Deluxe

Cuando hallas algo inesperado y te cautiva, ¿eres capaz de dejarlo todo para comenzar de nuevo?

El Reino de Dios se compone de gente que ha encontrado la voluntad de Dios y le ha cambiado la vida. El evangelio compara el valor del Reino con el de un tesoro, un comerciante de perlas y una red repleta de peces. Es una desproporción que arrastra a hacer locuras y, a la vez, asusta por el cambio de valores que provoca; es la emoción de la fe.

Para explicarla nadie mejor que Jesús, que como buen letrado era capaz de dar luz al presente con las verdades de siempre. Y –en este caso- lo hace con el ejemplo de la «compra» y del «discernimiento».

Fijémonos que tras el hallazgo del tesoro o de la perla preciosa más de dos hubiéramos salido corriendo con ellos bajo el brazo. Y, sin embargo, en el ejemplo se vende todo y se compra el campo y la perla. Todo lo que se tenía se ha depreciado frente al valor de tesoro y perla. Y se compran.

Cristo es un tesoro escondido en el campo de la Iglesia; encontrarlo supone el riesgo de invertir en una nueva familia, donde él se esconde. Ciertamente, el tesoro es él… pero el terreno es el lugar escogido para habitar. Y son la historia y las gentes, las culturas y la geografía lo que da carne al Maestro. Encontrarlo lleva a dejar para adquirir.

La otra dimensión es la capacidad para discernir el bien del mal, lo que Dios quiere de nuestros deseos, los que siguen a Jesús por amor o por interés, los que viven la vida con sentido o inconscientemente. Y se muestra en esa red de pesca que acoge a todos sin ser seleccionados. La separación, el espulgue vendrá después, pero ese es otro evangelio.

Descubrir el tesoro y comprar el campo que lo aloja es un lujo; un lujo de sentido.

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Cyzaware

No sé qué símil utilizaría el Maestro hoy. Pero los virus informáticos –porque el COVID 19 es más delicado- se me antojan muy parecidos a lo que Jesús nos explica en el Evangelio.

El sistema operativo de cada uno de nosotros es bueno y capaz, pero está expuesto a que aparezca algún virus que, imitándolo, lo destroce. Para eso se han inventado los antivirus; para reforzar el sistema original y defenderlo. Y ahí estamos nosotros, creciendo, trabajando y defendiéndonos en un mundo variopinto y diverso. Y cayendo en la cuenta de que: ¡Cuántos más virus, mejores antivirus!

Pero, ¿no sería mejor acabar con ellos? Pues supongo que sí. Es la pregunta que -en el evangelio- hacen los criados al amo, tentados de acabar de una vez con la cizaña. El amo les contesta que tengan paciencia, que dejen crecer juntos -al trigo y a la cizaña- y que él se encargará de separarlos al final del tiempo.

Nosotros somos impacientes. Preferimos cortar de raíz una situación o excluir a una persona para vivir tranquilos y sin sobresaltos. Nos erigimos en jueces; pretendiendo saber quién es trigo y quién virus o cizaña y haciendo prevalecer nuestro criterio. Extirpar un virus de raíz puede llevarnos a borrar todo el sistema; cargándonos los contenidos buenos junto con los dañados. Y eso, sí que es un riesgo… Pero hay otro derivado: ¿Quién te dice que tú no eres cizaña o virus para tu hermano? ¿No debías ser tú también extirpado?

Ahora nosotros debemos ser pacientes. No nos queda otra esperando una vacuna contra el virus biológico que ha cambiado la vida y el mundo. Nos obliga a comprender la paciencia de Dios que no quiere perder a ninguno, aunque para ello tenga que dejarnos crecer con lo adverso: con la cizaña o con virus.

Así pues, como el trigo y la cizaña van a seguir estando juntos, no nos queda otra que entrenarnos. Como el virus y los contagios van a convivir con nosotros debemos mantener las medidas de seguridad sin dejar de ser trigo y trigo del bueno.

¡Quien no levante su cruz detrás de Jesús no es digno Él! Eso sí que es un buen antivirus…

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Vuelven las prisas

¡Qué prisas para sembrar y para cosechar! Después de un confinamiento que nos ha tenido latentes en casas, estamos de nuevo con un ritmo poco sano.

