El cómo y el por qué

Cuando nos aman no hay que preguntarse tanto…

Nos encanta saber el motivo por el que nos regalan algo, nos prestan atención y nos quieren. No nos basta con el «cómo» se nos demuestra el cariño, sino que queremos saber -a ciencia cierta- el «por qué».

Eso mismo nos ocurre con Dios. Somos seres creados por amor y nos sentimos vivos cuando somos amados y podemos amar. Dios es Amor y nos envió a su Hijo para demostrárnoslo; y lo hizo hasta sus últimas consecuencias. El «cómo» nos salvó. Pero no nos basta… queremos saber los «porqués» de su humildad, su sometimiento, su negativa a discutir, su dejarse matar. Y que podría haber sido de otra manera, con otros tintes, sin sufrir tanto…

Pero, mira tú por dónde, hoy se nos ofrece el «por qué»: «El hijo ha venido para salvar no para condenar». ¡Bien, ya tenemos el por qué! Pero tampoco nos satisface. La terminología nos abruma y nos asusta la imagen que subyace: nos salva un Dios Amor y nos condena un Dios Justiciero. Lo que está de fondo es nuestra libertad y nuestra confianza. 

¿En qué Dios crees? ¿En el que ha vivido Jesús o en el que no te cabe en la razón? Piensa que a Jesús le ha costado la vida mostrártelo y a ti sólo un dolor de cabeza pensarlo.

Mira, mejor que te pongas delante del Señor y le mires. Leas su evangelio y le contemples hablando, curando, acariciando, partiendo panes… Estamos en unos días nuevos en los que hemos aprendido a apreciar los detalles del «cómo»; desinteresadamente. Por amor de Dios y a los demás… Sin preguntarte si los demás te juzgan por el cómo lo haces o el por qué te entregas. ¿Lo entiendes ahora?

Ese es un ejercicio sencillo que nuestros -hermanos y hermanas- contemplativos hacen cada día para dar gracias a Dios por el cómo, sin detenerse tanto en el por qué.

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Generar consenso

¿Cuántas muertes y contagios hacen falta para que la clase política nos dé ejemplo? En la época de la pedagogía del aprendizaje cooperativo, de las decisiones consensuadas y de las tareas en red desayunamos división.

Hay una falta de sentido común increíble en los que hemos elegido -o no- en una de las situaciones más trágicas de nuestra historia. Y una falsedad informativa que traslada la responsabilidad a las calles. Clase política y adláteres informativos entretenidos en buscar réditos electorales o incrementos de “share”.

Les pido sólo un día. Para venirse al barrio y comprobar que las caceroladas o las banderas tricolores son reflejo de una división gestada en los despachos. La gente -cansada de permanecer encerrada entre cuatro paredes-, está asusta por el incremento solapado de los alquileres, se encuentra desprotegida por la falta de liquidez en los Ertes prometidos y manifiesta su frustración en las calles. Los que no cobran y comienzan a pasar hambre no son los responsables de la división…

Les invito -a unos y a otras- a que vengan a Caritas y prueben –con mascarilla y guantes-, a poner tiritas en unas heridas profundas que no tienen visos de cicatrizar. Les animo a realizar derivaciones de familias a unas oficinas de Asuntos Sociales que siguen cerradas. Les reto a informar a una madre que sólo se le puede da un ticket de comida para el mes.

Desde una parroquia de barrio, atendida por dos congregaciones religiosas sencillas, me atrevo a preguntar al gobierno y a la su oposición, ¿qué hará falta para ustedes cambien? Y me arriesgo a responder: dejar de cobrar un mes, compartir vivienda  y gastos, hacer cola en la parroquia para recoger una bolsa de no perecederos, ser multados por transitar el barrio en busca de trabajo o enseres. Ninguno de ustedes vive en nuestros barrios y el que vivía, se ha ido a la sierra. Y me siento obligado a pedirles que dejen de pelearse, honren a nuestros muertos, amorticen lo que les pagamos y pónganse de acuerdo.  

En la época de la pedagogía del aprendizaje cooperativo, de las decisiones consensuadas y de las tareas en red necesitamos ejemplos de humanidad y generosidad porque nos sobran comparecencias y palabrería.

