Hacer el vacío

Un día, viendo Jesús cómo daban más importancia a las piedras, a la historia, a las costumbres que a la amistad con Dios les dijo: «llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».

Cuando Lucas escribe este evangelio el templo ya había sido destruido por el general Tito. Con unas palabras provocativas anticipa las consecuencias de una fe sin Dios y llena de intereses.

El conglomerado de edificios, costumbres y textos forman parte de la religión. Es parte de la Encarnación y fruto de la evolución histórica. Y nosotros -seres frágiles- que necesitamos tener cierta seguridad las constituimos en parte esencial. De tal manera que ponemos el corazón en las mediaciones más que en Dios.

Lo que Jesús criticaba a los fariseos, lo reprochamos nosotros a los que tienen una fe infantil, llena de pietismo y escasa de compromiso. Lo expresamos en la homilía, en las reuniones educativas, en las conversaciones del bar y hasta en el trabajo… Y no nos damos cuenta de que nos señalamos a nosotros mismos. ¡Si! Cuando sustantivamos nuestro catolicismo con un momento histórico, lo mostramos con un personaje político, lo representamos con un edifico, lo describimos con unas manifestaciones culturales…

Nos cuesta pensar en un futuro en el que no estemos presentes en determinada ciudad, orando con determinado idioma, celebrando con determinada raza y vibrando con cierta espiritualidad.

Y todo eso es pasajero. Lo esencial es la amistad con Cristo. Si no lo recordamos, acabaremos creyendo al primero que venga gritando: «Yo soy». Y, claro, nos iremos detrás.  Y abandonaremos la fe porque «no nos llenaba, nuestra congregación no nos sustentaba o la Iglesia no nos entendía».

En la confusión de los medios se juega el sentido de nuestra vida religiosa. Y los responsables somos cada uno. Una equivocación fruto de nuestra falta de hondura, de vida de oración, de compromiso con los hermanos.

Ya no hará falta que venga ninguna guerra, revolución, terremoto, división, destino, reforma o elecciones para hundirnos. Ya nos habremos encargado nosotros mismos de adulterar debilitar la fe.

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¿Se nos nota?

Pregunto por la Resurrección de Cristo. Una gracia que se nos da de manera inmerecida y que nos hace vivir esta vida con soltura. ¿Se nos nota?

 Un grupo de saduceos se acerca a Jesús para reírse de su doctrina. Tuercen el argumento de la Ley para ridiculizarle y afirmar que la muerte es el final de la vida y que el futuro está en manos de la descendencia, pues todo se queda en este mundo.

Jesús nunca rehuyó la confrontación en aras de la verdad y de evitar la confusión de los sencillos. Lo hace frecuentemente con los fariseos y hoy con los saduceos. Utiliza sus mismos argumentos para demostrar su error y descubrir la manipulación de poner en boca de Dios interpretaciones torticeras. Jesús afirma claramente la continuidad de la vida de manos de Dios, aquí y después.

Hay muchos grupos, distintos, a nuestro alrededor que viven seguros de que lo que tenemos y conseguimos es lo que cuenta. Que las obras que han construido son lo que determina la vida del grupo. Que la seguridad de sus presencias les da significatividad social.

Nosotros no somos Jesús. Y estos argumentos se nos cuelan en el pensar. Nuestra fe depende del testimonio y cuestiona más por los hechos que por las palabras. ¿Cómo nos mostramos los religiosos? ¿quién adivina en nuestras vidas a un Dios viviente? También nuestras palabras afirman nuestro creer. ¿Nuestros términos y apreciaciones invitan a la esperanza? ¿nuestros juicios son de misericordia o condena?

No tenemos saduceos a nuestro lado, nadie nos mata por decir que creemos en la vida eterna y, tampoco, se paran por la calle para reprocharnos nuestro derrotismo. Nosotros, que vivimos como «ángeles» podemos contribuir -como los saduceos-  a testimoniar una religión fría, caduca y distante. Como también a proclamar -como los Macabeos- que se puede vivir «de paso» dando así a entender la Providencia de un Dios viviente.

