¿A cada uno lo suyo?

Los herodianos y los saduceos eran colaboracionistas con Roma. Los fariseos, por su parte, consideraban inmoral e ilícito pagar un impuesto que tenía acuñado al César como si fuera un dios.

Unos eran políticos, los otros religiosos. Rivales entre ellos, pero capaces de llegar «a un acuerdo para comprometer a Jesús».

Situación repetida y sangrante, en cada momento, por parte de diferentes gobernantes mientras sufren los mismos, los de siempre, el pueblo llano que paga y es utilizado por unos puñados de votos o monedas.

No era extraño que la gente -de a pie- se agolpara para escuchar a Jesús; que sólo buscaba la voluntad de Dios y el bien de los sencillos. Y menos raro, que buscaran -los sabios y entendidos-, el momento para acusarle de hereje, tendencioso, fascista, anarquista, monárquico o sedicioso.

En ese contexto se pronuncia la famosa sentencia, «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», y que –desde entonces -se ha esgrimido para resaltar que lo social y lo político es independiente de la fe.

Aún hoy se dice la frase para justificar los propios intereses y descartar la dignidad de la postura del contrario. Que si lo público o lo privado. Que si lo empresarial o lo sindical. Que si lo sanitario o lo económico. Y mientras tanto: hambre, peste, pobreza o Covid. Da lo mismo, porque al César de turno le molestan los hijos de un Dios muy humano.

Con el achaque de “a cada uno lo suyo” se sanciona lo propio y se excluye lo ajeno. Y a ello aspiran los que están en la contra o en la oposición esperando llegar al escaño y hacer lo mismo.

Que en medio de esto se recuerde la Jornada del Domund es una suerte de contraste para dejar de pronunciar lo dicho y resuene: “a cada uno lo necesita”. Poner un cartel del Domund ante nuestros ojos recuerda –como dice Francisco- que nadie se salva solo, que únicamente es posible salvarse juntos” (Fratelli Tutti 33).

 

Publicado en Reflexiones encarnadas | Deja un comentario

Indiferencia

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio».

Esta desafección nos parapeta ante el sufrimiento y ante el gozo, olvida al hermano y hiere el corazón de Dios; por toparse con nuestros silencios, desapegos y olvidos.

El banquete de bodas ha sido una imagen usada por los profetas para explicar el gozo de Dios por hacernos partícipes de su amor. Cuando celebramos una boda en la familia necesitamos que nuestros familiares, amigos, compañeros y vecinos confirmen asistencia. Y más ahora con los aforos que se nos permiten en por el Covid. ¿Cómo respondemos cuando nos llega una invitación? Cualquier banquete resulta carísimo y nos ponemos en la piel de cualquier pareja.

De la misma forma, Dios Padre nos invita -por la encarnación de su Hijo- a la alianza de bodas con la humanidad y que merece la pena ser celebrada. Pero, en este caso, cuesta sangre; la sangre de Jesús derramada sin sentido por ser fiel a su ser humanidad. ¿Quién se atreve a despreciar tal gesto inmerecido de amor?

Jesús usa la parábola y la respuesta del rey nos suena a desproporcionada y sangrienta. Pero, ¿no son más duras las excusas que ponemos? Sólo hace falta mirar alrededor y ver la presencia o ausencia en funerales obligados, bautizos socializados o las bodas invitadas… En esos momentos, ¿Cómo entro, cómo estoy, cómo me comporto o me visto? El paso de la indiferencia a la mofa, en muchos casos es lo que justifica ese «atar a pies y manos» al que entra a última hora sin saber ni a lo que va.

Si todo este evangelio -y el contraste que provoca la parábola- sirve para darme cuenta de la violencia que genera mi indiferencia ya merece la pena tener entre mis manos la invitación a una boda.

Publicado en Comentarios homiléticos | Deja un comentario

Dar gracias

Jesús tenía más frescura y libertad que nosotros. Buscaba ejemplos cercanos para explicar el reino de Dios y suscitar el interés y el agradecimiento.

