¿Cuántos hay?

el-amor-siempre-se-suma-nunca-se-restaFijaos bien porque tiene que haber entre vosotros alguno al que no conocéis todavía. Seguro… ¡Mirad bien!

Con esta invitación, Juan recrimina a los sacerdotes y levitas su incapacidad para intuir la llegada del Mesías y su afán por desautorizarle. Es la misma invitación, que se te hace hoy, a considerar cuántas personas conviven contigo y te pasan inadvertidas.

Aquellos personajes, representantes de la religión y moral judías, estaban ciegos. La oscuridad de sus prejuicios y la cerrazón de su orgullo les impedían comprender quién era Juan -a quien veían- y el Mesías -al que no esperaban-. La ceguera no es sólo ausencia de vista, sino una percepción pobre de la realidad. Y que no pongamos nombre y rostro a los que entran en escena junto a nosotros, es vivir en penumbra.

Juan afirma que para contar y tener en cuenta, es preciso vivir en la luz. Y nuestro interés -por los que Dios nos regala- se manifiesta en el agradecimiento y en la consideración por los ellos. En estos días de Adviento vamos a dar una oportunidad a aquellos que no cuentan en nuestra historia. Vamos a regalarles una especie de “participación de lotería” en el número de nuestra vida.

Así comienza una nueva cuenta que no resta hacia atrás sino que suma hacia adelante: personas y vidas, rostros e historias, nombres y voces nuevas que darán -a buen seguro- otra orientación a nuestras vida. Hemos abierto la puerta al otro.  Y en esa actitud hemos preparado la llegada al Señor; que se nos cuela en aquel al que nunca habíamos considerado.

Todo esto suma. Suma, aumenta y prolonga nuestros contactos y nuestras felicitaciones. Todo esto nos abre. Nos abre a dar oportunidades a familiares y conocidos a los que no les habíamos concedido ni el beneficio de la duda. Todo esto da alegría al que nos acercamos y nos concede el gozo de descubrirnos más humanos. Y es que dónde estés -este año- harás una cuenta nueva y mirando te preguntarás: ¿Cuántos hay?

 

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María: ¡qué gracia!

Maria-jesúsLa Iglesia celebra a María -la llena de gracia- y se nos propone confiar en la bondad del ser humano.

Estamos tan acostumbrados a comenzar por los errores, por los pecados, por la cerrazón de la humanidad, que necesitamos -por contraste- ver a María como una privilegiada. Esta forma teológica de argumentar ha quedado inscrita en los tuétanos de la devoción mariana, de tal manera que las exageraciones sobre María no son responsabilidad del pueblo de Dios.

Creo que el pueblo llano, escuchando durante siglos nuestras predicaciones, ha asumido cierta negatividad, pero ha mejorado la situación de María. Y lo ha hecho -como lo hacemos nosotros- por ser su Madre.

Un arcángel, enviado por Dios, se acercó a ella, y respetando su persona la saludó con uno de los piropos más hermosos que jamás se habían oído. Y claro, María “se turbó ante aquellas palabras” que nunca había escuchado. El ángel la tranquilizó diciendo: “no temas María, porque has encontrado gracia ante Dios”. Y  ella escuchó, se fió y comenzó la historia de la Salvación; de un modo distinto al esperado.

El contraste lo ofrecen Adán y Eva cuando, tras recibir el Edén como herencia, se dedican a vivir a costa del Creador. Se creen el culmen de la Creación y abusan y corrompen el encargo de Dios. Cuando el Altísimo descubre que aquellos dos tortolitos se esconden de Él los “pone en su lugar” para poder repartir responsabilidades entre todas las criaturas.

La historia no es un fracaso ni queda abocada al pecado. La historia es bien real. Hubiera sido un fracaso si no hubiera existido María. Una criatura “llena de gracia” y abierta al plan de Dios. Una mujer consciente de sus posibilidades, de las dificultades de su situación y de la hermosura del plan de Dios.

