Dar la propia vida… o el riñón

En estos días estoy sumergida en la Semana Nacional de Vida Religiosa, escuchando a muchas personas hacer su reflexión sobre los retos y las provocaciones de una forma de vida que quiere ser “mística” (que no “misticona”). El caso es que, en medio de tanta palabra, escucho en el telediario que se ha logrado hacer una “donación en cadena” de riñón de la que se han favorecido tres enfermos gracias a un “buen samaritano” (no es un “alarde bíblico”, es el nombre que se utiliza para denominar a quienes donan un riñón en vida de forma altruista). De esta persona que no quiso mostrar su rostro y expresaba que con lo que había hecho “se sentía más ligero” y recibía mucho más de lo que daba, solo sabemos que era un monje catalán.

Me resultó inevitable admirarme y agradecer este gesto de gratuidad, de entrega, de amor generoso y atrevido que pone “carne” y ejemplo a lo que había escuchado de Marta Zechmeister, una entusiasta teóloga de apellido innombrable que sugirió que la mayor provocación que podía hacer hoy la vida consagrada es olvidarse de ella misma en favor de los desfavorecidos y seguir cumpliendo su vocación profética en la Iglesia… y ¿hay algo más profético que perder un riñón para que otros vivan? ¿hay algo más “eucarístico” que darse a sí mismo… hasta el riñón?

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