El ejemplo de la viña se dirige a los sacerdotes y senadores judíos. Les retrata como esos jornaleros que se apropian de la cosecha. El trabajo -que les ha llevado hasta los frutos- les posiciona en dueños de la tierra y, como consecuencia, en rivales del dueño. La confianza del propietario les lleva a creerse dueños del usufructo de la viña.

Esa parábola deberían reflexionarla los que gestionan lo público en medio de una pandemia. Suponemos que todos los que nos gobiernan pusieron, en un inicio, todo su interés, corazón y tiempo. Y que han intentado ser justos –al menos- para los suyos. Pero al final, la gestión y los pactos les llevan a creerse dueños y señores de personas y bienes.

Esa parábola nos la hemos de tragar también nosotros. Cuando ponemos en los resultados la justificación de nuestra responsabilidad. Los beneficios, que reportan la tarea, acaban dando contenido a nuestra identidad. Y llega un momento en que el éxito de la misión nos describe como buenos, entregados, eficaces… y dueños. Vamos, merecedores de algo más que del fruto.

A todos no surge la necesidad de reconocimiento de nuestros desvelos por el cielo o la tierra y sólo nos satisfacen los títulos de propiedad.

El antídoto está en la carta a los Filipenses: Da gracias a Dios en todo momento, por todo fruto, por cada oportunidad, por cada hermano, por cada hálito de vida. Y entonces, «la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús».

Publicado en Comentarios homiléticos | Deja un comentario

Si y no

Llevamos muchos meses respirando pandemia y todos y cada uno de los días oímos “síes y noes” unidos en respuestas vagas. Contestaciones para salvaguardar los propios intereses.

Dicen que un hombre tenía dos hijos y los enviaba a su campo a trabajar. Sucedió que un día se produjo algo inesperado. Llamó a los dos para que fueran a deshoras y uno le dijo que iría y el otro que no. Aquel hombre se quedó sorprendido por el contraste. Resultó que el que dijo “no”, fue y el que contestó que “sí” no lo hizo.

En el evangelio Jesús comienza por el hijo que dijo que «no» y que luego se arrepiente. Decir «no» es sencillo cuando no queremos complicarnos la existencia y preferimos encargarnos de lo nuestro. En algunos momentos pronunciamos ese «no» cuando consideramos que el encargo excede nuestras fuerzas o capacidades. A ninguno nos gusta decir “no” de entrada a las propuestas de los otros. Menos nos agradan que nos respondan con un “no”. Sin embargo fue éste el que cumplió los deseos del padre. Y es que –como dice el profeta-, «se salva el que se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia».

El Maestro continúa con el hijo que directamente acepta ir a la viña, pero no va. Ha quedado bien delante del padre pero no se compromete. Lo piensa después. Por lo que su respuesta es la de un inconsciente que no calcula ni las fuerzas ni las ganas y no cumple los deseos del padre. Es el que ha aprendido unos cursos de política y sabe cómo manipular su negativa.

Ninguno de los dos hermanos son hombres «de palabra». Cambian de parecer tras afirmar o negar. Eso ha ocurrido siempre –más allá de los ancianos y sacerdotes judíos- y forma parte de la lógica política para prometer el cielo en la tierra.

El caso es que estamos en un punto de inflexión de la historia y no nos sirven las palabras.

Publicado en Comentarios homiléticos | Deja un comentario

Protestas al aire

Todos tenemos derecho a protestar y a enfadarnos. Es una necesidad cuando pensamos y creemos que no se nos reconoce lo que se nos debe. En una sociedad como la nuestra, es algo que hemos conseguido y que ofrece la posibilidad de posicionarnos.

Derecho a criticar a quienes gestionan lo nuestro.

Derecho a protestar cuando sentimos que nos hacen un agravio comparativo.

Derecho a ignorar el trabajo y cansancio de los que están a nuestro servicio.

Derechos que nos envalentonan y nos sitúan en una postura elevada sobre los demás.

