Más que un verbo

papa-francisco-invita-cristianos-acoger-inmigrantes-refugiados“Acoger” es el verbo más conjugado -últimamente- en los medios de comunicación para referirse a las masas de migrantes que llegan a nuestras fronteras europeas.

Acoger es más que un verbo, es la invitación que hace Jesús, a sus discípulos, a lo más pequeños y a los que no cuentan. Y la cara de sorpresa la podemos imaginar viendo la nuestra ante la invitación de abrir nuestras vidas a los que llegan.

Jesús -afirma Marcos- iba “instruyendo a sus discípulos”. Les quería hacer caer en la cuenta de la dificultad de seguir los planes de Dios. Hacía unos días que había corregido a Pedro, y ahora tenía que hacerlo con todos ellos, pero a solas, sin gente. Porque se ha dado cuenta de que las respuestas a su pregunta y el modo de relacionarse entre ellos no dista mucho de lo que decían y hacían antes de ser llamados por Él.

Imaginémonos dentro del grupo de los discípulos, caminando por Galilea. Consideremos que el Señor puede darse la vuelta y preguntarnos: –”¿De qué discutís por el camino?” ¿Qué le responderíamos?

- Que nos duele el corazón al ver familias rotas, niños perdidos llegar a nuestras costas en barcazas hinchables. Que brota de nosotros un sentimiento pasajero de compasión.

- O que tenemos ya suficientes emigrantes, familias en paro, situaciones de necesidad y dificultades económicas como para más. Que brota de nosotros un razonamiento de cerrazón.

“Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante”. Ellos no estaban pendientes del sufrimiento de las gentes a las que iban a ser enviados. No les dolía el sufrimiento lo suficiente como para llenar sus conversaciones. No se sentían implicados en la tarea del Reino de Dios como para olvidarse de sus necesidades…

Nosotros, ¿qué respondemos? ¿Estamos pendientes del sufrimiento de las gentes a las que estamos enviados? ¿Nos duele el sufrimiento lo suficiente como para llenar nuestras conversaciones? ¿Nos sentimos implicados en la tarea de Cristo como para olvidarnos de nuestras necesidades?

La distancia del corazón se refleja en nuestras palabras, pero más en nuestras decisiones. Y en la acogida de esos hermanos se va a fraguar nuestro futuro.

Recordemos que para Dios todos somos importantes; y aún más los más perdidos y frágiles. Por eso, cuando estemos tentados de pensar en la imposibilidad de hacer frente a las migraciones, de abrir nuestras fraternidad, de mostrarnos misericordiosos más de una temporada, traigamos a la memoria que “acercando a un niño, lo puso en medio, lo abrazó y dijo: –El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.

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Descúbrete, descúbrele

name-jesus-christ-under-observation-magnifying-glass-observed-shows-synonyms-messiah-bread-life-lamb-god-light-60323401Jesús y sus discípulos están cerca de la ciudad que el tetrarca Filipo dedicó al emperador Tiberio. Una ciudad muy antigua, con cultos a todos los dioses posibles de la antigüedad.

Y es, en ese entorno, donde Jesús toma la temperatura de aquellos galileos que le siguen: “¿Quién dice la gente que soy yo?”

La respuesta es inmediata, no se hace esperar. Jesús es una especie de reencarnación del Bautista, una reaparición misteriosa de Elías, un profeta surgido ante la dominación romana. Recogen la opinión y les puede la apariencia.

Una serie de apreciaciones por las que no pasan los años. Si preguntamos a los nuestros, a los cercanos, nos encontramos con: un solucionador de problemas, un sanador de terminales, un pacificador en las afrentas y sustentador ante los desastres.

¿Quién acierta? Pues Pedro, el “lanzado” de Pedro. Acierta con la misma calidad que Google cuando tecleamos las verdades del Credo. Con una generalidad e imprecisión como quien no le conociera. Y claro, Jesús no es un Mesías al uso; es más que un candidato político, un cooperante, un sanador, un maestro o un voluntario. 