Nuestra profesión religiosa fue una proclamación de la vida eterna que se nos regaló en la Bautismo. ¿Se nos nota?

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Santos y Difuntos

«Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos».

Pobres, lo que se dice pobres de medios, no lo somos. Hijos, con todo su contenido divino, tampoco. Y, ¿santos como cree la gente de la calle? Pues menos. Y, sin embargo, en estos días de noviembre se nos llama hijos, santos y bienaventurados, siempre y cuando seamos pobres.

Nos cuesta eso de ser pobres y más vivirlo como situación de buena ventura. Y hablo de esa pobreza que nos exige amar la limitación, la fragilidad, las dificultades, las taras y los dolores… de esa que nos compromete a aceptar al que vive a nuestro lado.

Jesús -en el evangelio- nos dice que cualquier situación, vivida con humildad y confianza, se convierte en condición de posibilidad para ser feliz. Cualquier hermano, cualquier duda, enfermedad o fracaso se convierten en momentos de bienaventuranza y en ocasiones para cumplir lo que Dios espera de nosotros. Quien así lo comprende es un bienaventurado. Quien así responde es un santo.

«Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».

Ricos, lo que se dice ricos de medios, tampoco lo somos. Vivientes sí. La vida es un regalo que Dios nos da y que no es nuestra. Nuestro fin no es conservarla a toda costa. Aunque, con tanta medicación damos la sensación de agarrarnos más a esta vida que a la eterna y de ser unos privilegiados.

Estamos vivos por pura gracia. Y, aunque parezca que ya estamos muertos -por los silencios- no estamos aquí para sobrevivir eternamente. Estamos para entregar la vida por el evangelio. El Señor que nos llamó un día y nosotros le seguimos. Hemos «profesado» la entrega de la vida. ¿Por qué entonces tantas quejas de muerte? ¡Que si nos quitan la clase de religión! ¡Que si da miedo un partido político emergente! ¡Que si fuéramos más y más jóvenes! Quejas que denotan más auto conservación que entrega.

 «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?».

Y tú, y yo ¿creemos esto? Si Cristo muere y resucita significa que la muerte no tiene poder sobre nosotros. Quien así lo comprende es un viviente, quien así lo celebra vive para siempre.

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Ley del péndulo

Vivimos un momento hermoso en la Iglesia. Una época de esencialidad, de vuelta a la misericordia de Dios y a una búsqueda de transparencia.

Vivimos unos años que han de ser aprovechados para poner nuestras seguridades en Cristo, vivir fiados de la Providencia del Padre y volcados hacia los más indefensos.

Esta radiografía adolece, no obstante, de ciertas tendencias justicieras, normativistas y excluyentes. Posturas -denunciadas por el evangelio de Lucas 18, 9-14- que pretenden por un lado, defenderse de la crítica externa y, por otro, purificar el pecado interno.

La ley del Péndulo, es esa tendencia a detenernos, posicionarnos en nuestros criterios e invertir en exclusión. Lo hemos comprobado en la vida política y, en nuestra casa, -divina y humana-, ocurre tres cuartos de lo mismo. En la retaguardia de la Iglesia siempre hay escuadrones que «teniéndose por  justos y, muy seguros de sí mismos, desprecian a los demás». Viven al acecho de cualquier modificación, entretenidos en anotar en su hoja de ruta lo que han de desestimar mientras les beneficie el movimiento del péndulo.

En evangelio, el Señor retrata estas actitudes como «fariseas» y les quita el «imprimátur» por  justificarse a sí mismas. La perfección nunca ha sido un objetivo para el seguidor de Cristo. Ciertamente, ha sido una aspiración humana para salir de la fragilidad y colmar las ansias de ser dios. Mezclada con la sangre cristiana ha dado a luz: inhumanidad, espiritualismos y herejías. Los verdaderos cristianos o católicos han llegado a considerar al resto como inferiores, pecadores… equivocados.

