Instrucciones para llegar a ser discípulo de Jesús: Aprender a odiar.

Todos serán invitados al banquete del reino, todos serán invitados para que “la casa se llene de comensales”, todos podrán seguir a Jesús en su camino hacia Jerusalén, pero no será sin condiciones, no será de cualquier modo, no será “sin vestido de fiesta”.

Muchos “irán a Jesús”, pero  no por ello llegarán a hacerse “discípulos de Jesús”: “irán” pero no entrarán en la casa; “irán” pero no se sentarán a la mesa del banquete.

Seguimiento, casa y mesa imponen condiciones desconcertantes.

En el llano, antes de comenzar el camino, ya habíamos oído una extraña bienaventuranza: “Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre”.

Y en el mismo lugar escuchamos un no menos extraño mandato: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian”.

Ahora escuchamos una condición de seguimiento de Jesús que resulta más sorprendente aún que aquel mandato y aquella bienaventuranza: “Si alguno se viene conmigo y no odia a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.

Si el odio al que te odia, mucho más que un obstáculo, era un impedimento para entrar en el reino, lo puede ser también el amor del que te ama. Aquel impedimento se retiraba amando al que te odia. Éste habremos de retirarlo odiando al que te ama.

Y ése podrá ser el más allegado de tu familia, el que va más adentro en tu corazón; ése podrás ser incluso tú mismo, tu alma, tu vida.

Duro, muy duro es este lenguaje. Nada de extraño que a Jesús lo hubiesen abandonado todos. En su momento, cuando se atisba ya la soledad en que va a dejarlo la pasión y la muerte, Jesús preguntará a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” En aquella ocasión, Simón Pedro contestará: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Pero llegado el momento de la cruz, todos desaparecerán.

Nada quiero añadir a lo que Jesús ha dicho, pero tampoco nada puedo quitar.

Sólo haré memoria de un ejemplo de radicalidad en el odio, memoria de un odio total que a nosotros nos trajo la salvación: “Cristo Jesús se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”.

Por el camino quedaron –odiados- el cielo y la condición divina, y, en la tierra, padre y madre, hermanos y hermanas… y hasta la propia vida.

Y nosotros hoy, no sólo escuchamos su palabra que nos sacude, sino que comulgamos con el que a sí mismo se odió por salvarnos.

El que quiera seguir a Jesús, de Jesús habrá de aprender a odiar.

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