¿Quién yerra? Pues también Pedro. Porque vuelca en Él las expectativas de quien quiere vivir sin problemas y sin sufrimientos. Solicitar su poder para hacernos progresar, curarnos o darnos trabajo es “tentarlo”. Y quien tienta, es Satanás.

¿Quién responde? Pues Jesús, que ha venido -en carne- para no dejarnos hundir por la fragilidad y tomar el peso de nuestra vida: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

Pedro toma la temperatura de su torpeza al proyectar sobre el amigo Jesús lo que no ha venido a hacer. ¿Y tú?, ¿qué dices del Él? Ponte el termómetro y descúbrete.., descúbrele.

 

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Descartado

sad_teddy_bear_by_worldii-d5h82akJesús atraviesa la zona de las doce ciudades romanas, zona pagana donde las haya, y realiza dos curaciones: la de una niña poseída -que hoy no se refleja- y la de un sordo. Dos descartados de la fe judía.

El sordo es presentado a Jesús. Lo acompañan porque él no puede expresarse. Le prestan unas palabras -que nunca ha oído- para ponerlo ante Jesús, Palabra de Vida, y que “le imponga las manos”. Jesús lo aparta del grupo y, quedándose solo, lo modela de nuevo: los oídos y la lengua; le da la capacidad para oír y para hablar. Después, “mirando al cielo, suspiró y le dijo effetá”, y le abrió a la relación con el mundo.

Cuando nosotros nacimos, las primeras voces que escucharon nuestros oídos -percibida ya en el seno- fue la de nuestros padres. Tuvimos la suerte de relacionarnos con los demás y con Dios sin tapujos, sin impedimentos, sin carencias. La voz de los otros se coló sin pretenderlo.

Termina el evangelio con la alabanza de los extranjeros de Sidón a Jesús como el nuevo creador: “Todo lo ha hecho bien” -decían-. Una alabanza acallada en la boca de los judíos, religiosos y cumplidores.

La sociedad de Jesús se había quedado sorda para escuchar la voluntad de Dios y muda para poder contarla a los demás. No acepta que Dios se incline ante los que la Ley descarta. Han olvidado que Creador tras modelar cada criatura “vio que todo era bueno”.

¿Y la nuestra? ¿No habrá perdido cierta capacidad para oírle en su Palabra, en la liturgia de la creación y no la reconoce ya en los hombres. Se ha quedado sorda y muda de Dios y de los hombres.  

Dios no se calla. Se fija en el clamor de “los pobres del mundo” y busca “hacerlos ricos en la fe y herederos del reino”. Porque Él no es ni sordo ni mudo. Será que no lo sabemos traducir, ni presentar. Será que nos quedamos sordos ante sus deseos. Será que nos sentimos los único intérpretes de la voz de Dios y nos cerramos -como los judíos- a su novedad.

Hoy Jesús atraviesa las fronteras de nuestra realidad y hemos de poner todo en sus manos, sin descartar ni nada ni a nadie.

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El virus fariseo

imagesJuzgar por apariencias es una actitud que Jesús rechaza por completo y que, en nosotros, se inocula con facilidad.

Eran fariseos y escribas los que tenían envidia de Jesús por la gente que arrastraba tras de sí. Y al no poder ellos hacer nada al respecto se acercan a juzgar su método. Juzgan por lo que ven y llegan a la conclusión de que esa forma de vivir la religión judía puede acabar con sus tradiciones; con su propia conciencia de pueblo.

Jesús les bautiza con el apelativo con el que se les va a conocer toda la historia “hipócritas” y los desenmascara -delante de la gente- haciendo ver que ponen a Dios y a la religión a su servicio.

Nosotros vivimos la fe dentro de una religión; con raigambre judía. La fe es nuestro asentimiento -de corazón- a un Dios que nos crea y ama, a un Padre que nos salva en su Hijo. Sin esa experiencia nuestra religión se queda vacía. Se convierte en una carcasa vistosa a merced de las modas. Podría ser cualquier club deportivo, costumbre familiar,  conjunto de canciones o de pinturas famosas.

