La sorpresa caída del cielo

La nieve caída la semana pasada ha traído un sinfín de sorpresas.

Al principio fue un placer “etéreo” eso de ver nevar en Madrid; en nuestro barrio. Pero, conforme pasaban las horas y los días la cosa cambió: el jueves nos emocionábamos, el viernes nos sorprendíamos, el sábado nos asustábamos y el domingo….

El domingo no se podía salir ni a la calle. Las puestas estaban bloqueadas con un metro de nieve alrededor. Esas imágenes nórdicas de navidad –que se ven en las postales- estaban ante nuestros ojos: todo blanco, todo frío y todo aislado. Aún estamos así porque las inclemencias del tiempo se pueden prever hasta cierto punto y solo se subsanan con mucho trabajo.

Como llevábamos tres días de inacción, pensamos que era mejor ocuparse y salir a quitar nieve. Y en la puerta de la parroquia nos encontramos con la vida, con la de la gente del barrio y sus necesidades reales. La gente joven deambulaba divertida por lo inusitado de la situación, con bolas de nieve, con cartones para deslizarse y con las mascarillas medio quitadas. Un grupo de adolescentes paseaba una bola de nieve que iba en aumento conforme avanzaban: un anticipo del hielo, el aislamiento y desabastecimiento que sobrevendrían. El caso es que a pocos nos dio por quitar la nieve de las entradas de las casas -de la parroquia- mientras los demás paseaban saludando y haciéndonos fotos.

Comenzó la helada a la caída del sol; aquello perdió su encanto y ganó en peligrosidad. Y hasta hoy vivimos sepultados en hielo, en los barrios de las afueras, donde la gente hace colas para comprar pan, leche y tirita de frío en sus habitaciones alquiladas.

Para mí la sorpresa ha dejado de ser la nieve para llamarse César, Horacio, María…  César, el papá gitano que se plantó en la puerta de la parroquia para abrirnos paso, poco a poco, con su pala. Horacio, que subió la compra a nuestra cocinera al encontrársela con la bolsa rota en medio de la calle. A María, que se atrevió a venir a misa de 19’30h para dar gracias a Dios por el embarazo inesperado a sus 44 años. De sus hijas pequeñas que se pusieron a desinfectar los bancos de la Iglesia al terminar la Eucaristía…

Acabó la nevada, ha llegado el hielo y con él las críticas, denuncias y acusaciones de unos políticos que no saben de barrio.  

Me consuela saber que el Maestro de Galilea se pasea por estas calles llamando a César y Pepe, a María y Horacio por sus nombres. Y que no repara en las avenidas y en los nombres de los tecnócratas anónimos. La nieve ha traído solidaridad y ha dejado mucho hielo… ¿Dónde está la verdadera sorpresa?

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Militante

Al buscar en el diccionario, encontramos que “militante” es aquel que forma parte de un grupo o una organización, especialmente de un partido político. Y, según la Tradición de la Iglesia, es la comunidad de los bautizados que está en cada momento de la historia.

En el tiempo en que se escribe el evangelio de Marcos, tanto los seguidores de Juan como los de Jesús bautizan y anuncian el Reino: son militantes. Y hay confusión: Unos piensan que son salvados por convertirse al judaísmo, otros por vivir las bienaventuranzas del nazareno. Una división que se dio al principio y que ahora tenemos que explicar.

Juan zanja la discusión diciendo: “yo no le conocía… y ahora lo he visto y doy testimonio de que es el Hijo de Dios”. Y reconoce la supremacía de Jesús; el Cordero de Dios. A partir de ese momento Juan enviará a sus seguidores a Jesús. Buena estrategia: menguar para que Jesús crezca. Y sus “militantes” pasan a Jesús.

