Alegría y efectividad

¿De qué nos alegramos? ¿Cuál es la causa de nuestra alegría?  En el evangelio que se ha proclamado este domingo Jesús nos advierte de que no da igual un motivo u otro. No se trata de estar alegres porque seamos efectivos y las cosas salgan como nos gustan, como habíamos proyectado o como deseamos. La alegría verdadera, esa que “nadie os podrá quitar” (Jn 16,22), tiene que ver, más bien, con estar en el corazón de Dios.

La efectividad cotiza al alza y se nos puede olvidar que al que intentamos seguir fue un “fracasado”, muerto en la cruz en un lugar recóndito del Imperio Romano y al que sus propios amigos abandonaron… y que nuestra alegría no está en que mantenemos nuestras estructuras a golpe de planes estratégicos que mejoran la calidad (a veces a costa de humanidad), ni en que tenemos muchos proyectos que quizá llevemos adelante (cuando no se quedan encerrados en planes preciosos… pero irreales), ni en que entren jóvenes en nuestros noviciados, ni en que salgan adelante las actividades pastorales que organizamos, ni en que sigamos activas y al pie del cañón, llevando adelante tareas propias de los cincuenta cuando ya hemos cumplido los setenta años…

Nuestra verdadera alegría está en que somos amados y amadas en nuestra miseria de un modo desconcertante. Pero, para darnos cuenta de ello, no hay más remedio que aceptar y acoger esa miseria en la que Dios pone el corazón. Así lo vivía San Francisco de Asís cuando escribió esa pequeña joya, la verdadera alegría,que muchos estudiosos consideran que refleja el rechazo que el santo sufrió por parte de sus propios hermanos durante los últimos años de su vida (por si se os ha despertado la intriga: http://www.franciscanos.org/esfa/veral.html)

 

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