¡Cuánto fariseísmo no hay en nuestras costumbres cristianas! ¡Cuánta repetición, tradición, conserva y norma! Y claro, cuando se pierde a Cristo -la persona- todo se convierte en opción moral. Lo que viene después se llena de prejuicios, juicios y sentencias. Olvidamos la medida de Dios para imponer la nuestra. Y la nuestra es demasiado pobre, egoísta e insensata. Atenta contra nosotros y usurpa el juicio reservado para Dios.

Por eso, la Palabra nos pone en guardia ante este virus de apariencia inocua y acaramelada. Que entra bajo forma de cumplimiento y sale con demasiado control con los que nos rodean.

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Adornar el pan

Progresista-Internacional-Ajustable-Pan-Portero_2El Hijo de Dios vino a nuestra realidad a través de la carne de María. Pero a mí me cuesta, todavía hoy, asumir la carne de Cristo.

Prefiero considerarle como hombre solidario, justo, fiel a acogerle como pan de vida. Se me antoja más progresista predicarle como cooperante que presentarle como Salvador.

No hay camino al Padre que no pase por la humanidad de Cristo. Y esta consideración se la debemos al evangelio de Juan. Un evangelio escrito por una comunidad acosada por judíos ortodoxos -que negaban radicalmente la encarnación- y cuestionada por la filosofía griega -que prefería verle personificado en la Sabiduría-. De ahí que Juan use términos difíciles de tragar: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, “El que coma de este pan vivirá para siempre”. “Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Unas expresiones que provocaron la duda y el bochorno en muchos de los discípulos y unas referencias que suscitan sospechas teológicas en algunos de nosotros.

El evangelio apostilla diciendo: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”. ¿Qué te provoca la frase? ¿Te habla de cielo o te obliga a la traducción? ¿Te abre a la Salvación o te recluye en lo sociopolítico?  

Sin embargo, Cristo es lo que es. Es pan y es Palabra. Y acercarse a Él es quererle como se presenta, no cómo nos gustaría. ¡Cuántos – a lo largo de la historia- no habrán abandonado a Cristo por no responder a sus expectativas!

¡Señor, líbrame de maquillar tu presencia y manipular tu mensaje! Si eres pan, aliméntame. Si eres Palabra, edúcame. ¡Ah!, y que yo no adultere el alimento de mis hermanos.

 

 

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La primera

asunLa primera sí, la primera en dejarse atravesar por el Misterio de Dios es la primera en entrar en el reino de la luz.

Su hijo Jesús había dicho que quien quiera ser primero que sea servidor de todos. Y eso ocurrió desde el primer instante, cuando un enviado de Dios le propone que en ella ocurra lo que nunca ha sucedido: dejarse hacer desde las entrañas. La primera renuncia o el primer anuncio; ¡como se quiera ver!

También había recordado que el que recibe a un niño en su nombre, recibe a aquel que le envió. Y así ocurre en la joven María, recibe al niño Dios, acoge el descenso de todo un Dios para entrar en la historia. Y ser produce el primer servicio, dar carne a la Palabra.

Y aprisa se puso en camino para ver a su prima Isabel. Para contarle lo ocurrido y para que ella le ayudara a comprender. Y ahí está el primer discernimiento.

No había entrado en la casa cuando Isabel, llena del Espíritu, reconoce a la prima, a la mujer, a la judía, a la confiada María y provoca en ella el agradecimiento y la alabanza. Recoge la bondad y el reconocimiento que la mujer merece desde siempre y que nadie puede ni quitarle ni añadirle: se sabe elegida, bendita porque a través de ella cambiará la historia de la humanidad.  Y anticipa lo que serán todos aquellos que se saben en manos de Dios y con la posibilidad de hacer justicia y potenciar lo bello.

Lo que la Iglesia recuerda y celebra es el lugar definitivo donde esa joven tiene su reconocimiento. Que irá más allá de la fama social, de la devoción religiosa, de la reivindicación política. Que María, la joven judía, es ya esa “mujer vestida de sol, con la luna por pedestal y coronada con doce estrellas”. Y que es acogida en el cielo, como Jesús fue acogido en su seno.

Y por ella, se oyó una gran voz en el cielo: “Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo”. A causa de María, la primera.