¿Quién de nosotros es capaz de eso? ¿Quién depone la tarea -de buen grado- en manos de otro? ¿Quién cede a sus afiliados? No somos Juan; nos cuesta. Siendo todos bautizados nos abandonar la responsabilidad de un trabajo, un grupo, una comunidad…

El “mundo” no nos entiende. ¡Es difícil entendernos! Comenzando porque bautizados somos muchos y militantes menos. Si acaso, gran mayoría de los bautizados militan en contra de la propia iglesia por dejadez, desconocimiento y viven en la desafección de la institución.

Falta reconocimiento de Cristo en su iglesia. Nos faltan muchos juanes que presenten a Jesús y le hagan ser el importante. Militar hoy es dejar que brille el Evangelio en nuestras propias vidas, con más pobreza, más sencillez y más acogida… militando como Juan.

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Horas nuevas

¡Qué ganas de cambio de año! Esta es la expresión más escuchada en la calle y en los medios de comunicación como si un nuevo marco temporal fuera a solucionarlo todo.

Supongo que María tuvo que desear algo parecido -tras dar a luz a su hijo- escondida tras unas balas de paja. En el momento del alumbramiento no creo que ella y menos José entrevieran la importancia del acontecimiento. La realidad superaba cualquier  proyecto y, nada peor, para una primeriza que estar lejos de su madre, de los cuidados del hogar, con un marido inexperto y sin vecinos a los que recurrir.

¿Habrían llegado ya a lo más bajo de su situación? –se preguntarían-. Pues no, aún vendría la persecución y la huida al extranjero. ¡Como para no desear que el año siguiente fuera distinto!

El tiempo no cura, el tiempo pasa. Y en ese paso continuo de minutos se suceden acontecimientos que soportar y a los que responder. El orden de prioridad lo da la supervivencia y el sentido la perspectiva de Dios. Quizá por eso los evangelios de estos días mezclan el alumbramiento con el Verbo, a María con Israel, la realidad con la gloria divina y la luz con José. Presente y eternidad.

En las horas caducas del 2020 y primerizas del 2021 se nos mezclan el cansancio y la esperanza, la muerte y la vacuna. Y todo eso salpicado de realidad y entusiasmo, a distancia de una clase política que parece discurrir por otras dimensiones temporales.

Jesús es Dios que viene a salvarnos. Y eso no cambia porque la humanidad es la misma y Dios el de siempre. Lo que ansiamos es sentirnos protegidos por su mano en medio de la dificultad. Y a ese cambio se podrían apuntar todos los que se sienten huérfanos de sentido en estos tiempos de pandemia.

¡Qué ganas de cambio de año! –me digo-, mientras arranco la hoja de diciembre  y coloco la de enero con prudencia. Con el mismo cuidado y esperanza con los que María deposita al bebé entre la paja.  Con la misma ilusión de saber que ha venido y que no se va a ir. Con ganas, con muchas ganas de vivir las horas nuevas.

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Esperanza a plazos

En estos tiempos en los que se vive “porque Dios quiere” muchas de las personas de la parroquia confiesan que contraer el virus, como afrontar cada bache de la vida, les lleva a saborear la vida a sorbos.

«Señor, déjame llegar a la comunión de mi nieto… a la confirmación de la niña, que vea a mis hijos situados».  

Nosotros acostumbrados, a nuestro pesar, a tener que adquirir todo a plazos no nos damos cuenta de que es una manera muy sana de vivir. No de sobrevivir, sino de vivir. Si no que se lo digan a Simeón al descubrir al Mesías en el bebé de un matrimonio forastero. Hasta ese momento sus expectativas, y las de su pueblo, habían consistido en dar pequeños sorbos de esperanza con cada rey, con cada batalla, con cada fiesta, con cada persona. Pero, llega el momento y se desvanecen los plazos.

«Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz».

Se han colmado la fe y la esperanza: ¡Está aquí, el Señor! ¿En qué plazos nos movemos? ¿Qué esperanza nos mueve? No sé si caminamos en la Vida Consagrada con la naturalidad de una abuela, la sensatez de un padre o la alegría de un nieto. Pero lo que si percibo es que nuestros plazos se acortan esperando decisiones capitulares y no tanto a Cristo.

