Con unos vinos

8715655Jesús se hizo presente -como Mesías- con unos vinos.

No lo hizo en el Templo, ni en la sinagoga, ni en una reunión de grupo sino en una boda. Y dentro de ella, en el convite. En esa situación en la que nos extraña ver a un cura, a un fraile o una religiosa cenando o bailando. ¡Vamos, alternando!

La situación no se busca premeditadamente sino que se aprovecha. Ahí, la perspicaz es María; la madre. Ella -la invitada a la boda- propicia que su hijo se lleve a unos jóvenes que llevan unos días con él. Habían venido de parte de Juan y necesitaban comprobar que Jesús era el verdadero Mesías. Y, ahora, se preguntan si merecía la pena estar con aquel galileo que se los llevaba de fiesta.

El evangelio de Juan destaca la carencia de vino en la boda; del elemento que anima el convite, la charla animada y las danzas judías. Faltaba alegría y gozo en aquella sociedad judía abocada a lavarse y purificarse. Faltaba entusiasmo a unas gentes que se preparaban a la llegada de un Dios que no reconocían. Eso sí, abundaba el agua. Cientos y cientos de litros de agua y de normas que no desembocaban en la alabanza ni el gozo. Ahí es donde María aprovecha la ocasión y sitúa a su hijo en el centro de la historia de todos ellos. Ahí es donde Jesús se fuerza a iniciar la manifestación de su poder: “Llenad las tinajas de agua… y, después sacad un poco  para que lo pruebe el metre”.

Y así comenzó todo: los signos, la gloria y la fe. Un motivo para transformar nuestra queja – no nos queda vino-, en el milagro. Una manera de salir de nuestra corta manera de ver y entrar en la largueza de la mirada de Dios.

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Servir al ritmo de bulería

DSC_0174Regentar un cargo en la Iglesia es una “gaita”. Lo es. Ser elegido por los hermanos para servir le hace a uno pasar por todas las acepciones que, la Real Academia de la Lengua, dice de la palabra.

Un capítulo electivo es el escenario donde la gaita suena como “instrumento musical de viento” para pronunciar el nombre del religioso o de la hermana que han de representar al resto durante un periodo de tiempo. Y, al estilo de las obras de teatro, el elegido tiene que acoger lo que viene, mirar quién le sostiene y lanzarse a la aventura. E interpretar la obra del evangelio como el Maestro con sus discípulos acompañado de un son gregoriano.

En la iglesia de hoy, ponerse al frente de una Congregación religiosa puede parecer “cosa fastidiosa, pesada y molesta” como reza el segundo significado de la palabra. Y es que acompañar el desarrollo del organismo religioso, vivo y heterogéneo, es acoger la cruz y la gloria de cada continente.

Para nuestra sociedad, eso de estar en el gobierno de una Orden es poco menos que una “tontería o cosa sin importancia”, tal y como la RAE expone en su tercera acepción. Posiblemente por nuestra escasa repercusión social, por la falta de poder mediático y porque lo nuestro se va gestando en lo humilde y pequeño.

Fran, nuestro Fran, ha sido elegido para el servicio y acompañamiento de sus hermanos. Para él la vida religiosa es una sintonía de Evangelio y un reto comunitario. Para él, este paso es un cambio de vida y una apuesta de fraternidad. Para él, servir y representar no es ninguna gaita.

Son muchos los momentos vividos animando la Vida Consagrada. Muchas experiencias en las que su gracejo, su perspicacia y su intuición ayudan -a quien se deja y fía- a vivir sin gaitas. Y como Dios capacita a quien elige creo que -en este caso- cambia de instrumento para acompañar y animar con ritmo andaluz y gracejo “granaino”.

No se tiene constancia de que Jesús, el Redentor, pasara por Chimeneas. Lo que sí sabemos es que no pone ningún “pero” a quien está a su servicio y acompaña a los hermanos. Por eso, detentar hoy un cargo en la Iglesia ha de probar el ritmo de la bulería y dejarse de gaitas.

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Magos disfrazados

112966027En un chiste del WhatsApp se retiene, a manos de la Guardia Civil, a tres sujetos montados en camellos que dicen buscar a un recién nacido, siguiendo una estrella fugaz, en plena noche, cargando oro y otras sustancias. El agente de tráfico, claro, les invitaba a descender y hacer la prueba del alcohol.

Gracioso o no, lo de las cabalgatas de Reyes se ha convertido en verdaderas caravanas de empresas y asociaciones que quieren mostrar lo que son. Y no sólo empresas… Son expresión de lo que somos y vivimos en cada momento.

El evangelio de Mateo nos refiere que Herodes -gobernante absoluto de turno-  quita de en medio a todo aquel que pueda poner en peligro su estatus; fueran Magos o no. El rival de Herodes será un niño pequeño e insignificante. Y es que el poder adquiere miedos inconfesables e irracionales convirtiendo a las gentes en opositores o extremistas.