Pero para eso, hace falta mucho Espíritu Santo, alguien a quien ustedes no conocen porque está por las calles del barrio. Quien nos ha sostenido durante la enfermedad y la muerte. El único que gobierna nuestra historia. Él que genera el consenso.

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¿En pie o de rodillas?

Jesús fue un fracasado a los ojos de todos. No acabó con el sufrimiento, la enfermedad o el dolor. No estableció un doctorado en teología en el templo, ni regentó una sinagoga. Jesús no pudo retener ni tan siquiera a sus discípulos la noche antes de ser ejecutado. Su vida concluyó en un fracaso rotundo a los ojos de la política y las estadísticas.

Sin embargo, Jesús venció a la muerte y fue restaurado por el Padre. Su aparente fracaso comenzó mucho antes; al dejar su cielo para encontrarse con la humanidad en todas y cada una de situaciones. ¡Bajó hasta los infiernos! De ahí, que la afirmación haya de ser corregida inmediatamente: Jesús salió victorioso.

Y resucitado se mostró a los discípulos como «Señor». Lo que no significa que todos lo llegaran a comprender. Algunos «se postraron» -se arrodillaron- ante Él como ante el único Dios. Pero «otros vacilaron» -se mantuvieron en pie- porque sus criterios les impedían doblegarse a la victoria sobre la muerte.

A lo largo de la historia nos hemos debatido entre arrodillarnos o mantenernos en pie ante el Misterio de Dios. Nos hemos mantenido en pie, cuando hemos exigido a Cristo que nos liberara de nuestra cruda realidad y ésta no ha variado. Hemos dejado pasar la oportunidad de conocerle como es y, en nuestro enfadado, nos hemos atragantado con la Iglesia. Para después ponernos de rodillas ante el primero que pasaba y nos prometía la libertad y el milagro fácil. Nos hemos arrodillado, cuando hemos comprobado que la cruz y la gloria son contemporáneas: en la vida de Cristo y en la nuestra. Y eso nos ha dado la fuerza para enfrentarnos a la vida con la cara alta -como hijos de Dios-, sin arrodillarnos antes los poderes sociales o políticos.

Hoy Jesús es el «Señor». Aquel que ha bajado de su mundo para ponerse de rodillas ante nosotros. Aquel que ha acogido la humanidad de tal manera que nos educa para amarnos en lo que somos y podemos. Aquel que transita los infiernos de las pandemias de cada momento de la historia perdiendo la propia vida.

Hoy Jesús es el «Señor». Aquel que recoge vidas y levanta corazones para que no nos arrodillemos ni ante un virus ni ante un político ensimismado: sino ante el hermano.

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Necesario e invisible

Jesús, por tres veces, había anunciado su muerte y ahora llega el momento de la despedida.

Anuncia que dejará de estar, en cuerpo mortal, entre ellos y le pedirá al Padre quien les pueda guiar. A partir de ese momento tendrán que buscar a Dios por ellos mismos y descubrirle de una manera nueva. Y, lo más curioso es que cuando se acostumbren a verle resucitado, desaparecerá otra vez.

En estos tiempos hemos ido descubriendo la necesidad que tenemos del personal sanitario, de los cuerpos de seguridad, de reponedores, basureros, etc. En la época más difícil que nos ha tocado vivir comunitariamente, muchas personas y profesiones se han revelado como necesarias.

Hace unos días escuchaba la reflexión de una madre sobre el amor de sus hijos. Ellos, preocupados, parecían minusvalorar lo que para ella era importante: la fe. Sus hijos creían quererla mucho pero no “guardaban sus mandamientos”. El amor de una madre es gratuito y desinteresado, no pide más que amor y no tiene intenciones ocultas. Si unos hijos nos son capaces de venerarlo, ¿qué otro amor van a reconocer? Si «en vida» ella no intuyen lo invisible, ¿qué verán tras su muerte?

El deseo de Jesús era acercar a los discípulos al Padre y regalarles su interés por su reino. Pero llega un momento en que su testimonio humano –como el de la madre- queda agotado. Por mucho que dijera o hablara, ellos tenían sus deseos y su corazón en lo accesorio. Por eso ha de marcharse.