En la situación social más difícil que hemos vivido en las últimas décadas están brotando los derechos como champiñones; sin darnos cuenta de las consecuencias que van a acarrear. Hemos pasado de aplaudir a denunciar, de descubrir a señalar, de proteger a desnudar. Cuando el Covid-19  -y el miedo que sobrelleva-, toca a mis mayores, a mis niños, a mi trabajo o a mi rollo de papel del váter, nos olvidamos de las obligaciones de ciudadano y pasamos del aplauso a la denuncia.

El tema es que nos estamos equivocando de enemigo. El que nos asusta –y te lo señalo a ti que lees- no tiene rostro, es invisible y nos trae de cabeza. Y te lo recuerdo porque ese enemigo no es: ni tu enfermera, ni tu médico de cabecera, ni la directora del colegio de tus hijos, ni el  conductor del metro o el basurero que limpia tus calles. Todos ellos tienen sus fantasmas y comparten tu miedo. Pero no son tu enemigo.

Y lo digo, porque en este inicio de curso ha brotado un egoísmo tal que nos sitúa en los primeros pasos de la evolución humana: miedos atávicos que están generando sospecha, dolor y una deriva de cansancios. Con sospechas sobre los desdobles y grupos burbuja asignados por el colegio, dolor por las familias que -con un positivo IgM-, han de confinarse, y cansancio por las horas perdidas en  horarios y decisiones que caducan de inmediato.

La madre de los Zebedeos -y quien no sepa la historia puede leerla en el evangelio de Mateo (Mt 20, 21-28)-, se presentó a Jesús cuando el Maestro estaba en medio de una crisis personal importante. A ella le importó poco, ella luchaba por sus hijos para exigirle el lugar donde debía situarles.

“No sabes lo que pides mujer. ¿Van a poder beber del cáliz que yo voy a beber?”

Ella no debía saberlo porque lo que venía a continuación y donde embarcaba a sus vástagos eran Pasión, cruz y muerte. Si ella se hubiera parado a pensar en los otros diez discípulos, si no le hubiera exigido a Jesús cumplir su criterio, si no hubiera sospechado de las decisiones y se hubiera fiado del Maestro, no hubiera puesto a los suyos en el disparadero: “Ellos contestaron. ¡Claro que podemos beberlo!”

Levantar la bandera de los derechos sin pensar en grande, sin tener en cuenta a los demás, sin considerar la normativa que se nos da, sin fiarse del corazón de aquellos que siempre han velado por los nuestros, contribuye a mayor dolor, sospecha y genera esterilidad.

Ante nuestro derecho a protestar y a enfadarnos frente al centro de salud o el colegio de mis hijos está la consecuencia de nuestras peticiones: “Mi cáliz lo beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre”.

En el momento más crudo de nuestra historia reciente, merece la pena seguir leyendo ese evangelio que termina diciendo: “… el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo». Y así invertir en generosidad y manifestarlo en confianza, en aquellos y aquellas que –desde hace muchos años- nos han dado lo mejor de sí. Y abandonar la irracionalidad de unas protestas que nos presentan como egoístas e incapaces y que se llevará el viento.

 

Publicado en Reflexiones encarnadas | Deja un comentario

Contagiar perdón

Eso de «me ofende, me enfada, me agrede, me hostiga, me, me y me» denota una actitud egocéntrica difícil de soportar.

En la convivencia diaria provoca que uno se sienta agresor y el otro el agredido. Si no se sana el corazón de poco sirven las terapias comunitarias.

Pedro, el discípulo, lo muestra hoy con sus preguntas al Maestro: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo…?» Y se sitúa él como el centro de atención de toda la historia. Es su capacidad o incapacidad la que lo convierte en protagonista de una acción inválida; porque el único que propicia el perdón es Dios. Veamos: Nos sentimos víctimas cuando, de manera susceptible, creemos que los demás no nos agradecen lo suficiente y agreden nuestros intereses. Nos situamos como Pedro en el centro de la historia. Después, pasamos a tasar y a poner precio: «¿cuántas veces?” ¿treinta? ¿setenta? Y acabamos rompiendo la relación y la posibilidad de perdón. El otro se ha convertido en mera excusa para encerrarme. Eso, sin decir que vamos acumulando malas experiencias de perdón que nos endurecen el corazón.