Si nuestros ojos han visto la Salvación, acojamos los plazos y saboreemos la vida como nos ha enseñado esta pandemia.

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Sin Navidad

Tengo una sensación extraña, como si se nos hubiera robado la Navidad. Los mismos sentimientos que de chaval tenía al abandonar la jovialidad de las fiestas y volver a preparar la cartera para ir al colegio.

La situación de pandemia se nos impone para estar en precariedad, para no juntarnos, para evitar abrazarnos e incluso pelearnos. Por responsabilidad personal acatamos la multitud de normativas fluctuantes que nos caen, pero por eso mismo sentimos que este año se va a quedar en blanco de afecto.

Dar prioridad a la salud es un tópico de nuestros días. Porque la salud es un medio para obtener la vida en plenitud. La salud de por sí, sin nadie con quien compartirla y con quien disfrutarla, sirve para poco.

Claro, es para proteger a los otros. Es cierto. Ahí aparece un motivo a tener en cuenta. Pero en esta afirmación repetida, me siento preparando la tarea del primer día de curso en enero: sin ganas y enfadado.

Proteger es cuidar. Y cuidar es preocuparse. Y preocuparse es trabajar por el bien del otro. Como hizo José en aquel establo de Belén.

Proteger no es legislar. Legislar no es imponer. Porque lo que viene después suena a decretos, a censos e impuestos. Como en aquella época romana.

Tenemos una Navidad cruda. Navidad pelada. Pero Navidad esencial. Quedan María, José y el Niño. Y eso sí que es volver al comienzo. Una realidad nueva, buscada desde el corazón, que ahora se nos hace patente y necesaria.

Tengo una sensación extraña: he de dejar las fiestas y los barullos para adentrarme en lo cotidiano y lo esencial. Quizá en un Enero lleno de posibilidades y repleto de necesidades. Como un niño al que se le ha mostrado que estar juntos y celebrar a Dios hecho un niño es lo más hermoso; aunque el mundo crea que eso es relativo. Como al adulto al que se pretende dejar sin Navidad, cuando lo que se consigue es ir a lo simple y esencial.

 

 

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Sin palabras

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

Los saludos siempre abren al diálogo y reconocen al otro. En este domingo encontramos a un arcángel entrando en presencia de María y pronunciando una frase llena de contenido y de cariño nunca antes oída. Por eso ella queda confundida y no sabe ni qué decir.

Los saludos en la Tradición judía se repiten pero en este caso no es así, quizá porque el acontecimiento era nuevo. La historia más grande jamás propuesta se hace a la joven más sencilla de un pueblo de Nazaret. La manifestación más gloriosa de Dios ocurre en el lugar más recóndito. Y de ello queda constancia en un diálogo sencillo que nos asoma a la respuesta más simple y grata de una mujer: ¡Si!

Los saludos de hoy están en revisión. Nuestros emoticonos o memes sustituyen a la palabra cálida pronunciada al oído. Incluso en la época en la precisamos de más comunicación –por tener que permanecer incomunicados- tenemos prisas para escuchar y proponer. Y las respuestas no se hacen esperar: son rápidas y volátiles.

El saludo del Adviento “Ven Señor Jesús” es una petición y una súplica. Una exigencia sencilla para que Dios nos envíe el mensaje de sus deseos sobre nosotros. Con velas y oraciones suplimos al ángel y, sin embargo, la respuesta que se espera de nosotros es la misma que entonces; en María.

Ojalá en estos días Dios encuentre gracia suficiente en nosotros para acoger a ese Niño en nuestras comunidades. Lugares de diálogo, de propuestas y respuestas. ¡Con palabras!

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¿Cuántos hay?

Fijémonos bien porque tiene que haber -entre vosotros- alguno al que no conocéis todavía.