Descubrir lo necesario no es tan obvio. Valorar lo que teníamos ocurre al perderlo. Tenemos todavía un tiempo suficiente para valorar, acoger y reconocer. Es justo y necesario.

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Dos metros

“A dos metros de ti” es el título de la película –dirigida por Justin Baldoni- que reproducía la historia de  Dalton y Katie Prager. Ambos, con fibrosis quística, debían mantenerse a esa distancia para no contaminarse.

Dos metros es la distancia recomendable para no contagiarnos del coronavirus. Una distancia prudente, mas una distancia equívoca. Porque la distancia se guarda o mantiene dependiendo de la vinculación: los metros se sufren cuando las personas –como afirma Mário Quintana- viven cada una en la otra. Esa misma medida resquebraja las relaciones cuando las personas se encierran o se defienden.

Los mismos centímetros que a unos los unen a otros los separan. Si a unos les sirven para realizar proyectos educativos, musicales o de restauración, a otros les impiden soportarse unas horas más. Dos metros son suficientes para amar o para odiar.

Más de dos metros; cientos de kilómetros, eran necesarios en mis campamentos de verano para echar de menos a mi familia y mi casa. La distancia se convertía en maestra personal. A dos metros de los discípulos se encontraba Jesús cuando les dice que se va. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14,3) y con esa decisión va a calibrar la vinculación, dependencia y cariño de aquel discipulado.

La distancia, en centímetros, no impidió que Dalton y Katie llegaran a crear un vínculo especial. La distancia corporal no restó amor a la presencia de Jesús en el corazón de los suyos. Los dos metros preceptivos no han de ser motivo para enfriarnos. Al contrario, han de ser el revulsivo para echarnos de menos, para crear algo y para crecer en la fe. Así lo vivió el Maestro y así lo propuso a los suyos: Yo soy el camino y la verdad y la vida”.

A dos milenios de distancia se nos regalan dos metros de posibilidades.

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Jornada de puertas abiertas

Es el slogan más usado en estos días de estos meses en nuestros colegios. Significa mostrar la oferta educativa de nuestra educación católica concertada a una sociedad que dice elegir todo con criterio y libertad. El caso es abrir las puertas de casa a quien quiera entrar y ver.

Pero, ahora ¿cómo lo hacemos? ¡Si el hashtag es #quedateencasa y cuídate para no contagiarte! Si la puerta ha de permanecer cerrada para protegerse, ¿qué sentido tiene abrir y que entren?

Ante esta realidad, me parece adecuado el giro estratégico de Jesús en evangelio de Juan cuando arguye: “El que entra por la puerta es pastor de las ovejas. Las ovejas atienden a su voz, y él las va llamando por su nombre y las saca fuera” (Jn 10, 2-3). Comparándose a un pastor relata su función de sacar a los suyos y darles la libertad. Como hacía hace unos domingos cuando “estando las puertas cerradas –por miedo- entró Jesús y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros” (Jn 20, 19-20).  Cada vez que el Resucitado aparece provoca el #salsinmiedo

Entonces qué hacemos, ¿nos quedamos o salimos? ¿Nos recluimos o visitamos? “Como aquellos no entendieron de qué les hablaba, añadió: En verdad, en verdad os digo: Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn 10, 9).

En el fondo de estas jornadas anuales, en las que todos nos vestimos de ilusión para darnos a conocer lo que queda de manifiesto es que hacemos muy bien lo que nos gusta, trabajamos por cambiar el mundo y educamos desde el evangelio.

Y para eso no hace falta salir del confinamiento sanitario sino #abrirlaspuertasdelcorazon

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Dar la espalda

Ofrecerse es arriesgarse a ser rechazado. La cruz, los sufrimientos y el dolor tienen la capacidad de encerrarnos en nuestro pequeño mundo o hacernos huir.

