Que no cese tu canto: “Te ensalzaré, Dios mío, mi rey”

La palabra de Dios proclamada en esta asamblea eucarística nos introduce en el misterio de salvación y de gracia que es para los pecadores Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre que ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Pero antes de volver a Jesús la mirada de la fe, escuchad lo que, a propósito del Dios de Israel, dice el autor de la Sabiduría: “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes… Amas a todos los seres… A todos perdonas porque son tuyos, Señor, amigo de la vida”.

Habréis observado que la palabra de Dios no nos ha anunciado algo que se ha se ha de ver en un tiempo restringido, en circunstancias especiales, en ocasiones contadas, sino que nos revela realidades eternas, como es eterno Dios mismo: Te compadeces, amas, perdonas

En realidad, no se nos ha dicho lo que el Señor hace, sino lo que él eternamente es: “El Señor es clemente, es misericordioso, es rico en piedad, es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”.

Con todo, hermano mío, no dejes todavía que la palabra del canto agite la quietud de la contemplación. Vuelve la mirada interior hacia Jesús y ¿qué es lo que ves? El evangelista dice: “Jesús levantó los ojos”. Y tú contemplas al Dios clemente y misericordioso que recorre los caminos buscando al que tiene necesidad de salvación.

Los que murmuraban decían: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Pero tú, al Dios que es rico en piedad, lo has visto abrir de par en par las puertas de su casa para que se hospeden en ella todos los pecadores de la tierra.

Jesús dijo: “Hoy ha sido la salvación de esta casa”. Y tú contemplabas al Señor que a todos perdona, porque todos son suyos, y él es amigo de la vida. Y cuando Jesús añadió: “El Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido”, tú viste a tu Dios que te buscaba, porque se compadecía de ti y te amaba y te perdonaba. Tú sabes que no puedes verle, si antes él no te mira. Tú sabes que no puedes acogerle en tu vida, si antes él no te ha acogido en la suya. Tú sabes que no puedes hallarle, si él no sale a buscar lo perdido.

¿Y el canto? Todavía no, pues conviene que gustes en silencio el misterio de esta Eucaristía. Hoy eres tú quien, “tratando de distinguir quién era Jesús”, has subido a la casa de la asamblea para verlo, ¡porque él tiene que pasar por aquí! Y el que te ama levantará los ojos y te dirá: Estoy a la puerta llamando; si alguien me abre, entraré y comeremos juntos. Y tú lo recibirás muy contento en tu casa necesitada de salvación.

Vuelve, hermano mío, la mirada a Jesús, y verás a tu Dios que te mira, te recibe y te encuentra ¡porque eres suyo y te ama!

Y ahora que la fe nos ha permitido ver y gustar las maravillas de Dios, ahora sí podemos cantar: ya es tiempo de eucaristía.

Cantemos con el salmista: “Te ensalzaré, Dios mío, mi rey… te bendeciré… alabaré tu nombre por siempre”.

Cantemos con la madre del Señor: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la pequeñez de su esclava”.

Ahora es tiempo de alabanza, y podemos convocar a la creación entera a este canto de fiesta en honor de nuestro Dios: “Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles”.

Todavía hoy continúa resonando en tus oídos la confesión de amor del pequeño Zaqueo: “La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”.

Si amas, pequeño rebaño, pequeño Zaqueo, nunca cesará tu canto. Feliz domingo.

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