 Comienza el evangelio diciendo que Jesús se sentó al otro lado del lago y «les habló mucho rato en parábolas», perdiendo tiempo; sin prisas, como si no tuviera otra cosa que hacer. Y lo hizo poniéndose en la piel de aquella gente de pueblo; hablándoles con su lenguaje y usando ejemplos de su vida cotidiana.  

Les explicó el reino de Dios como si fuera una siembra. Le dijo que a Dios Padre le pertenecen la tierra, la semilla y el fruto. Y les fue desgranando el ejemplo: La semilla es la Palabra de Dios y la esparce Jesús. La tierra somos nosotros con nuestras peculiaridades. Y el fruto, aquello que permitimos que nazca. El querer de Dios sale de él y a él llega, transformada -o no- en fruto: «no volverá a Él vacía, sino que hará su voluntad y cumplirá su encargo».

Todos creemos ser tierra buena. La mala, la pedregosa, la polvorienta se da en los demás… Juzgamos la vida de los otros por sus frutos, sin saber si en ellos se depositó mucha o poca semilla. Les evaluamos sin considerar el cuidado que Dios puso en ellos o las dificultades que tuvieron para fructificar. Mientras que somos muy benévolos con nosotros mismos sin querer reconocer que no cumplimos el sueño de Dios.

El caso es que esa Palabra precisa más de paciencia que de honradez. Es Dios el que sigue sembrando y cosechando donde uno menos espera. Mientras tanto, la Creación entera está esperando a que tú y yo escuchemos y cumplamos lo que Dios quiere y demos a luz el fruto esperado. Sin querer apropiarnos de lo que no es nuestro.

Y en esto -como en casi nada- las prisas no son buenas dejémonos hacer. El sosiego y el calor del verano pueden contribuir a ralentizar el ritmo de producción y a admirar los campos del reino. Y, en medio de todo esto, con protección y cuidado ante el famoso virus; sin prisas.

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¡Esto no vende!

Llegados al tiempo de verano, nos encontramos con un evangelio que nos sosiega y descansa. Pero, ¡hay que tener bien puestos los afectos para decirlo!

Desde que Jesús nace provoca rechazo en aquellos que controlan el mundo y a los hombres. Jesús es un hombre de Dios, que habla de la paz y que entra en Jerusalén subido en un asno. Los sabios y entendidos no se dan por enterados ya que eso les obligaría a caminar por los caminos, a escuchar el sufrimiento de su pueblo y a vivir sencillamente. Cierran los ojos a entender lo del reino de Dios.

Por otro lado encontramos a los sencillos. La tradición judía los llamaba «anawin» -pobres de solemnidad- y la tradición evangélica los reconocerá como «pobres de espíritu» -vacíos de sí mismos-. El caso es que a éstos, el Espíritu Santo, les ha dado el don de ciencia: la capacidad de comprender la relación que hay entre lo creado y Dios, el lugar que les corresponde y confían más en Jesucristo que en las obras de sus manos.

De esos pobres yo conozco a muchos. La mayoría levanta una cruz muy pesada y no ha tenido una vida muy fácil. Muchos han nacido en exclusión, otros conviven con la enfermedad, algunos se han arruinado y hasta los hay que han perdido la buena fama. Todos ellos me han enseñado que su sufrimiento forma parte de la cruz que levanta Cristo y que debo amar mi cruz para comenzar a ser pobre. ¡Claro, eso no lo puede entender quien razona desde sus fuerzas y sus logros!

He tenido mucho tiempo de confinamiento para considerar que muchos hemos profesado pobreza, pero no es fácil acoger la fragilidad y la limitación de los demás; nos cansan y agotan. El mismo Jesús lo experimentó como tentación; de ahí su ofrecimiento: «Venid a mí los cansados y agobiados». Ciertamente, luego nos inquieta diciendo: «Cargad con mi yugo». Pero es que el «yugo» de Cristo ¡soy yo! Lo soy por llevar mucho tiempo luchando contra mí mismo e intentando no depender de nadie. Eso me ha alejado de Cristo y ha aumentando el peso de una carga auto impuesta.

Por eso, sólo cuando comience a entender que Dios me ama gratuitamente, tal como soy, me fiaré de Él y me pondré junto a él como un niño. Y entonces, sólo entonces, «su yugo será llevadero y su carga ligera».

