Malas personas

Me habían dicho que existían, pero creo que nunca lo había podido afirmar de primera mano, y es que me he resistido durante mucho tiempo, convencida de que cada persona tenemos nuestras dificultades, nuestras “tareas pendiente”, nuestras heridas que hacen que con frecuencia no se reaccione como se desearía… pero ha llegado el momento de rendirse al hecho de que hay personas malas. Gracias a Dios son una extraña especie (ojalá en peligro de extinción…) que se convierte en la, creo, excepción que confirma la regla de la bondad básica del ser humano.

La característica fundamental de estos especímenes es su astucia (ya lo dijo Jesús: “los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz” Lc 16,8). Buscan su beneficio y alcanzar cuotas de poder a golpe de manipulación y de elaborar complejas tramas para ganarse el favor de algunos y quitar de en medio a quienes pueden obstaculizar sus objetivos. El miedo y el silencio de aquellos a quienes amenazan con su poder, de forma imperceptible para quienes no están “bajo sus botas”, son sus mejores aliados. Siembran desunión sin despeinarse, utilizan a las personas sin que ni siquiera lo intuyan y van dejando a muchos heridos/as en la cuneta del camino por el que pasan.

¡¡Qué capacidad para “mover hilos”!! ¡¡Y qué impotencia para quienes lo ven y no pueden quitar el velo que ciega a quienes podrían parar sus pies!! Así nació la apocalíptica, como una forma de expresar simbólicamente la certeza de fe de que la última Palabra, Aquél capaz de romper con las situaciones ante las que nos sentimos impotentes, es el Dios Justo.

Menos mal que la mala gente son una excepción y que, antes o después, la verdad tiende a salir a la luz… ojalá no sea demasiado tarde.

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