi corazón y que contemporizan con el César.

Esta semana, aquellos que salgan de misa van a recordar la Jornada del Domund. Y, en muchos casos, van someter a Dios al César. Como aquellos que cuestionaron a Jesús, reconocerán que la política ha de estar en su lugar y que -en otras latitudes- es mejor enseñar a pescar que a rezar. Y concluirán que llegará un día en que no hagan falta ni los misioneros, ni los curas, ni los religiosos, ni el mismo Dios en un país democrático, libre e independiente. «Doncs doneu al Cèsar el que és del Cèsar, i a Déu el que és de Déu».

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Indiferencia

indifference“No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”. Esta desafección nos parapeta ante el sufrimiento y ante el gozo, olvida al hermano y hiere el corazón de Dios; por toparse con nuestros silencios, desapegos y olvidos.

El banquete de bodas ha sido una imagen usada por los profetas para explicar el gozo de Dios por hacernos partícipes de su amor. Cuando celebramos una boda en la familia necesitamos que nuestros familiares, amigos, compañeros y vecinos confirmen asistencia. De la misma forma, Dios Padre nos invita -por la encarnación de su Hijo- a la alianza de bodas con la humanidad y que merece la pena ser celebrada.

¿Cómo respondemos ante la invitación? Cualquier banquete resulta carísimo. Pero, en este caso, cuesta sangre; la sangre de Jesús derramada sin sentido por ser fiel a su ser humanidad. ¿Quién se atreve a despreciar tal gesto inmerecido de amor?

Muchos años, he desoído esa invitación por no sentirme suficientemente afectado. Muchos domingos he puesto muchas excusas para no acercarme al banquete de la Misa.  En muchos momentos hasta he ridiculizado la desproporción con la que Dios nos entregó a Jesús. Por no sentirme impelido acabé en indiferencia. ¡Como muchos!

Jesús usa la parábola para dar cuerpo a ese olvido mío. Hace dos mil años que prevé mi respuesta. ¡Qué pena! Tan actuales los argumentos y tan antiguas las respuestas. Ciertamente la respuesta del rey de la parábola nos suena a desproporcionada y sangrienta. Y he de reconocer que es la única manera de comprender la entrega del único hijo a una muerte de cruz.

Son más duras las excusas que seguimos poniendo para entrar en la fiesta del Reino. Y más extrañas las entradas al banquete en los funerales obligados, los bautizos socializados o las bodas invitadas… En esos momentos, ¿cómo entro, cómo estoy, cómo me comporto o me visto? El paso de la indiferencia a la mofa, en muchos casos es lo que justifica ese “atar a pies y manos” al que entra a última hora sin saber ni a lo que va.

 

Si todo este evangelio -y el contraste que provoca la parábola- sirve para darme cuenta de la violencia que genera mi indiferencia ya merece la pena tener entre mis manos la invitación a una boda.

 

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Dar gracias

Bt2FYoPIQAAp2d8Jesús tenía más frescura y libertad que nosotros. Buscaba ejemplos habituales para explicar el reino de Dios y descubrir nuestro interés y agradecimiento.

El ejemplo de la viña se dirige a los sacerdotes y senadores judíos. Les retrata como esos jornaleros que se apropian de la cosecha. El trabajo -que les ha llevado hasta los frutos- les posiciona en dueños de la tierra y -como consecuencia- rivales del dueño. La confianza del propietario les hace sospechar del interés por la viña. Y ahí comienza su locura: confunden confianza con despreocupación. Y se apropian los frutos, la tierra y el futuro de la viña.

Esa parábola puede hacer una radiografía de mi modo de acometer la misión encomendada. Pongo todo mi interés, corazón y tiempo. Y en los resultados pongo la justificación de mi responsabilidad. Los beneficios, que reportan mi tarea, acaban dando contenido a mi identidad. Y llega un momento en que el éxito de la misión me describe como bueno, entregado, eficaz… y dueño. Sí, porque acabo considerándome merecedor de algo más que el fruto. Necesito que reconozcan mis desvelos por la tierra y sólo me satisface el título de propiedad de la misma.