Se muestra cuando el Papa o el mismo Jesús muestran la praxis de la misericordia con los desplazados, pobres, divorciados, pecadores, progres o conservadores, homosexuales o familias tradicionales… o con quien nos descuadre. Mientras tanto, al acecho, se espera el momento de criticar al que entra diciendo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás».

Sabemos quién baja justificado del templo: El que no puede sostenerse a sí mismo. El evangelio deja quito el péndulo. A la espera, siempre de que alguien lo toque y lo ponga en movimiento. El péndulo, claro.

 

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Quien se fía….

La oración es el diálogo habitual entre el hombre y Dios, y todo lo demás son aproximaciones. El que se fía pone en la oración todo lo que es y lo que espera sin miedo, sin medida, en todo momento.

Jesús pone como ejemplo a un juez «injusto» que no cumple las dos funciones que le exige la Ley de Moisés: Un juez es el instrumento de la justicia de Dios y ha de estar al servicio de su pueblo; en especial de los más desamparados. Pero, ¿cómo puede ser ejemplo? El Maestro -que buscaba los contrastes- les quiere mostrar el corazón del Padre y los tiempos de la justicia humana.

Dios escucha y atiende a aquellos que «le gritan día y noche» y lo hace «sin tardar», porque no puede soportar el dolor de sus hijos. Nosotros juzgamos y sentenciamos por conveniencia. Nos agarramos a las normas para parapetarnos ante las excepciones que nos cansan y agotan. Unas variables que marcan la diferencia entre Dios y el juez, entre el corazón del Padre y nuestros intereses.

Ora quien se fía. Espera quien confía. Aguarda quien sólo tiene a Dios como garante. De ahí, que nuestro contraste se de con esa pobre viuda que necesita de una respuesta. En esa actitud se fundamenta el orar siempre y sin desanimarse.

Orar como medicina. Confiados en el diagnóstico y en la persona. Y se toma cada día y no tiene contraindicaciones. Eso sí, se asimila mejor si va acompañado de la Palabra de Dios y en los momentos de soledad y sosiego. Los efectos son imprevisibles… hasta vencer en la batalla de la vida, al estilo de Moisés.

Jesús usó de ella. Lucas se la recetó a los que -desanimados- desconfiaban de la promesa. ¿Y tú? ¿En qué estima la tienes? Busca el prospecto y revisa su composición y aplica su posología: la del siervo, la del leproso y la de la viuda.

No pierdes nada y ganas mucho todo. Si te fías, ora.

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En los límites

El evangelista Lucas sitúa a Jesús caminando por los límites de lo social y lo religioso. Hoy transita por las fronteras entre Galilea y Samaría y entre el pecado y la enfermedad.

 Cuando se decide a entrar a un pueblo «vienen a su encuentro diez leprosos». Diez hombres física y moralmente enfermos, excluidos por la sociedad y apartados del culto. Arrancados de la vida y de Dios. De ahí que se pararan «a lo lejos» y entraran en contacto con Jesús «a gritos» pidiendo compasión.

A nosotros nos suena a inhumano, a salvaje y a injusta la situación que viven. Y está bien siempre que caigamos en la cuenta de que era una sociedad parecida a la nuestra -salvadas las distancias- la que los aparta. Con unos protocolos parecidos a los nuestros para no contaminarnos del pecado o de la enfermedad del otro, pero que revelan nuestra suficiencia, perfección, egocentrismo que persigue dejarnos salvo de torpes, infectados o ladrones.

Jesús, también a distancia, les invita a cumplir con lo que está mandado. Y ellos, fiados de su palabra, se dirigen al Templo. De camino, se nos dicen que sanan.

«Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios». Era un samaritano, un forastero, un impío, de reza inferior, de economía dependiente, de clase baja… Es el único que se vuelve, se «echó por tierra» a los pies del Maestro, y reconoció en él el verdadero poder.