La enfermedad, la muerte, el confinamiento –en este momento- provocan un encerramiento profundo a dimensiones en las que no entran ni los que comparten con nosotros el espacio. Lo comprobamos en una María Magdalena que se conforma con llorar ante un muerto, en un Pedro que regresa al lago a pescar, en un Tomás que se niega a aceptar que el amigo vive y en la huida decepcionada de los de Emaús. 

Estos días son dos los que dan la espalda a lo ocurrido horas antes y regresan a su casa quejosos, frustrados y asqueados por un fracaso: «Nosotros esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel». ¡Y aquí estamos! Asustados, encogidos, aislados… Si cada uno pusiéramos de manifiesto nuestras expectativas de fe nos sorprenderíamos. No tanto por descabelladas sino porque sólo apuntaban a la seguridad y al éxito.

Si algo deja claro Jesús -a los que invita a seguirle- es a perder y levantar la propia cruz. Lo que no vacuna ante el miedo y el sufrimiento, pero sí permite ser encontrados. En esa huida se hace presente el resucitado y clarifica la necesidad, propia de lo humano, de aceptarlos para ser salvados. En esta reclusión se hace presente el resucitado y nos muestra la necesidad de acoger, reconocer y anhelar el darse y entregarse.

En el evangelio, vemos cómo se encienden los corazones de aquellos dos huidos y una suerte de resilencia que les lleva de la huida a la invitación: ¡Quédate! Metiendo a Dios en lo más íntimo y dejando iluminar nuestras oscuridades nos demos la espalda ni al presente ni a los nuestros: salgamos y revivamos, sin dar la espalda.

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¿Guardarse o protegerse?

Hace un tiempo, José Tolentino de Mendoça, escribía en su libro, Hacia una espiritualidad de los sentidos: “vivimos en una sociedad dominada por el mito del control… que representa la negación del principio de realidad”. Una realidad en la que nos sentíamos seguros pensando que todo lo sucedido -desesperante y macabro- era para otros, en otros tiempos y otros lugares.

En ese librito de reflexiones cortas auguraba: “Todas las épocas tienen sus patologías… Las enfermedades dominantes nos muestran el punto de dolor escondido, revelan comportamientos y compulsiones, desvelan una vulnerabilidad que es nuestra… el mayor combate de los siglos que nos han precedido ha sido bacteriano o viral”. Con estas palabras anticipaba la vulnerabilidad de nuestro sistema ante pandemias históricas y desconocidas para nuestra experiencia.

Llegado el caso, llegada la enfermedad vírica, ha puesto de manifiesto nuestros comportamientos y nuestras compulsiones: miedos ancestrales a la muerte y al dolor, pánico a la separación definitiva de los nuestros, resistencias al confinamiento, sospechas sobre los que viven a nuestro lado, ruptura de los vínculos más sagrados, y tantas y tantas reacciones que sólo habíamos expresado en documentos de ciencia ficción.

“Es cierto -seguía escribiendo- que de vez en cuando cunde el pánico de una pandemia vírica, pero ese no es el problema… es fundamentalmente el neuronal”. De esto no se libra nadie. Nuestra psicología de supervivencia nos lleva al extremo. Ahora bien, hay excepciones: reaccionan con humanidad entregada las madres, los padres de familia… aquellos que sin mirar a la realidad se preocupan más de los otros que de sí mismos.

Anuncio de evangelio en aquellos que han entregado su vida sin replegarse o guardarse. Aquellas que no han pensado mucho y se han arriesgado a ayudar. Lo vemos en los voluntarios que –con forma de sanitarios, cuerpos de seguridad o tenderos- han hecho de la pandemia, virtud. Es lo que Jesús nos pedía a los que le hemos seguido: “quien pierde su vida por mí, la encontrará”. Por eso, es incomprensible la reserva de algunos de nosotros, llamados a arremangarse y ayudar. 

En este tiempo, cuanto más se piensa, más se justifica ideológicamente el conservarse. Es en esta situación -cuando la tarea se identifica con la supervivencia-, donde muchas religiosas siguen salvando ancianos, donde muchos religiosos salvaguardan la educación de los niños y nuestras congregaciones engrosan las Cáritas para dar de comer.