Esta es la grandeza de María que, ahora nosotros, queremos rescatar. Un respuesta simple que la sitúa en un lugar preeminente; en el lugar donde Dios quiso que estuviera la humanidad. Y ahora, somos nosotros, los que hemos predicado pecados y negatividades los que nos sorprendemos de los privilegios que las gentes han colgado e María. Y es que la gente sencilla sabe que su historia no está abocada al fracaso. Sabe sobreponerse a cualquier contrariedad y se lo reconoce a María, su Madre.

Que nos libre Dios, por consejo de María, de cuestionar los “rosarios y devociones” de la gente sencilla y nos haga gustar -por un instante- de la gracia que rebosa el “Avemaría” del pueblo sencillo; al que perteneció María: ¡Qué gracia!

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¿Qué, cómo y cuándo esperar?

dark_candlelight_prevEl 1 de octubre escuché el primer anuncio de Navidad en la radio. Dos meses y medio antes del acontecimiento se nos hace estar atentos y ahorrar.

Jesús hoy nos invita a esperar: “Mirad, vigilad pues no sabéis cuándo será el momento”. Y este slogan lo vamos a repetir en todas las iglesias, con todos los rezos y cantos. Pero, ¿qué entiende la gente? La frase, la dirige Jesús a unos discípulos que no lo comprendieron cuando lo tenían ante sus ojos. La recordarán tras Pentecostés cuando ya no lo veían sin entender la actualidad de su insistencia. La repitieron nuestros catequistas cada año para introducirnos en la liturgia. Sin embargo, interpretamos mejor el anuncio del centro comercial de moda que el de hace dos mil años.

Y es que este mundo, en el que estamos, sabe gestionar mejor la necesidad de la espera que nosotros. La prevé, la motiva y la acompaña para que compremos su producto. Y lo adereza con colores dorados, canciones familiares y lo culmina con golpe de suerte.

Si Jesús estuviera aquí en cuerpo mortal sabría cómo interpretar nuestros deseos y servirse de la actualidad para llevarnos a su corazón. Mientras Él actualiza, nosotros repetimos. Lo mismo cada año, con las mismas notas y ambientes rancios por miedo a adulterar el mensaje. Y de tanto conservar nos caduca la esperanza y ya nadie espera en Adviento. No porque sean malos, torpes, impíos.. sino porque nacemos en otra sensibilidad y con otros ritmos. Y por ser buenos y cumplidores, abocamos a nuestra gente a poner en el templo una vela a Dios -en la corona- cien al mundo que les motiva mucho más.

Y entre morados e imperativos, liturgias y cantos no esperamos a quien nos espera. No le vemos porque estamos en otra onda, porque hemos trastocado su whatsApp, porque estamos entretenemos comprando, porque nos encerramos en nuestras necesidades sin descubrir las de nadie, porque alzamos nuestra voz para no percibir la suya, porque creamos ambiente con las velas mientras se nos enfría el corazón.

Pero Él nos espera. No le extraña nuestra apatía. Lo que le sorprende es que sigamos  estigmatizando un mundo que actualiza la espera con más ilusión y esperanza de lo que queremos. Lo que no le extraña es que en nuestras iglesias y liturgias perdamos la tensión y el interés. Pero la Esperanza es una virtud que Dios nos regala para encontrarle en cada momento con los brazos abiertos de una madre que acaricia el seno donde se gesta le vida. Ese anuncio sí que emociona… hasta en Octubre.

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La presente representación

22274514-cabras-ovejas-en-hierba-altaMuchas series de tv hablan de nobles y coronas, y en todas se busca que el plebeyo sea reconocido como el verdadero rey. Al final del año litúrgico, es el nazareno crucificado el que se presenta como el rey del universo. Con una puesta en escena genial.

El juicio final, que nos muestra hoy a un Cristo Rey, dicta una sentencia presente y nos hace comprender que el pasado y el futuro se unifican en el amor.

El final de la Creación se representa en un escenario descrito por Mateo. Es tan plástico que los pintores, de todos los tiempos, no se han resistido a representarlo y a sugerir su idea de salvación o condenación.