¡Cuántas obras personalistas han muerto por la soledad! Por fundamentarlas en mí y en mis capacidades, y apartarlas de la responsabilidad comunitaria. ¡Cuántas han acabado fuera de la Iglesia! Porque la sociedad valora lo que la Congregación no ha potenciado. ¡Cuántas se han desacralizado! Porque a Dios lo he convertido en mi rival.

El antídoto está en la carta a los Filipenses: da gracias a Dios en todo momento, por todo fruto, por cada oportunidad, por cada hermano, por cada hálito de vida. Y entonces, “la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Él amigo que nos contrata para estar junto a él. Y por eso, he de dar gracias.

 

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¿Qué quieres que te diga?

39bd92628efbc7cafce18db52f471f51Hoy la historia es bien sencilla y bien real. En ella todos nos encontramos.

Un hombre tiene dos hijos y envía a su campo a uno tras de otro. No sabemos si se tomaron mucho tiempo para responder pero el hecho es que cada uno le responde de manera diferente: El que dice no, va. Y el que dice sí, no va. Las respuestas reflejan el carácter distinto de cada hermano y ponen de manifiesto -aún teniendo la misma sangre- que hay un ruptura entre el hablar y el actuar.  Que no hay congruencia entre lo que se dice y lo que al final se acaba haciendo.

Jesús comienza primero por el hijo que dijo que “no” y que luego se arrepiente. Decir “no” es sencillo cuando no queremos complicarnos la existencia y preferimos encargarnos de lo nuestro. En algunos momentos pronunciamos ese “no” cuando consideramos que el encargo excede nuestras fuerzas o capacidades. A ninguno nos gusta decir no de entrada a las propuestas de los otros; o que los demás nos respondan con un no. Sin embargo fue éste el que cumplió los deseos del padre. Y dice el profeta que cuando uno “se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo se salva”.

Y continúa con el hijo que directamente acepta ir a la viña, pero no va. Ha quedado bien delante del padre pero no se compromete. Lo piensa después. Por lo que su respuesta es la de un inconsciente que no calcula ni las fuerzas ni las ganas y no cumple los deseos del padre.

Ninguno de los dos son hombres “de palabra”. Cambian de parecer tras afirmar o negar. Eso ha ocurrido siempre. Jesús conocía bien a aquellos sacerdotes y ancianos, a cada uno de sus discípulos y a nosotros. Como nuestra madre nos conoce y sabe de nuestro “pronto” y nuestra “retirada”, así el Señor sabe de nuestra fragilidad. ¡Y no se asusta!

Como ellos, yo necesito de Dios para que mantenerme en pie en medio de mi inconsistencia. Para remontar cuando quiero ser de los que dicen sí a la primera o me descubro pronunciando un no. Me consuela saber que Jesús pasó por mi humanidad -lo recuerda la carta a los Filipenses- para conocer mi incapacidad y reconocer mi “síes” y mis “noes”. Al final, ¿qué quieres que te diga?

 

 

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Llamada de embarque

Business colleagues walking through security barrier with luggage, low section, surface levelLa espera no es siempre el modo de llegar los primeros a la meta, pero sí ofrece la posibilidad de estar preparados.

Cuando nos encontramos en un aeropuerto, en la puerta de embarque de un vuelo, basta que alguien con maleta se levante y se ponga ante el mostrador para que varias personas se sitúen tras él y generen una fila de espera. Ya están los primeros y los últimos.

Sabemos que entrar los primeros no nos garantiza volar antes, pero la espera en la cola desata en nosotros un sentido primitivo de rivalidad y una prisa irracional. De ahí los roces, las desavenencias, las disputas en cualquier lugar donde tengamos que esperar. ¡Aunque tengamos todo el tiempo del mundo!

La paciencia de Dios desata nuestra impaciencia. Él lo hace todo en el momento adecuado. Sin embargo, nosotros que somos caducos y temporales queremos que todo se realice a nuestro modo. Y, aunque escuchamos y sabemos que sus criterios, sus caminos y sus decisiones no son conforme a nuestro proceder, nos gusta recordarle cómo es nuestra justicia.