El Viernes Santo, el capuchino Raniero Cantalamessa proclamaba en el Vaticano: “La pandemia del coronavirus nos ha despertado bruscamente del delirio de omnipotencia”. Y nos ha abocado a confiar pacientemente en lo que ha de venir. Nos ha resignado a rezar y pedir. Ha puesto de manifiesto la vida y misión de los contemplativos de presentar a Dios el mundo.

Nuestra propuesta de vida se construye con lo que la sociedad no contaba: con la providencia divina, la pobreza asumida y la fraternidad entregada. Y ese estilo se pierde protegiéndose y encerrándose. 

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Volverá, de otra manera

Es el momento de reaccionar, de considerar dónde estábamos y lo que se ha perdido.

No hacerlo es situarnos en una suerte de fatalismo, de datos y estadísticas, de muertes y recuperaciones, que informan pero no educan. Y en esa reflexión –que nos hacemos por las noches- reconocer que lo que viene será más fraterno, más sencillo, más misericordioso…

El profeta Oseas –estos días- nos decía: volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia y  comprenderemos” (Cf. Oseas 6,1-6). Y comprender va mucho más allá de encontrar la respuesta adecuada que satisfaga nuestro interés y deseo.

Vivimos en el terreno de la inseguridad propio de la humanidad. Y en esa itinerancia de circunstancias se han sucedido avances y progresos de un mundo posibilitado por el amor de Dios. Tomemos nota de ese “vivir en su presencia”, que no es otra cosa que volver a considerar que vivimos cada día como un regalo de ese Creador que nos mantiene en el ser y que siempre nos hace resurgir.

Suena fuerte y rotundo, en un ámbito educativo como el nuestro. Pero es así. En cuántos momentos nos hemos sentido tan capaces que hasta los segundos vividos nos pertenecían. Se nos ha pasado el agradecer o el pedir. Y hemos invertido mucho en la fuerza de voluntad que nos abocado a un estrés y un cansancio extremos.

Ahora nuestras agendas se han vaciado: Los profes envían trabajo, los chavales los reciben y gestionan con sus familias. Programamos para “hoy”. Algo que nunca nos había sucedido y que, sin embargo, es el parámetro temporal más humano.

Ahora nuestros metros y recorridos se producen en el terreno conocido; en la familia. Pocos metros para vivir mucho. Pocos muros para conocernos de veras. Ahora se nos ofrece la oportunidad de resurgir a una familia nueva, a un barrio más humano, a una ciudad o pueblo más entrañables, a una fe más sencilla y pura.

Terminan las palabras del profeta con un consejo: “Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra”. Como la que lleva unos días bañándonos en el centro de la península para recordarnos que la semilla que pusieron nuestros padres –en casa- y nuestros religiosos –en el cole- ha de germinar. Estamos a tiempo de florecer y soltar amarras: ecología y perdón…

Es momento de reaccionar y de amar, de agradecer y aprender…

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Semana Santa 2020: Es el momento

Este año subía, cómo otros, a Jerusalén. Lo hacía para probar suerte y descubrir algo nuevo de tu Pasión y comprender lo que me estabas pidiendo.

También, por dar luz a los hermanos para los que celebro y por los que ejerzo mi ministerio.

Este año subía muy alegremente. Lo hacía con expectativas y con cierta inconsciencia: pascua infantil, convivencia juvenil, oficios parroquiales, cantos, adornos, textos… 

Y se ha convertido en «el año», en «la hora», que le llega a todo humano para afrontar la muerte, tras días de aislamiento y miedos. Muchos de los nuestros han dado el paso definitivo. Otros lo están acogiendo. Los demás lo daremos después. Y, en estos días, se habrá puesto de manifiesto lo que nos has pedido cada año al llegar los días santos.

Ya es momento de subir para dar la vida, usando mascarilla y guantes.

Ya es momento de caminar guardando las distancias.

Ya es momento de disimular el desgaste ante los que comparten nuestro espacio. 

Ya es momento de demostrar que prometimos entregar la vida para ganarla.

Y lo es porque «para esto he venido al mundo» (Jn 18,37), poniendo de manifiesto que quien se guarda o reserva no sirve para esto (Cf. Mt 10, 37-42).

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