«Dadles vosotros de comer»:

Lo escribí hace tres años:

La celebración eucarística de este domingo comienza con una súplica que encuentra fundamento y razón en la memoria de la pascua: “Dios mío, dígnate librarme; Señor, date prisa en socorrerme; que tú eres mi auxilio y mi liberación; Señor, no tardes”. Decir pascua es decir liberación, auxilio divino sobre la vida de los oprimidos, cercanía de Dios a los hijos de su pueblo.

Por la oración que hacemos al entrar en nuestra celebración, podemos distinguir rasgos esenciales de la asamblea que somos, una asamblea que guarda memoria de los hechos de Dios, una asamblea que experimenta la propia necesidad, una asamblea que ora animada por lo que recuerda y apremiada por lo que necesita.

Hay diversas maneras de expresar la propia fe y la propia necesidad.

Recuerda las palabras del evangelio que hemos escuchado: “La gente lo siguió por tierra desde los pueblos”. Aquellas gentes siguen a Jesús porque recuerdan sus hechos; lo siguen porque necesitan de él; y ese ‘seguir a Jesús’ es la forma que ellos tienen de ‘pedir a Jesús’. Es ésta una oración que lleva dentro la verdad de la vida, sus preocupaciones, sus amarguras, sus dolores, sus enfermedades; esa oración es un grito sin palabras, una pobreza a la vista, una pregunta clamorosa al silencio de Dios; esa oración no se escucha, se ve; por eso el evangelio dice: “Vio Jesús el gentío”, y tú, al oír esas palabras, entendiste que Jesús acogió la pregunta, vio la pobreza, escuchó el grito, “sintió compasión y curó a los enfermos”.

La secuencia evangélica: “vio, sintió compasión, curó”, evoca la secuencia pascual: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos, y he bajado a librarlos… a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel”; y trae también a la memoria aquella otra palabra del Señor: “Yo os he visitado y he visto cómo os maltratan… y he decidido sacaros de la tribulación”.

Ahora, aunque es Jesús quien ve, quien siente compasión y cura, nosotros reconocemos que en Jesús es Dios quien ve, quien oye, quien se fija en el sufrimiento de los pobres y se acerca a ellos para librarlos; en Jesús es Dios quien visita a su pueblo y lo saca de la tribulación.

Todo indica que, encontrando a Jesús, los pobres están viviendo una pascua nueva; y el pan multiplicado lo confirma, pues evoca el pan del desierto, pan que Dios da cada día a la comunidad de los que él ha liberado de la opresión. Escucha la palabra del Señor, y la reconocerás cumplida en la Eucaristía que celebras: “Oíd, sedientos; acudid por agua también los que no tenéis dinero; venid, comprad trigo; comed sin pagar, vino y leche de balde”.

Esa sorprendente y admirable pascua que los pobres vivieron con Jesús en las orillas del mar de Galilea era sólo figura lejana de la Pascua que vivimos en Cristo los que hemos creído y hemos sido bautizados en su nombre. En esta Pascua verdadera, Dios nos vio con los ojos de Cristo, nos amó con el corazón de Cristo, nos curó con las manos de Cristo. En esta Pascua verdadera, Dios ha querido ser nuestro auxilio y nuestra liberación, Dios clemente y misericordioso, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas, Dios con nosotros, Dios que salva.

De esa Pascua verdadera es imagen real la Eucaristía que ahora celebramos. Hoy somos nosotros los que buscamos a Cristo y los que encontramos en Cristo la libertad que Dios da. Aquellas palabras del evangelio: “Vio Jesús el gentío, sintió compasión, curó a los enfermos”, son palabras que describen con verdad lo que vivimos en esta Eucaristía; como verdadera es aquí también la multiplicación del pan de Dios para los hijos de la Iglesia.

Sólo me queda recordar, Iglesia amada de Dios, que eres cuerpo de Cristo, presencia viva del Señor Jesús en el mundo, y que Dios continúa fijándose con tus ojos en el dolor de los oprimidos, sintiendo con tu corazón compasión por los afligidos, curando con tus manos a los enfermos y multiplicando con tu trabajo el pan para los hambrientos. Que en ti, como en Jesús, todos puedan reconocer la presencia de Dios clemente y misericordioso.

***

Hoy no son cinco mil hombres sino millones de hambrientos los que siguen a Jesús en despoblado.

No podemos decirnos de Cristo si no somos los ojos por los que Cristo ve, el corazón con el que Cristo se compadece, las manos con las que Cristo cura a los enfermos y parte el pan para la gente.

No podemos decir que somos de Cristo, palabra de Dios hecha carne, si con nuestras listas de precios y nuestra indiferencia vaciamos de verdad y sentido la palabra del profeta: “Oíd, sedientos todos; acudid por agua también los que no tenéis dinero; venid, comprad trigo; comed sin pagar, vino y leche de balde”.

Tú, que te dices de Cristo, sabes que Dios no tiene para los pobres otra mesa que tu mesa, y que sólo tú puedes sacar a la luz la verdad y el sentido que encierra la palabra de Dos, pues el que dijo: “Daos prisa y comed”, es el mismo que dice: “Dadles vosotros de comer”.

No podemos decirnos de Cristo si, como Cristo, no entregamos la vida para que todos vivan. La Eucaristía que celebramos nos lo recuerda, pues en ella tomamos y comemos de un pan, que es el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros; y bebemos de un cáliz, que es el de la Sangre de Cristo derramada por nosotros.

Que nadie se engañe a sí mismo, suplantando la entrega de la propia vida con la práctica de un rito, y reservando a la ideología el lugar que en el corazón del creyente ha de ocupar el hombre.

No pienses que puedes ignorar a los pobres y agradar a Dios.

No seas tampoco de los que niegan a Dios para desentenderse de los pobres.

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