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Rivalizando

Este evangelio parece un cúmulo de consejos -dados por Jesús a unos discípulos que no tienen los criterios claros- o una serie de yuxtaposiciones de sabiduría sin conexiones internas.

Como si el evangelista Mateo hubiera metido en un cajón de sastre todo lo referente a aquel que es enviado a la misión.

Aún así, se ve una lógica interna en su contenido de riesgo y de libertad. Y supongo, que en el sosiego de una tarde de verano, cada uno ve conexiones entre las propuestas del maestro. Y se dibuja el desconcierto de mensajes que se produce en nosotros cuando el Señor nos propone algo y nuestro corazón tiene un hervidero de amoríos.

Una de mis abuelas me preguntaba muy a menudo a quién quería más, si a ella o a mi otra abuela. No sé qué esperaba escuchar, supongo que a ella, pero en mí se producía un bullir de sentimiento y una paralización de la lengua. Algo parecido me sucede cuando surge un problema familiar y he de ordenar obligaciones con respecto a los hermanos con los que vivo.

En cada caso sale Dios al paso y me hace sentir que Él no rivaliza con nadie. Mi corazón es obra suya y sólo Él sabe cómo darle orden y concierto. El amor de Dios no entra en el juego torticero de la exclusión del amor parental o fraterno… esos límites los ponemos nosotros. Y a veces siento que los tenemos tan poco trabajados como en el noviciado.

Las tensiones y los recortes los provoca el optar por la esclavitud y no por la libertad. En la carta a los Romanos se nos pregunta si «estamos muertos al pecado y vivos para Dios» o si seguimos bajo el influjo de la mala conciencia. Y si no nos atrevemos a detenernos y responder estamos atándonos y atando de pies y manos. Salir de este laberinto es difícil si no nos arriesgamos a tomar la propia cruz y tirar hacia Cristo.

Por eso, acababa diciéndole a la abuela, que las quería a las dos. Algo que no se esperaba pero que sólo puede conocer un corazón indiviso. Sin rivalizar.

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¿Miedo?

Miedo, lo que se dice miedo, a uno mismo.

En las palabras -que empasta el evangelio- de Mateo subyace la idea de que quien «anda en bien» no ha de temer a nada ni a nadie, y quien anda de «mal en peor» tampoco porque está en el ámbito de la mentira y de la corrupción. El actuar de una manera o de otra dice mucho de nuestros valores y de nuestras opciones.

Ir bien por la vida es estar de parte del Reino de Dios nos sitúa en la verdad, en la justicia, en el bien… lo que no nos da un salvoconducto ante el sufrimiento o los contratiempos. Nos pone en la parte de Cristo, cuya vida no fue -precisamente- un éxito. Pero nos vincula a Él. Y, junto a él, no hay ni muerte, ni enfermedad, ni injusticia, ni persecución… porque le tenemos. Así nos convertimos en «testigos» por la manera de soportar la tribulación y de resistir ante la adversidad. Es donde se comprende que el tesoro del cristiano es tener a Cristo, ante el que hasta la misma vida -como la conocemos- se devalúa.

Trampear en la vida es avanzar sin seguridad, avanzar sin pisar en sitio seguro. De ahí, que se busque apoyarse en los fuertes, sacar beneficio de las relaciones con los demás y agarrarse a lo que nos da este mundo. Una historia que se fragua con medias verdades, la omisión de socorro, la cerrazón en las propias verdades, el rechazo del distinto y la satisfacción de las propias necesidades. Y, claro, el olvido del prójimo. En esta línea no necesitamos a Dios porque ya tenemos lo que precisamos y a los que nos propician los placeres. En este ámbito hay que pagar una factura: la salud, la tranquilidad y la seguridad.

¿Dónde te sitúas? Tras lo vivido en estos meses, en los que se nos ha ofrecido comenzar de nuevo puedes optar por trampear o volar. Con Cristo el Señor que te da la libertad o con lo tuyo que te ata.

Tras estas palabras evangélicas reconocemos la fuente del miedo; el situarnos en decir continuamente una cosa y vivir otra. Y eso agota y cansa. Y no produce los frutos que Dios quiere. Y sólo potencia la raigambre del pecado que refleja la carta a los Romanos y que me ofrece la esperanza de pensar que el único que puede salvarme de mí mismo es Cristo. Y ahí se esfuman los miedos.

