La gracia de Dios en los pobres:

Entra en el misterio de la gracia que te visita:

Si el amor, por enaltecer y honrar a la mujer cuya Concepción Inmaculada celebramos, te llevase a resaltar las diferencias que hay entre ella y tú, entre la Virgen María Madre de Cristo y la virgen Iglesia cuerpo de Cristo, habrías de decir que ella pisó la cabeza de la serpiente que a ti te había engañado, y podrías añadir que ella fue preservada de lo que tú has sido perdonada, que a ella no la manchó lo que a ti te había corrompido, que ella tuvo desde el principio una plenitud de vida, de gracia, de ser, que a ti se te regala al final del camino.

Pero si el mismo amor te lleva a buscar lo que es común a la Virgen María y a la virgen Iglesia, hallarás que tenéis el mismo redentor y formáis su único cuerpo, verás que os une la misma fe, la misma esperanza, el mismo amor, y te asombrarás de que os espere la misma recompensa, pues las dos seréis glorificadas en Cristo Jesús.

Las dos habéis sido invitadas a creer, y las dos, por la fe, recibisteis la gracia de llevar a Cristo en las entrañas.

A las dos se os ha entregado el poder creador de la palabra divina, y con un “hágase” las dos vais haciendo presente a Cristo en el mundo, las dos vais empadronando a Dios en la tierra, las dos vais gestando un mundo nuevo, las dos vais abriendo a la hondura de la eternidad los caminos del tiempo, a la luz de la vida la oscuridad de la muerte.

No dejes, virgen Iglesia, de proclamar con la Virgen Inmaculada las palabras de la profecía: “Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios; porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas”.

No dejes, virgen Iglesia, de cantar con la Virgen Inmaculada las palabras de tu salmo: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”. “El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad”.

“¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!, porque de ti ha nacido el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios”. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, virgen Iglesia!, porque a ti te ilumina el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios.

“¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Dichosa la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá”. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, virgen Iglesia!, que “en la persona de Cristo” has sido bendecida “con toda clase de bienes espirituales celestiales”.

Entra en el misterio de la pobreza que la recibe:

Tú lo sabes, Iglesia cuerpo de Cristo: No ha venido a ti la gracia por tu grandeza sino porque tu Dios se fijó en tu pequeñez, en tu humillación, en tus llagas, en tu pobreza. Y recuerdas, virgen Iglesia, esa pobreza tuya, para que la memoria de la gracia recibida, la alegría por la victoria anunciada, la fiesta por la misericordia recibida, no se te vuelvan soberbia y alienación, no se te conviertan en escarnio para los pobres y blasfemia contra Dios.

Gracia, alegría y fiesta nacen de la misericordia de Dios contigo, del amor con que te ha mirado, de la ternura con que te ha cuidado.

La Virgen Madre de Jesús, también ella pobre y agraciada, te regala las palabras de su canto: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”.

En el día de la Inmaculada Concepción necesito recordar este misterio de ternura de Dios sobre la vida de los pobres: Sobre la vida de María de Nazaret y sobre tu vida, virgen Iglesia. Necesito recordarlo para que la luz de esta gracia ilumine los rincones oscuros de mi existencia y mantenga mi esperanza en la noche de mis preguntas; necesito recordarlo para que en las aguas donde naufragan los sueños de los pobres no naufrague también la confianza en la fuerza del amor; necesito recordar que Dios está cerca de los pobres en todos los caminos, que su misericordia los alcanza de generación en generación.

Feliz día de la Inmaculada a todas mis hermanas pobres que llevan en el nombre, en el carisma, en el corazón, el misterio de la Inmaculada Concepción.

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