A nosotros nos suena a intransigencia, exclusión, a división. Y está bien reconocerlo pues nos parecemos demasiado cuando esgrimimos la tierra de origen, la raza o la religión para sentirnos mejores y distintos que los demás. Y se manifiesta en esas notas de distinción, de clasismo, partidismo, racismo y nacionalismo que vemos en los discípulos judíos. Y que, sin haber dado con Jesús, les hubiera infectado el corazón con odios, prevenciones, exclusiones y rigideces, que les hubiera llevado a ser saduceos.

¡Cuántas situaciones, y no de lepra, impiden a los hombres a acercase a Dios! Y en todas se hace presente Cristo, saliendo a los márgenes que hemos generado nosotros. Hoy se me invita a ponerme de rodillas ante Jesús, reconociendo su poder. Y así romper con los límites a los que yo mismo doy poder.

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Hay que tener poca vergüenza

… para pedirle a alguien que me dé más fe en él. Que me dé muestras para poder fiarme y confiar en sus palabras, en sus maneras…

 Algo de eso insinúan hoy los discípulos de Jesús. Quieren “más fe”. Como si el adverbio de cantidad les diera la seguridad de tener cada día un milagro.

 Se confía o no. Esa es la medida. Basta un poco de fe, como el grano de mostaza, para seguir a alguien. Basta el trabajo de cada día para dar muestras de honradez. De la misma manera que una simple sospecha o un malentendido bastan para sentirse defraudado.

 Jesús pone a esos discípulos -que buscan la seguridad- unos ejemplos contradictorios, en apariencia. Primero desenmascara su tenencia a reclamar recompensa por su trabajo y su escaso agradecimiento por ser invitados a la tarea del Reino. Después, se sitúa como el verdadero siervo -Jesús trabaja para el Reino de Dios y se agota con sus gentes-. Y, por último, les recuerda que están “contratados” por puro amor de Dios y no por sus logros.

 A nosotros nos parece evidente: el que ama no pone condiciones ni adverbios. Pero se nos olvida a la primera de cambio, incluso con aquellos que más nos aman. Somos así de contradictorios.

El caso es que hemos de estar agradecidos porque se “nos ha dado un espíritu de energía, de amor y buen juicio” para sentirnos satisfechos y gozosos de estar en la tarea del Maestro. Es Él quien demuestra “más fe” en nosotros que al contrario. Y eso sí que da un poco de sonrojo reconocerlo.

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Recordando ALEGRAOS

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Escarmentar en cabeza ajena

Este refrán me lo refería mi abuela cuando yo le contaba cómo algún compañero de clase le había sufrido algún percance. Ella, con la sabiduría popular, me ponía sobre aviso para que no me ocurriera a mí lo mismo.

Ricos y pobres los ha habido siempre -lo vemos en la profecía de Amós-. Las diferencias, también. Y cada vez que salen a relucir se aderezan con ideología para endosar las causas a los otros. El evangelio no es ideología, por eso Lucas pone en boca de Jesús una historia conocida para provocar en los oyentes el reconocimiento de su propia injusticia. 

Tu puedes ser rico o pobre. Aquí no valen las medias tintas ni clases medias, ya que el que tiene menos percibe al que tiene medios como rico, y el que vive desahogadamente percibe al otro como un pobre. La distancia social salta a primera vista y sin mucho discernimiento.

El caso es que en la historia hay un hombre rico. Con unos medios tales que retrata su vida como un Edén. Viste bien. Come mejor. Pero no tiene nombre porque no lo necesita. Lo de “Epulón” se lo hemos añadido después recogiendo el nombre de uno de los cuatro colegios sacerdotales romanos que tenían como función celebrar los épulos o convites sagrados. Y un mendigo con el nombre de Lázaro, que está deshumanizado: no se le dice «hombre pobre», se le dibuja desnudo y repulsivo por las llagas, vive en el portal de la casa del rico y se relaciona con los perros vagabundos; dibujando un Infierno de vida.