La parábola de hoy nos dice que Dios sale al encuentro de sus hijos, deja su cielo, para que todos entren en su reino. Sin reparar en tiempos ni latitudes. Busca la salvación de todos independientemente de la época histórica o de la altura moral. Sale e invita. Mientras tanto, la humanidad se pone en fila, pensando que los primeros que entren tendrán más consideraciones. Y de esto no dice nada el contrato del Reino. Habla, eso sí, de un final en el que todos disfrutaremos de la bienaventuranza. Un momento en el que no contarán los primeros ni los últimos.

Pues como en el vuelo. Al final siempre se retrasan las compañías y nuestra riña en la fila queda devaluada. Lo que cuenta es llegar todos al destino, y que allí nos esperen con amor.

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Ni punto de comparación

-font-b-FORGIVENESS-b-font-men-s-clothing-2017-spring-and-summer-new-full-version.jpgEso de “me ofende, me enfada, me agrede, me hostiga, me, me y me” denota una actitud egocéntrica difícil de soportar. En la convivencia diaria provoca que uno se sienta agresor y el otro el agredido. Si no se sana el corazón de poco sirven las terapias comunitarias.

Pedro, el discípulo, lo muestra hoy con sus preguntas al Maestro: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo…?” Y se sitúa él como el centro de atención de toda la historia. Es su capacidad o incapacidad la que lo convierte en protagonista de una acción inválida; porque el único que propicia el perdón es Dios. Veamos: Nos sentimos víctimas cuando, de manera susceptible, creemos que los demás no nos agradecen lo suficiente y agreden nuestros intereses. Nos situamos como Pedro en el centro de la historia. Después, pasamos a tasar y a poner precio: “¿cuántas veces? ¿treinta, setenta? Y acabamos rompiendo la relación y la posibilidad de perdón. El otro se ha convertido en mera excusa para encerrarme. Eso, sin decir que vamos acumulando malas experiencias de perdón que nos endurecen el corazón.

Dios no sabe de medidas sino de desproporción. Somos nosotros los que no teniendo compasión de nuestros semejantes, pedimos perdón a Dios por nuestros pecados. Pedimos mesura y obramos injusticia. Menos mal que él nunca ha respondido al nuestro con mesura.

Jesús pone a Dios como protagonista del perdón y nos saca a cada uno de nosotros de ese lugar privilegiado. Nuestro punto de comparación, nuestro punto de arranque no somos nosotros -de ahí la parábola- sino el mismo Dios. Y si él perdona todo lo nuestro porque se lo pedimos entre lágrimas y temblores, por qué no nos adolecemos de los demás.

Tú y yo vivimos para nosotros mismos. Sí. Para conservarnos, para realizarnos, para buscar nuestra propia felicidad e interés. Y claro, eso choca con la vida de los otros; que acaban convirtiéndose en nuestros rivales.

La misericordia de Dios multiplica el amor por siete o por diez o por cien; mientras que nuestra auto justicia acota, restringe y resta. ¿Cuántas veces he de perdonar? Pues, al menos, todas las veces que tú eres perdonado. Por eso, el punto de comparación no soy yo, sino que es el amor misericordioso y desinteresado de Dios, del rey.

 

 

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La ideología del respeto

índiceCorregir, aconsejar e iluminar con la verdad son acciones de amor. Así lo comprendieron y sufrieron los profetas, ya que amar no es mi fácil ni siempre agradecido.

Jesús, con un lenguaje casi profético nos muestra paso a paso el modo de corregir. Da una “receta” de esas que buscamos en los cursos de autoayuda y en los másteres de relaciones sociales. Es clarísimo el procedimiento: de lo íntimo a lo externo, de lo personal a lo comunitario.