La obra se introduce así: “Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria reunirá a todas las naciones”. Y lo hará tal y como prometió en su Ascensión a los cielos; y esta vez no será de carne e historia, sino transido Espíritu y gloria. En esa sinfonía de inicio contactan pasado y el futuro.

De inmediato hace su aparición el actor principal: Jesús. Lo hace en majestad y mostrándose como juez del Reino del Padre; del reinado que él vino a traer. Su papel tiene mucha fuerza pues ha de impartir justicia -en el presente- a los que nadie ha defiende ni ha defendido nunca. Éstos entran en escena a modo de rebaño de ovejas dóciles, fecundas y fieles. Entre ellos hay mucha familiaridad, parecen conocerse. No hay más que recordar que a Jesús, en vida, se le llamó el Cordero de Dios. A la vez aparecen, por el lado contrario un grupo deshilachado y perdido: son cabras díscolas, imprevisibles e infieles. El protagonista y ellas no se reconocen.

Y el hecho es que palabras, lo que se dice palabras, se oyen pocas. Quizá porque Jesús -el protagonista- las ha dicho ya todas o prefirió los gestos a los argumentos: convirtió el agua en vino, curó a los enfermos, echó demonios y, sólo después, contó parábolas e iluminó con doctrina. El actuar fue previo al hablar y llenó de contenido su mensaje. Y aquí se encuentra ante el público; situando a cada uno en su lugar. Y poniéndose Él, en el suyo.

¿Dónde estamos nosotros en esta obra? Somos el presentes o el futuro de la representación? ¿Asistimos pasivos a lo que ocurre o nos situamos en uno de los lados? Las tendencias artísticas destacan más al proceso que el resultado. Y, aquí Mateo lo ejemplifica la mar de bien: el juicio presente aglutina pasado y futuro, ovejas y cabras, a ti y a mí con nuestros antepasados, al amor entregado con la posibilidad de amar.

El juicio se anticipa en el presente -como representación- para arrodillarnos ante el verdadero rey: protagonista de nuestra serie favorita y nuestra verdadera historia.

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No somos pobres

cq5dam.web.1280.1280La vida es el primer don que se nos regala. No es nuestro. Se nos da para gestionarla y transformar el mundo en reino de Dios. Con una libertad grande, con muchas posibilidades… por eso, no somos pobres. Pero podemos serlo si no la aprovechamos y gastamos según nuestra capacidad y para contribuir al bien común.

Jesús compara a Dios con un hombre que se marcha de viaje -sin especificar el tiempo- y da a cada empleado -nosotros- unos talentos. Ellos han de invertir los talentos -moneda griega- para obtener como fruto una serie de intereses y dar las ganancias al dueño. Dos de ellos, producen y entregan todo el fruto de su trabajo; no se reservan nada. Otro, conserva el talento y vive al día: es pobre.

Ahora viene la comparación contigo:

¿Te fías de Dios, tu Creador, que te da la vida y las posibilidades para dar fruto? Si te fías de él, puedes producir y colaborar con Él en la transformación del mundo. Si se te ha concedido el don de la alegría serás capaz de sembrar sonrisas; si sabes servir harás la vida hermosa para quien vive contigo; si tienes facilidad para comunicar te relacionarás con todos; si tiene buen gusto serás capaz de ver destacar la belleza de Dios para tus hermanos; y si es el de la gestión serás ecuánime y humano. Por eso, revísate y entrega lo que se te ha dado. Eres rico.

¿Desconfías de Dios y lo consideras un patrón exigente? Seguramente tu vinculación con la fe sea una costumbre fría e infantil. Pactas milagros y velas para no perder mucho en el recorrido de una vida que consideras tuya. Pero ¡ten cuidado! Lo poco que tienes y conservas para ti te puede aislar de los demás y asentarte en la amargura: “al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará”. Te quedas sin nada ni nadie. Eres pobre.

Nuestra riqueza está en que podemos elegir. Otros no han tenido tanta suerte. Y nuestra pobreza se funda en pasar por esta vida sin pena ni gloria.