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El cómo y el por qué

Cuando nos aman no hay que preguntarse tanto…

Nos encanta saber el motivo por el que nos regalan algo, nos prestan atención y nos quieren. No nos basta con el «cómo» se nos demuestra el cariño, sino que queremos saber -a ciencia cierta- el «por qué».

Eso mismo nos ocurre con Dios. Somos seres creados por amor y nos sentimos vivos cuando somos amados y podemos amar. Dios es Amor y nos envió a su Hijo para demostrárnoslo; y lo hizo hasta sus últimas consecuencias. El «cómo» nos salvó. Pero no nos basta… queremos saber los «porqués» de su humildad, su sometimiento, su negativa a discutir, su dejarse matar. Y que podría haber sido de otra manera, con otros tintes, sin sufrir tanto…

Pero, mira tú por dónde, hoy se nos ofrece el «por qué»: «El hijo ha venido para salvar no para condenar». ¡Bien, ya tenemos el por qué! Pero tampoco nos satisface. La terminología nos abruma y nos asusta la imagen que subyace: nos salva un Dios Amor y nos condena un Dios Justiciero. Lo que está de fondo es nuestra libertad y nuestra confianza. 

¿En qué Dios crees? ¿En el que ha vivido Jesús o en el que no te cabe en la razón? Piensa que a Jesús le ha costado la vida mostrártelo y a ti sólo un dolor de cabeza pensarlo.

Mira, mejor que te pongas delante del Señor y le mires. Leas su evangelio y le contemples hablando, curando, acariciando, partiendo panes… Estamos en unos días nuevos en los que hemos aprendido a apreciar los detalles del «cómo»; desinteresadamente. Por amor de Dios y a los demás… Sin preguntarte si los demás te juzgan por el cómo lo haces o el por qué te entregas. ¿Lo entiendes ahora?

Ese es un ejercicio sencillo que nuestros -hermanos y hermanas- contemplativos hacen cada día para dar gracias a Dios por el cómo, sin detenerse tanto en el por qué.

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Generar consenso

¿Cuántas muertes y contagios hacen falta para que la clase política nos dé ejemplo? En la época de la pedagogía del aprendizaje cooperativo, de las decisiones consensuadas y de las tareas en red desayunamos división.

Hay una falta de sentido común increíble en los que hemos elegido -o no- en una de las situaciones más trágicas de nuestra historia. Y una falsedad informativa que traslada la responsabilidad a las calles. Clase política y adláteres informativos entretenidos en buscar réditos electorales o incrementos de “share”.

Les pido sólo un día. Para venirse al barrio y comprobar que las caceroladas o las banderas tricolores son reflejo de una división gestada en los despachos. La gente -cansada de permanecer encerrada entre cuatro paredes-, está asusta por el incremento solapado de los alquileres, se encuentra desprotegida por la falta de liquidez en los Ertes prometidos y manifiesta su frustración en las calles. Los que no cobran y comienzan a pasar hambre no son los responsables de la división…

Les invito -a unos y a otras- a que vengan a Caritas y prueben –con mascarilla y guantes-, a poner tiritas en unas heridas profundas que no tienen visos de cicatrizar. Les animo a realizar derivaciones de familias a unas oficinas de Asuntos Sociales que siguen cerradas. Les reto a informar a una madre que sólo se le puede da un ticket de comida para el mes.

Desde una parroquia de barrio, atendida por dos congregaciones religiosas sencillas, me atrevo a preguntar al gobierno y a la su oposición, ¿qué hará falta para ustedes cambien? Y me arriesgo a responder: dejar de cobrar un mes, compartir vivienda  y gastos, hacer cola en la parroquia para recoger una bolsa de no perecederos, ser multados por transitar el barrio en busca de trabajo o enseres. Ninguno de ustedes vive en nuestros barrios y el que vivía, se ha ido a la sierra. Y me siento obligado a pedirles que dejen de pelearse, honren a nuestros muertos, amorticen lo que les pagamos y pónganse de acuerdo.  

En la época de la pedagogía del aprendizaje cooperativo, de las decisiones consensuadas y de las tareas en red necesitamos ejemplos de humanidad y generosidad porque nos sobran comparecencias y palabrería.

