Y, ¿AHORA QUÉ?

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Eso mismo preguntan a Juan.

El encuentro con la Verdad nos torna un tanto atolondrados. Provoca en nosotros un contraste tal que necesitamos tiempo para digerir. Unas veces nos lleva a revisarnos -a constatar lo que hay de cierto- y otras a negar la evidencia. Tarde o temprano la Verdad se sitúa ante nosotros y hemos de afrontarla. Y en ese momento se muestran todas las apreciaciones e impresiones de los otros sobre nosotros. Ese mini juicio puede hundirnos o convertirse en un revulsivo para caminar.

Juan profiere verdades para centrar la vida del que quiere escuchar. Son las mismas palabras que se leían en el Templo, que se explicaban en las sinagogas, pero con vida. Aquel hombre representaba lo que decía, lo hacía ver. Y eso no era lo habitual. Por eso, los que fueron a escucharle se vieron por dentro, de repente, como manipuladores y corruptos.

Muchas terapias actuales -o no tanto-, quieren provocar una conversión parecida. Y a ellas se apuntan los que hasta ahora buscaban a Cristo junto a nosotros. Y producen efectos de solidaridad y deseos de cierta simplicidad de vida. Diremos que duran poco, vale. Juzgaremos que son muy egocéntricas, también. Aseguraremos que generan dependencia, evidente.

Hoy Juan no dirá nada nuevo. Repetirá, pero lo vivirá. Y eso engancha. Y luego remite a Jesús, el Cristo. Descentrando a quien se acerca con intenciones esteticistas y situando la Palabra verdadera en su corazón.

Muchos de nosotros seguiremos repitiendo las palabras del evangelio de Jesús; pero sin vida, acusando de equivocación; pero sin ser honrados y señalando a su grupo; generando separaciones. Ocultando al mismo Jesús.

El encuentro con la Verdad es esencial cada Adviento. Tiene capacidad para provocar nuestro desconcierto. Eso sí, exige movimiento, escucha y cambio. ¿Qué haremos después?