Ambas historias están enlazadas. Lo vemos nosotros, lo veía el pobre que deseaba comer las sobras de la mesa del rico, lo veía Dios, pero no el epulón que vivía abstraído en su burbuja. No hay distancia entre ellos: una puerta. Y, sin embargo, hay un abismo entre la vida regalada del rico y el infierno del pobre.

Jesús nos «escarmienta» y nos pone en la dinámica de la justicia. ¿Dónde estamos nosotros? ¿Cómo vivimos? ¿Qué provocamos con nuestros silencios, desprecios, indiferencias, gastos, cegueras? Ni la injusticia ni la distancia vienen de Dios y no son queridas por él. Las provocamos nosotros dirigiendo la mirada más allá de la miseria o quedándonos en las apariencias.

Y claro, lo que no solucionamos los hijos queda como trabajo para el padre. Llega la muerte y nos iguala; nos pone a cada uno en nuestro lugar. Al hombre rico lo entierran los hombres y al mendigo lo llevan al seno de Abraham los ángeles. El cielo y el infierno se dan la vuelta y una miga se convierte en una gota de agua.

¿Vamos a cambiar por escuchar esto? A buen seguro no, porque -como decía mi abuela- nadie escarmienta hasta que no le duelen los huesos, suspende un examen, pierde el trabajo o deja de tener vocaciones. Basta, de momento, con que nos demos cuenta de la injusticia que provocamos.

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La disyuntiva

¿Dios o el dinero? ¿Seguridad o Providencia? La disyuntiva la plantea siempre la vida. Jesús ofrece una respuesta sin engaño: «ningún siervo puede servir a dos señores».

Tenemos un sólo corazón y hemos sido creados -como repetía san Ignacio de Loyola- para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. Si nos separamos de este principio comenzamos a buscar sustitutivos del verdadero amor y ahí hace su aparición el dinero con su atracción y su seguridad.

El dinero, la plata, se adueñan de nosotros. Son inversamente proporcional a Dios. Con más trabajo hay mayor capacidad de gasto, más oferta, más necesidades, comienza la resta del tiempo para regalar, para amar, para rezar y para Dios…  

Dicen los analistas que se acerca otra quiebra del sistema monetario y una caída de los índices de producción: otra crisis. ¿Cómo afrontarla?

La pregunta ha de ser transformada. ¿Qué aprendimos de la crisis anterior? ¿Se nos ha olvidado ya? El evangelio ofrece una opción: «ser fiel en lo pequeño y honrados en lo menudo». Un antídoto porque el dinero tiene el poder que nosotros le demos. Si nuestro corazón busca a Dios, el dinero se usará para sobrevivir y para cubrir las necesidades básicas. Pero si nuestro corazón está enfermo o vacío, necesitaremos llenarlo con seguros, propiedades, posición y tiempo. «Seguros» que nos parapeten ante los imprevistos, propiedades que nos den tranquilidad para vivir, posición que nos haga sentir reconocidos y tiempo para nosotros. Y mientras atesoramos todo esto, quitamos a Dios como el garante de nuestra seguridad, nos enfadamos por la herencia de nuestros padres, escalamos posiciones dejando a los demás por debajo y tasamos el tiempo que damos.

«Si no eres de fiar en lo ajeno ¿lo tuyo quién te lo dará?» Ninguno de nosotros tiene la seguridad de lo que vaya a pasar de mañana. Es más, si nos apropiamos del algo más, nos estamos quedando con lo que es parte otros hermanos no tienen ni un pedazo de tierra donde descansar, de otras hermanas que seguirán estando bajo nosotros para sostener nuestro afán.

Salir de esta dinámica nos libera de la esclavitud que traen las riquezas y que obvian el hambre de los pobres. Pararse y dejar de hacer lo de siempre nos permite salir de la disyuntiva de siempre.

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