¡No permitas que se pierda! Entrégala tú, como hacen tantos a tu lado… como hizo Cristo. Aunque sea sólo porque tú no estás tirado por las calles y vagas buscando un lugar donde puedas pasar la noche. Tienes tanto y a tantos… que hoy, Jornada Mundial de la pobreza, has de dar muchas gracias a Dios por tu vida. Y, ojalá, seas capaz de soltar peso y arriesgarte a invertir en amor. Y si quieres ser pobre, que sea de esos que se dejan hacer por Dios para ser a su gusto. Esa es la mayor y mejor inversión.

 

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En tensión

emprendedores-entusiasmo-cualidad-vital_1_2468323Jesús usa una costumbre propia de las bodas judías para descubrir cómo ansiamos el encuentro con Él. En la reacción de unas muchachas quedamos retratados todos, ya que el encuentro personal producirá en cualquier momento.

El evangelio no nos habla de la muerte. Son las palabras de san Pablo -“al son de la trompeta divina, descenderá de cielo”- las que restringen el encuentro al final de los tiempos.

Dios vive en tensión; está en medio de nosotros. La acción del Espíritu Santo propicia que Jesús salga a nuestro encuenrro el domingo, en la Palabra, en los sacramentos y en los hermanos. El encuentro es tan cotidiano que nos pasa inadvertido y no valoramos su presencia. No sucede con los que compartimos la vida: perdemos la tensión y nos relajamos en la distancias cortas.

El entusiasmo y la expectación por el encuentro con Cristo se ejemplifica con el “aceite” necesario para que ardieran aquellas lámparas con cabo que alumbraban las noches. Y que hoy nos pasa inadvertido con la luz eléctrica.

Ese entusiasmo y esa expectación, por la llegada de quien esperamos, sí puede compararse a tener carga suficiente en el teléfono móvil, una cerveza fría en la nevera y un rato libre para acoger.

Entusiasmo y expectación que desaparecen cuando no esperamos que nadie pueda sorprendernos. Cuando nos hemos acostumbrado a “lo de siempre”, a las mismas personas, las mismas actividades y las mismas misas.

Cuando ya no esperamos a nadie, no esperamos a Dios. Hemos entrado en la necedad de del día a día donde las relaciones personales cansan, aburren y hastían. Hemos llegado a la hora en que “llega el novio” y nos da igual que esté en la puerta, que en el templo, que a nuestro lado… ¿Cuánta desafección vivimos entre nosotros? ¿Qué dejadez vivimos en la práctica religiosa?

Jesús vive en tensión el mutuo encuentro. El entusiasmo lo sigue trayendo él. Él puede hacer arder nuestro corazón con o sin aceite. Pero, ciertamente, hace falta que hoy te levantes y salgas al encuentro de tu hermano, recuperes la tensión y disfrutes del mismo Cristo.

Eso sí, vive en tensión… de amor.

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Pero, ¿alguien está dispuesto?

testimonials¿Hay alguien que quiera ser el último, sirviendo y pasando inadvertido?

El ser transparente no es un opción en esta sociedad nuestra. Buscamos significación mediática y presencial para sentirnos importantes y acogidos. Y las palabras de Jesús proponiendo humildad, trabajo callado e implícito, parecen intragables.

Este fragmento está reelaborado por los primeros cristianos que, en tiempos de Mateo, están siendo perseguidos por anunciar a Jesús resucitado. Ellos retoman la palabras del Maestro que les animan y defienden y, también, las que les dan identidad. Ser humildes, va a ser el modo de responder -los “cristianos”- a aquellos que les critican y desvalorizan a Cristo. Y el adjetivo “hipócritas”, la defensa ante los fariseos que les rechazan.

Muchas de las reacciones que tenemos y de la palabras que emitimos dependen del contexto que vivimos. A veces, ni nosotros mismos comprendemos nuestras salidas de tono. Los demás las sufren y tampoco saben cómo explicarlas. Pero lo que es verdad, es que podemos dar la impresión de decir una cosa y vivir la contraria; como los fariseos.