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Entre la queja y la crítica

quejasEn aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo».

Otro día le criticaron por repartir pan, el anterior por contar historias y mucho antes por ser Galileo. Y así, remontándose en el tiempo, a la crítica por ser hijo de quien era. Una situación vivida en algún momento de nuestra vida: la de ser criticados.

Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida!» Una reacción provocada por el calor, cercana a una insolación, en una de esas olas de calor que había “antiguamente” y que aún no se contabilizaban en las estadísticas. Una queja que expresaba el cansancio del profeta por las miles de dificultades para llevar la voz de Dios a un pueblo que no quería escuchar.

Dos fragmentos de la Palabra que nos llevan de la crítica a la queja. Dos situaciones humanas que le suceden a todo hijo de Dios. Dos reacciones ante la incomprensible voluntad de Dios en lo que se vive. Dos formas de desesperar como si no hubiera Salvación.

El que se siente y se sabe hijo de Dios no puede reaccionar como todo el mundo ante lo que todo el mundo critica y se queja. Jesús nos alienta: “Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad”. Porque la crítica sólo genera malestar y sospecha; es difícil de reconducir porque se nos va la lengua y desvía la confianza. Porque la queja sólo siembra cansancio e imposibilidad.

“No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final”. Y es cierto. Porque aquel que toma a Cristo, el pan de la vida, no ha de dejarse llevar por el cansancio y la sospecha. ¡Bueno, puede hacerlo! Ahora, estará ahogando la fuerza de Dios y el testimonio. El gozo de tener a Cristo en esta vida y la confianza eterna. Vamos, como los judíos… entre la crítica y la queja.

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¿Qué pan apeteces?

pane-shutterstock_198572078-smallNunca nos saciamos de pan y milagros, queremos más y más. Y eso no significa que nos fiemos de Dios. Dice más de nuestro interés en tener la vida asegurada y la panza llena.

Lo afirma Jesús en el evangelio: “Me buscáis… porque comisteis pan hasta saciaros”, y lo dice porque conoce – por propia experiencia- la manipulación que hacemos de Dios con nuestras peticiones y nuestras acciones de gracias.

Esta realidad -tan humana- nos lleva a responder: ¿qué pan nos sacia? Porque hay panes que, llenando el estómago, nos quitan la libertad. Son panes repartidos en esclavitud, panes seguros con sabor a hierro y a sudor; panes de Egipto. Pero panes seguros. Hay panes que nos obligan a confiar en Dios; son panes de los que llegan providencialmente y de manera gratuita. Aparecen cuando menos lo esperamos y saben a camino y a desierto. Son panes inciertos.

A mí me encanta el “pan de cada día”, el que no pedimos en la oración del Padrenuestro porque en ella anhelamos el pan de toda la semana. Y en la cantidad está mi fracaso; porque no puedo consumirlo todo y se pone duro y mohoso.

Quizá por eso el pan que recibía Israel por el desierto servía sólo para una jornada. El “maná” les liberó de apetecer lo inmediato y de fiarse del Faraón, y les hizo comer y buscar la seguridad que sólo viene de Dios. Para ello tuvieron que salir y ponerse en camino hacia lo desconocido. 

¿Por qué pan trabajamos? Mejor: ¿Desde dónde pedimos el pan? ¿Desde la seguridad y la esclavitud o desde la inseguridad y la confianza? Cuando uno camina y vive itinerante no asegura ni casa, ni pan, ni raíces.

Jesús se nos presenta como el alimento que no perece. Buscarle a Él es descubrir lo que Dios quiere de nosotros y agradecer lo que nos da para el camino. Quién le rechaza se queda atado a los panes de este mundo que exigen trabajo, pleitesía y esclavitud. Quien le acepta se libera de los tiempos y espacios y se sacia de confianza. ¿Qué pan buscas?

 

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Nos parece poco

63-carta-960x640Subido a una montaña “Jesús levantó los ojos y, vio que acudía mucha gente”. ¿Dónde estaba Jesús situado para tener que levantar la mirada? ¿No había subido a la montaña?

