Un niño, una Iglesia, una bendición…

Considera el misterio: “Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción”.

Era el niño de María y de José, y el ángel y los padres le llaman Jesús, Dios salvador.

Era un niño acostado en un pesebre, y el cielo y la tierra le llaman Dios liberador.

Era un niño, y era el Mesías, el Señor, una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo.

Era un niño, con María y José, para quienes no había sitio en la posada, y era el Hijo por el que Dios nos hablaba en esta etapa final de la salvación.

Era un  niño, , fragilidad, pobreza, indigencia, y era la bendición que Dios nos daba, la luz con que Dios nos iluminaba, el favor con que Dios nos miraba, la paz con que Dios nos agraciaba.

Era un niño, y en él Dios se te hacía cercano, asequible, tierno; en él Dios se hacía como tú; en él Dios se hacía tuyo.

Era sólo un niño…

Con aquel niño nació la Iglesia: una Iglesia de niños, una Iglesia niña, una Iglesia pequeña, frágil, pobre, indigente, una Iglesia con olor a establo, con la que Dios se hace cercano a todos, con la que Dios se hace de todos.

Con aquel niño nació una Iglesia que nada tiene que decir de Herodes aunque lo padezca, una Iglesia que nada dice del posadero aunque la haya dejado a la intemperie, una Iglesia de pobres que viven pendiente de Dios porque la fe en Dios es todo lo que tienen.

Y ahora, Iglesia niña y pobre, fíjate en María, en la Madre de aquel niño y madre tuya, y con ella, proclama la grandeza del Señor, del Poderoso que ha hecho cosas grandes en tu pequeñez; como ella, guarda lo que no entiendas de los misterios que te han sido confiados, medita en tu corazón lo que te sobrepasa, lo que te asombra, lo que te confina en la oscuridad del no saber.

Considera el misterio, Iglesia cuerpo de Cristo: Has nacido con Cristo para ser bendición de Dios sobre la humanidad.

Feliz camino con tu Dios y Señor.

Feliz mundo nuevo.

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