Supongo que mucha gente se “echa para atrás” al entrar en contacto con nosotros. Ven nuestras incoherencias de curas, de religiosos, de matrimonios o grupos de jóvenes y se van. Encuentran dentro lo que ya tienen fuera. Y es cierto, pero no es menos verdad que el único al que seguimos, el verdadero modelo, el que no falla es Cristo.

Si yo fuera sencillo para presentarme como torpe y ofrecerme como instrumento, seguro que sería más testigo y menos protagonista. Y entonces las palabras de Jesús no causarían tanta extrañeza: no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor”.

Revisemos, también, en nuestra comunidad y el testimonio que damos: ¿Hay alguno que quiera servir y  pasar inadvertido?

 

 

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Con el paso de los años

34a248_1La reflexión y el sosiego no siempre nos posibilitan descubrir lo esencial. En muchos momentos, la presión a la que nos someten los otros es la que nos hace reaccionar de manera eficiente.

A Jesús le sucede ante la prueba que le ponen los fariseos. Ante ellos saca la perspicacia y la sabiduría que le caracterizaban y que encantaba a sus seguidores. Los fariseos habían estructurado su religión en torno a unos seiscientos trece preceptos y pretendían que la gente sencilla recurriera a ellos para interpretarlos, comprenderlos y poder vivirlos. Se sentían cuestionados por las predicaciones del galileo y estaban perdiendo adeptos. De ahí que le acosaran a preguntas para descubrir su metodología y su ortodoxia.

¿Qué predicaba Jesús? Daba pautas sencillas para que cada uno pudiera reconocer si vivía en la verdad o se manejaba hipócritamente. Posibilitaba acercarse a Dios y a su voluntad. Y animaba a pasarse al evangelio sin gastos de portabilidad. Ante la dispersión de preceptos mosaicos, Jesús resume: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y todo tu ser” (Dt) y “al tu prójimo como a ti mismo” (Lv).

Nunca antes se había comparado el Amor a Dios al del prójimo. ¡Claro! Nunca antes Dios se había hecho un prójimo. En el corazón de Jesús se da lo esencial del Amor: del corazón compasivo de un Dios que ama a todos, lo no amable y de forma gratuita, y del corazón necesitado de un hombre que le cuesta saberse amar a sí mismo y ama peor a su prójimo.

La síntesis la podemos vivir nosotros en nuestro pequeño corazón si recordamos el mandato -el único y sintético-, que nos dio el Maestro: “Amaos como yo os he amado” (Jn 13, 34).  Según ese “modo” es fácil ponerse a amar y no enredarse en normas y mandatos que nos sirven -casi siempre- para justificarnos y no poner el corazón en nuestra vida cotidiana.

Una verdad que voy descubriendo con el paso de los años.

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Cada uno en su sitio

Persecuted ChristianLos herodianos y los saduceos eran colaboracionistas con Roma. Los fariseos, por su parte, consideraban inmoral e ilícito pagar un impuesto que tenía acuñado al César como si fuera un dios.

Unos eran políticos, los otros religiosos. Rivales entre ellos, pero capaces de llegar “a un acuerdo para comprometer a Jesús”. Mientras tanto quien sufría era el pueblo llano que pagaba y era utilizado por unos y otros.

No era extraño que la gente -de a pie- se agolpara para escuchar a Jesús; que sólo buscaba la voluntad de Dios y el bien de los sencillos. Y menos raro, que buscaran, los sabios y entendidos, el momento para acusar a Jesús de lo que fuera: de hereje, mentiroso o sedicioso.

Fue en ese contexto donde pronuncia la famosa sentencia, “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, y que tanto se ha esgrimido para resaltar que lo social y lo político es independiente de la fe.

