miércoles, 17 agosto, 2022

Tutelar

Es el verbo que se conjuga cuando un niño precisa de cuidado. En el ámbito educativo es una tarea de acompañamiento mientras los alumnos avanzan en conocimientos y relaciones con sus iguales.

Jesús, el Maestro, ha tutelado a un grupo de galileos, durante unos pocos años. Ha vivido con ellos, les ha dado doctrina, regalado conocimientos y posibilitado experiencias. Ha sido una tarea de tutelaje y aprendizaje hasta que llega el momento de la evaluación de las capacidades.

Lo contrario a tutelar es desamparar o abandonar a los que se te encomiendan. Y Jesús se va con la sensación de haber hecho lo máximo por ellos. Se podría haber hecho de infinitas maneras diferentes pero sucede así, casi de repente , la cruz y la Pascua. Ha tutelado con la propia vida y la propia entrega. No les abandona porque les ha capacitado.

El Señor asciende y nosotros tenemos la gracia de la Misión y las tareas encomendadas. Y de la misma manera o proceder, en cada lugar y destino, hemos trabajado y hasta tutelado hasta el momento de la partida. ¿Cómo lo afrontamos, cómo lo vivimos, cómo lo contamos? Hemos de hacer un ejercicio de honestidad: nos cuesta irnos. Dejar los lugares, las responsabilidades, los cargos nos cuesta por haber forjado «a hierro» la tarea a nuestra identidad. Y, con el paso de la costumbre, llegar a pensar que lo trabajado es fruto de nuestro esfuerzo y no tanto de la confianza de Dios.

Nos cuesta irnos y dejar de tutelar catequistas, profesores, personal de la casa, fieles y jóvenes. El miedo al cambio y a perder las seguridades nos llevan a permanecer en cuerpo o en espíritu. Y, permitir lo que criticábamos, el tutelaje.

Jesús se va y lo hace lejos, al cielo. Y el nexo de unión con su Misión será el Espíritu Santo. El será el que acompañe a los suyos y el que dé fruto a su obra. Hasta el mismo Hijo de Dios ha de ser destinado a otro ámbito de la historia de la Salvación. Porque somos humanos y nos apegamos a todo lo real.

Ahora e el Señor, el que se ha marchado. Sólo la distancia suscita la fe en él como el Cristo y el Señor. En la cercanía y la carne quedan muchas dudas y muchos defectos de todos.
Y es en la ruptura donde aparece el Espíritu como el consuelo, la libertad, la dulzura, la templanza en medio de la Misión. Y es en esa Ascensión donde Jesús es reconocido como el Señor de todo; de cielo y tierra, de todo tiempo, de toda persona y el único pastor. Mientras tanto, que el Señor nos envíe su Espíritu para dejar de tutelar y ser compañeros de camino. ¿No es eso vivir en sinodalidad? Pues tanto si lo es como si no, ¡que venga tu Espíritu Señor!

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