Dios no sabe de medidas sino de desproporción. Somos nosotros los que, no teniendo compasión de nuestros semejantes, pedimos perdón a Dios por nuestros pecados. Pedimos mesura y obramos injusticia..

Jesús pone a Dios como protagonista del perdón y nos saca a cada uno de nosotros de ese lugar privilegiado. Nuestro punto de comparación, nuestro punto de arranque, no somos nosotros -de ahí la parábola- sino el mismo Dios. Y si él perdona todo lo nuestro, porque se lo pedimos entre lágrimas y temblores, por qué no nos adolecemos de los demás.

Vivimos en un tiempo que no nos permite entretenimientos. Estamos ante la situación vital más variable y cercana a la muerte que nunca hemos vivido. Merece la pena renunciar a la justicia debida y optar por perdonar. No, no podemos llevar más lastre en estas fechas ni esperar a perdones tardíos. Que el contagio sea del perdón.

Publicado en Comentarios homiléticos | Deja un comentario

Miedo a la cruz

Vivimos miedos que brotan tras la época más segura de la historia. 

Los miedos a la «cruz de cada día» generan reacciones de lo más original. Hay que poseer una inteligencia interpersonal sana para no bloquearse ante los miedos de los demás. Pedro pretende que sus miedos detengan a Jesús y que le dejen vivir. Mientras que Jesús, recibe el testigo con cierta violencia. «Tus miedos no son los míos» -podría haberle dicho-, pero se lo manifestó con la referencia de la cruz, suplicio y salvación.

En estos tiempos, la cruz se nos hace pesada, muy pesada. Queremos que la pandemia acabe, se detenga, nos permita vivir como antes. Sin llegar a reconocer, que antes no estábamos del todo bien. 

En estos días, la cruz nos apaga el entusiasmo. Se nos han acabado las pretensiones de invertir en todo lo que tenga que ver con futuro. Sin llegar a comprender, que antes nos comía el bolsillo y el corazón todo lo adquirido.

Los miedos de Pedro, son los nuestros, no los de Dios. Por eso, ante la Palabra que se nos va a pronunciar este domingo, dobleguémonos y asintamos ante aquel, que por nosotros, levantó la cruz. Sin miedo.

Publicado en Reflexiones encarnadas | Deja un comentario

En ese justo momento

Hay tantas actitudes que denunciar entre los que seguimos a Jesús.., pero es mejor anunciar la salvación.

Y hacerlo para todos aquellos que necesitan de Dios. Sean conscientes o no, estén dentro de la comunidad cristiana o anden en otras familias, vivan en justicia o perdidos de sí… Porque siempre llega el día o la ocasión en que Dios nos saca de la «rebeldía para tener misericordia de todos».

Esta apertura de Dios la comprende Jesús, no así sus discípulos. Ellos se sienten del pueblo elegido y excluyen al resto; sean extranjeros o vecinos. Siguen en la convicción de ser únicos en la entrada del reino y determinan a Dios. Jesús lo sabe, y fuerza la situación con la cananea para que ellos mismos se abochornen.  «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel» -dice Jesús- y provoca dos reacciones: la confianza de la mujer en su poder de curar y la intercesión de aquellos pescadores por una madre que sufre.

Ahí les esperaba Cristo. Cuando la necesidad cobra rostro, los argumentos teológicos se suavizan: la pecadora pública, la samaritana, el leproso, Zaqueo, etc.

¿Y nosotros? ¿Suavizamos los argumentos sociales y políticos ante el sufrimiento de los demás? Ya se encargará Jesús de poner un rostro y un nombre -ante nosotros- para que no podamos escabullirnos sin dar una respuesta. Para que miremos a Cristo y elevemos nuestra oración en favor de aquellos que consideramos perdidos, equivocados o enemigos.

En tiempo de contaminación y pandemia, «en ese justo momento quedaremos curados».

