«No llores»

En la comunidad eclesial oramos hoy con un salmo de acción de gracias. La palabra profética: “Mira, tu hijo está vivo”, ha iluminado de alegría el corazón de los fieles, y la fiesta ha irrumpido en el lugar del luto y de las sombras: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”.

Hay fiesta porque hay Pascua; hay alabanza porque ha llegado la liberación; hay cántico al Señor porque suya es la victoria, porque él es la fuerza y el poder de su pueblo, porque él es la salvación.

Alertada por la fe, la comunidad adivina el cántico que resuena en el corazón de la viuda de Sarepta, la bendición que llena la casa de la viuda de Naín, y se une a los clamores de fiesta que se oyen en la Jerusalén del cielo; allí “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar”, gentes de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, “gritan con voz potente: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».

Con todos los redimidos vamos diciendo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado… sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa”.

Ése es, Iglesia cuerpo de Cristo, el salmo de tu Pascua con Cristo, de tu liberación en Cristo, de tu redención por Cristo; ése es el salmo de tu resurrección, de tu divinización, de tu comunión con la eternidad de la dicha en Cristo resucitado.

Deja que la fe busque palabras para la novedad de tu canto: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte”.

A tu Pascua, Iglesia cuerpo de Cristo, a tu fiesta y a tu canto se unen los pobres para quienes Dios se hizo evangelio. Nadie diría que están ahí; puede que tú misma no hubieses tampoco reparado en ellos; pero son los primeros entre tus hijos, bautizados en las fuentes de la compasión todopoderosa de tu Dios. Me refiero a los descartados por el poder, a los invisibles para los epulones, a las víctimas sacrificadas en el altar de nuestra opulencia y de nuestros privilegios; hablo de los condenados a la clandestinidad, de hombres y mujeres que la legalidad ha hecho ilegales, perseguidos, acosados, irregulares; hablo de los lázaros, de quienes Dios ha querido ser redentor y recompensa, justicia y bienaventuranza.

Puede que no sepas cómo, pero sabes que están contigo y que, en Cristo resucitado, entonas con ellos el mismo salmo de alabanza, porque Cristo es su vida, su Pascua, su destino; Cristo es también para ellos la esperanza que ningún egoísmo, ninguna crueldad, ningún odio pueden hacer vana.

Hoy resuena en los campamentos de los pobres un “no llores” que es compromiso de Dios con la vida de cada uno de ellos, un “no llores” que, en la celebración de la comunidad eclesial, anticipa la dicha eterna de la ciudad santa, cuando Dios “enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido”. Con toda razón podemos decir: Feliz domingo, amados de Dios.

P. S.: El mar ha devuelto en playas de Libia más de un centenar de cadáveres.

Hermano mío, hermana mía: Durante toda la semana he dado vueltas al escrito que tienes entre manos, precisamente porque hablaba de víctimas, y parecía que las palabras dejasen a Dios el trabajo de remediar el mal que nosotros hacemos.

He dado vueltas a ese texto porque a los pobres los condenamos a muerte cada día, desde siempre y sin pestañear, y en el comentario, las palabras parecen dibujar un paraíso imaginario para los cadáveres que se apiñan en las playas.

He dado vueltas a ese texto porque  temía echar el velo de una ilusión sobre los restos de una humanidad con menos derecho a la protección que cualquier animal.

“Lázaros “…. así dibujó Jesús de Nazaret hace dos mil años a los mendigos echados en el portal de nuestra casa: heridos, hambrientos… e invisibles para quienes a sí mismos se pierden en la sala de sus banquetes.

No, no hacían falta los de hoy para que a mi reflexión subiesen los muertos…  Y porque la fe me dice que la última palabra sobre ellos no la tiene la insoportable frivolidad del mal sino la fuerza insospechada del amor, los he subido a la comunidad de los redimidos, los he unido al canto de los que han conocido el amor que es Dios, los he puesto en el centro del domingo, porque el domingo es para ellos, porque Dios es para ellos, porque, si no fuese para ellos, Dios no existiría.

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