Llevarlo a la práctica es fácil. Ahora, no estamos dispuestos porque no somos pobres de espíritu. No. Nos encanta compararnos con los demás y demostrar lo buenos e interesantes que somos. Mientras nos justificamos con nuestro modo de ser somos inflexibles con el proceder de los otros. Y ante la sorpresa o el escándalo del prójimo brotan con fluidez nuestros juicios y sentencias con los ajenos. Hablamos del pecador con todo el mundo menos con él, propiciando un ambiente de sospecha y de crítica que ensucia nuestro mismo modo de relacionarnos.

Lo que es cierto, es que Dios ama a todos y cada uno de sus hijos. Y en muchos momentos se sirve de unos para despertar a los otros. Tanto si hemos de ser corregidos, como si hemos de corregir, se nos dice que somos instrumentos de Dios para amar. No somos ni jueces, ni reos… ni de los demás ni de nosotros mismos. Algo que se nos olvida tan fácilmente que caemos en la ideología del respeto.

Una interpretación de la vida cristiana que mina la vida comunitaria. Con el cartel del respeto colgado en nuestro cuello, permitimos que los demás se estrellen en su oscuridad sin encender ni una cerilla. Pero nublamos su fama hablando mal de ellos y matando sus posibilidades de reacción. Esa manera distorsionada de relacionarnos nos lleva a mirarnos a nosotros, a percibirnos frágiles y a decir que podemos criticar en nosotros lo mismo que diríamos de los demás. ¡Y es cierto! La culpa, la nuestra, esa por la que Dios nos pedirá cuentas, está en no dar el siguiente paso: iluminar con la verdad sin juzgar. Y claro, ahí dejamos al hermano atado a su cerrazón sin mover un dedo para liberarle.

Nuestra fe de evangelio no es una ideología, sino un asentimiento profundo a la aseveración de Jesús: “A nadie le debáis nada, más que amor”. Y por amor uno es capaz de dejar de pensar en el rechazo, en la propia fama, en el “qué dirán” para desatar al hermano.

El miedo y la vergüenza minan la vida comunitaria. Ahora si dos “se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo”. De acuerdo para dejarse acompañar y para discernir. Dos acciones de amor sustentadas por el Espíritu Santo.

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Abrir o cerrar

imageAbrir y cerrar una puerta conlleva mucha responsabilidad. Ser depositario de las llaves de la casa de un vecino es un servicio que se gesta en la confianza. Y en ese conocimiento de Pedro, se cifra el encargo de Jesús.

Es el Maestro el que podría decir muchas cosas acertadas de cada uno de los discípulos y, sin embargo, en el evangelio acaece lo contrario. La respuesta de aquellos hombres se resume en la de Pedro:
-«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Respuesta acertada, de lobos, pero que no concuerda con su experiencia. Su perspectiva de Mesías está a pie de calle, donde los prejuicios se alimentan de las incongruencias. Siguen a un Maestro del que no se atreven a asegurar su divinidad. Aun así Jesús asume los defectos y fragilidades de aquella incipiente comunidad y le encomienda – en la persona de Pedro – el cuidado del reino de Dios.

Hoy es cuidado sigue recayendo en personas frágiles, necesitadas, pero con fe. Fiados de la encomienda de Jesús abren y cierran una puerta haciendo un ejercicio de discernimiento: propio y ajeno. En cualquier órgano de servicio de la Iglesia se ha de reconocer la acción del Espíritu como la protagonista de las decisiones. Ahí radica el pilar de la confianza de Cristo en el género humano: «… sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.»

Y es cierto…, lo sabemos de memoria, con la misma precisión que la respuesta de Pedro. Pero, ¿nos lo creemos? Porque la realidad de cada día nos refleja más un infierno de puertas abiertas. Y las llaves parecen haberse extraviado.

Quizá por eso «… les mandó que no dijesen a nadie que él era el Mesías.»

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En este justo momento

1060482876Hay tanta sangre derramada en el mundo por la inhumaidad e intransigencia que nos duele el corazón.

Ciertamente el terrorismo siega las vidas de inocentes todas las semanas bajo la protección de una supuesta promesa de cielo para aquellos que defiendan el Islam. En la distancia, sabemos que a ese carro suicida se suben muchos desequilibrados y desadaptados a los que les apetece más un rato de gloria en los medios que un abrazo de Dios.