Con esta invitación, Juan recrimina a los sacerdotes y levitas su incapacidad para intuir la llegada del Mesías y su afán por desautorizarle. Es la misma invitación que se nos hace a nosotros, teniendo en cuenta la situación que vivimos y lo difícil que ahora es reconocerse.

Aquellos personajes, representantes de la religión y moral judías, estaban ciegos. La oscuridad de sus prejuicios y la cerrazón de su orgullo les impedían comprender quién era Juan -a quien veían- y el Mesías -al que no esperaban-. La ceguera no es sólo ausencia de vista, sino una percepción pobre de la realidad y no poner nombre –rostro- a los que entran en escena es vivir en la penumbra. Juan afirma que es preciso arriesgarse y salir a la luz. Una manera es interesarnos por los que Dios nos regala con agradecimiento y consideración.

En estos días de Adviento tenemos la oportunidad de reconocer a los que no han formado parte de nuestra historia. Es el momento de regalarles una especie de «participación de lotería» en el número de nuestra vida.

Es una nueva cuenta que no resta sino que suma. Una decisión que nos añade personas y vidas, rostros e historias, nombres y voces que darán -a buen seguro- otra orientación a nuestra vida.

Hemos abierto la puerta al otro.  Y en esa actitud hemos preparado la llegada al Señor; que se nos cuela en el que nunca habíamos considerado. Todo esto suma. Suma, aumenta y prolonga nuestros contactos y nuestras felicitaciones. Todo esto nos abre. Nos abre a dar oportunidades a familiares y conocidos a los que no les habíamos concedido antes ni el beneficio de la duda. Todo esto da alegría al que nos acercamos y nos concede el gozo de descubrirnos más humanos.

Todo esto con mascarilla y casi sin rostro nos lleva a realizar una nueva cuenta y a preguntarnos: ¿Cuántos hay?

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María, ¡qué gracia!

La Iglesia celebra a María -la llena de gracia- y se nos propone confiar en la bondad del ser humano.

Estamos tan acostumbrados a comenzar por los errores, por los pecados, por la cerrazón de la humanidad, que necesitamos -por contraste- ver a María como una privilegiada. Esta forma teológica de argumentar ha quedado inscrita en los tuétanos de la devoción mariana, de tal manera que las exageraciones sobre María no son responsabilidad del pueblo de Dios.

Creo que el pueblo llano, escuchando durante siglos nuestras predicaciones, ha asumido cierta negatividad, pero ha mejorado la situación de María. Y lo ha hecho -como lo hacemos nosotros- por ser su Madre.

Un arcángel, enviado por Dios, se acercó a ella, y respetando su persona la saludó con uno de los piropos más hermosos que jamás se habían oído. Y claro, María «se turbó ante aquellas palabras» que nunca había escuchado. El ángel la tranquilizó diciendo: «no temas María, porque has encontrado gracia ante Dios». Y  ella escuchó, se fió y comenzó la historia de la Salvación; de un modo distinto al esperado.

El contraste lo ofrecen Adán y Eva cuando, tras recibir el Edén como herencia, se dedican a vivir a costa del Creador. Se creen el culmen de la Creación y abusan y corrompen el encargo de Dios. Cuando el Altísimo descubre que aquellos dos tortolitos se esconden de Él los «pone en su lugar» para poder repartir responsabilidades entre todas las criaturas.

La historia no es un fracaso ni queda abocada al pecado. La historia es bien real. Hubiera sido un fracaso si no hubiera existido María. Una criatura «llena de gracia» y abierta al plan de Dios. Una mujer consciente de sus posibilidades, de las dificultades de su situación y de la hermosura del plan de Dios.

Esta es la grandeza de María que, ahora nosotros, queremos rescatar. Una respuesta simple que la sitúa en un lugar preeminente; en el lugar donde Dios quiso que estuviera la humanidad. Y ahora somos nosotros, los que hemos predicado pecados y negatividades, los que nos sorprendemos de los privilegios que las gentes han dado a María. Y es que la gente sencilla sabe que su historia no está abocada al fracaso. Sabe sobreponerse a cualquier contrariedad y se lo reconoce a María, su Madre.