El asunto se actualiza cada año. Si el año anterior provocaba ideológicamente el hecho de que los tres Magos fueran varones, en éste la mirada se ha detenido para mirar al mar. De él no vienen caravanas de espumillón sino pateras a la deriva llenas de hijos de Dios llenos de ilusión y agotados de vida. Y allende los mares en riadas de familias que huyen de la persecución política y del hambre social.

Mientras tanto los Magos han de disfrazarse cada año de realidad, para ponernos sobre aviso dónde nace Dios, dónde quiere estar, dónde le dejan vivir.

 

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Palabra, palabras

PalabraNo deja de ser curioso que el gesto más humano de Dios cobre fuerza por la palabra. Una palabra que pierde enteros cada día por ir viuda de compromiso. 

Los textos de estos días manifiestan que la voluntad de Dios, sus deseos, sus sueños han de entrar por el canal del lenguaje para ser comprendidos por la humanidad. Han de ser cifrados para que nosotros podamos darle sentido en cada momento de nuestra historia. Eso es la Encarnación: entre la carne y la voluntad media la palabra: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria (Juan 1, 14).

Y así, el Verbo se ha revestido de tiempo, el sustantivo de geografía y el atributo de familia. Y ha entrado en el mundo en pañales; de manos de María y por benevolencia de José.

¿De qué hablamos estos días? ¿Qué contenido damos al feliz navidad o próspero año nuevo? ¿Nos comprometen a ser, nombrar y describir lo que celebramos?

Isaías declara hermosas las pisadas de aquellos que dejan huella por llevar en sus palabras: paz, buenas noticias, esperanza y reconocimiento. Y los salmos invitan a cantar las maravillas que Dios sigue haciendo entre nosotros.

Palabras y palabras que aluden a la única Palabra verdadera: “el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo” (Hebreos 1, 1-6). Úsala, pronúnciala, descríbela. Pero estos días, vívela.

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El tiempo que nos queda

compartir_fbEs el título de un vídeo de una famosa marca de orujo español. Uno de esos anuncios que se publicitan en las nuevas plataformas de las redes sociales y que nos permiten elegir y enviar.

He de confesar que me ha impresionado. Lo he visto en uno de los festivales de Navidad educación infantil que Sandra -profesora del cole-, ha situado entre actuación y actuación.

Esa filmación tiene la capacidad para aquilatar el tiempo que pasamos con quien decimos ser importantes. Importantes porque lo decimos y lo sentimos; pero no porque lo demostremos. Si nos dijeran las horas que vamos a dedicar a los nuestros antes de pasar a la otra vida iríamos corriendo hacia ellas. Como hace María de Nazaret, atravesando las montañas cercanas de Jerusalén para ver a Isabel.

Cuando reflexiono sobre los momentos de oración dedicados al Señor que me ha llamado me queda la misma sensación: poco, tarde y de escasa calidad. Si se me ofreciera la suma de momentos obtendría una cantidad ínfima para las cosas que puedo decir de Dios y de mi relación en Él.

Moverse es la disposición adecuada del Adviento para encontrar y ser encontrados. Encontrados por un Dios que se da por entero para compartir todo su tiempo con nosotros. Gesto anticipado por su madre, María, que deja de pensar en su promesa para estar junto a Isabel los últimos meses de su gestación y ayudarla a dar a luz. Dando vida y tiempo.

Que este vídeo y otros nos lleven a reconocer el tiempo que nos reservamos y no damos… a dar con calidad el tiempo que nos queda.

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Y, ¿ahora qué?

Eso mismo preguntan a Juan.3016772818_42ef7e557e_b

El encuentro con la Verdad nos torna un tanto atolondrados. Provoca en nosotros un contraste tal que necesitamos tiempo para digerir. Unas veces nos lleva a revisarnos -a constatar lo que hay de cierto- y otras a negar la evidencia. Tarde o temprano la Verdad se sitúa ante nosotros y hemos de afrontarla. Y en ese momento se muestran todas las apreciaciones e impresiones de los otros sobre nosotros. Ese mini juicio puede hundirnos o convertirse en un revulsivo para caminar.

Juan profiere verdades para centrar la vida del que quiere escuchar. Son las mismas palabras que se leían en el Templo, que se explicaban en las sinagogas, pero con vida. Aquel hombre representaba lo que decía, lo hacía ver. Y eso no era lo habitual. Por eso, los que fueron a escucharle se vieron por dentro, de repente, como manipuladores y corruptos.