Publicado en Comentarios homiléticos | Deja un comentario

Que no, que no

Que nos gusta lo exagerado y extraordinario que nos saca de la rutina. Nos encantan los truenos y la lluvia torrencial; el calor exagerado y la nieve de diciembre; la música estridente y los susurros cargados de mensajes; los milagros y la luz de las velas… y así, lo maravilloso en todos los ámbitos.

Somos así. Lo cotidiano nos resulta tedioso y aburrido. Tanto que no concebimos que la experiencia de Dios vaya a producirse en una misa de diario, en el rezo de un rosario, en la una comunidad religiosa o en una catequesis parroquial. No. Nos van las peregrinaciones a lugares santos donde se han producido milagros exagerados. Nos van los gritos de los grandes predicadores que hablan sin vergüenza y los cánticos que mueven los pies.

Por eso buscaba Elías a Dios en lo alto de un monte y en la tormenta más impresionante. Lo Misterioso ha de estar revestido de un halo de «maravilloso» para mover nuestro corazón a Dios. Pero cuando llega lo extraordinario nos asustamos como Pedro. Que sí, que sí… si llegara Cristo, de noche, andando sobre las aguas de un parque y se acercara a nosotros. ¿No dudaríamos también?

La fe se fundamenta en el amor de Dios demostrado en la historia. En las vidas sencillas de muchos judíos que han dado testimonio de fidelidad. En las obras concretas de tantos cristianos que han mejorado el mundo y le han dado un rostro bello. Y en todo eso, como un antiguo o nuevo testamento, se manifiesta Dios. Sumando palabras, batallas, cantos, templos y años.

Es más difícil y honrado decir » realmente eres el Hijo de Dios» un martes, en un pueblecito de la sierra, a la hora de la siesta, con las cuentas del rosario entre los dedos, que un domingo en la plaza de San Pedro de Roma. Es más arriesgado creer que uno tiene vocación religiosa y deja todo lo que tiene para entrar en un convento que cambiar de voluntariado y mostrarlo en las redes sociales.

Tener a Jesús por Señor es lo más hermoso y peligroso, porque se demuestra en el día a día. ¡Que sí, que sí!

Publicado en Reflexiones encarnadas | Deja un comentario

Deluxe

Cuando hallas algo inesperado y te cautiva, ¿eres capaz de dejarlo todo para comenzar de nuevo?

El Reino de Dios se compone de gente que ha encontrado la voluntad de Dios y le ha cambiado la vida. El evangelio compara el valor del Reino con el de un tesoro, un comerciante de perlas y una red repleta de peces. Es una desproporción que arrastra a hacer locuras y, a la vez, asusta por el cambio de valores que provoca; es la emoción de la fe.

Para explicarla nadie mejor que Jesús, que como buen letrado era capaz de dar luz al presente con las verdades de siempre. Y –en este caso- lo hace con el ejemplo de la «compra» y del «discernimiento».

Fijémonos que tras el hallazgo del tesoro o de la perla preciosa más de dos hubiéramos salido corriendo con ellos bajo el brazo. Y, sin embargo, en el ejemplo se vende todo y se compra el campo y la perla. Todo lo que se tenía se ha depreciado frente al valor de tesoro y perla. Y se compran.

Cristo es un tesoro escondido en el campo de la Iglesia; encontrarlo supone el riesgo de invertir en una nueva familia, donde él se esconde. Ciertamente, el tesoro es él… pero el terreno es el lugar escogido para habitar. Y son la historia y las gentes, las culturas y la geografía lo que da carne al Maestro. Encontrarlo lleva a dejar para adquirir.

La otra dimensión es la capacidad para discernir el bien del mal, lo que Dios quiere de nuestros deseos, los que siguen a Jesús por amor o por interés, los que viven la vida con sentido o inconscientemente. Y se muestra en esa red de pesca que acoge a todos sin ser seleccionados. La separación, el espulgue vendrá después, pero ese es otro evangelio.

Descubrir el tesoro y comprar el campo que lo aloja es un lujo; un lujo de sentido.

Publicado en Comentarios homiléticos | Deja un comentario