En este justo momento me descubro soltando tópicos y palabrotas ante la televisión que retransmite la barbarie. Y hacen su aparición sentimientos de distancia con respecto a la Salvación de todos. 

Es en este momento cuando la Palabra de Dios me recuerda que  llegará el día y la ocasión en que Dios nos saque de la “rebeldía para tener misericordia de todos”.

Esta apertura de Dios la comprende Jesús, no así sus discípulos. Ellos -como los que se arman odiando- se sienten del pueblo elegido y excluyen al resto; sean extranjeros o vecinos. Siguen en la convicción de ser únicos en la entrada del reino y determinan a Dios. Jesús lo sabe, y fuerza la situación con la cananea para que ellos mismos se abochornen.  “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” -dice Jesús- y provoca dos reacciones: la confianza de la mujer en su poder de curar y la intercesión de aquellos pescadores por una madre que sufre.

Ahí les esperaba Cristo. Cuando la necesidad cobra rostro, los argumentos teológicos se suavizan: la pecadora pública, la samaritana, el leproso, Zaqueo… el desplazado, el inmigrante, el asesinado…

En este preciso momento, ¿suavizamos o endurecemos los argumentos sociales y políticos ante el sufrimiento de las víctimas? Ya se encargará Jesús de poner un rostro y un nombre -ante nosotros- para que no podamos escabullirnos sin dar una respuesta.  

Es ahora cuando el Hijo de Dios presenta su sangre al Padre, la suya y la de sus hermanos. Derramada para suscitar la Paz y la concordia entre personas que nunca estarán en el mismo bando.

He de reconocer que en la parte de las personas de buena voluntad  hay desconcierto y Dios lo sabe y lo sufre. Ojalá que el cielo se haga presente y que sea pronto.

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¡Que no, que no!

formacao_o-valor-e-a-importancia-da-tolerancia-no-cotidianoQue nos gusta lo exagerado y extraordinario que nos saca de la rutina.

Nos encantan los truenos y la lluvia torrencial; el calor exagerado y la nieve de diciembre; la música estridente y los susurros cargados de mensajes; los milagros y la luz de las velas… y así, lo maravilloso en todos los ámbitos.

Somos así. Lo cotidiano nos resulta tedioso y aburrido. Tanto que no concebimos que la experiencia de Dios vaya a producirse en una misa de diario, en el rezo de un rosario, en la una comunidad religiosa o en una catequesis parroquial. No. Nos van las peregrinaciones a lugares santos donde se han producido milagros exagerados. Nos van los gritos de los grandes predicadores que hablan sin vergüenza y los cánticos que mueven los pies.

Por eso buscaba Elías a Dios en lo alto de un monte y en la tormenta más impresionante. Lo Misterioso ha de estar revestido de un halo de “maravilloso” para mover nuestro corazón a Dios. Pero cuando llega lo extraordinario nos asustamos como Pedro. Que sí, que sí… si llegara Cristo, de noche, andando sobre las aguas de un parque y se acercara a nosotros. ¿No dudaríamos también?

La fe se fundamenta en el amor de Dios demostrado en la historia. En las vidas sencillas de muchos judíos que han dado testimonio de fidelidad. En las obras concretas de tantos cristianos que han mejorado el mundo y le han dado un rostro bello. Y en todo eso, como un antiguo o nuevo testamento, se manifiesta Dios. Sumando palabras, batallas, cantos, templos y años.

Es más difícil y honrado decir, ” realmente eres el Hijo de Dios” un martes, en un pueblecito de la sierra, a la hora de la siesta, con las cuentas del rosario entre los dedos, que un domingo en la plaza de San Pedro de Roma. Es más arriesgado creer que uno tiene vocación religiosa y deja todo lo que tiene para entrar en un convento que cambiar de voluntariado y mostrarlo en las redes sociales.

Tener a Jesús por Señor es lo más hermoso y peligroso, porque se demuestra en el día a día. ¡Que sí, que sí!

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