Muchas terapias actuales -o no tanto-, quieren provocar una conversión parecida. Y a ellas se apuntan los que hasta ahora buscaban a Cristo junto a nosotros. Y producen efectos de solidaridad y deseos de cierta simplicidad de vida. Diremos que duran poco, vale. Juzgaremos que son muy egocéntricas, también. Aseguraremos que generan dependencia, evidente.

Hoy Juan no dirá nada nuevo. Repetirá, pero lo vivirá. Y eso engancha. Y luego remite a Jesús, el Cristo. Descentrando a quien se acerca con intenciones esteticistas y situando la Palabra verdadera en su corazón.

Muchos de nosotros seguiremos repitiendo las palabras del evangelio de Jesús; pero sin vida, acusando de equivocación; pero sin ser honrados y señalando a su grupo; generando separaciones. Ocultando al mismo Jesús.

El encuentro con la Verdad es esencial cada Adviento. Tiene capacidad para provocar nuestro desconcierto. Eso sí, exige movimiento, escucha y cambio. ¿Qué haremos después?

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Ella

como-seria-dia-dia-virgen-mariaMaría, nos hace considerar que estamos muy acostumbrados a comenzar por los errores, por los pecados, por la cerrazón de la humanidad para reflexionar sobre la Salvación. Por eso necesitamos verla como una privilegiada.

Comenzar por el pecado es una forma teológica de argumentar que ha quedado en los manuales, en los catecismos y ha llegado al pueblo de Dios. De tal manera que ha suscitado una exagerada devoción a María para mejorar la reflexión. Las gentes de todos los siglos la han situado, a Ella, a María Virgen en el lugar reservado para la propia madre.

El caso es que no hacía falta enaltecerla tanto porque ya lo hizo el mismo Dios lanzándole – a través de arcángel – el piropo más hermoso de la historia. Ella se ruborizó “ante aquellas palabras” que nunca había escuchado y sopesó la propuesta de ser la Madre de su Hijo. ¿Por qué a Ella? Quizá porque nadie había conservado tan abierto el corazón y ocupado el lugar que le correspondía como criatura.

Así pues, el pueblo de Dios -a su manera- la ha celebrado y comprendido Inmaculada desde su Concepción. Una verdad que luego la teología ha debido desbrozar, diseccionar y reordenar por su tendencia a partir del fracaso.

Ella guardó la virginidad de su amor y no permitió la entrada ni a la ambición, ni al orgullo y sí a la entrega y a la donación.

Ella se ha convertido para nosotros en la acompañante perfecta y la consejera más fiel para las cosas de Dios. De tal manera que con ella aprendemos a engendrar a Cristo en cada Adviento y darle a luz mediante las obras santas cada Natividad.

Y nosotros, religiosos, tenemos la suerte de poder amar como Ella, acogiendo los planes de Dios y agradeciendo nuestro ser creado. A su lado, como María, como Ella.

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Que se acabe

522224_798529326_999_H215857_LQue esto se acaba…. ¡pues que se acabe!

Cada día acaban situaciones, se transforman empresas, se convierten corazones, se trasladan familias, se remoza una casa, descarga lluvia una nube y hasta se desunen las notas de un pentagrama.  Es la vida. Y como ante las olas del mar hay que aprender a navegar y a nadar.

Pretender vivir siempre de la misma manera es un contrasentido que no tiene reflejo en la historia. El mismo Heráclito no se quedó aquí para contar como han de devenir todos los órdenes de la vida. Afirmar que algo permanece es razonable. Claro. Las mismas ideas de Parménides subyacen al sentir de que hay un hilo conductor y que nuestra misma vida -la de los que estamos leyendo esto- es corta en comparación con la del universo, nuestra tierra o nuestra especie. Claro que hay continuidad.

Y en ese vaivén se mueve la salvación. En un dejarse amar y en un responder. En acoger y dar. Es lo que acompaña los grandes cambios de los que habla el evangelio en este inicio del Adviento. Unas palabras escuchadas hace días en el ambiente del fin de año litúrgico.

En estos días se nos habla de lo nuevo y lo viejo ejecutando un baile lento pero continuo, tintado de morado. Eso lo saben los sabios, los ancianos y todo aquel que sea capaz de reconocer que la vida pasa, se vive y se proyecta en nuevos días y nuevas oportunidades.

La iglesia se ha de dejar mover por el viento del Espíritu en un ir y venir entre los sueños de Dios y la realidad de sus hijos. Y en esa misión se encuentra la nuestra: la de los religiosos. Aunque seguimos añorando -sin atrever a confesarlo- los momentos de seguridad y cantidad que nunca aseguraron un acertado seguimiento de Jesús, el Maestro.

El Adviento nos invita a una espera de lo conocido y de lo nuevo. Una nueva oportunidad, en fe, de ver qué nos pide Dios. Y si, por casualidad, volvemos la vista a lo pasado ya se encargará el reloj de hacer que se nuble el sol del recuerdo, se caigan los astros de los grandes proyectos y quede el susurro del viento para mirar hacia adelante.

