Encinta de Dios:

Desde tu pequeñez, suplicas: “Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador”.

Y, desde la fidelidad de Dios, su misericordia, con las mismas palabras de tu súplica, dispone que te alcance lo que has pedido: “Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador”.

Y esa fidelidad misericordiosa es la razón de tu canto: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad”.

“Cantaré eternamente”: Lo dice el rey David, desbordado de promesas divinas que son sacramentos de misericordia y fidelidad. Su canto surge de la memoria de la fe: “Estaré contigo en todas tus empresas… te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo, lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos… Te pondré en paz con todos tus enemigos”.

“Cantaré eternamente”: Lo dice la Virgen María, sorprendida en el silencio por la alegría que el cielo le anuncia, por la gracia de Dios que se le revela, por la presencia divina que la inunda, por la bendición que recibe, por el hijo que se le ofrece.

“Cantaré eternamente”: Lo dices tú, Iglesia de adviento, pues sabes que la alegría anunciada a María es también para ti, sabes que su gracia prepara el camino a la tuya, sabes que está contigo el mismo Señor que en ella quiso morar, sabes que en la misma fuente de su bendición te han bendecido también a ti con toda clase bienes espirituales y celestiales. También tú cantarás eternamente, pues hoy escuchas como María la palabra de Dios, hoy se te anuncia el mismo nacimiento, hoy vas a recibir en comunión al mismo Señor a quien la Virgen María recibió en sus entrañas de madre.

La fe de María ya ha pronunciado su “hágase”. Que tu fe, Iglesia de adviento, también a ti te deje encinta de Dios.

Feliz domingo.

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