Forasteros en su propio mundo

Hace unas semanas leí un comentario de Norbert Lohfink sobre la llamada de Dios a Abrahán en el que afirmaba que “todo hombre que entra en contacto con Dios se convierte en un forastero en su propio mundo”. Confieso que llevo un par de días dándole vueltas a la frase y, sobre todo, a la experiencia que está detrás de ella.

Es verdad que, a medida que vamos dejando a Dios que entre en nuestra existencia y se nos va desvelando Quién es Dios y quién es el ser humano (su riqueza y su complejidad) va aumentando la sensación de ser un poco el “elemento perturbador”, forasteros y forasteras en nuestro propio mundo religioso (congregaciones, movimientos, grupos de parroquia…): ser quienes ponen sobre el tapete lo que hay debajo de algunas decisiones, quienes descubren motivaciones ocultas que se escapan, quienes reconocen “pecados institucionales”, quienes cuestionan lo políticamente correcto, a quienes no les convence lo que debería convencerles, quienes no cumplen siempre todas las expectativas… Una panda de aparentes inadaptados/as que, paradójicamente, se sienten hermanos y hermanas sabiendo que el amor está por encima de todo. Forasteros en comunión.

A veces echo de menos algún que otro inadaptado/a más.

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