Pero para eso, hace falta mucho Espíritu Santo, alguien a quien ustedes no conocen porque está por las calles del barrio. Quien nos ha sostenido durante la enfermedad y la muerte. El único que gobierna nuestra historia. Él que genera el consenso.

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¿En pie o de rodillas?

Jesús fue un fracasado a los ojos de todos. No acabó con el sufrimiento, la enfermedad o el dolor. No estableció un doctorado en teología en el templo, ni regentó una sinagoga. Jesús no pudo retener ni tan siquiera a sus discípulos la noche antes de ser ejecutado. Su vida concluyó en un fracaso rotundo a los ojos de la política y las estadísticas.

Sin embargo, Jesús venció a la muerte y fue restaurado por el Padre. Su aparente fracaso comenzó mucho antes; al dejar su cielo para encontrarse con la humanidad en todas y cada una de situaciones. ¡Bajó hasta los infiernos! De ahí, que la afirmación haya de ser corregida inmediatamente: Jesús salió victorioso.

Y resucitado se mostró a los discípulos como «Señor». Lo que no significa que todos lo llegaran a comprender. Algunos «se postraron» -se arrodillaron- ante Él como ante el único Dios. Pero «otros vacilaron» -se mantuvieron en pie- porque sus criterios les impedían doblegarse a la victoria sobre la muerte.

A lo largo de la historia nos hemos debatido entre arrodillarnos o mantenernos en pie ante el Misterio de Dios. Nos hemos mantenido en pie, cuando hemos exigido a Cristo que nos liberara de nuestra cruda realidad y ésta no ha variado. Hemos dejado pasar la oportunidad de conocerle como es y, en nuestro enfadado, nos hemos atragantado con la Iglesia. Para después ponernos de rodillas ante el primero que pasaba y nos prometía la libertad y el milagro fácil. Nos hemos arrodillado, cuando hemos comprobado que la cruz y la gloria son contemporáneas: en la vida de Cristo y en la nuestra. Y eso nos ha dado la fuerza para enfrentarnos a la vida con la cara alta -como hijos de Dios-, sin arrodillarnos antes los poderes sociales o políticos.

Hoy Jesús es el «Señor». Aquel que ha bajado de su mundo para ponerse de rodillas ante nosotros. Aquel que ha acogido la humanidad de tal manera que nos educa para amarnos en lo que somos y podemos. Aquel que transita los infiernos de las pandemias de cada momento de la historia perdiendo la propia vida.

Hoy Jesús es el «Señor». Aquel que recoge vidas y levanta corazones para que no nos arrodillemos ni ante un virus ni ante un político ensimismado: sino ante el hermano.

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Necesario e invisible

Jesús, por tres veces, había anunciado su muerte y ahora llega el momento de la despedida.

Anuncia que dejará de estar, en cuerpo mortal, entre ellos y le pedirá al Padre quien les pueda guiar. A partir de ese momento tendrán que buscar a Dios por ellos mismos y descubrirle de una manera nueva. Y, lo más curioso es que cuando se acostumbren a verle resucitado, desaparecerá otra vez.

En estos tiempos hemos ido descubriendo la necesidad que tenemos del personal sanitario, de los cuerpos de seguridad, de reponedores, basureros, etc. En la época más difícil que nos ha tocado vivir comunitariamente, muchas personas y profesiones se han revelado como necesarias.

Hace unos días escuchaba la reflexión de una madre sobre el amor de sus hijos. Ellos, preocupados, parecían minusvalorar lo que para ella era importante: la fe. Sus hijos creían quererla mucho pero no “guardaban sus mandamientos”. El amor de una madre es gratuito y desinteresado, no pide más que amor y no tiene intenciones ocultas. Si unos hijos nos son capaces de venerarlo, ¿qué otro amor van a reconocer? Si «en vida» ella no intuyen lo invisible, ¿qué verán tras su muerte?

El deseo de Jesús era acercar a los discípulos al Padre y regalarles su interés por su reino. Pero llega un momento en que su testimonio humano –como el de la madre- queda agotado. Por mucho que dijera o hablara, ellos tenían sus deseos y su corazón en lo accesorio. Por eso ha de marcharse.

Descubrir lo necesario no es tan obvio. Valorar lo que teníamos ocurre al perderlo. Tenemos todavía un tiempo suficiente para valorar, acoger y reconocer. Es justo y necesario.

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