Raíces

Hay circunstancias en las que volver la mirada hacia la propia historia resulta inevitable. Quien se haya embarcado en la aventura de hacer una tesis doctoral estará de acuerdo que terminarla con la defensa pública es uno de esos momentos que provocan mirar hacia atrás y agradecer. Esta fue la excusa para una conversación que tuve el otro día con un buen amigo, que me resultó un regalo, que estoy recordando con frecuencia y que me parece digna de recuperar en un post. Hablábamos de lo que suponía estar arraigados y ambos compartíamos la convicción de todo lo que nos jugamos existencialmente en la base sobre la que hayamos cimentado la propia vida.

Igual es porque los dos somos cuarentones y ya no necesitamos que otros nos cuenten que hay un tiempo en el que se puede “sobrevivir” sosteniéndonos en expectativas, propias o ajenas, en nuestras capacidades o en las metas laborales que nos marcamos. Pero llega un momento en el que la realidad se impone, muestra el verdadero valor de todo eso y sólo nos podemos mantener en pie cuando se ha invertido tiempo, esfuerzo y búsquedas en cuidar las raíces para arraigarnos en el Único firme.

Él se expresaba usando la parábola evangélica del árbol bueno que, porque tiene buenas raíces, puede dar fruto, quizá poco, pero bueno (Mt 7,16-18). A mí se me repite la expresión del mismo Dios en boca de Isaías: “Si no os afirmáis en mí, no seréis firmes” (Is 7,9). Raíces, cimientos… da igual la imagen, siempre que sostengan la vida.

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Una respuesta a Raíces

  1. guadalupe dijo:

    Gracias, Ianire, más de una ocasión he dado gracias al Señor por conocerle, por don y haber cimentado en Él mi vida aunque a veces me olvido y me entra la falta de paz. Vuelve Él a buscarme y todo vuelve a tener sentido. Un beso.

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