En estos tiempos en los que necesitamos sumar hasta oraciones, que nos libre Dios de cuestionar los «rosarios y devociones» de la gente sencilla y nos haga gustar -por un instante- de la gracia que rebosa el «Avemaría».

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Adviento sin Cortylandia

Este año el Adviento ha perdido fuerza. Para evitar las aglomeraciones de gente no se va a poner esa representación musical con la que, un centro comercial de Madrid, anuncia la Navidad.

Esta noticia ha desanimado a los niños y a los padres que iban al centro de la ciudad para detenerse ante la fachada de la tienda a ver muñecos articulados, escuchar cantos edulcorados e historias forzadas. Y después, la invitación a entrar y comprar; que para eso están.

¿Quién pone ahora la corona de Adviento con entusiasmo? Si ya están las ciudades con las luces encendidas. Mientras, nosotros con el gesto de ir poco a poco, domingo a domingo para llegar a la Natividad del Señor. Hemos perdido el ritmo mientras nos adelantan las loterías, turrones, adornos, villancicos y cenas.

Y eso es cada año. Pero este fatídico 2020 ha corrido mucho más para intentar darnos motivos de alegría y soportar el virus. Y así, desde septiembre, se nos anuncia la Navidad y, desde noviembre, se nos ponen cortapisas. ¡No sé exactamente si no animan o aburren!

De momento, nosotros vamos a poner las velas de Adviento en las iglesias y a encenderlas una a una: Una por los enfermos, otra por los muertos, otra por los niños y otra por los ancianos… Y se nos quedan cortas las velas y las ganas.

Este año la Navidad ha perdido su fuerza mientras Dios sigue naciendo.  Un aliciente para montar el pequeño nacimiento en nuestras familias y comunidades, en el centro de la casa, con poco aforo y mucho sentido.

Así este año ha perdido fuerza Cortylandia, no lo permitamos en el Adviento.

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¿Todo bien?

Pues no, todo bien no.

Ahora nos ha dado por saludarnos con la pregunta que no deja margen a respuesta. Una cuestión cerrada que nos aboca a tener que contestar que sí o que no. ¡Vamos! Blanco o negro.

A mí personalmente no me agrada. Ha sustituido al: ¿Qué tal? ¿Cómo te va? ¿Qué es de tu vida? y ha dejado en silencio al interlocutor porque, ¿quién puede decir que todo lo va bien o mal? Nadie.

Estamos en tránsito. Aún no hemos llegado al final de los tiempos o de los días de nuestra vida de los que habla el evangelio de este fin del tiempo litúrgico: «Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria reunirá a todas las naciones». Y, aun así, no preguntará ¿Todo bien?

Sus preguntas, si es que son como las nuestras, se referirán a nuestro modo de proceder limitado y fragmentario: regular, a medias, a ratos, más o menos. Sólo hay que recordar que Jesús comenzó el Reino de Dios con más gestos que palabras: convirtió el agua en vino, curó a los enfermos, echó demonios y -sólo después-, contó parábolas y dijo frases abiertas a la comprensión posterior. El actuar fue previo al hablar y no agotó todo, ni el bien ni el mal.

Como nosotros somos más de hablar que de hacer y más de emitir que de escuchar, nos ha caído el neologismo como anillo al dedo. Y preferimos saludar de esta nueva manera sin detenernos ni un centímetro a esperar respuesta. Entre otras cosas porque no la hay.  

El Evangelio de Mateo asegura que cuando Cristo venga y reine en majestad animará a los que ha escuchado durante toda su vida y por los que ha derramado sangre diciéndoles: «Venid benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo».

Entonces, sobrarán las palabras y expresiones. Y quedará en el olvido aquella que plasma nuestro individualismo social en tiempo de pandemia: ¿Todo bien?

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