Por eso, cuando se nos juzga como caducos, como vida que se acaba, como perdedores de una ortodoxia nunca evangelizada no hay más que sonreír y aseverar que sí. Que sí. Que lo nuestro es morir y nacer de nuevo. Que lo propio de los enamorados del evangelio es permanecer, sostenidos de la mano del Maestro, entre las olas de un lago que nos obliga a bailar.

Por eso, si esto se acaba… pues que se acabe.

 

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Poder y plástico

Mahkota-tiup-Anak-Topi-Pesta-Ulang-Tahun-Meningkat-Alat-CosPlay-Tahap-Props-Anak-Terbaik-Hadiah-PerlengkapanEl plástico llena la tierra. Aparece de infinidad de formas y con distintos colores y texturas. Y se queda a vivir entre nosotros sin prisa. El poder rápido y fácil ha llenado la historia de infinidad de maneras.  En todas las latitudes y sostenido por infinidad de leyes se ha quedado entre nuestras aspiraciones para no moverse.

El poder como el plástico son entes difíciles y costosos de deshacer. Hay tantos y en formas tan imperceptibles que los hayamos donde pongamos la mirada. Y aunque parezca que el poder tiene mayor capacidad para perdurar, no es así porque el plástico dura más que cualquier sistema político imaginable.

Jesús no tenía ansias de poder. No me imagino al Maestro rodeado de plásticos pero a Pilato si. El Prefecto romano de Judea evitaba los problemas y buscaba recibir el premio de regresar a Roma. Su estancia entre los judíos pretendía ser imperceptible y corta como la vida útil del plástico. Ciertamente el encuentro de Jesús con Pilato fue tal rápido como abrir un envoltorio plástico, pero se ha quedado flotando en el mar de la historia como un contraste de Poder.

Pilato pregunta: «¿Eres tú el rey de los judíos?»  Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?» «Conque, ¿tú eres rey?» Y ante las pocas palabras devueltas por Jesús concluye: “Yo no encuentro delito en él, crucificadle vosotros”.  Y devuelve a Jesús a las gentes como quien tiro un pobre envoltorio al aire.

Aquel acontecimiento puso en juego los dos términos de la comparación: el poder y la durabilidad. Y desde entonces cualquier poder plástico se las ha de ver con la autoridad noble; el uso del poder se enfrenta a la realeza del justo.

El poder y sus derivados siguen llenando la tierra. Son difíciles de recoger y de sintetizar. Y, hasta el momento, sólo ha existido una autoridad capaz de volatilizarlo: la realeza de Cristo, coronado de espinas.

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Dios lo sabe

mitos_sobre_los_frutos_secos8Estamos llegando al final del ciclo litúrgico y la Palabra de Dios nos pone los pelos de punta o las yemas en flor. Porque el cambio que perdura siempre es el que se produce por dentro.

Con el paso de los años nos acostumbramos a sentenciar y anticipar acontecimiento por la costumbre y la observación. Somos intuitivos, mucho. Hasta que el paso de la vida y el cansancio de las tareas nos llevan a deducir y, entonces, se acaba el aprendizaje.

Eso se detecta cuando ya damos respuesta a lo que sucede sin que llegue a ocurrir, a terminar la frase del formando, a corregir la oración del que proclama, a juzgar las directrices capitulares o recetar ante una tos. Nos ocurre. Y Jesús lo sabe: “Cuando… deducís”.

Es un tema de intergeneracionalidad. Es una realidad que aprendemos desde la familia de sangre y que no digerimos tan fácilmente en la de la fe.

Estos días se celebran muchos centenarios de presencias nuestras en el Reino de Dios desde la parcela de nuestras órdenes y congregaciones. En su celebración abusamos de recordar y de deducir, de mirar al pasado y justificar el presente, de enorgullecernos de los inicios y suspirar por el futuro. Hemos aprendido a reconocer el invierno.

Ahora queda el ser coherentes y darnos por entero. El Señor nos pedirá cuentas por lo que hicimos aquí y ahora. No nos dejará deducir desde argumentos teológicos. Ni permitirá que nos amarguemos considerando el momento de sequía vocacional. Nos preguntará si amamos y nos dimos… pedirá nuestros higos, frutos…

A la vez no faltan voces que nos relegan a un rincón de la historia de la Iglesia criticando nuestras ropas, lenguajes y tareas. Y deduciendo que la fragilidad de nuestras comunidades son causa de nuestra débil vinculación a la ortodoxia, tradición o ideologías.

Es un tema de cortedad eclesial que olvida que esas mismas comunidades cuestionadas y centenarias se revitalizan en otras latitudes. Es un tema de interculturalidad.

Menos mal que Dios nos conoce por dentro.

 

 

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