Cuando no reservamos a Dios el lugar que le corresponde lo excluimos. Lo reducimos a una costumbre o una devoción y lo vendemos como anécdota de culturas inmaduras. Y lo arrinconamos a la sacristía. Y si rebrota el sentimiento religioso y a la gente le da por creer y militar en la sociedad -cosa que no podemos controlar- nos encargamos de enfrentarlo a nuestros deseos e intereses. Lo hacemos rival de nuestra familia, de la herencia o de la opción política.

Todo parece ser más importe que lo de Dios. ¿En qué conversaciones entra? La economía, la salud o política son “cosas de hombres”. Y la verdad es que siempre pierde Dios y lo suyo. Pierde la Iglesia y sus obras. Pierden los pobres y la justicia.

Y la devoción que tributo al Dios de Jesús, la canalizo en el fútbol o en la política -dicen que son sentimientos intercambiables-. Y voy resucitando diosecillos que pongo a mi servicio para que cumplan mis expectativas: el dios del tiempo que me hace creer que soy eterno, el dios de la tierra que me da la identidad y defenderla con la sangre, el dios de la seguridad que invita a acumular y a rivalizar con la propia familia, el dios del poder que me hace sentirme dueño de mi vida y de la de los demás, el dios de la tranquilidad que evita el dolor, el dios de la razón que excluye todo lo que no entre en sus parámetros. “Dioses” acuñados en mi corazón y que contemporizan con el César.

Esta semana, aquellos que salgan de misa van a recordar la Jornada del Domund. Y, en muchos casos, van someter a Dios al César. Como aquellos que cuestionaron a Jesús, reconocerán que la política ha de estar en su lugar y que -en otras latitudes- es mejor enseñar a pescar que a rezar. Y concluirán que llegará un día en que no hagan falta ni los misioneros, ni los curas, ni los religiosos, ni el mismo Dios en un país democrático, libre e independiente. «Doncs doneu al Cèsar el que és del Cèsar, i a Déu el que és de Déu».

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Indiferencia

indifference“No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”. Esta desafección nos parapeta ante el sufrimiento y ante el gozo, olvida al hermano y hiere el corazón de Dios; por toparse con nuestros silencios, desapegos y olvidos.

El banquete de bodas ha sido una imagen usada por los profetas para explicar el gozo de Dios por hacernos partícipes de su amor. Cuando celebramos una boda en la familia necesitamos que nuestros familiares, amigos, compañeros y vecinos confirmen asistencia. De la misma forma, Dios Padre nos invita -por la encarnación de su Hijo- a la alianza de bodas con la humanidad y que merece la pena ser celebrada.

¿Cómo respondemos ante la invitación? Cualquier banquete resulta carísimo. Pero, en este caso, cuesta sangre; la sangre de Jesús derramada sin sentido por ser fiel a su ser humanidad. ¿Quién se atreve a despreciar tal gesto inmerecido de amor?

Muchos años, he desoído esa invitación por no sentirme suficientemente afectado. Muchos domingos he puesto muchas excusas para no acercarme al banquete de la Misa.  En muchos momentos hasta he ridiculizado la desproporción con la que Dios nos entregó a Jesús. Por no sentirme impelido acabé en indiferencia. ¡Como muchos!

Jesús usa la parábola para dar cuerpo a ese olvido mío. Hace dos mil años que prevé mi respuesta. ¡Qué pena! Tan actuales los argumentos y tan antiguas las respuestas. Ciertamente la respuesta del rey de la parábola nos suena a desproporcionada y sangrienta. Y he de reconocer que es la única manera de comprender la entrega del único hijo a una muerte de cruz.

Son más duras las excusas que seguimos poniendo para entrar en la fiesta del Reino. Y más extrañas las entradas al banquete en los funerales obligados, los bautizos socializados o las bodas invitadas… En esos momentos, ¿cómo entro, cómo estoy, cómo me comporto o me visto? El paso de la indiferencia a la mofa, en muchos casos es lo que justifica ese “atar a pies y manos” al que entra a última hora sin saber ni a lo que va.

 

Si todo este evangelio -y el contraste que provoca la parábola- sirve para darme cuenta de la violencia que genera mi indiferencia ya merece la pena tener entre mis manos la invitación a una boda.

 

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