Jesús, debía estar “por debajo” de la gente para tener que levantar la mirada. Quizá por eso, por estar a esa altura, descubre su necesidad y provoca la respuesta de sus discípulos: primero la de Felipe, después la de Andrés. Respuestas que reconocemos como nuestras cuando nos situamos ante las situaciones injustas e inabarcables: “Son muchos”, “No tenemos para tantos”, “Lo que tenemos es muy poco”…

Es el momento en el que, ante la sorpresa de todos, Jesús pide a la gente sentarse en el suelo y que confíe en Él. Y, anticipando la Última Cena, “tomó los panes, pronunció la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados”. Se saciaron todos y sobró… La noche fatídica de la Pasión repartirá su vida en pan y vino “por todos los hombres” para saciarnos hasta nuestros días. ¡Con una sola vida! ¡Con un pan y una copa de vino!

La gente al ver  el signo lo reconoció como Mesías. Y nosotros en misa, al ver el mismo signo, ¿lo reconocemos como al Hijo de Dios? Si es así, hemos de entrar en la lógica del pan y del milagro. Y para eso hemos de dejar de mirar lo que no tenemos, lo que nos falta, para agradecer lo que poseemos y se nos regala.

Dios pone siempre más en nosotros de lo que apreciamos. Y eso se ve desde el camino, desde abajo. Si nos quedamos en la lógica del éxito, la mirada se lanza desde la altura en la que nos han puesto y, desde ahí no se puede apreciar la necesidad de los demás ni nuestra capacidad para solventarla.

Dios ha querido estar siempre, abajo. Donde la gente se agota, se cansa y camina con grandes cargas a las espaldas. Está en África pronunciando la acción de gracias por un puñado de arroz, en América suspirando por la libertad, en Asia descubriendo la fuerza del evangelio, en Oceanía recogiendo la fe en medio de los desastres y en Europa cuestionando la acogida de los que llegan.

Poco, a los ojos altaneros y mucho, a la mirada humilde. Aunque, claro, siempre nos parece poco.

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No parar

crowd-concert-fans-cheering-audience-at-music-show-coachella-4k-slow-motion_ejhdh6o4__F0000La tranquilidad y el sosiego no definen la vida del discípulo.

Al contrario, hay que cansarse y desgastarse por los caminos como hacía el Maestro. Lo comprobamos en ese ir y venir, anunciar y sanar, explicar y curar de los que se habían fiado del envío de Jesús. Por eso, son invitados a descansar en la barca y poder evaluar sus andanzas.

Pero la tranquilidad dura poco en la barca del discípulo y la gente les seguía corriendo por la orilla. Tantos, “que no encontraban tiempo ni para comer”.

Y antes de que la queja -lógica por otro lado- brotara de los labios de aquellos galileos Jesús les devuelve a la tarea. Ya habrá tiempo para descansar. Lo que ahora prima es la necesidad de aquellas gentes a las que nadie escuchaba, ni atendía y valoraba.

Otra gran lección para aquellos que se han embarcado en el Reino. En muchos momentos, tras la marcha de Jesús, recordarán cómo perdía hasta el resuello por atender a quien tenía delante. Y en muchos otros, descubrirán que el descanso y la tranquilidad no son ingredientes para la misión.

¿Entonces no tenemos derecho a descansar? Buena pregunta. Pero aún hay otra mejor: ¿Cansa tanto el darse y entregarse? Pues se cansa quien considera que las fuerzas salen de sí mismo y las capacidades son personales. Se agota quien no sabe beber de la verdadera fuente. Quiere vacaciones quien se encuentra aprisionado entre la gente. Se cansa el mal pastor; el que tasa las horas de trabajo y le importa más su salario que las ovejas.

Quien se arriesga a seguir a Cristo sabe que sus necesidades están en función de las de los demás; quien renuncia al tiempo propio y se vacía desproporcionadamente. 

Quien se arriesga a seguir a Cristo descubrirá que el Señor sacia, descansa, cura y enseña de una forma muy especial; en la medida en la que uno se entrega.

Quien se arriesga a seguir a Cristo se enfrenta a un “no parar”.

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